
Descubrí lo que quería ser de mayor a los trece años. Cuando mis padres se enteraron de la noticia, sus rostros se volvieron sorprendidos, dando paso a unas radiantes sonrisas de felicidad. Supe más tarde que en realidad no se alegraban de la vocación elegida. No. Lo que les alegraba era que hubiera descubierto una.
-Muchas personas acaban teniendo treinta años y sin todavía tener claro que es lo que quieren hacer con el resto de su vida. Trompos humanos y circundantes, eso es lo que son. ¡Vagos! No sabes la suerte que has tenido –me dijo mi padre enfático-. Tienes un objetivo.
Ya lo creía, pensé, y para demostrarlo aquella misma tarde me dirigí al balcón de mi casa y miré a la ciudad que se extendía ante mí… con desdén.
-¡Allá voy mundo! –grité-. ¡Seré director de cine y guionista! ¡Y si me apuran, supervisor de efectos especiales también!
Tener claro los objetivos de uno, esa era la clave. Mis padres no podían tener más razón. Con esfuerzo y perseverancia, los alcanzaría. Y después… después haría bailar nenas a mí alrededor hasta que se me cayeran las pestañas. Por desgracia, no se me comentó en ese momento de que con sólo tener los objetivos no era suficiente para llegar a lo que quería. Al menos así era lo que le ocurría a la mayoría de los mortales que pretendían llegar a algo. Frases como El movimiento se demuestra andando fueron auténticas desconocidas para mi por aquella época. Mi meta estaba clarísima pero mis intenciones de cumplirlas entraban en conflicto por la falta de aptitudes y actitudes para alcanzarla. ¿Cómo iba a convertirme en director de cine, si el cine empezaba, un año después de haber decidido mi porvenir, a traérmela floja? La testosterona se estaba encargando de redirigirme a una afición más real y mejor. La fauna femenina. Y tampoco existían informes de que estuviera dotado de una gran imaginación y talento creativo. Estaba, sin lugar a dudas, destinado al fracaso. Durante toda mi preadolescencia y adolescencia esas pretensiones, sin embargo, siguieron allí junto con los malos hábitos. Es más, iba por el mundo alardeando de ese objetivo y de lo pronto que lo alcanzaría.
-¡No te quiero en mi cumpleaños!
-Y a mí que me importa –respondía con serenidad-.Voy a ser director de cine. A mis fiestas de famosos y de cocaína rica tampoco pienso invitarte.
- ¡Era broma, hombre, vente! Va a estar Lorena y creo que le gustas.
Otros ejemplos eran estos:
-No queremos que juegues al fútbol con nosotros.
-No quiero que me beses.
-Estas suspendido en mates.
-Cómete la comida.
Pero después de pronunciar la frase comodín, mi gran salvadora de la noche y del día, las respuestas pasaban a convertirse en:
-Era broma, tío. Coge el balón, coño.
-Era broma. ¡A qué esperas! ¡Bésame!
-¡Qué despiste el mío! Olvidé puntuarte una décima. ¡Tienes un cinco!
-¿Prefieres un helado, hijo?
Fueron los años de oro. Era el rey del mambo. El no va más. Como cabía esperar, en la universidad todo cambió. Las cosas se volvieron amargas. Ya no bastaba con decir que quería ser director de cine, tenía que demostrarlo. Sin talento y con la indiferencia con la que veía los filmes de Spielberg, Burton y Ridley mis días estaban contados.
No cumplí mi sueño.
Tampoco acabé como muchos de los que no lo consiguen y que pocos confiesan después: crítico de cine. Aterricé en el mundo del profesorado. Pero sin entrar en el cliché habitual del que vale, vale y el que no enseña. Nunca nadie podría acusarme de ser un director frustrado ya que estaba en una senda completamente diferente. Nada de cine, Señores, daba clases de literatura para niños de cuarto de la Eso.
Fascinante, ¿verdad?
Pero como dice el dicho: No hay mal que por bien no venga. Decidí sacarle provecho a mi desgracia. Durante los dos primeros años que impartí clases a gandules de la Eso, enfoqué mi trabajo como la oportunidad perfecta para vengarme de aquel odioso periodo de mi vida bajo la tutela de aquellos tiranos docentes. Ahora yo era la víctima convertida en verdugo. No tendría que esperar a los cuarenta años para que mis traumas infantiles afloraran en forma de sueños freudianos, tics nerviosos e impotencia sexual. Tenía veintisiete, en la flor de la vida, y podía desquitarme a conciencia de todas esas debilidades psicológicas provenientes de mi cruenta infancia. Pertenecía al otro lado de la clase, lo que conllevaba a ser el dueño y señor de treinta entidades inmaduras y odiosas.
El primer día desde el otro lado del espectro fue perfecto. Perdí la virginidad, institucionalmente hablando. Ni corto, ni perezoso, me animé a poner un examen sorpresa a mis alumnos. La cara de asombro de aquellos pardillos al hacerles testigos de la noticia no tuvo precio. Nada más contemplarlas, les saque la lengua y solté una sonora carcajada con rotundas connotaciones malignas. La diversión no acabó allí sino que me persiguió hasta mi despacho donde sin perder ni un minuto, comencé a corregir aquellos exámenes. Ni queriéndolo habría salido mejor. Todos suspensos.
Al día siguiente decidí llevar un poco más lejos mi vena psicótica (el psycho teacher, así empezarían a llamarme). Con amabilidad, les pedí el número de teléfono. Desconocedores absolutos de lo que pensaba hacer, me los dieron sin rechistar. Esa misma noche puse en marcha la siguiente fase del plan. A eso de las once o doce, horas en que el efecto dramático era potentísimo, usé esos números para llamar a cada una de las casas y hacer partícipes a sus padres de los recientes suspensos de sus retoños.
En el segundo año, la tónica continuó por esos derroteros, al menos en un principio. Daba clases y suspendía, suspendía y daba clases. Era casi como ir al gimnasio. Un agradable hábito. No había llegado a dirigir películas pero que coño, si a dirigir personas.
Las cosas, no obstante, dieron un repentino vuelco a mitad de ese año. Mis perversiones dejaron de divertirme. En parte, debido al suicidio de un alumno mío, incapaz de soportar tantos suspensos y como consecuencia tantos castigos de sus padres, y por otro lado, por la rutina, que empezaba a hastiarme. Sentía la necesidad de la autorrealización. Estaba malgastando mi tiempo y el de los demás.
No más suicidios. No más suspensos aleatorios. El tercer año como profesor debía ser diferente y provechoso. Dar un giro radical.
Tomé una nueva actitud. Impartiría clases rigurosas y serias y enseñaría a esos gandules a escribir. Como lo oyen, crearía una verdadera legión de nuevos escritores con talento.
El reto entrañaba cierta dificultad pues a pesar de ser profesor de literatura tenía escasos conocimientos sobre cuales eran las técnicas más idóneas para escribir bien. Todos esos autores a los que había sido obligado a leer en la universidad y después, lo que era más grave aún, a comprender: Machado, Béquer, el infumable de Pérez Galdós, Cervantes y aquel Lady Marmalade de Shakespeare me daban ganas de vomitar. Todos y cada uno de ellos pertenecían al clan de pretenciosos plumíferos. Un elenco de onanistas que nunca supieron que lo eran. Escritores que habían escrito sobre la vida pero que en realidad no habían tenido ni idea de cómo funcionaba ésta ni de que pasta estaba hecha. Desde hacia mucho tiempo había llegado a la dura conclusión de que la verdad no podía encontrarse en los libros. Y la culpa no erradicaba en ellos sino en los brazos que los moldeaban. En los seminarios de la universidad había aprendido una máxima, que para mí era una certeza absoluta: una de las reglas de escribir era que uno escribiera lo que quisiera pero que siempre....siempre contara la verdad. Yo no veía nada de eso en Shakespeare, ni en Clarín, ni en Charles Dickens. Habían sido ratas que se habían dedicado a conspirar en la sombra, viendo el mundo a través de sus pequeñas ranuras, careciendo de toda verdadera y amplia visión del universo en que se movían. Llamadme loco, gritad a los cuatro vientos que debería estar encerrado en el fondo del pozo más profundo. Puede que sea un loco pero un loco que dice la verdad. En mi humilde opinión, el único arte que se había atrevido a aproximarse a la vida en los últimos tiempos, a tocarla, alejándose de subterfugios, descripciones ornamentales y banales y pensamientos que no llevaban a ninguna parte era el tebeo. Las viñetas humorísticas de toda la vida.
El tebeo es a ciencia cierta un arte directo, un arte sincero. Un punto intermedio entre el libro y el cine. Pero sin los efectismos y manipulaciones de los sentidos del último y del hipnotismo, somnolencia y capacidad para tergiversar los pensamientos del primero.
Zipi Zape, Mortadelo y Filemón y Anacleto conocen la vida. Dicen la verdad.
Mario Vargas Llosa y compañía, no se enteran de nada.
El secreto del tebeo secreto erradica en su capacidad de provocar risas.
La vida es un sinsentido. Una locura. Ocurren cosas horribles disfrazadas de chistes en cada momento y tanto Escobar como Vázquez o Ibáñez han sabido captar esa esencia. Son los auténticos conocedores del mundo que por injusticias del destino están condenados al olvido. Mi tercer año como profesor consistiría en honrarles. Haría que mis alumnos siguieran ese camino. Que escribieran como auténticos prodigios. Que trasladaran la verdad del tebeo a los libros.
Eso es una frivolidad. Los cómics son absurdos. No tienen nada que ver con la vida, gritarían muchos al ver esas intenciones.
¿Qué no tienen nada que ver con la vida? No tiene ni idea de lo que dice, amigo. Cualquiera que haya abierto un Mortadelo y Filemón sabe que eso no es cierto. Están llenos de desgracias, de infelicidad (sólo tenemos que ver los rostros de sus personajes dibujados) de conflictos que nunca se resuelven. ¡Y por amor de Dios, siempre acaban mal! Su simpleza, su objetivo noble de llevar a sus lectores las terribles situaciones de los personajes sin que intervengan en ningún momento las opiniones del autor o sus deseos de moralizar o enseñarnos sus verdades de la vida, son las claves de su pureza. Los personajes son los que dirigen la historia, no el autor.
Infelicidad y risas. ¿Acaso no es así la vida? Cuando nos ocurren cosas desagradables, ¿no hay gente que disfruta con ello? ¿Y no ocurre lo mismo en el caso contrario? ¿No somos nosotros quienes no reímos de demás? El sentido del humor es cosa, simplemente, de un punto de vista.
Mi próximo año escolar ayudaría a alcanzar la perfección en la escritura a mis alumnos por medio del sentido del humor. Contarían la verdad y lo más importante, se aproximarían a la vida.
-Buenos días…-empecé-. Seré vuestro profesor este año. Mi nombre no importa pues únicamente me llamaréis Profe o Profesor. Cualquier otro apelativo cariñoso que se os ocurra y se os escape de vuestro circulo privado y llegue a mis oídos será duramente castigado. ¡Nada de motes! ¡¿Os queda claro?!
