martes 20 de octubre de 2009

AFÁN DE SUPERACIÓN.

















Desde siempre me han encantado las historias de superación. Creo que no hay nada que nos brinde tanta energía positiva de una forma tan gratuita y generosa como ese tipo de relatos.
No quisiera parecer uno de esos cínicos pesimistas que rondan por ahí y que por su creciente número cualquiera diría que parecen que están en rebajas, pero mi impresión de la vida es que es un lugar gris y tenebroso. Incluso diría, y os perdono la mofa, que la vida es un lugar legañoso. Cada mañana nos despertamos de la cama anhelando el momento en que volveremos a ella, ¿puede haber algo más legañoso que eso? Lo cierto es que no queremos saber muchas cosas del mundo. Nos basta con saber que por la noche, la cama y la almohada estarán en su sitio, esperándonos como devotos amantes. Sin embargo, cuando una de estas historias caen en mis manos… Oh, chico, las camas se pueden ir con la música a otra parte, que a mi ya no me encandilan con sus artes nocturnas.
Cuando leo sobre uno de esos personajes que en un momento dado deciden darlo todo, plantar cara y hacer frente a las adversidades de la vida con auténtico fervor, siento auténtica ternura por el mundo en el que habito. Personajes que no se resignan a las despiadadas leyes de su entorno, que no aceptan su destino porque sí, sino que lo marcan como sólo los auténticos héroes saben hacerlo. Luchan, muerden y matan por conseguir todo aquello que consideran suyo. Creo que esas son las historias que valen la pena en la vida, las que realmente inspiran a los demás y les animan a querer vivir un día más... A querer levantarse de la cama.
La historia que quiero contar es más o menos de ese tipo… Es algo verídico ocurrido hace un par de años atrás en algún lugar de Cataluña y que yo al escuchar me mee de risa y me cagué de miedo a partes iguales. Para los curiosos debo decir que existe mucha información recogida en la biblioteca científica de Barcelona.
Como en toda historia de amor, y ésta ciertamente lo es, uno de los protagonistas es el que persigue y otro es el perseguido. Es decir, y disculpen mi contundencia, está el que las pasa putas, y luego está al que le da lo mismo cinco que ochenta. Siguiendo los cánones habituales de la narrativa clásica, Antonio, el macho de la historia, era el perseguidor, y Diana, la afortunada “victima”.
Sé que al leer esto, el relato, a priori, puede parecer la típica historia con estructura tipo: chico conoce a chica, chico pierde chica, chica contrata a unos latinos para que maten al chico… pero no.
No porque el tal Antonio no era un chico normal y corriente. De hecho, ni era un chico en el sentido literal de la palabra, sino una mosca doméstica (“musca domestica”, para los entendidos) de 3 milímetros de longitud y Diana, una dulce muchacha universitaria.

Estamos ante la historia de una mosca que una vez se enamoró de una humana.