Las treinta cabezas de aquellos tontainas subieron y bajaron al unísono.
-De acuerdo. Veo que nos entendemos. Ahora procederé a…
-¿Va a hacer examen? –preguntó un chico regordete y con gafas.
Le miré atentamente.
-¿Cómo dices? –pregunté sorprendido. No por la pregunta sino por la osadía del gordo de preguntar sin ni siquiera haber levantado la mano.
¡A la cárcel!, pensé airado.
-Es que nos han dicho que usted el primer día hace siempre examen…-continuó el gordo sin percatarse aún de que ya estaba sobrando.
-A ver simplón….-empecé con delicadeza pero que pronto desestimé-. ¡Suspendido!
El gordo me miró con ojos abiertos, implorando misericordia, y emitió un débil:
-Nou...
-Profesor… es que lleva estudiando toda la noche –dijo otro chico, acudiendo en su ayuda.
-Pues ha hecho el primo, no puedo decirlo de otra manera –dije yo contundente-. ¡No hay examen este año!
En ese momento, la gran mayoría de los presentes comenzó a reír. En parte por el alivio de saber que no iba a haber examen y en parte por el gordo, de lo ridículo que acababa de resultar.
Sin quererlo, acababa de hacer una demostración de mi tesis. Para el gordo estudioso aquello era una fatalidad, una desgracia, pero para el resto de los mortales era un merecido motivo de mofa que no tendría fin hasta que hubiera ingresado en la universidad. Me reí junto a mis alumnos durante unos minutos y proseguí con mi importante discurso, el que reflejaría mis nuevas intenciones para ese año: crear a toda esa generación de escritores sinceros, desprendidos de su ego, de toda pretensión de moralizar al mundo con sus palabras o con sus imágenes recogidas por una cámara. No más a eso. No más lecciones.
¡A la mierda Lars Von Trier! ¡A la mierda Nietzsche! ¡A la mierda Joyce!
Queremos historias con las que divertirnos. Historias con las que inadvertidamente, por osmosis, interioricemos y aprendamos las verdades de la vida.
-Prosigamos, Caballeros de la mesa cuadrada –dije divertido. Una parida para romper el hielo.
Surtió efecto. Todos soltaron una carcajada. Conseguir una risa sincera, algo muy difícil en un grupo de adolescentes. Cualquier profesor con experiencia podría escribir toda una tesis de sus fracasos en ese arte. Estaba claro que era un seductor nato. Probé otra parida más, antes de meterme de lleno en el asunto.
-Mugu, Mugu –dije sin pensar.
El sinsentido tuvo una salvaje acogida. Las carcajadas llenaron el aula, envolviéndome a mí en una mágica nube de emociones.
-Voy a hablaros del trabajo de fin de curso. Es el primer día y puede parecer precipitado. Pero no lo es –dije-. Ni de coña. De este trabajo dependerá la nota de final de curso.
Miré al gordo de nuevo.
-Así que gordi, puedes estudiar pero no esconderte.
El gordo soltó un gemido lastimero.
-Es un trabajo sencillo y os llevará muy poco tiempo ejecutarlo. Perfectamente podría hacerse una semana antes de la fecha de entrega y no sentir en ningún momento la bien conocida sensación del agobio o el sabor amargo del café –dije-. Quiero un relato. Así de simple. El tema es completamente libre. Y no hay ni mínimo ni máximo de páginas.
-¿Puede ser de una página? –preguntó uno de los alumnos.
-¿Puedes irte a cagar? –le respondí tajante-. Os preguntareis donde está la trampa del asunto. Si esto es tan corto y tan sencillo de hacer, ¿por qué nos está dando tanto tiempo para hacerlo?
Las cabezas de los estudiantes se movieron arriba y abajo.
-No quiero que os sentéis y escribáis lo primero que se os ocurra. Nada de ponerse a escribir a eso de las doce de la noche en un arrebato de inspiración mientras miráis la redonda luna por vuestra habitación y empezáis a hablar de cómo os sentís. ¡No quiero esa mierda! Luego se os pregunta lo que queríais decir en el relato y no tenéis ni idea. Los momentos de inspiración me los paso por el culo, ¿de acuerdo? Los bohemios os podéis ir a cagar de inmediato.
-Es que cuando uno escribe con el alma y…-empezó una chica.
Antes de que pudiera proseguir, le pregunté por su nombre. Me lo dijo. Corrí inmediatamente a la lista y dibujé con mi rotulador rojo, al lado de su nombre, lo que en la industria llamábamos un bolo redondo y orondo.
-Ni te molestes en cumplir el plazo a final de curso. Ya en septiembre hablaremos.
-¡Usted no puede…! –gritó la chica histérica.
-Me ha dejado clara la actitud que iba adoptar en este curso. Más vale prevenir que curar. Anímese, señorita, septiembre está a la vuelta de la esquina.
-¡Falta un año!
-A dibujar en mi clase, pues. Mire ese lado bueno.
Con esa afirmación, desarmé a la chica. Quedó callada e inexpresiva para el resto del curso.
-Como os decía, quiero que penséis muy bien lo que vais a escribir. Quiero que observéis muy bien vuestro entorno, que seáis sinceros con él y sólo entonces, sólo en ese instante cuando captéis su esencia será el momento en que os pondréis manos a la obra. No antes. Para actos masturbatorios y recrearos en vuestras esencias os vais al baño, que es más fácil. Dejad que los bolígrafos se expresen por si mismos, hostias.
En ningún momento mencioné el sentido del humor ni el tono cómico que deseaba en aquellos relatos. Hubiera sido un error hacerlo. Si mi tesis resultaba ser cierta y mis alumnos escribían sobre la vida, de sus continuos conflictos y de la ironía inherente en cada suceso que tenía lugar, el sentido del humor correría a raudales de forma automática en los relatos. La obra sería una ficción pero como el genio atrapado en la botella, la verdad quedaría dentro.
-El treinta de junio será el último día de recogida. Sin embargo, los que hayan estado preparados antes y hayan escrito su relato con antelación, pueden entregármelo cuando quieran.
Recibí el primer relato el 23 de marzo. Era de un tal Nicolás Smedley.
Al leer su nombre, intenté asociarlo a la imagen del chico. Poseía una gran memoria fotográfica por lo que ésta me vino sin la menor dificultad. Smedley era uno de los inquietos que se sentaban al final de la clase. Siempre juguetón, siempre soltando paridas en voz alta (en ese sentido era uno de los míos).
Me acomodé de forma mimosa en el sillón de mi casa, con el relato del tal Smedley en mis manos y ansioso pasé la primera página, en la que tenía escrito sólo el título: Los valores de un pirata.
El título, ya de por sí, me llamó la atención.
Tenía muchas esperanzas en aquel relato. Aquel chico prometía.
Comencé a leerlo:
Me llamo Pascual, Pascual Medina. Mis amigos de pequeño me hacían siempre los mismos chistes. “Pascual,¡qué te bebo!” “Pascual, voy a tomarte con colacao” “Pascual, que blanco eres. Pareces manchego”.
A mi no me importaba. Sólo se trataba de mi nombre. Iba tranquilo por la vida y hacia lo que quería. Bueno, no siempre. Mis padres, como todo hijo de vecino, supervisaban con ojos de águila lo que hacia, y si me desviaba del camino prefijado por ellos, saltándome sus expectativas, me metía en un buen lío.
Los ejemplos de las desviaciones más precoces que tuve fueron:
Beber un poco de lejía a los cinco años.
Mearme en la cama.
Levantarle la falda a mi hermana.
Cada una de estas acciones fue seguida de una reprimenda y luego de una lección de porqué no debía hacerse eso. El brazo ejecutor de estas improvisadas lecciones era mi padre. Un tipo majete y de una gran voz, pero que solía ser un incordio cuando se ponía en el rol de padre severo.
El día que degusté la lejía, el viejo me obligó a sentarme en el sillón con él para ver un documental sobre toxicómanos. La cosa no acabó ahí porqué después, proseguimos con otro, éste sobre el veneno de las serpientes. No encontré ninguna relación entre los dos reportajes ni entre el incidente de la lejía. Y ahora, todavía, me cuesta entender a que venía todo aquello. Mi padre era así.
Cuando me mee en la cama, mi padre también echó mano de los documentos audiovisuales. Esta vez no vimos documentales sino una obra de ficción. Se llamaba "Forrest Gump". Me pareció una película buenísima y muy divertida.
-Eres mayor para mearte en la cama. Si sigues haciéndolo la gente te tomará como Forrest Gump, ¿acaso quieres parecerte a Forrest Gump?
Asentí con la cabeza en seguida. Ya lo creía que quería ser Forrest. Oh, sí. Corría mucho y había sido un héroe de guerra y era rico y tenía a Jenny y…
Mala respuesta.
Me sentó de nuevo en el sillón y vimos otra peli. Esta vez era "Rain man". No resultó ser tan graciosa como la de Forrest. No, estaba claro que no quería ser como Rain man.
No volvería a mearme en la cama.
Cuando le levanté la falda a mi hermana, mi padre tomó medidas drásticas. Más drásticas de lo habitual. Durante un fin de semana él y yo permanecimos sentados en el sillón, viendo los documentos pertinentes que pudieran ilustrarme como funcionaban las cosas en la vida. La primera película que puso para remediar mis erráticos comportamientos fue “Gladiador”. Aunque no completa. Mi padre se había pasado tres días haciendo un montaje especial del film en su ordenador. En orden cronológico sólo vimos las escenas del César con su hermana. La siguiente película fue “Henry, retrato de un asesino”, y por desgracia sin montaje ni nada que se le pareciera. La vimos de principio a fin. Después llegaron los documentales: una trilogía sobre la endogamia: “Endogamia en Texas”,”Endogamia gallega” y “El Rey de la endogamia y las bragas reinas” (una película clasificada x).
Nunca más le levanté la falda a mi hermana. De hecho, no volví a acercarme a ella en dos semanas. Mi padre, creyendo que la odiaba, no tardó en obligarme a estrechar de nuevo lazos con ella, eso sí, después de una maratón de películas familiares, donde triunfaba el amor de los hermanos. Me puso pelis como “Cariño he encogido a los niños””Bethoveen, uno más en la familia” y “Los Critters”, primera parte. El plan de mi padre surtió efecto, mi hermana y yo no tardamos en volver a ser uña y carne y a retomar nuestros paseos en bicicleta.
A medida que fui creciendo mis desviaciones también lo hicieron. Hubo más sucesos que no correspondían con los de un buen hijo ni a los de un buen chico.
Sucesos un poquillo más graves que los anteriores.
Algunos ejemplos:
Pegar a un compañero.
Insultar a una chica.
Suspender un examen.
Por el incidente de pegar a un compañero, mi padre dejó de lado las películas y los documentales y me llevó a rastras a una clase de boxeo, impartida por locos profesionales. No llegué a recibir ningún golpe, pero al ver a esos chicos tan grandes y moverse de esa forma tan rápida, el miedo que sentí fue de proporciones bíblicas.
No pegaré nunca más, papá, le dije sumisamente.
Mi padre rió.
No, hombre, si tienes que defenderte, sí.