Antonio era una mosca de corta edad cuando recibió el fuerte flechazo que determinaría de una forma inimaginable su destino. Angustiado por todas aquellas nuevas sensaciones, sobre todo por la extraña embriaguez que sentía, causada por la dulce imagen de la belleza que acababa de vislumbrar de forma “multifragmentaria” por sus agrietados ojos, voló hacia la ventana en busca del consejo de su padre. Él le diría que hacer…
-Hola, papi… verás me ha ocurrido algo y creo que necesito tu consejo…
-Muy rico…-le respondió su padre-. ¡Y ahora ponte a la cola! ¡Que tus veinte hermanos llevan esperando hace ya un rato!
En ese instante, por detrás de él oyó las voces enfadadas de las demás moscas.
-¡Mira el listo este! ¡¿De qué va?!
-¡Zangano de mierda, a la cola!
-¡A qué te parto las alas, maricón!
-¡Muévete! –ordenó mi padre con un zumbido de voz.-. ¡Gandul!
Asustado por aquellos violentos comentarios, Antonio se alejó al final de la cola a la velocidad del rayo. Posó sus negras patas en el alfeizar de la ventana y esperó. Desde allí pudo escuchar los consejos que sus hermanos le pedían a su sabio padre. Ninguno era comparable a su problema.
-Dime, Rober, ¿qué te preocupa?
-Papi, ¿cómo hago para no quedarme atrapado en una mierda?
-Papi, ¿podemos volar marcha atrás? –preguntó otro de sus hermanos.
-Oye, Padre, en el póker, ¿las arañas se guardan muchos ases en las mangas?
Al final, tras algunas horas de espera, en las que algunas de aquellas moscas habían pasado del estadio de Mosca Joven a Mosca Adulta y por lo tanto su petición de consejo había dejado de tener tanta relevancia para sus vidas, le llegó el turno de Antonio. Se dio cuenta de que para él, aún si que le era muy importante el consejo de su padre. Todavía podía sentir esa energía vibrante… de ese “bienestar malestar” provocado por el flechazo, ¿entendéis?
Con timidez se acercó a la presencia de su padre. Él le miró con condescendencia. La misma con la que los lagartos miraban a los de su especie cuando no tenían hambre.
-Dime, ¿qué te ocurre, Antonio?
-Papi, veras…
-¡Que Papi ni que larva muerta! ¡Que ya tienes como veintitrés años!
-Perdón, papá, ni cuenta me había dado.
-Bien, cuéntame, ¿qué es lo que te preocupa?
-Ay, creo que me he enamorado.
De la boca de su padre en ese momento salió disparada la miel que minutos antes lamía de sus patitas y empezó a toser.
-¿Papi…?
-¡¿Enamorado?! ¿De qué me hablas? ¡Nuestra misión es copular allá donde vamos! ¡Somos los aristócratas del sexo! ¡Como no me estés hablando de enamoramientos multiples, te machaco!
-Papa, yo…
-¡Paco, vente para acá! –gritó su padre a su amigo del alma, Paco Maganisker, la mosca traicionera de Alcobendas.
-¡¿Qué ocurre, Manu?!
-¡Mira lo que acaba de decir el simplón de mi hijo! ¡Que se ha enamorado! ¡Por la cara!
-Antonio, no me seas mosquita muerta…-le dijo Paco a Antonio soltando una carcajada-. ¡Aquí, o follamos todos o la puta al río!
-¡Señor Paco! –gritó Antonio escandalizado.
Su padre y Paco al ver su reacción de Antonio prorrumpieron a carcajadas. Las demás moscas al ver la algarabía empezaron a acercarse a ellos, curiosas.
-¿Y de quién te has enamorado si puede saberse? –preguntó el padre de Antonio.
-No será alguna de mis hijas, ¿verdad? –le dijo Paco escrutándole con la mirada.
-No, no. Me he enamorado de… Ella es muy guapa, alta y esbelta…
-Bufff, ¿alta y esbelta? –dijo el padre de Antonio escéptico.
-¿Una polilla?
-¿Qué dices, Paco? Las polillas son unos cayos, tú lo sabes.
-Cierto.
-No, no, no es una polilla –dijo Antonio armándose de valor-. Es una humana.
De pronto, todos los zumbidos de los alrededores cesaron… Las treinta moscas que había en aquellos contornos clavaron la mirada en Antonio. Al unísono, las moscas levantaron una de sus patas y se la llevaron a la cabeza.
Antonio bajó la mirada avergonzado.
-Creo que este chico ha tomado demasiado vinagre –dictaminó Paco.
-Sí… –convino el padre de Antonio-. ¡Muy graciosa la broma, Toni!
-No es ninguna una broma… Me he enamorado de ella, lo sé. ¿Qué puedo hacer para conquistarla, Papi?
Las moscas estallaron a carcajadas. Todas, menos el padre de Antonio que le miraba como si fuera una mosca portadora de fiebres tifoideas.
-¿De que hablas, Toni? ¡Esto parece de “Juzgado de guardia”! –gritó mi padre escandalizado-. Para ya este circo y vete ya a copular por ahí, ¿quieres? Ya deberías haber engendrado dos generaciones.
-No, papá. Si no me ayudas a conquistarla lo haré yo por mis propios medios.
-¡Tu destino es copular, demonios!
-Papá, la quiero. Sé que no seré feliz si no hago algo…
-¿Has visto el tamaño de esa cosa? ¿Cómo vas a enamorarte de algo tan grande?
-Deberías haberle oído cantar, papi.
-Diossss.
-No descansaré hasta haberla conquistado, papá. Y moriré por ella si es preciso.

Una hora más tarde, Antonio era desterrado de la comunidad “Moskimana” por sus lunáticas y absurdas declaraciones.
“Una mosca que no copula es como la mierda que no huele: prescindible”, había declarado la mosca “Reverenda” Maximilian Gustavs, antes de hacer efectivo el destierro de Antonio.

Lejos de sentirse triste o traicionado por el acontecimiento, Antonio se sintió libre. Que le hubieran desterrado era la mejor noticia que podía recibir. Ya no tenía que cumplir ninguna de sus obligaciones como Mosca Macho. A partir de ese momento, todo su tiempo sería dedicado para conquistar a la bella dama.
Abandonó el viejo almacén, en el cual se había congregado su familia desde hacia generaciones, y con la esperanza de no volver allí nunca más, voló hacia los edificios de enfrente, donde vivía la joven diosa que de forma tan misteriosa le había hechizado a él: a una mosca hecha y derecha. Voló hasta el segundo piso y entró por la ventana de su habitación que por suerte estaba abierta. No había nadie dentro de ella.
-Mecachisss –dijo Antonio.
Voló por el resto de la casa y vio que sólo estaban los padres de la chica que veían la televisión sin pasión alguna. Decidió esperarla en su habitación. Tenía tantas cosas que decirle, tantos secretos que confesarle. Se moría por ver la cara de su amada cuando se enterara de que acababa a renunciar a su destino como miembro de la comunidad de las moscas por estar junto a ella. Una prueba irrefutable de su amor.
La chica no tardó en llegar. Por las voces de sus padres, que le llegaron del salón, Antonio supo que la chica se llamaba Diana.
Bonito nombre, pensó en seguida Antonio. Y en ese instante Antonio se imaginó la escena que vendría a continuación y no pudo evitar echarse a reír por el nerviosismo.
-Hola Diana… Soy Antonio –le diría con su voz más sensual-. Encantado.

La presencia de Diana llenó la habitación. Antonio notó como el lugar, de repente, se cargaba de energía… De una energía benigna que sólo seres sensibles como los insectos podían detectar. Diana dejó su maleta sobre la cama y se aproximó hasta su ordenador. Antonio voló hacia ella y se puso a la altura de su cabeza para que pudieran mirarse a los ojos. Sin embargo, ella se agachó para encender el ordenador. Cuando se volvió a levantar, Antonio recibió un gran susto. Su cabeza casi le dio de lleno. A punto estuvo de reventarle para siempre de la existencia. Con buen juicio, Antonio se alejó, manteniendo una distancia prudencial. “La chica era guapa, pero mortal” pensó. La joven volvió la mirada en su dirección… Pero sus ojos no expresaron emoción alguna. “Aún no me ha visto”, pensó Antonio. Excitado, revoloteó un poco alrededor de ella, haciendo un poco más evidente su presencia.
-Hola, soy…
La chica entrecerró los ojos y agitó su mano hacia él, en un gesto nada amistoso. Quedó claro que quería apartarle de su vista de inmediato. Antonio hizo un par de giros rápidos y logró escapar de la descomunal mano. Diana volvió a sus cosas. Antonio decidió intentarlo otra vez. Quizás había pensado que él era un bicho malo, uno de esos que pican, hacen maldades y dan asco de forma gratuita. Si lograba presentarse ante ella, todo estaría solucionado. Sabría que él era un buen bicho cargado de buenas y amorosas intenciones.
-Hola, Diana, soy…
La chica oyó un zumbido en su oreja. La mano, como un cepo, acudió rápida a sepultarla en un afán proteccionista. Una vez más, Antonio dio gracias a sus reflejos… Había escapado por poco de ésta.
Se retiró a un lugar seguro, a una esquina de las paredes superiores. De momento, estar cerca de Diana significaba jugársela. Era una chica guerrera, de eso no había duda. Pero tampoco había dudas de qué lograría conquistarla pues así estaba escrito en las estrellas.
Era su destino.

La chica apagó la luz y apoyó suavemente la cabeza en la almohada. Cerró los ojos y desde la pared, Antonio contempló con detenimiento a ese incipiente Ángel durmiente.
Cuando creyó que era seguro aproximarse, Antonio emprendió el vuelo de descenso y se posó en su mejilla. En ese instante sintió algo parecido a miles de voltios recorriendo su cuerpo. Era la primera vez que la tocaba… Una experiencia electrizantemente nueva.
Caminó hasta su oreja intentando hacer las menos cosquillas posibles. Cuando tuvieran confianza ya habría tiempo para ese tipo de “mimosidades”.
-Hola, Diana… Me llamo Antonio. ¿Qué tal?
Antonio sintió como todo su vientre daba vueltas. Su vista se nubló por completo. Era como estar dentro de una lavadora. Agitó con fuerza las alas con la intención de recuperar el control. Diana había levantado la cabeza de súbito, alertada por los zumbidos, provocando que Antonio saliera despedido por los aires. Antonio vio que la chica se había incorporado. Diana alargó la mano y encendió la luz.
-Tranquila…-le dijo desde lo lejos.
Diana oyó el zumbido y volvió la cabeza hacia su dirección.
-Se trata de un malentendido… Estoy aquí para protegerte…
Furiosa, Diana se levantó de la cama y abandonó la habitación. Antonio pensó en volar tras ella y presentarle sus excusas, pero decidió esperar… Las chicas necesitaban tiempo. Lo mejor era no agobiarla demasiado. Se calmaría, volvería y discutirían con calma sobre lo que había sucedido…
Para su sorpresa regresó a los dos minutos... Antonio vio que su mirada había cambiado por completo. Su furia había dado paso a una absoluta determinación. Vio que sus labios se abrían formando así una pequeña sonrisa perversa. En ese instante Antonio se fijó en sus manos… Portaba un Spray… ¡Un insecticida!
-¡Nouuuuuuu!
El zumbido resultante no hizo más que motivar a Diana en su decisión. Sin piedad pulsó el spray y la estancia comenzó a llenarse de gas venenoso.
Diana cerró la puerta tras ella, dejando a solas a Antonio en su Auschwitz particular.
Intentó aguantar la respiración… Pero al cabo de muy poco tiempo acabó sucumbiendo a su instinto de supervivencia e inhaló el gas. En ese instante, su vista fragmentaria, gracias a sus lentes múltiples, comenzó a nublarse… Su vuelo se tornó errático y desesperado. De pronto era como si sus alas hubieran adquirido autonomía y desesperadas intentaran buscar una salida de allí. Antonio sintió miedo. Volaba en círculos por la habitación a una velocidad hasta entonces no experimentada… Una velocidad ultrasónica. Estaba en un alocado rally aéreo.
Se estampó contra una pared y cayó al suelo.
Moribundo… Y sin poder aguantar la amarillenta luz de la habitación, Antonio se arrastró hacia debajo de la cama. Allí con un poco de suerte encontraría un poco de paz. Notaba temblores por todo su cuerpo… Y fuertes dolores en el vientre. Sus alas no respondían… Su último vuelo acababa de dar a su fin.
Sin saber cómo, Antonio logró llegar hasta debajo de la cama. La oscuridad lo abrigó y en ese instante se sintió una mosca afortunada. Hubiera sido indigno que una bella dama como Diana presenciara su miserable muerte. Oscuridad e intimidad, una mosca no podía pedir más.
Su mente se llenó de imágenes de Diana y se sintió mejor. Su recuerdo mitigaría el dolor final…

Para su sorpresa, Antonio no murió. Durante un tiempo, estuvo totalmente inmovilizado debajo de la cama. Suerte que ninguna araña hizo su ronda por allí porque ese si que habría sido su final. Sus temblores, así como sus vómitos fueron una dinámica constante en el transcurso de su sufrimiento. Pero sobrevivió…
Al parecer los de su familia habían desarrollado cierta inmunidad a los insecticidas. ¡Bien por sus genes hereditarios!