Ah. Menos mal.
Para demostrarme que defenderse era necesario, al llegar a casa me sentó una vez más en el sillón y me puso “La naranja mecánica”. Vaya que si era necesario defenderse, pensé al terminar de verla.
Por insultar a una chica de mi clase, la odiosa Sara, las medidas de mi padre consistieron en ponerme “Te doy mis ojos”, “Nunca más” con Jennifer López al mando de la función y “Solo mía”. Películas que versaban sobre los malos tratos. Creyéndome más listo que mi padre, le hice un contraataque y le puse un documental sobre Lorena Bobby, el famoso caso de la mujer que le cortó los genitales a su marido.
Como reprimenda, al comprobar que no me había enterado ni del Nodo, mi viejo volvió a ponerme las tres películas de nuevo. ¡Que horrible era la de Jennifer! ¡Si es que daban ganas de descargar maldad con tra ella!
Al suspender un examen, mi padre hizo uso de tres películas de Larry Clark, experto director sobre la perversión, depravación y sordidez adolescente. Vimos Kids, Ken Park (con masturbación, sin trampa ni cartón, de un puber esquizoide incluida) y Bully.
No, suspender no molaba nada.
Llegó el día en que, sin embargo, un comportamiento que a priori fue considerado por mis padres como inadecuado y que debía abandonar de inmediato, se estimó posteriormente, gracias a mis esfuerzos, como aceptable. Gané mi primera batalla ante mi padre.
Estaba en el segundo año de instituto y mi amor al cine, inculcado por todas esas lecciones del viejo, comenzaba a sufrir una transformación. No lo estaba abandonando, por supuesto. El cine formaba parte de mí. Abandonarlo significaba, abandonarlo todo. Pero lo que si cambió fue la forma de visionarlo. Las salas oscuras de cine, -Yelmo cineplex y Lusomundo podían esperarme sentados si querían-, los DVDS, -a veinte euros cada uno-, y demás formatos comerciales, los cambié por el ordenador. Internet había creado una entidad altruista en forma de mula que me permitía a mí y a mis compadres disfrutar a lo grande del virtuosismo de Hollywood. Y lo más importante, manteniendo mi paga de quince euros semanales intacta. Había tocado el cielo y vivía en la gloria. No daba abasto. El programa de descarga iba a toda leche y las películas se me bajaban en menos de lo que cantaba un gallo. Eso sumado a los continuos intercambios con mis compañeros, hacía que tuviera muchos, pero que muchos “deberes” que “ver”.
Sabía que tanto material audiovisual y tan poco espacio para esconderlo iba a traerme problemas pero durante cuatro intensos meses estuve en la gloria. ¡Que meses! ¡Tres temporadas de la serie “24”, dos de “Perdidos”, la última de “Harry Potter”, “Batman”, “Spiderman”. Tantas cosas que ver y tan poco tiempo.
Luego, mi padre se enteró del asunto y la cosa estaba destinada a cambiar.
-¡No puedo creerlo! –me dijo-. ¡Estas pirateando! ¡¿Sabes lo que eso?! ¡Robar, hijo! ¡Eres un ladrón!
-Pero, papá...
-No hay excusas, Pascual. Estas películas han sido hechas con esfuerzo y talento. Un esfuerzo intelectual. Un esfuerzo que debe pagarse. Y tú…
-Papá, estoy contigo. Es cierto. Pero en realidad si estoy perjudicando a alguien es a la industria y a…
-No, Pascual, perjudicas a los artistas que las hacen. Si perjudicas a la industria por ende los perjudicas a ellos, ¿sabes?
-Si, bueno…pero como artistas que son, ese no debería ser su mayor problema.
-¿Eh?¿Qué dices?
-Si, bueno. Su intención es que vea sus películas y bueno, eso hago. Acaso no dicen en la tele que para ellos el dinero es secundario. Que el arte prima sobre todo lo demás.
-¡Lo que oigo es inaudito! ¡Inaudito!
-¡Déjame que te lo demuestre!
-¡¿Demostrarme qué? ¡¿Qué eres un ladrón?!
-No, papá. Hagamos un trato.
Mi padre me miró con ojos perplejos. Pude, no obstante, ver un atisbo de curiosidad en su mirada. Eso me animó a proseguir.
-Tú me darás mi correspondiente lección si se comprueba que me equivoco. Sin embargo, yo antes intentaré darte la lección a ti. ¿De acuerdo? Te demostraré que estoy obligado a piratear.
-¿Darme una lección a mi?
Asentí con la cabeza. Mi padre me miró pensativo unos instantes.
Accedió. Le dije lo que haríamos: una pequeña excursión por la ciudad.
Nuestra primera parada fue el centro comercial. Le llevé a la sección de películas antiguas. Allí al ver el panorama, literalmente se cagó por las patas.
-Pero si son películas de la Hammer. Drácula, el hombre lobo…
-Ajá, ¿compramos una?
-Ya lo creo….- abrió los ojos escandalizado-. ¡Treinta euros cada una!
-Yo me las bajo en treinta segundos.
-¡Eso no es excusa! ¡Son antiguas…!
-Y no tienen extras.
Le llevé a la sección de novedades. Comprobó que no bajaban de los diecinueve euros.
Le recordé que mi paga era de quince.
-¡No es excusa, Pascual! ¡Si hicieras una película como te sentaría que te la robaran!
-Supongo que mal.
-Pues…
-Pero si pudiera bajaría el precio. Así se le quitarían a la gente las ganas de robar.
-Las pelis cuestan caras. Hay una razón para que cuesten tanto. No tienes ni idea.
-Sí, hay una razón. Para enriquecer. Con el abusivo precio de las entradas, los DVDS, los derechos para televisión, casi siempre juegan sobre seguro.
-¡Eres un insolente!
Decidí no replicar. Abandonamos la sección de películas y fuimos a los multicines del centro. Antes de entrar, me paré delante de una tienda y le pedí a mi padre que me comprara una Cocacola y un paquete de patatas.
Él accedió. Al llegar a la puerta del cine mi padre se encontró con la siguiente sorpresa. Sorpresa que yo ya conocía.
-Disculpe, pero no pueden entrar con la Cocacola y el paquete patatas -dijo un chico que trabajaba allí-. Tiene que tirarlo o comérselo fuera.
Mi padre le miró extrañado. Miró a su alrededor y lo único que veía eran personas en con botes de palomitas, vasos gigantescos de Coca-cola, nachos y perritos calientes que entraban con felicidad a las salas. Mi padre no acababa de salir de su asombro.
-¿De qué me está hablando, loco? ¿Y esa gente?
-No se puede traer comida del exterior. Normas. Se tiene que comprar aquí –el chico señaló un gigantesco puesto de palomitas, refrescos y chucherías situado al fondo-. Estamos bien provistos, como comprobará. Y la mejor calidad que pueda imaginar.
-No puedo creerlo –dijo mi padre.
-¿A que sí? –dijo el chico mirando de manera soñadora el puesto de palomitas-. La comida del exterior, "puagh", la del interior, "humm" – Se tocó la barriga suavemente.
Como la película estaba apunto de empezar me vi obligado a tirar a la basura la Cocacola y el paquete de patatas.
Esbocé una sonrisa. La indignación de mi padre era buena señal.
-¿Quieres que te compre otra Cocacola? –me preguntó con voz ronca.
-Vale –dije fingiendo cierta apatía.
Mi padre se acercó al mostrador.
-¿Pero qué coñou….?
Acababa de ver el precio de la Cocacola en cuestión. Quizás no hubiera sido tan grave si recientemente no hubiera comprado una a noventa céntimos. El vaso de allí, el mediano, que más o menos equivaldría a la lata que hacía unos minutos había comprado costaba…
-¿Dos euros? –le preguntó al dependiente.
A lo que él respondió sonriente.
-Si, ¿a que la broma sale cara?
Observé la mirada de mi padre y poco le faltó para romperle los morros al muchacho.
-¿Y los paquetes de patatas?¿A cuánto salen?
-Dos euros, también. ¿A qué es una coincidencia?
-Pero, ¡¿esto que es?! ¡¿El aeropuerto?!
El joven rió.
-No me sea ordinario, caballero. Esto es cultura.
Entramos en la sala. Aproveché ese momento para enervar un poquillo más a mi padre. Le conté que la Cocacola que sirven en los cines, en realidad no era Cocacola tal y como entendíamos ese concepto sino polvos fabricados por la casa Coke y que una vez mezclados en agua…
-¡"Vóila"! Derivado perfecto de Cocacola –dije sonriente.
-¿Y sale más cara que una lata?
-Ajam –dije yo asintiendo con la cabeza-. Y además, un veinte por ciento del vaso, es sólo hielo. Así que prácticamente me estoy tomando un vaso de agua con mucho azúcar.
Volví a sonreír. Las butacas eran numeradas por lo que nos sentamos donde la taquillera de la entrada consideró el sitio perfecto para nosotros. El quinto coño, ni más ni menos, y en una esquina.
-Pero si fuimos pronto a comprarlas, ¿por qué nos sitúan aquí y…?
-Debiste decirle en el centro.
-¿Y qué pasa si no dices nada? Es motivo eso para que te hagan la putada.
-Tranquilo, papá. Disfrutemos de la película.
“Superman”. Una película en la que ambos habíamos depositado muchas confianzas.
Empezaron los anuncios y entre ellos vimos la advertencia Anti-piratería. Curioso, pagábamos la entrada como buenos consumidores, siete euros cada una, nos comportábamos como buenos ciudadanos y aún así nos venían con reproches, restregándonos que no pirateáramos.
“Rogamos que no se concentre del todo en la película. Observe de vez en cuando su entorno para advertir la presencia de cámaras, por favor. Por favor, colabore… colabore. Ayudémonos.” rezaba la última frase.
-Lo ves. Es un delito en toda regla –me dijo mi padre en la oscuridad-. No quiero que vuelvas a descargarte nada, ¿me oyes?
La película dio a su comienzo. La cual fue deslizándose lenta y rutinariamente por nuestros ojos. Y así debió de haber sido hasta el final, pero hacia la mitad, el orden de las cosas se vio alterado. Cortaron la película.
Mi padre miró a todos los lados perplejos.
-¡¿Pero que coño es esto?! –dijo mi padre.
-No sé –dije intentando ocultar mi sonrisa y haciéndome el sueco.
Mi padre se acercó a uno de los acomodadores.
-¿Qué ha ocurrido?
-Nada señor, estamos en un intermedio.
-¿Un intermedio?¿Estamos en los setenta o que? Hacia tiempo que no veía uno.
-Es que la peli es muy larga y eso provoca fatigas. De esta forma permitimos que los espectadores tengan la posibilidad de comprarse más palomitas, ¿a qué es genial?
-Y de ir al baño también, ¿no?
- Ah, claro. Mire que nunca lo había pensado así.
Me acerqué a mi padre y tiré de él. No quería que se metiera en una pelea estúpida.
A los diez minutos prosiguió la película y a la hora y media mi padre se volvió hacia mí.
-¿Cuándo termina esta mierda?
-No sé, le faltará poco.
El intermedio había diluido todo el interés que mi padre podía tener por el film. Su único deseo era abandonar la sala y volver a casa cuanto antes. Cosa que no iba a permitir. Todavía tenía mucho que enseñar a mi padre. Tras terminar “Superman”, le dije de ver otra. Al principio se negó en rotundo, pero me bastó recordarle nuestro trato para que accediera.
-¿Por qué ahora cuesta seis con cincuenta, si antes entré a ver otra película y me costó cinco con cincuenta? –le preguntó mi padre a la taquillera.
-Los jueves la sesión de las cuatro sale más barata. Y ahora es la de las seis.
-¿Sólo la de las cuatro?
- Sí.
-Ah, que bien –mi padre pagó los trece euros por las dos entradas.
-Sale cara la broma, ¿eh? –dijo la chica sonriendo.
La siguiente película era sobre unos chicos que tenían la mala suerte de perderse en el mar sin que los salvara ni Cristo. Como era una película de duración estándar no hubo intermedio, pero si algo peor. En un momento del filme las escenas repentinamente perdieron la linealidad. Al principio, como cinéfilos experimentados que éramos y conocedores de los trucos de narración, lo achacamos a un flashback. Aunque era el flashback más extraño que habíamos visto en mucho tiempo. Luego nos dimos cuenta de la verdad. No era un flashback. La chapuza había sido la siguiente: se habían equivocado con el rollo, adelantándose como una media hora a las escenas y al darse cuenta de ello, habían cambiado el rollo (perteneciente al trozo que no habíamos visto), retomando todo desde el principio y obligándonos a su vez a ver el film desde ahí de nuevo. En resumen, hacia la mitad de la película habíamos visto el final, luego la mitad y luego el final otra vez.
-¡¿Esto que coño es?! –había dicho mi padre al ver la poco lógica que tenía la narración.
-¡Cállese! –le había dicho alguien del público.
- Shhhhh – le mandó a callar otra persona..
- Guau, han hecho como en “Memento” –oí susurrar detrás de mí a una joven a su novio-. ¡Qué original! ¡Es una especie de rompecabezas!
Después de la experiencia, llevé a mi padre a ver la última película del día. Ahora tocaba la nueva entrega de los “Piratas del caribe”. Al igual que la de “Superman”, duraba dos horas y media…
-Con intermedio incluido –dijo la taquillera sonriendo y cobrándose, esta vez catorce euros-. La sesión de las diez es la más cara.
-¡Su puta madre! –le dijo mi padre al irse.
Entramos en la sala. Fieles a las costumbres, nos pusieron todo un desfile de anuncios. Casi parecían querer competir con la duración de la propia película. Uno de los anuncios en particular me hizo gracia. Allí estábamos nosotros, a punto de ver una película americana y…
-…Apoya el cine español. Déjese de tiros, partidos de baseball y banderas americanas…-decía el famoso español de turno-. Vea el cine español, le necesitamos.
Casi parecían las súplicas de un moribundo, pensé divertido.
-Véalo. Es más profundo. Es más culto.
A esto, le siguió un montaje de algunas escenas de sexo a lo Bigas Luna y de mujeres pegándose hostias en la calle.
-¡Zorra! ¡Te follaste a mi novio! ¡Eres una guarra!
-Realista y estimulante –siguió la voz-. Véalo. Le abrirá la mente.
Por fin, llegamos a la advertencia Anti-pirateria. Ese fue el momento en que mi padre se levantó del asiento y gritó:
-¡A tomar por culo!
Cogió mi brazo y tiró de mí.
-Nos vamos.
Cuando estábamos fuera del centro comercial, mi padre se dirigió hacía mí con voz suave.
-Eres un ladrón, hijo, pero un ladrón de los ladrones y eso al menos es algo. Si aquí hay respeto por el arte, que baje Dios y lo vea. Nos han robado tiempo, dinero y respeto –dijo mi padre levantando la mano para pillar un taxi-. Ya lo creo que estas obligado a hacer lo que haces… y yo también. Joder que sí. ¿Tienes bajada la de Piratas en casa?
Sonreí y asentí con la cabeza.
-¿Sin intermedios? –me preguntó sonriendo.
-Sólo los que queramos hacer.
- El cine es grande, hijo, es grande.
-Lo sé.
Mi padre me revolvió el pelo cariñosamente. Así había sido el día que había enseñado a mi padre.
FIN
Levanté la vista del pequeño manuscrito. Volví a mirarlo y esbocé una amplia sonrisa.
Era simplemente fabuloso. Ahí estaba justo lo que yo andaba buscando. Humor a raudales y verdades de la vida, al menos como el granujilla de su autor entendía esas verdades. Temblad Cervantes de pacotilla. Mi tesis estaba encauzada.
Aquel manuscrito lo demostraba.
Al día siguiente, llegué a clase repleto de energía. Las tremendas ganas de enseñar, de ilustrar a aquellos frascos vacíos, a aquellos pequeños Jarheads de poco monta, corrió por mis venas y salieron disparadas por mi boca como un vendaval.
-¡Sois la hostia! –grité-. ¡Tú!
Señalé a Smedley y todos se volvieron hacia él para mirarle, lo que supuso que enrojeciera al igual que una compresa en el lugar adecuado en el momento oportuno.
-¡Genio, que eres un genio! –le dije-. ¡Sátiro!
Smedley seguía postrado en su silla, sin decir nada.
Di una fuerte palmada enfática y proseguí.
-Esto marcha amigos míos. Quiero ver más trabajos, ¿de acuerdo? Tengo hambre de vuestro arte.
Me agaché hacia una muchacha pelirroja y algo regordeta y la señalé diciendo:
-¡De vuestro talento!
-¿Del mío? –preguntó ella nerviosa.
-¡Cállese! –y miré de nuevo a mis queridos alumnos-. Quiero me abráis vuestras mentes, que me mostréis la luz. Sentid el poder de la escritura. De vuestros personajes. Dirigidles como yo os dirijo a vosotros.
Todos me miraban absortos, con sus ojos muy abiertos.
-Todo se reduce a una cosa: hay que hacerles pasárselo mal. ¡Que las pasen putas para que yo y todos vuestros lectores podamos reírnos de ellos! Eso es escribir! ¡Eso es contar! ¡Eso es la vida! Escribiendo seréis el Dios de vuestro mundo.
-¿Ser Dios? –preguntó Cantinflas Ramírez, uno de los alumnos más cutres que había en aquella clase.
-Sí. A eso se limita el contar historias. A ser Dios. ¿Quién sino Dios crea cosas de la nada? Los escritores crean personajes, los dotan de vida, crean sus situaciones, crean el mundo en que se mueven y joder, lo mejor de todo, controlan absolutamente su destino. ¿No me digas que eso no mola?
-S-si –dijo Cantinflas-. P-pero da un poco de miedo.
-¡Quien dijo que ser Dios era fácil! ¡Pero tiene sus recompensas! Hay quienes pensaran que lo que estoy diciendo son memeces, chorradas sin sentido y que todo lo que escribe un escritor queda limitado al papel. ¡Papel mojado, como si dijéramos! ¡Que no se crea nada! Yo digo: ¡U-N-A P-U-T-A M-I-E-R-D-A! La trascendencia de la creación es inimaginable, ¡inimaginable, señores!
-¿De v-verdad?
-Os contaré algo que quizás suene a fantasía. En el momento en que todo escritor se sienta a escribir una historia, de inmediato, se convierte en un pequeño Doctor Frankenstein. Imaginaos como científicos en vuestro laboratorio apunto de dar vida a un monstruo. Un monstruo que nacerá con entidad propia y voluntad. Habrá casos en que seréis poco habilidosos y no sabréis controlar a ese monstruo. Eso hará que se os escape y provocará que vuestra historia sea una mala historia. Pero habrá otros casos, en que sabréis mantenerlo a raya, sabréis dirigirlo y en resumen, sabréis hacer que se comporte y que mantenga los modales. ¡La única manera de conseguirlo, de someterlos, es creando conflictos! Sólo así podréis controlar a vuestros personajes. Las putadas son las herramientas de control. Con ella moldeareis a los personajes.
-N-no entiendo nada –dijo Cantinflas.
-Siéntate a escribir y lo sabrás. Verás que es casi mejor que follar… casi – dije de forma contundente-. Te lo digo yo.
-¡Profe! –gritó Cantinflas escandalizado.
Le cogí de la nariz y se la apreté.
-Moc, moc –dije riéndome
La parida, como no, tuvo una buena acogida. Todos reían sin parar mientras Cantinflas se agarraba la nariz dolorido y poco después empezaba a llorar.
Al cabo de dos semanas, me llegó el siguiente relato. Era de una tal Elisa Barcés. Le miré el rostro con atención cuando me entregaba el cuento. Las facciones de su cara eran delicadas: ojos pequeños y rasgados y color de piel pálido como el de una muñeca de porcelana.
Al ver ese dantesco panorama, miré con desagrado su relato.
-¿No será poesía lo que me traes?
Su respuesta fue una sorpresa.
-No – dijo. Se dio la vuelta y volvió a su pupitre.
Aquella noche, con el relato a punto de caramelo en mis manos, salté sobre el sillón, y cuidadosamente me coloqué una manta sobre mis piernas. Calentito y expectante leí el título de la obra, que por miedo a desilusionarme había esperado a hacerlo hasta aquella noche. Así fue.
El título era la mediocridad en palabras. Los cinco, así se llamaba aquella mierda.
Pese a ello, pasé la página y comencé a leer.
Érase una vez….
Estuve tentado a deshacerme de aquella basura en el acto y ponerle el famoso boliche a aquella joven.
Detuve de inmediato mis intenciones al leer la frase completa con la que comenzaba el relato.
Érase una vez un asesino en serie...
¡Acaaaaabáramos!, grité en voz alta.
Pequeña psicótica polimorfa. La había juzgado mal. Al parecer Elisa Barcés era de los míos. Con avidez enfermiza me adentré en el relato. En su mundo.
Érase una vez un asesino en serie. En realidad no lo era aún, pero sus aspiraciones de serlo junto con sus elaboradas y profundas maquinaciones mentales y sus numerosos planes cognitivos para llevar a cabo lo que el consideraba su misión en la vida, prácticamente lo convertían en uno.
Su nombre era Luís Mangold y sabía que pronto ese nombre se codearía con otros de mayor calibre como el Charles Manson, Ted Bundy y en un plano ficticio pero más molón que los de esos dos pelagatos perturbados, con el de Jason Voorhees, Michael Myers y Leatherface.
El plan era sencillo, mataría como Manson y Bundy, harían la película y su recuerdo quedaría como el de Jason y Freddy.
Sencillez a domicilio.
Ya se veía a él en la pantalla, muriendo en cada película para luego resucitar en cada secuela. Así una y otra vez durante años. Hasta que su historia, claro, dejara de ser rentable para la industria.