Asegurándose de que no había nadie en la casa, al cabo de un tiempo, decidió salir de su escondrijo. Por un momento temía que solo pudiera caminar… Pero se dio cuenta de que sus alas volvían a estar en plena funcionalidad. La mosca volvía al ataque. Débil pero al ataque.
Emprendió el vuelo. Lo primero era comer algo y recuperar algo de fuerzas. Debía volver a ser la mosca dinámica de antaño.

Llegó a la cocina y allí lo que encontró no fue comida… Sino un tesoro. Sobre el fregadero había toda una montaña de platos sucios y grasientos… El Santo Grial para una mosca. Desde luego, al menos en ese día, la familia de Diana no había sido del todo ejemplar en cuanto a lo que higiene comensal concernía. Pero que por él que siguieran igual… No sería él quien les iba a reprochar algo. Voló hasta la cima de la montaña y posó sus patitas sobre uno de esos deliciosos platos aceitosos. Sin pensárselo dos veces, bajó su cabeza y con su trompa succionadora empezó a alimentarse de ese delicioso caviar.
Antonio fue incapaz de determinar cuanto tiempo estuvo allí, descendiendo poco a poco por la montaña a medida que iba limpiando los platos a su nutritiva manera, pero fue mucho... Su vientre se abultó de sobremanera y se sintió el “Benny Hill” de la fauna insecta, por expresarlo de alguna forma. Cuando ya estaba más que saciado... Antonio planeó hasta llegar al suelo pues se sentía incapaz de volar decentemente. Lo más probable era que al estar tan lleno tuviera un vuelo repleto de tumbos y de sustos y que eso a la postre le hiciera vomitar. Decidió que lo más sensato era regresar a patitas a la habitación de Diana. Durante el perezoso camino se topó con dos cucarachas y una abeja maya, a las que saludó con educación. Llegó hasta la cama de Diana y se metió debajo de ella. Y allí, en el culmen de su satisfacción, durmió una Señora Siesta.
Se despertó poco después y para su sorpresa volvió a sentir hambre. Sin pensárselo dos veces regresó a la cocina y dio rienda suelta a su gula. En esta ocasión trabajó en la parte media de la montaña. Al regresar, se dispuso a darse una segunda siesta, tal y como estipulaba la ley de las moscas.
La cosa siguió así durante un tiempo… Se despertaba y comía… Comía y dormía.
Una noche soñó con Diana… Pero no fue el típico sueño idealista en el que uno conseguía a la chica y luego vivían felices y comían perdices. Al despertarse no tuvo la sensación de sentirse como un miserable al ver que su realidad no encajaba en absoluto con la del sueño … Más bien todo lo contrario. El realismo y la crueldad habían impregnado todo el sueño dejándole un malestar enfermizo. En él, su amada le había aplastado con su mano, sin miramientos, para luego lavárselas con jabón y poder seguir tocando el piano Había sido un sueño corto… Sin dilaciones y de una contundencia absoluta. Al despertarse, Antonio se dio cuenta de que más que un sueño aquello había sido algo premonitorio. Si volvía a acercarse a Diana, aquello, indudablemente, sería lo que ocurriría. Si su intención era conquistarla no podía seguir siendo ser quien era… No podía pretender que siendo la mosquita tímida y pequeña que era, pudiera llamar su atención. Ella se merecía algo mejor… Algo mejor que él... Algo que estuviera a su nivel, equiparable a su belleza, a su grandiosidad y a su talento natural. Sus esfuerzos debían ir en esa dirección. Tenía que salir de si mismo y convertirse en algo diferente para Diana. Abandonar todo lo que creía saber de si mismo… Incluso los aspectos que le gustaban de su propio ser y que le hacían ser Antonio, y dar el salto…
"¿El salto hacia qué?" "¿Hacia dónde?", se preguntó Antonio…
Ni idea… Lo que si sabía era que ese salto era necesario para estar al lado de Diana. Debía dejarlo atrás todo.
En ese momento Antonio sintió fuertes pulsaciones llevado por la ansiedad… Tuvo miedo. Una cosa era estar enamorado y decir que vas a conquistar a tu amor y otra cosa muy distinta era el hacerlo de verdad y acarreando todas las consecuencias que conllevaba… A pesar de que era una mosca y sabía volar, un gran vértigo se hizo presa de Antonio, impidiéndole pensar con claridad.
Sus patas empezaron a temblar…
Y de repente oyó unos pasos que se acercaban. Era Diana.
“Al diablo”, pensó Antonio y puso sus alas en funcionamiento.
“Hasta nunca, tía”, pensó Antonio mientras se alejaba del edificio.
Volvería a las seguridades de su familia con la esperanza de que le indultaran del destierro. Con su labia y una actitud “humilde-sumisa” podría conseguirlo sin problemas. Ya no más a la incertidumbre… Lo bueno de ser mosca era que la vida carecía de complejidades añadidas… Todo estaba programado. Y eso era increíblemente consolador.

Entró en el almacén y voló hacia la ventana en la que solía congregarse su familia. Al llegar encontró a moscas que por su tamaño debían ser muy jóvenes. Ninguna le resultó conocida. Al verle muchas moscas huyeron de él despavoridas.
-Oiga, ¿podría decirme dónde está Manuel Flypérez? -le preguntó Antonio a una mosca viejales y raquítica que descansaba por ahí.
-¡No me coma, por favor! –dijo el viejo asustado.
-¿Perdón? –dijo Antonio extrañado-. No voy a comerle, caballero, sólo estoy buscando a Manuel Flypérez. Es mi padre.
El viejo le miró extrañado.
-¿Qué ocurre?
-¿Es usted un Flypérez?
-Ajam, aunque fui desterrado hace…
-¡Miente! ¡Los Flypérez murieron! La última generación resultó ser una estafa. Todos eran estériles y ese fue él último y vergonzoso capítulo de su descendencia.
-No es posible… Yo estuve aquí hace unos… -a Antonio se le quebró la voz. Se dio cuenta de que era incapaz de determinar cuanto tiempo había estado fuera.
¿Días? ¿Una semana? Lo cierto era que no sabía cuanto tiempo había pasado enfermo, ni cuánto tiempo había pasado comiendo.
-Si que es posible, grandullón. Manu Flypérez era amigo de mi padre… Murió de viejo hace un mes…
-¡Imposible! ¡Entonces yo debería ser más viejo!
-No sé si usted es viejo… Pero es increíblemente grande… Un gordinflas indigno de nuestra raza.
Antonio se dio cuenta de que tenía razón… Al mirar a su alrededor comprobó que era tres veces más grande que todas las moscas que había allí.
¿Qué Diablos?
Sin saber cómo ni por qué, algo se había puesto en marcha en su interior… Por alguna razón no había envejecido, no había muerto por el insecticida de Diana y ahora comía cuatro veces más de lo normal. Era como si una extraña energía se hubiera apoderado de él convirtiéndole en una…
-…Supermosca –musitó Antonio-. Soy una supermosca.
Cuando alguien expresaba sus deseos con sinceridad, de verdad, sin miedo, con absoluta frialdad y seguridad, se decía que de alguna forma uno estaba apunto de hacerlos realidad… La mente y el cuerpo empezaban a trabajar en ello de forma incansable.. Algo así debía haber ocurrido con él. De su amor por Diana, de su irrefrenable pasión, su organismo había encontrado una forma de llegar a ella.
-Si… De eso no hay duda -dijo el viejo-. Es usted una fuerza de la naturaleza.
-Si…-dijo Antonio asustado y fascinado a la vez.
Un nuevo horizonte se abría ante él… La posibilidad de que él conquistara Diana se había tornado, de pronto, en algo cercano… En un dulce advenimiento.
-Si se queda aquí podría hacer mucho bien en nuestra comunidad. Hemos tenido muchos incidentes y desgracias… -dijo el viejo.
Y en ese momento, intervino otra mosca más joven.
-¡Quédese, por favor! Las arañas se han llevado nuestro más preciado tesoro: el amuleto sagrado que daba fuerza y esperanza a nuestro pueblo. Una maldad incipiente se ha adueñado de la zona. Hay accidentes de todo tipo, el alimento escasea y creemos que la profecía se hará realidad… Es usted nuestra última esperanza. Debe recuperar el amuleto para nosotros.
-Usted ha venido del cielo para salvarnos, de eso no hay duda. Es su destino
–intervino el viejo.
-“Ajammm”. Bueno, pues nada, mañana me dejaré caer por aquí… -dijo Antonio- Ahora, si me disculpáis me tengo que ir.
Antonio emprendió el vuelo.
-Hasta mañana, Buen Señor –dijeron las dos moscas al unísono, esperanzadas.
-Si, sí. Que os den por culo, anda –les dijo Antonio antes de salir de allí.

Estaba asustado y excitado a la vez. No había querido dar el paso, el gran salto, debido al miedo, y sin embargo, su cuerpo lo había hecho por él. Ahora no había vuelta atrás. Un interesante proceso se había puesto en funcionamiento y estaba inmerso en un camino sin retorno. Las cosas seguirían su curso…
¿Hasta dónde?
E ahí su preocupación. Sólo Dios podía saberlo.
A pesar de los temores que bullían por su cabeza, el bueno de Antonio voló hacia su destino. A casa de Diana.