El día para iniciar la oleada de asesinatos incontrolables elegido por el bueno de Luís fue el de su vigésimo séptimo cumpleaños. Era perfecto. Acababa de terminar su carrera de ingeniero técnico, tenía una novia modelo que aún le hacia temblar las piernas, vivía sólo y tenía un perro. Nadie podía sospechar que un tipo tan prometedor como él estaba apunto de convertirse en un sanguinario asesino. No entraba en el famoso patrón de asesino en serie. No era un frustrado sexual, no era un antisocial, no carecía de la famosa falta de empatía de la que gozaban todos los psicópatas, de hecho era un “Greenpeacenómano” en potencia (ya sabéis, salvad a las ballenas, cuidemos el medio ambiente, energía renovable, todo eso y más si dais seis euros al mes), y ¡maldita sea! hasta sabía bailar el twist. Entonces, ¿por qué ese empeño por matar a inocentes?
Era una pregunta que sus amigos, a menudo, le hacían durante sus reuniones en la cervecería de Tío Cesar.
-Bueno, no es un por un solo motivo, creedme.
-Cuéntanos, Luís –dijo su amiga Lidia, mirándole expectante.
-Bueno, en realidad sí. Es por un motivo- bajó la cabeza tímidamente-. Quiero ser famoso.
Se hizo un pequeño silencio y acto seguido sus amigos, Leticia, Víctor y Franco España prorrumpieron a carcajadas.
-Viejo bribón –dijo Víctor "el Gnomo", su mejor amigo-. Te lo tenías escondido.
-Bueno, sí –dijo Luís sonrojado.
-Pero si hay muchas otras maneras de ser famoso. Sólo tienes que ver los programas de salsa rosa –dijo Franco España-. Cualquiera puede hacerlo con un mínimo esfuerzo. No hay ninguna necesidad de ir por ahí matando al personal.
-Si, ya…
-Además, también está el “Gran hermano”. Puedes meterte. Eres atractivo y tienes carisma –le dijo Leticia-. Lo tienes muy fácil.
- Ya, pero…
-O escribe un libro – dijo Víctor.
-No, no. Nada de lo que decís termina de convencerme. No quiero ser un famoso de tres al cuarto. Un tipo al que olvidarán después de una semana en la cima. Yo quiero trascender fronteras igual que Patrick Bateman. Crear estilo. Yo quiero que la gente me escuche, y tal y como dijo John Doe a David Mills en "Seven" sólo hay una forma para conseguirlo: no te puedes limitar darles una palmada en la espalda, necesitas dar un mazazo en la frente.
Sus amigos le miraron con atención.
-Y eso haré. No creo que pida demasiado, ¿no?
-No, por Dios, Luís, claro que no –dijo Víctor-. Tus intenciones son honradas y lógicas. Te mentiríamos si te dijéramos que nosotros no aspiramos a lo mismo. Pero todo esto de lo que nos hablas nos parece arriesgado.
-Lo sé. El ser famoso acarrea competir con otros que también quieren serlo. Mientras yo mataré por serlo, la policía, a su vez, intentará atraparme para serlo también. Supongo que así funciona la vida. La fama es como el anillo de Frodo. Todos lo anhelamos. Y tendré que aceptarlo. Mi profesor de filosofía me dijo una vez, todos tenemos la misión de dejar una huella en esta vida, lo único que hay que hacer es encontrar la llave para ello –miró a sus amigos y sonrió-. ¿Y cuál es esa llave?
Todos rieron.
-¡La fama! –dijeron al unísono.
Brindaron y durante tres horas sus risas histéricas se oyeron por todo el local.
La mañana siguiente era la mañana en cuestión. La mañana de su vigésimo séptimo cumpleaños. La mañana del asesino, como la había bautizado. Hoy daré el pasó, pensó al despertarse junto a su novia, la modelo cachonda.
Fue a la cocina, encendió la pequeña tele a pilas situada frente a la mesa y se sentó a desayunar. Mientras veía las noticias sonrió. Sabía que mañana con un poco de suerte el estaría ahí, iluminando la caja tonta de millones de hogares.
Un “famous” más en el mundo. Un carnet hacia la inmortalidad.
Miró el reloj con cierta inquietud. Tenía que ponerse las pilas si quería llevar a cabo sus psicópatas intenciones. Sin embargo, creyó importante informar antes a sus padres. Se merecían enterarse de primera mano del porvenir de su hijo. Se acercó al teléfono de la salita de estar, muy cuca ella, y marcó el número de sus Señores Padres, como le gustaba denominarlos. Contestó su madre.
-Oh, Luís, que sorpresa. Hace dos años que…
-Lo sé, mamá, lo sé. He estado ocupado. Los estudios y demás gestiones.
-Entiendo, Luís, pero nunca contestas a las lla…
-Lo sé, lo sé. Gestiones, mamá, gestiones…
-Te llamamos esta mañana para felicitarte pero no contest…
-Y por eso he llamado yo ahora –mintió con rapidez-. Bueno, mamá, ¿que es lo que te cuentas?
-Ay, no te lo vas a creer, Mari Esther tiene un piso nuevo. Nos lo enseñó ayer a tu padre y a mí. ¿Sabías que su hijo Aarón se casó hace seis meses? ¿Y sabías que…?
- Sí, sí, me enteré, me enteré de todo –volvió a mentir-. ¿Está papá?
-Sí, claro. Enseguida te lo pongo. ¿Vendrás a vernos pronto?
-Por supuesto.
-Cuídate, hijo.
-Lo haré.
Oyó como su madre llamaba a su padre. Se oyeron crujidos por el otro lado de la línea hasta que por fin su padre se puso.
-¿Luis?
-Hola, papá.
-A estas alturas creí que estabas muerto –dijo su padre divertido.
Luis rió.
-¿Cómo van los estudios, hijo?
-Ya terminé la carrera.
-Entonces, ¿ya eres ingeniero?
-Sí, papá.
-¿Vendrás entonces a trabajar a la empresa?
-No sé, papá. De eso quería hablarte. Antes me gustaría hacer algo. Algo importante.
-¿Cuéntame?
-Quiero ser famoso.
-Ah, eso es una sorpresa, hijo, ¿estás seguro?
-Sí, papá.
-Es un paso complicado. ¿Te ves con fuerzas?
-Sí. Pero lo he pensado mucho.
-¿Y que camino has elegido para ello?
-El asesinato.
-Ajá.
-El asesinato en masa, para ser más específico. Te acuerdas de “Viernes 13”.
-Si, claro.
-Pues algo así. ¿Cómo lo ves?
-Bueno, es un poco peligroso, hijo. Los policías lucharan por quitarte el puesto.
-Lo sé.
-Pero ánimo, hijo. Tu madre y yo te apoyamos.
-Gracias, papá.
-Cuídate, hijo.
Tras colgar, Luis se dirigió a la droguería. Compró todo un surtido de productos químicos y se los subió de nuevo para casa. En el lavabo del baño los mezcló y observó con atención la reacción química que estaba teniendo lugar. Su intención era conseguir algo cercano al ácido sulfúrico. Fue a la cocina y cogió un trozo de solomillo. Lo llevó al baño y lo tiró a los líquidos químicos. Empezó a salir humo del trozo. Se deshizo a las mil maravillas. Luís sonrió. Ni la Coca-cola. Ahora en lugar del solomillo metería su cara ahí dentro. Intención: parecer un asesino más sofisticado y carismático de lo que era en ese momento. El rostro de guaperas y su sonrisa de chulo-putas debían desaparecer. Con la cara “freaky” y deforme estaría más cerca de Jason que el mismísimo Cristal Lake. De sopetón, como si acabara de despertarse y necesitara despejar su cabeza a base de agua, metió la cara en esos líquidos de mal agüero.
Se oyeron ruidos tales como “Frssssssss, frasssssss”. Una melodía efervescente.
Todo su rostro se llenó de espumas blancas y burbujas. La sensación era parecida a la de meter un dedo en un refresco, con todas esas burbujas envolviéndotelo. Sólo que esta vez era la cara y no un dedo. Una gozada para el cuerpo. Al menos, así resultó hasta que llegó el ardor. Ese fue el instante en que el placer dio paso a los dolores. Las burbujas blancas se tiñeron de rojo. Pasaron dos minutos y Luís sacó la cabeza de esa hoguera de las vanidades. Contempló su nuevo rostro en el espejo.
Cualquiera que hubiera visto la peli Darkman hubiera reconocido enseguida al nuevo Luís. Su cara era más pizza que cara. Sonrió a pesar de las quemaduras.
La hostia, pensó. Esto es la hostia.
Su novia, la modelo, tuvo que pensar lo mismo porque nada más verle, cuando se disponía a darse una ducha, se desmayó.
“Ñeeee”, dijo el “freaky” que era ahora Luís.
Para más INRI, la sesión de estética no acabó allí. Como niños que recortan barcos de papel en un parvulario, el bueno de Luís Mangold se sentó en la mesa de su despacho y armado con unas tijeras comenzó a fabricarse una máscara. Ni de cuero, ni de latex, con cartulina le bastaba. Haciéndole un improvisado homenaje a Edgar Allan Poe, el color de la cartulina que eligió fue el rojo. Tendría para sí una máscara de color rojo. La muerte roja.
Un asesino literato. ¿Acaso se podía pedir más?
Después de clavarse la cartulina a la cara con chinchetas, Luís se dispuso a partir.
Era la hora de elegir el escenario para sus macabros crímenes. Optó el campo como buen fan de “Viernes 13” que era. Naturaleza y crímenes salvajes, una combinación perfecta difícil de rehusar. Al salir de casa, comprobó que llegar hasta el campo iba a suponerle más de una complicación. Debía de haber esperado a descuajeringarse el rostro en el bosque. Ningún chofer de autobús, taxista o conductor consumidor habitual de autoestopistas en su sano juicio, se atrevió a recogerlo.
-Y una mierda –le gritó el chofer de un autobús -. Va usted hecho unos zorros, ¡guarro!
-¡Ni hablar!¡Seguro que usted es un skin head de esos! ¡Vándalo! –le gritó un taxista-. ¡Ay de usted cuando se lo comente a mis socios, los Latin kings! ¡Mejor que vaya comprándose pañales, cerdo racista!
En vista del panorama presente, Luis decidió que la mejor manera de llegar a su destino, era hacerlo a pie. Su figura apenada, recortada en el horizonte y de andares tranquilos abandonó la ciudad a eso de las doce de al medio día. Muchos de los ciudadanos que pasaban en ese instante por la calle principal y que levantaron la vista hacia la lejanía pudieron avistar su figura asesina. Lógicamente la ignoraron. Aún no era famosa.
A las siete de la tarde Luís Mangold por fin llegó a su lugar de destino. Respiró hondo por los dos orificios situados por debajo de su nariz que convenientemente había hecho en su máscara y miró al frente. Una verde y frondosa espesura le rodeaba. El sonido de los pájaros, la agradable brisa, el olor de las flores… era todo tan intenso allí. Estaba en el cielo. Sacudió la cabeza despejándose de tales pensamientos. No estaba en el bosque para ser testigo de esos placeres mundanos. Tenía una misión y si quería tener éxito, debía concentrarse de inmediato y ponerse manos a la obra. Estaba en parajes desolados y por su propia definición eso significaba que no habría por allí víctimas en abundancia. Las pocas que debía haber, tendrían que ser encontradas con suma rapidez, antes de que el anochecer se hiciera cargo del escenario.