Fue la noche del 15 de abril del 2003 cuando Diana escuchó un ruido extraño procedente de uno de sus tres armarios. Era un ruido húmedo, como un extraño burbujeo o la pisada de alguien que va con chanclas mojadas. Apartó la mirada de su ordenador y miró hacia las puertas de sus armarios. Sus padres habían salido aquella noche… Por lo que el silencio en esos instantes era absoluto. Iba a volver la mirada de nuevo hacia el ordenador cuando otro de esos ruidos de charco se alzó sobre la habitación.
Diana abrió los ojos, alarmada… El ruido prosiguió y Diana sintió fuertes escalofríos… Era un sonido repugnante y grimoso. Un incesante “chof”, “chof “poco halagüeño.
-¿Hay alguien ahí? –preguntó Diana.
Como si de una respuesta se tratara se oyó un fuerte ruido que sonó como una pedorreta. Diana dio un respingo hacia atrás. Los ruidos venían de su armario viejo… Donde guardaba todas esas horrorosas prendas sólo útiles para los carnavales.
¿Desde hacía cuanto no había abierto ese armario? ¿Todo un año?
La pedorreta sonó más intensa y se oyó un pequeño estallido húmedo… Un sonido de auténtico pringue.
“Ya basta”, se dijo Diana. Desde siempre se había considerado una chica de armas tomar, no una gilipollas. Se estaba comportando como todas esas chicas que salían en las películas de terror y que tanto daño habían hecho a la imagen femenina. Una chica indefensa y desvalida. Un auténtico cero a la izquierda que sólo sabía gritar, temblar y de vez en cuando, morder.
-Y una mierda –le dijo Diana al armario.
Si había algún pervertido en ese armario, cosa que dudaba, la verdad, se había equivocado de lugar. Diana cogió el bate que su primo Héctor se había dejado olvidado desde hacia cuatro años en una noche de Reyes y se preparó para abrir el armario.
Si alguien quería jugar con ella, pues eso era lo iba a tener.
-Veamos quien es el capullo que… -dijo al tiempo que abría la puerta
Y obtuvo precisamente eso… Un capullo en fase avanzada de pupación.
Diana enmudeció por completo.
Era el enorme capullo de un insecto de un metro y medio de altura. Tenía un intenso y empalagoso color a caramelo y por los pliegues burbujeaba una sustancia lechosa y humeante.
Diana quiso gritar pero no pudo… Lo que tenía ante sí era de auténtica película de terror “Cronembergriana”. Sus piernas flojearon y cayó de rodillas al suelo. El bate se desprendió de sus manos y los temores de Diana de convertirse en un icono del cine de terror se convirtieron en realidad. Era la joven desvalida e indefensa que hacia honor a ese detestable topicazo. Para más INRI, el capullo comenzó a abrirse delante de sus narices.
Primero, entre la viscosa sustancia blanca, surgieron unas tímidas patas de un negro intenso, recubiertas de pelos tan duros como alambres.
Diana no daba crédito…
Luego apareció algo redondo y grande… Recubierto por todas partes de esos horribles alambres. Unos pliegues se abrieron y sin previo aviso unos ojos de un horrible color bermellón miraron a Diana. Ésta estaba paralizada por el miedo. Antonio, a su vez, al verla sintió pánico. La cara de Diana era una mueca del horror.
-¡Diana!
Pero la chica no escuchó nada parecido a eso sino el horrible zumbido equiparable al de cien avispas airadas. Sus ojos se cerraron y fuertes espasmos producidos por el asco sacudieron su cuerpo.
-No, no, Diana…
Antonio agitó las alas para liberarse del caparazón que lo recubría de manera tan repugnante. Al hacerlo, trozos del capullo junto a la sustancia lechosa, bañaron a Diana.
Diana se dejó caer de espaldas contra el suelo como si acabara de aceptar su horrible destino. Quien iba a decirle que su final sería a manos de una mosca gigante surgida de un armario.
-¡Diana, no!
Antonio se arrastró hacia ella ya que sus alas y sus patas estaban aún algo aletargadas. ¡Tenía que protegerla! No iba a permitir que le pasara algo. Por esa razón y no por otra estaba allí.
Diana al notar el nefando olor de la mosca rompió a llorar.
-¡Por favor… No! –gritó Diana con los ojos fuertemente sellados y con las lágrimas bañándole el rostro.
Antonio sintió como si se le rompiera el corazón. Un gran sentimiento de culpabilidad se adueñó de él. Levantó la mirada y al hacerlo lo entendió todo. Un espejo de la habitación le mostró la obscenidad grotesca que formaban él y Diana juntos en la misma estampa. Un auténtico monstruo surgido de lo más negro del mundo estaba a su lado, babeante.
Antonio dio un fuerte grito y decidió apartar a aquel espanto para siempre de Diana.
Agitó sus alas y salió volando de la habitación.
Voló y voló hasta llegar a la extenuación. Al cabo de cuatro horas, como si de una gárgola maldita se tratara, Antonio se posó encima de una catedral.
Supuso que ahí terminaba todo… Su estúpida aventura hacia el encuentro de Diana. Su sueño imposible acababa de revelarse como eso, como un sueño imposible. Por su culpa Diana podía haber muerto esa noche y con absoluta seguridad, la pobre tendría daños psicológicos irreparables. Las visitas al terapeuta se convertirían en una constante en su vida.
Antonio miró hacia abajo… El suelo estaba a diez metros. Quizás si se cortaba las alas y…
¿Y sí?, sonó en su cabeza… ¿Y sí permitía que las cosas siguieran su curso natural? Por alguna razón él no era una mosca como las demás… ¿Y sí ese no era el punto y final?
Aún podían quedarle cosas por hacer… Su ciclo quizás no había terminado aún.
Antonio, renovado de energía y esperanza, agitó las alas y emprendió de nuevo el vuelo.
Una vez más, hacia su destino.

Al contrario de lo que había pensado Antonio, Diana no necesitó ayuda psiquiátrica para el resto de sus días. El cuerpo humano era sabio y la acertada mente de la joven borró aquella húmeda y escalofriante noche como quien formateaba el disco duro de un ordenador. Cuando algo horrible acontece en la vida de alguien, poderosos mecanismos de defensa mentales se ponen en marcha para proteger la integridad psicológica. Por supuesto que durante los días posteriores al incidente, Diana fue un forúnculo en su cama, incapaz de moverse y hacer algo más enérgico que levantarse para coger un vaso de agua. Tampoco a lo largo de su vida volvió a mirar con los mismos ojos a las inofensivas moscas. Se habían convertido en una fobia oculta y por supuesto, jamás volvió a rociar a ninguna con insecticida.
Sus padres al verla en la cama dedujeron que la pobre chica había cogido una gripe. Descubrieron por la habitación, y luego dentro del armario, los trozos del caparazón de Antonio, ya secos y solidificados. Sus padres miraron extrañados aquellas mierdas pero no preguntaron. Se limitaron a recogerlas y ya está.
-Un poco cerdita nuestra hija –le comentó la madre a su padre.
El hombre asintió.

Tres años más tarde, cuando Diana estaba cursando tercero de económicas en su pequeña facultad, un chico nuevo que nadie había visto jamás entró por la puerta. Sus andares eran extraños y erráticos… Sus piernas temblequeaban sin parar como movidas por pequeños calambres. Su tronco se movía de un lado a otro como una especie de absurdo tentetieso y en sus manos tenía unos libros, los cuales abrazaba sin parar…
Era como si un payaso de feria hubiera decidido de repente darse un paseo por aquellos lares. El extraño estudiante se detuvo y observó a la multitud que se movía sin parar en busca de puertas que les llevaran al jardín, a la cafetería o al baño, todo menos a un aula.
A lo lejos vio a Diana. Iba acompañada de dos amigas.
Antonio, en ese instante, sintió su corazón en la garganta. Sus temblores en las piernas se intensificaron y la imagen suya con la de un bailón de discoteca hasta los topes de crack apenas tenían grados de separación.
Era la hora de la verdad. Después de tanto tiempo y camino recorrido, ambos volverían a verse. Todo el esfuerzo y dolor que Antonio había pasado durante los últimos años… Un dolor que jamás hubiera creído soportar para llegar a estar como estaba ahora, iba a tener su recompensa. Se mirarían a los ojos y ella reconocería el vínculo que había entre ambos. Sentiría todo ese esfuerzo derrochado por ella, esa bienintencionada energía. Advertiría que no era como los demás sino un rayo de luz hecho para iluminarla…
Diez metros la separaban de ella. Antonio cerró los ojos y memorizó la única frase que de momento había aprendido a pronunciar con absoluta corrección.
-Hola, soy Antonio, ¿tú como te llamas?
Abrió los ojos y comenzó a andar hacia ella. Mientras lo hacia repetía una y otra vez la frase.
-Hola, soy…
En ese instante sus ojos se cruzaron con los suyos. Ella le miró directamente. Y no con asco, ni con miedo.
¿Con curiosidad?
Su corazón dio un vuelco pero Antonio supo dominarse. Era la hora de actuar.
-Hola, soy An…
En ese momento sus débiles piernas, apenas entrenadas y soportando más temblores y tensión que la habitual, le traicionaron y se dio de bruces contra el suelo.
Se oyó una algarabía de risas a su alrededor. Antonio, rojo de vergüenza, se quedó allí mirando al suelo. Esperó que la dulce mano de Diana tirara de él y le ayudara a levantarse. Entonces, por fin, podría decirle su frase. Pasaron los minutos y no ocurrió nada. Se dio la vuelta…
Diana, junto a sus dos amigas y tres chicos más que se habían unido a ellas, abandonaban la facultad. Reían y hablaban, exultantes.
Bañados por la luz del sol de la mañana todos resultaron increíblemente bellos a la vez que amenazadores para Antonio. Poco después, los jóvenes se subieron en un coche y emprendieron la marcha… Dispuestos a comerse el mundo.
Antonio se levantó con dificultad...
Y luego, lento pero sin pausa, comenzó a caminar otra vez... Como siempre, hacia su destino, sea cual fuese.