Los únicos seres vivos (algunos insistían que no podían ser denominados como tales) que habían por allí eran nada más y nada menos que cinco políticos. Políticos que sorprendentemente, a pesar de sus diferencias, habían decidido pasar juntos aquel fin de semana en una acogedora cabaña situada junto al lago.
Cada uno de ellos con copa en mano y sonrisa franca en los labios (pues allí eran capaces de sentirse ellos mismos y no Tom Cruises de medio pelo) estaban en la mesa del porche, admirando la grandeza de la naturaleza.
-Se está de maravilla aquí, ¿verdad? –dijo uno de ellos que llevaba un espeso bigote negro.
-Oh, sí –dijo otro al que llamaban Coffee.
-El itinerario de mañana será el siguiente: nos levantaremos pronto para cazar, a la tarde pesca y finalmente con nuestros trofeos haremos una barbacoa –dijo de forma mecánica la única mujer del grupo.
-La emoción de la caza –dijo tímidamente el socialista del clan. Un tipo encorvado al que llamaban “Entrelazado Joe”, pues cuando hablaba siempre entrelazaba los dedos de sus manos.
Todos le miraron desconcertados un instante y al segundo siguiente prorrumpieron a carcajadas.
-Vamos, vamos, seamos diplomáticos –dijo él con una sonrisa en los labios y como no, con sus dedos entrelazados.
-Diplomático seré yo mañana con esos ciervos, tío. Se van a cagar – dijo el político de pelo cano al que llamaban” Arbusto Bob” –. Se van a cagar.
Los políticos rieron y se levantaron para aplaudir las pocas pero contundentes palabras de Arbusto. Todos, excepto “Entrelazado Joe”, que se quedó sentado donde estaba con la cabeza mirando a otro lado. El feo gesto no pasó desapercibido para Arbusto. Las amenazas no se hicieron esperar.
-Tomaré medidas contra ti y contra tu familia –dijo Arbusto señalándole.
-No me das miedo.
-Yo soy el que tiene las escopetas de caza, no tú.
-Eso es cierto –agregó el político del bigote-. Es él el quien guarda las armas.
-Vamos, vamos –dijo Coffee-. Seamos diplomáticos. Hagamos justicia a ese talante que nos caracteriza. Estamos aquí para pasar un agradable fin de semana, no para pelearlos entre nosotros. Creo que de peleas estamos más que servidos en nuestra vida diaria.
-Eso es cierto –dijo la mujer.
-Propongo que hablemos de un tema que nos agrade a todos –dijo Coffee.
-De acuerdo –dijo de mala gana Entrelazado.
-Te mantendré vigilado –amenazó Arbusto Bob.
-¿Y bien, de qué tema hablamos? –preguntó el del bigote.
Los siete minutos subsiguientes se escucharon grillos, el croar de las ranas y el ruido de las hojas que eran movidas por el viento, pero de los políticos no se oyó nada. Eran bustos vivientes que se miraban los unos a los otros de forma absurda. La mujer rompió el silencio.
-Será mejor que hablemos de trabajo entonces.
-Buena idea –dijo el político de bigote.
-Bien, ¿cómo pensamos dominar el mundo? -dijo Arbusto-, ¿Alguna idea? ¿Alguien tiene algo nuevo que aportar?
-¿Creéis que este es un buen momento para hablar de ello? – dijo Entrelazado Joe-. Es que no sé, la idea de querer dominar el mundo aún no me convence. No es que me esté echando para atrás… pero yo creo que las cosas no van tan mal, ¿no? Hay guerras, hay pobres y terroristas malos danzando por ahí pero también hay soluciones, ¿no? Podemos llamar a los fumigadore…
-Tu actitud me recuerda a la de Bambi. Siempre diciendo “¡Oh, no!” “¡Cielos!” “¿Corcholis!”. Eres un acojonado, tío –dijo Arbusto.
-Es cierto, Entrelazado Joe. No estás a nuestra altura –dijo el del bigote.
-Mantengamos la calma –dijo Cofeee.
-Deberías volver a magisterio y…- siguió el del bigote.
-¡Cállate! –gritó Entrelazado-. Puedo ser duro si me lo propongo.
Los políticos estallaron en risas.
-¡Es la verdad! –siguió entrelazado.
-¡Este tío es la monda! –dijo el del bigote-. ¡La monda!
-¡Me tienes harto! Eres un enfermizo hijo de puta y un pijo –sentenció Entrelazado.
-¡¿Pijo yo?! ¡Te mataría a hostias de un latigazo! ¡¿A qué te gano jugando al padel?
-Chicos, chicos, calmaos –dijo Coffee.
-Soy un tipo duro –siguió Entrelazado-. Lo soy, ¡maldita sea!
-¿Si? A ver, comprobémoslo. Si ahora entrara aquí un terrorista, ¿qué es lo que harías?- le preguntó Arbusto.
-¿Un terrorista? –preguntó Entrelazado rascándose la nuca-. No podría ser mejor un maltratador. Es que un terrorista…
-No. Un terrorista. ¿Qué harías?
-Pues no sé. ¿Pactar? ¿No?
Todos se llevaron la mano a la frente, incluido Coffee, oyéndose varios “plas” consecutivos.
-Para mí todo estaría muy claro, tío –dijo Arbusto-. Con andares tranquilos iría hasta mi cuarto y una vez allí con esa misma parsimonia, sacaría mi rifle, y ¡joder! haría que ese canalla fuera la persona con más ombligos en la tierra. ¡Por árabe!
-¿El terrorista era árabe? –preguntó Entrelazado.
-Tanto monta, monta tanto –dijo con tranquilidad Arbusto.
En ese momento irrumpió en escena no un terrorista pero si Luis Mangold, un joven con serias pretensiones en convertirse en el mayor serial killer postmoderno. Antes de hacer la dramática presentación ante los políticos, Mangold había ido a echar un vistazo a la parte de atrás de la cabaña, donde estaba el pequeño granero. Allí, se había armado de una útil hacha. Hacha en la que ahora se reflejaban los rostros sorprendidos de aquellos cinco políticos. Nerviosos, dieron varios respingos en sus asientos, pero nadie se atrevió a levantarse.
-¿Qué coño? –dijo Arbusto.
-¡Un loco! –gritó la mujer.
-¡Un terrorista rural! –gritó Arbusto asustado.
Harto de tanto griterío y acusaciones sin fundamentos, Luis descargó su hacha en la mesa, partiéndola a la mitad. Los ojos de los políticos se dirigieron ahí, sorprendidos. Enmudecieron. Acababan de ver de lo que aquel intruso era capaz.
No era un simulacro. Repito, no era un simulacro.
Por los orificios de la máscara, miró a sus cinco víctimas. Aquel era el momento más importante de la vida de Luis. Debía pensar muy bien cual iba a ser su próximo movimiento. Todo acto que hiciera en aquel instante quedaría grabado para la posterioridad. No era algo que podía tomarse a la ligera. De aquellos cinco individuos, debía seleccionar uno para que fuera la primera víctima. Tenía entendido que para todo asesino virgen, ejecutar a la primera persona era toda una odisea. El cúmulo de emociones, miedo, excitación, culpabilidad, hacían que apretar el gatillo o en este caso descargar el hacha fuera todo una odisea. Ahora lo estaba comprobando pero no sólo desde el punto de vista del valor para hacerlo, sino desde la indecisión que le provocaba quien de esos cinco individuos debía ser el primero en abandonar el mundo.
Los miró uno por uno, determinando quien encajaba mejor en el perfil de secundario muerto.
Señaló a Coffee. El sería el primero en espicharla. Coffee abrió los ojos sorprendidos e hizo algo que Mangold no tenía previsto, se levantó de la silla indignado.
-¡Debería darle vergüenza!
-Yo…
-Mata primero al negro, ¿no?
-No… yo…
-El negrito debe morir, el negrito debe irse. ¿Y por qué no me manda a recoger algodón ya que estamos?
-Vamos, Coffee –dijo Arbusto asustado-. Se razonable.
-¡Y una mierda!
-V-voy a mataros a t-todos… así que no importa, ¿no?
-Sí que importa. Cuando hagan la película, el actor Dennis Haysbert solo saldrá cinco minutos. Eso es inaceptable. Estoy harto de tantos tópicos y de tantos prejuicios raciales. Tenemos derecho a salir tanto como Bruce Willis.
-No le hagas enfadar, Coffee –dijo Arbusto.
-Debería ser más original, Señor asesino –dijo Coffee.
-S-sí…
Luis titubeó y optó por señalar a la mujer.
-¡Eh! –gritó ella histérica-. ¡¿Cómo se atreve?!
-¿Qué pasa? –dijo el asesino avergonzado.
-¡Qué machista, ¿no?! Me mata primero por ser mujer.
-No…-balbuceó el asesino.
-Tiene cierta lógica –dijo el político del bigote-. Las mujeres primero, ¿no?
-¡No! ¡Es machista y estereotipado! ¡Siempre morimos primero en las pelis! ¡Estoy harta!
–señaló de manera acusadora al asesino-. Seguro que maltratas a las mujeres.
-No, ni hablar.
-Demuéstrelo.
El asesino miró al lado y señaló entonces al político del bigote. Le miró atónito.
-¿Con que esas tenemos? ¿Habéis visto? – dijo mirando a sus compañeros.
Ellos asintieron indignados.
-Mata primero al gay.
-N-no…
-Es que acaso somos los más débiles, ¿o qué?
El asesino se tapó la boca de la máscara, asombrado.
-Lo siento –dijo.
-Me siento muy ofendido. Ni en el campo uno se libra de la homofobia.
-No se volverá a repetir –se disculpó el asesino.
-Eso espero –dijo el del bigote muy digno.
Luis miró a Arbusto.
-A mi no me mire, amigo, yo soy pedófilo –dijo.
El asesino asintió e hizo el ademán de mirar siguiente. Pero antes de hacerlo, sacudió la cabeza, indignado, y volvió a mirar a Arbusto.
Además del asesino, los políticos también lo miraban con expresiones desconcertadas.
-También…también tenemos nuestros derechos, ¿no? –dijo Arbusto balbuceando-. Y siempre morimos en las pelis.
-Y menos mal, no te jode –dijo el del bigote-. Adelante, señor asesino, proceda.
Luis Mangold asintió. Arbusto temblaba de la cabeza a los pies.
-Nou, seré bueno, se lo juro –suplicó Arbusto y acto seguido con mirada perdida, comenzó a decir incoherencias-.” Sólo era un juego, Andy”… “Andy, sólo era un juego”.”Amigos hasta el final ¿recuerdas?”
-¡Ya basta! –dijo Entrelazado Joe levantándose de la silla.
No iba a permitir que nadie muriera allí en su presencia. Pedófilo o no, eso no era democrático, leches. Era un dirigente nato y como dirigente que era le correspondía a él dirigir aquella situación. Por su familia, por sus amigos, por España.
Miró al asesino fríamente y le desafió.
-Gusano bastardo, si quieres matar, ven a por mí.
Luis Mangold dio un suspiro. Menos mal que habían elegido por él.
Al fin, ya tenía la primera víctima. Levantó el hacha y se dirigió a él implacablemente.
Entrelazado Joe, separó sus dedos de sus manos por vez primera en dos años y los cerró formando dos puños.
-¡Jujitsú! – gritó chinamente y descargó los puños, seguido de una patada karateca al asesino.
El asesino cayó derrumbado al suelo. Entrelazado Joe aprovechó la situación para sacarle ventaja a aquel nefasto homicida enmascarado. Siguiendo los pasos que había enunciado Arbusto Bob ante el caso hipotético de irrumpir un terrorista en aquellos lares (pero que extrañamente no había llevado a cabo con el asesino), Entrelazado entró corriendo dentro de la cabaña. Llegó a la habitación de Arbusto Bob y miró debajo de su cama. Allí había todo un arsenal. Agarró la primera mágnum que vio y volvió al porche. Nunca había disparado. De hecho, era la primera vez que veía un arma. Sin embargo, si que había visto "Robocop" unas veinte veces, y eso, señores, no era algo baladí. Apuntó al siniestro asesino que ya estaba de nuevo en pie, recuperado. Miró sus ojos a través de los agujeros de la máscara y lo que vio fue el mal más puro, absoluto y mortífero que había visto en su vida. No podía ser más cierto el título de aquella película de terror ochentera, “El terror llama a la puerta”. Lo tenía ahí, delante, mirándole.
-Nunca atentes contra España, cabrón –dijo.
La vena del músculo del brazo izquierdo, con el que sujetaba el arma, se movió y entonces se oyó un disparo. Luis Mangold dejó de existir, y con él todos sus propósitos de convertirse en el asesino más molón desde Pennywise. No obstante si que se haría famoso, aunque no de la forma que había previsto. Se convertiría en una merecida víctima de políticos valerosos en su afán de supervivencia.
-Oh, Entrelazado –dijo la mujer sorprendida. Se levantó y se acercó a él- ¿Estás bien? ¿Has pasado miedo?
-No, nena, soy un tipo duro. Soy un político.
Miró los labios de la mujer y los besó con pasión. Sus compañeros políticos miraron la escena con solemnidad. Todos compartían el mismo pensamiento. El avergonzado Arbusto fue el único que se atrevió a decirlo en voz alta.
-Bambi se ha convertido en un ciervo.
-Sí…- dijo el del bigote-. Y no pacta… no pacta.
Los demás asintieron lentamente.
FIN.
Las lágrimas chorreaban sin cesar por mis mejillas. Me las limpié con el dorso de la mano y proseguí con mis sonoras carcajadas.
-¡Está tía es un genio! –sentencié al leer otra vez el nombre de su autora-. Y yo también, ¡que coño!
Escribir contando la verdad conllevaba a la creación de deliciosas parodias. Era el mismo reflejo de la vida. Solté el manuscrito y me levanté del sillón, desperezándome. Caminé hasta la ventana del salón y miré la noche que se extendía ante mí. ¡Qué vibraciones tan positivas sentía en aquella velada! ¡Mi proyecto tenía futuro! Obtendría inevitablemente el reconocimiento de la gente. Me nominarían a premios, podría escribir libros de verdad, libros graciosos que tocaran la vida y hacer incluso programas de televisión sobre ello. Era un genio que acababa de enterarse que lo era.
La noche era mía.
Llegó el último día de entrega de los trabajos y mi mesa quedó repleta de pequeños tomos de relatos, pertenecientes a los más rezagados.
-¡Atajo de gándules, eso es lo que sois! –dije al entrar en clase y ver el panorama que había en mi mesa-. ¡Hijos de puta! ¡Que yo también quiero disfrutar del verano!
-¡Disculpe profesor! –dijeron todos al unísono.
Los tenía bien entrenados. Era una maravilla, podía ser maleducado y déspota con ellos y en cambio esas larvas escolares eran todo lo contrario conmigo. Consejo para despistados: si padece usted de ira reprimida, aquí tiene la receta infalible: hágase profesor.
-Bueno, supongo que más vale tarde que nunca –miré a un alumno que acababa de levantar la mano-. Sí, Alfredo.
-Profe, yo no he podido traer el mío, mi madre se ha…
-...Muerto, ¿no? Menos lobos, Alfredo y no me haga perder el tiempo.
-Sólo pido que si me puede dejar traérmelo mañana y… -dijo lloriqueante.
-¡Vete a la cama, pimpín! –dije yo despectivo-. ¡Con tu madre!
La clase estalló a carcajadas. Una vez más, mi tesis acababa de refutarse. No sabíamos si la madre de aquel granujilla estaba muerta o qué, de hecho, por saber no sabíamos ni si tenia madre. Pero eso no eximía a que mis alumnos creyeran que pudiera estarlo y que aún así, mis graciosas palabras surtieran efecto. La verdad hacia reír a todos, menos a la víctima de ella. Cogí los relatos de la mesa, alcé la mano hacia mis alumnos y me despedí efusivamente de ellos:
-¡Iros a tomar por culo, salvatruchas!
Y cerré la puerta tras de mí.
De nuevo en mí querida casa y tras una sabrosa cena a base de restos de comida que pululaban por todos los rincones del hogar, véase: nevera, muebles, baño, mesa del ordenador y debajo de la cama, me dispuse a corregir el resto de relatos. Me rempantingué en el sillón juguetonamente, casi pareciendo una colegiala, con el montón de relatos bajo el brazo y comencé la sesión.
En menos de dos horas me leí cinco relatos.
Mocos Andaluces de Nacho Ñomo.
La luna que quería ser campera de David Pérez.
Yogures helados contra los helados yogures de Tania Santana.
Niño niñato para madre madrera de Mariano Torroy.
Los enseres de la ballena y el gimnasio de la morena de África González.
Resultaron ser mediocres. Tres de ellos se caracterizaban por la ausencia total de sentido del humor. Al parecer, sus atrevidos autores habían preferido hacer oídos sordos a mis indicaciones y habían optado por la autocomplacencia. Había escrito de su mundo, no del mundo. Los hice trizas con las manos.
Los dos relatos restantes se habían quedado en un punto intermedio entre la complacencia y el sentido del humor. Mal. Les puse sendos cuatros con mi rotulador rojo. Así aprenderían.
Esperaba que los siguientes relatos fueran mejores. Leí el título del siguiente relato. Se llamaba Lecciones inmorales por Javier Chavanel. Me vino rápidamente a la cabeza la imagen del autor en cuestión. Un escalofrío recorrió mi espalda. Un repelús instantáneo.
Se trataba de un gordo de ojos legañosos, tímido y balbuceante que se sentaba en las partes más profundas del aula. Su única compañía: un ejército de Kleenex por sus constantes alergias nasales. Recordé el suceso ocurrido con él a principio de curso en el que el gordo por un repentino ataque de estornudos me había obligado a mí, ¡a mí! a detenerme en mitad de uno de mis maravillosos discursos. No me quedó más remedio que ajustarle las cuentas por aquel intento de ridiculizarme. Prohibición durante dos largas semanas de que sacara algún Kleenex o papel de cualquier tipo durante mi clase. El muy guarro, en lo que duró el castigo, para remediar sus escapes nasales, optó de manera sistemática por utilizar sus propias manos y su ropa como pañuelos. Manchas blancas de todos colores teñían sus jerseys desde entonces. Por estos copos blancos de su indumentaria, sumados a su prominente barriga cervecera, en los pasillos comenzaron a llamarle Papa Noel.
Miré su relato. Era divertido que aquel haragán de naturaleza autista, todo el día en las musarañas, con mirada ausente y expresión de vaca hindú, se hubiera atrevido a escribir uno. Sí, sería muy divertido leer su relato y después suspenderle.
Empecé Lecciones inmorales.
Lanzarse a la carrera, esa es la principal virtud y también principal defecto de los jóvenes. Es decir, de los inexpertos. Yo soy joven e inexperto pero esos hechos no me impidieron a que cierto día sentado en mi escritorio me sentara a escribir y soltar todas esas ideas que bullían por mi cabeza y pugnaban por salir. Sobreviví a la experiencia. De hecho me resultó sorprendentemente revitalizadora.
Cuando ocurrió tenía nueve años.
A los diez ya había escrito varios relatos que no alcanzaban las cinco páginas y hablaban de monstruos y de animales mortíferos. Eran mis monstruos. A los catorce decidí abandonar a los monstruos y a los asesinos y me lancé a escribir un relato sobre personas reales que vivían en mundos reales y les ocurrían cosas reales.
Como el proyecto me parecía demasiado ambicioso para dar vida a muchos personajes, me limité a sólo uno. Pero éste personaje sería perfecto. Trabajaría detalladamente una biografía de él, sabría cada suceso de su infancia, tallaría todos los rasgos de su personalidad y de su mundo. En aquel momento no lo sabía, pero aún estaba lejos de abandonar a mis monstruos. De ninguna manera.
Sin pretenderlo estaba creando a uno nuevo. Al profesor Lucas Floyd.
Pero, ¿qué coño era aquello? ¡¿Una broma?!
Maleducado, trasgresor, nihilista, esos eran los puntales básicos de su personalidad. Una personalidad que acabaría por volverse en su contra.
¡Y una mierda!, grité enfurecido al relato. ¡Nadie jugaba con él sin cita previa! ¡Nadie!
Y aficionado a decir paridas, también.
El primer borrador de este peculiar personaje empezaba así:
Cuando cumplió trece años Lucas Floyd sabía lo que quería ser de mayor. Una ventana repleta de posibilidades y ajena a la incertidumbre acababa de abrirse ante él en todo su esplendor, mostrándole un mundo más claro del que le mostraría el sol. Cuando los padres de Lucas Floyd se enteraron de su prematuro descubrimiento, sus rostros se abrieron en alegres sonrisas. Pronto descubrió que no se alegraban por su vocación descubierta en sí, sino por tener claro sus objetivos.
-Muchas personas acaban teniendo treinta años y aún no tienen claro lo que quieren hacer con el resto de tu vida. Eres un chico con suerte – le había dicho su padre.
Ya lo creía pensó él. De forma triunfante se dirigió al balcón de su casa y miró a la ciudad que se extendía ante él
-¡Allá voy mundo! –gritó-. ¡Seré director de cine y guionista! ¡Y si me apuran, supervisor de efectos especiales también!
Este fue el punto de partida de lo que yo creía que a la larga sería mi obra maestra. Catorce años y ya podía decirse que estaba a dos pasos de comerme el mundo entero.
Como dije al principio, ese era el error de los jóvenes e inexpertos. Lanzarse a la carrera con soberbia sin haber atendido antes a otras consideraciones. Mi error fue definir los objetivos de mi protagonista antes de definir los objetivos de la historia. Un error aparentemente insignificante pero que resultó ser fatal.
Es un hecho decir que Lucas Floyd cobró vida y autonomía propia y acabó escapando de mi relato. No tuvo que serle muy difícil, ya que las puertas de mi cuento estaban abiertas de par en par. No había nada que lo detuviera. Ese había sido el precio por haber empezado la casa por el tejado.
Con Lucas Floyd fuera de escena, lo que quedó de él en mi relato fue un personaje rancio, acartonado y sin vida. Eran sólo los resquicios de lo que podía haber sido.
Durante una semana no salí de mi habitación. Estaba deprimido y hastiado de todo.
Mis padres creyeron que había perdido una de mis películas.
-Seguro que la tienes por ahí, delante tus narices, lo que pasa es que no buscas bien –me dijo mi hermana María, consolándome-. ¡Gilipollas!
Recuerdo que le llamé lo mismo y proseguí con mis llantos. La dualidad se adueñó de mí. Tenía dos opciones o empezar otro relato y hacerlo esta vez bien, asegurándome que cerraba bien la cerca o mandaba toda esa mierda a la basura y retomaba lo que me había prometido en aquel verano, ingresar en el gimnasio, hacer dieta y realizar tablas completas de pectorales. Sabía que tenía potencial para conseguirlo y que podría llegar a ser un chico bien parecido. Todo un surfista.
La cuestión se reducía a:
Ser Díos en mi propio mundo. O ser un Dios en el mundo real a base de gimnasia y de camisetas “marconas”.
No lo tenía nada claro. Mi madre me llamó desde la cocina para que le tirara un cubo de agua pues desde años inmemoriales el fregadero estaba embozado, y había que aliviarlo continuamente. Fui hasta la cocina y al pasar por el salón, en la mesa vi un periódico. Sólo la portada ya me dio la respuesta.
Ser Dios en mi propio mundo. El friquismo era la clave. En el mundo real había guerras y asesinatos. Podían matarme y eso no me gustaba nada. A la mierda la dieta y los pectorales. De momento Javier Chavanel sería un “gordinflas quijano”. Escribiría a diario en unas jornadas infatigables dignas de las de Fíodor Doctoievsky durante su estancia en Siberia.
Después de tirar un cubo de agua mugrienta, con cucarachas flotantes incluidas, decidí que era la hora de poner en orden las ideas. Había varias alternativas: empezar un nuevo relato y esta vez bajo una severa estructura que mantendría prisionero a todo quisqui o posponerlo e intentar encontrar a mi profesor. Al diabólico Lucas Floyd.
Tenía la certeza de que encontrarlo era algo posible. Lucas había salido de mi imaginación. Estaba unido a mí. Si me lo proponía, podía encontrarlo. Y cuando lo hiciera lo destruiría. Ese seria su destino. Estaba decidido.
“…esos eran los puntales básicos de su personalidad. Una personalidad que acabaría por volverse en su contra”
Las horas de sueño resultaron ser las más provechosas para encontrar a Lucas. Como creador suyo que era, estaba conectado a su mente. Sólo tenía que seguir el mapa que me dejaban sus sueños. Un mapa onírico por así llamarlo.
A través de sus ojos, desde dentro de él, fui testigo de todo su segundo año impartiendo clases. Un año diabólico en el que sembró el terror en las aulas. Pude ver las caras aterrorizadas de aquellos alumnos. Víctimas inocentes de su tiranía. De sus maltratos psicológicos. Y presencie algo que me perseguiría para el resto de mi vida: la violación de esa niña durante la clase de gimnasia.
¡Eso es mentira!, grité airado. Había sido ella, os lo juro. La típica niña traviesa que mete en líos a los profesores que no la aprueban, y yo fui uno de ellos.
Una niña brillante de matricula de honor…
¡Mentira! ¡Eres un puto mentiroso, Chavanel!
…que aún no se ha recuperado del trauma.
¡Hijo de puta!
La conexión existía y fui consciente de la maldad absoluta que poseía mi creación.
Me sentía como el Doctor Frankestein tras la muerte de Elizabeth: responsable. En parte yo era culpable de aquella violación…
¡Yo no he violado a nadie, maldita sea!
… y no podía permitir que algo así volviera a repetirse.
Gracias a los sueños y a la conexión mental, averigüé el colegio en el que estaba Lucas Floyd. Ya no podía esconderse de mí. Al año siguiente pedí el traslado al Instituto la Minilla. El instituto de Lucas Floyd.
Sin ser consciente aún de la ironía del asunto, pasé de creador… a un alumno de mi propio personaje. Las ironías no acabaron ahí. Ese año bajo la tutela de Lucas descubrí con gran desconcierto que mi creación sabía más de escritura que yo, por muy increíble que esto me pareciera. De hecho, el fue quien me dio las claves para poder terminar el relato. Lo único que tenía que hacer con “Lecciones inmorales” era ponerle a mi personaje obstáculos y conflictos y entonces todo saldría sobre ruedas. Las risas llegarían solas. Esta vez la ironía estaba a mi favor: el propio Lucas me había ayudado a terminarle.
Sentía como si acabará de recibir un puñetazo. Estaba en un sueño, en un…
Aquí va el epílogo:
….terrible y largo sueño…
Lucas termina de leer el relato “lecciones inmorales” de Javier Chavanel. En todo lo que ha durado la lectura no ha salido de su asombro. Tal ha sido su sorpresa, que ha negado las verdades más evidentes.
¡Mentira!, ha gritado.
¡Hijo de puta!
Sin embargo, el brillo de su mirada lo delata. Con rabia rompe por la mitad el odioso relato y tira los trozos por la ventana.
Esa noche, Lucas Floyd duerme inquieto pero jura vengarse de Javier Chavanel. Esa salchicha peleona se las pagaría.
¡Gordo de mierda! Sentencia.
A la mañana siguiente le despierta toda una convención de gabardinas.
-¿Quiénes sois vosotros? –dice con voz chillona desde la cama.
-Policías, Señor Floyd. Si es que le podemos llamar así. No figura usted en la seguridad social, ni tiene carnet de identidad.
-¿De qué coño me está hablando?
-Ayer por la noche su vecina Mari Carmen recogió esto – el policía le enseña los dos trozos del relato que tiró anoche por el balcón, ahora pegados con cinta celo.
-¡Esa vieja cotilla!
El policía ríe.
-Eso pensamos nosotros. Hasta que lo leímos. Se dicen cosas muy fuertes relacionadas con un extraño suceso ocurrido hace un año…
- Simples especulaciones de una mente enfermiza.
-Eso pensamos nosotros. Por eso hemos venido aquí para comprobar si todo está en orden. ¡Y sorpresa! ¡No lo está! Hemos echado un vistazo a su ordenador, Señor Floyd, y podemos decir que el algodón no engaña.
-Son sólo: ¡Nenas cachorro!¡Nenas cachorro!
-Es usted repugnante.
-No, no. Así se llama la página. No es nada serio…
-A Guantánamo con él.
-¿A Guantánamo? ¡¿Se ha vuelto mochales o qué?!
-Es un convenio internacional, Señor Floyd. Debería leer más el periódico. Como no tiene seguridad social, ni carnet, allí le acogerán de maravilla.
-Si. Últimamente las existencias de terroristas están escaseando y se necesitan nuevos chivos expiatorios –dice otro poli-. Usted les vendrá al pelo.
-¡Noooo! ¡Es un error!
-El error es que nacieras!
Lucas mira el techo de su habitación, implorando misericordia.
-¡Esta parida no tiene gracia!, ¡No tiene gracia! ¡Chavanel, tío!¡Nada de esto tiene gracia y lo sabes!
El policía en ese instante, aparta la mirada de Lucas Floyd, esboza una sonrisa y mira directamente a cámara.
-Bueno, eso lo decidirán ellos.
Y guiña el ojo.
Fin
Sentí mi cabeza a cincuenta mil revoluciones. Nada de aquello podía ser verdad. Toda mi vida, mis sentimientos… absolutamente todo lo que había hecho y pensado… había sido creado por un insolente niño de catorce años. El personaje absurdo de un relato.
Si existía un infierno debía de ser este. Miré el manuscrito y estuve tentado a romperlo tal y como pronosticaba aquel infernal epílogo. En lugar de hacerlo, esbocé una sonrisa. Si era verdad que era el personaje de aquel relato, aún tenía posibilidades de salir indemne de aquello. Aún estaba a tiempo de evitar que los policías me hiciesen una visita, que se rieran de mí y que me llevaran a Guantánamo.
El gilipollas de Chavanel había cometido un graso error: confesarme su final.
Me deshice de su cuento, pero no en dos míseros trozos, sino en docenas de ellos. Los rompí y los rompí, quedando de él trozos minúsculos. Mari Carmen ya no podría recoger nada del relato a no ser que fuera aficionada a bucear en las cloacas. Tiré de la cadena y con la mano les hice un bye bye a los restos putrefactos del cuento. Y eso mismo le haría mañana a aquella apestosa ciudad. La abandonaría a las primeras horas del alba. No quería saber nada más de Javier Chavanel, ni de relatos ni de nadie más.
Volví al salón y al mirar el sillón di un respingo.
Los relatos que me faltaban por corregir me esperaban en el sillón. Airado, los recogí. Caminé por el salón en dirección al baño, donde éstos morirían ahogados. Me detuve mirando a la ventana abierta del balcón. Una llamada a la vaguería se alzó sobre mí. Romper en cachitos todos esos cuentos en el baño no me hacía maldita gracia. No cuando podía deshacerme de ellos en un santiamén.
¡Que demonios! Ya me había desprendido del importante, ¿no? ¡Como si la Mari Carmen quería masturbarse con estos!
Los tiré de ramplón por la ventana. Más de veinte relatos cortaron el aire pesadamente en aquel momento.
-¡Iros a tomar por culo, pendencieros hijos de puta!
Y solté una gran carcajada. Acababa de ganar a mi propio creador. Eso tenía gracia. ¡Vaya mierda de Dios era el mío! ¡Mira que era cayo el tío!
Contento y saltimbanqui me fui a la cocina dispuesto a una celebración por todo lo alto. Whiskito y un puro. La clave de la vida.
Diez minutos después, las sorpresas llegaron. La convención de gabardinas, contra todo pronóstico, se presentó allí.
-¿Eh? ¿Qué hacen aquí? Debería ser mañana… –dije desconcertado-. Qué coño, ni mañana tampoco.
-¿Estos relatos son de usted? –preguntó uno de los agentes.
-Si, ¿por qué? Fuera de aquí. No hay ninguno sobre pedófilos. Así que iros largando, cabrones buscapollas.
-Verá, estos relatos acaban de matar a la señorita Mari Carmen, su vecina. Le han caído todos encima.
Notaba como por mis mejillas comenzaban a brotar todo tipo de colores.
-Ya de paso, Carlos –le dijo el agente a otro-. Ya que se menciona la pedofilia de por medio, sin nosotros haber preguntado nada, mira el ordenador de este desalmado.
-Nou –dijo Lucas. Y ya no pude hablar más.
Mientras registraban mi casa y encontraban las evidencias de mis sórdidos secretos, mi mente dio a paso a una sucesión de afirmaciones rotundas.
Estaba viviendo mi propia tesis, víctima absoluta de ella.
Había habido policías. Pronto habría nenas cachorros. Habría Guantánamo.
Y lo peor de todo, por desgracia... sin lugar a dudas, habría risas…
FIN