FIN

viernes 31 de octubre de 2008

LA CARNE DEL HÉROE















No es nada nuevo decir que el dolor y el amor van cogidos de la mano. Bien puede ser una llave al cielo como al infierno. Ambas puertas pueden ser abiertas por la misma llave. Así lo dicen las canciones, así lo dicen los poetas... Y así lo supo el protagonista de este relato de una forma inimaginable.
¡Preparate a conocer a Manu B!
1.
Laura dejó caer su cuerpo, cansado por ocho horas de trabajo y toda una noche sin dormir, y cerró los ojos. Era justo lo que necesitaba. Soltó un fuerte suspiro y permitió que su mente se rindiera a la media hora de vacío que por gentileza de los señores de la RENFE le acababan de conceder. Quedaba poco, pensó, unos cuantos meses más de trabajo y pediría la baja por maternidad. Entonces todo sería más fácil y relajado. Más a su estilo, como si dijéramos.
Las voces de su alrededor, los ruidos del cercanía recorriendo las vías comenzaron a hacerse lejanos... a hacerse agradables. Por desgracia, sobre aquel rinconcito cálido y agradable que acababa de crear bajo sus párpados una voz grave pero atenuada por un tono inseguro y tímido se alzó para destruirlo de inmediato.
-Te conozco –dijo la voz.
Laura abrió los ojos. Una cabeza de gran tamaño estaba ante ella, difuminada. Cuando se aclaró la vista, un rostro de luna, no sólo por la forma, sino también con una palidez a juego, la miraba fijamente. Mofletes de gran tamaño sobresalían orgullosos por ambos lados de la cara y en medio de ella, una sonrisa vacilante se abría a su salud. Los pequeños ojillos porcinos, negros como la pez, no dejaban de moverse de un lado a otro, temblorosos, estudiando cada uno de sus movimientos. Laura sintió una incomodidad inmediata. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué quería?
-Te conozco –volvió a decir otra vez el hombre. Esta vez con jovialidad.
Laura no supo que decir. Se limitó a mirarle estupefacta.
-Soy Manu B, ¿me recuerdas? –en ese instante, el hombre estiró los dos brazos como si fuera un gran oso a punto de dar un gran abrazo-. Soy yo, ¡Manu B!
Laura miró a todos lados del tren avergonzada por los notables aspavientos de aquel gordo desconocido. Tenía que alejarse de allí cuanto antes.
-¡No me recuerdas, ¿eh?! Si, bueno, que tonto, si he cambiado mucho. He adelgazado desde el instituto.
Laura observó con detenimiento al extraño, a toda su figura, y comprobó que sus muslos casi parecían a punto de romper las costuras de sus pantalones vaqueros. Sin poder evitarlo se echó a reír. Al gordo le brillaron los ojos, y se recolocó en su asiento nervioso y excitado. Rió con ella.
-Me has reconocido, ¡¿eh?!
-Manu B, ¿no? –dijo Laura aún con una sonrisa en el rostro.
-El mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-Pues...ahora no caigo.
-Bator, de Masturbator. ¿No te acuerdas de la rima? Cuidado con el silbato, temed al mojigato, corre Johny, que viene Bator, Bator de Masturbator.
A Laura le llegó una imagen clara de aquel hombre del mismo modo que ocurre en las películas. Vio al tal Manu B en su mente acompañado de un fogonazo de luz, sólo que el Manu que acudió a su cabeza era de quince años atrás.
Claro que no lo había reconocido. Manu B había sido un autentico don nadie de Tercero. De hecho era un milagro que lo hubiera reconocido en aquel momento.
A veces podía llegar a sorprenderle la mente de una, pensó Laura con orgullo.
-¡Ahhh, Maaaanu! –dijo Laura con un forzado tono jovial.
Manu volvió a recolocarse en su asiento excitado. Sí que estaba nervioso, pensó Laura incómoda.
-¡Me has reconocido! –gritó él de nuevo con felicidad.
El tren se detuvo. Laura miró por la ventana para ver en que estación estaban. Maldijo al tren por ser tan condenadamente lento. Aún le quedaba una odisea por delante. Volvió su mirada a Manu B, disimulando la molestia que sentía. En ese momento no había otra: estaba obligada a interactuar con un compañero que no veía desde hacia mil años y con un apodo que dejaba muy poco a la imaginación.
-Sí, aunque me ha costado lo suyo. Si que has cambiado.
-Un poquillo, pero sigo siendo un chaval. Un loco de la pradera...
Laura le miró en silencio. Manu, al ver que ella no le reía la gracia, fingió una tos y volvió a la carga.
-Hacia tiempo que no te veía –dijo Manu alegre.
Pues claro, pensó Laura para sus adentros.
-Si, es cierto –dijo ella.
-¿Y bueno? ¿A qué te dedicas?
Laura esbozó su primera sonrisa sincera ante aquel desconocido.
-Trabajo en una empresa de diseño –dijo orgullosa-. Ahora mismo estoy llevando uno de los departamentos más importantes.
-Ohhh –dijo él exaltado-. ¡No me digas!
Laura le miró asustada.
-¡Eso es maravilloso! Sabía que conseguirías todo lo que te propondrías ¡Tenía un palpito, leñe! Recuerdo cuando hacías camisas para el equipo de fútbol del instituto. Una maravilla.
-Ah, es verdad –dijo Laura sobrecogida por un sinfín de recuerdos que había creído sepultar desde hacia mucho tiempo. De súbito, se alzó una sensación que no había experimentado hasta aquel instante: sentirse vieja. Odió a Manu de inmediato.
-Yo le robé una de ellas a Víctor González -continuó Manu B-. ¿Te acuerdas de Víctor?
-No sé...- dijo Laura de forma automática, cada vez más incómoda. Algo en la mirada de Manu B no le acababa de encajar. Su intuición le decía que aquel no había sido un encuentro del todo casual.
-Creo que aún guardo esa camisa, para que veas...
-¿Eh? –preguntó Laura ausente-. ¿Perdona?
-Ay, mujer, la camisa. La que hiciste para Víctor. Yo nunca me olvido de mis amigas…
-P-pero... pero por lo q-que yo recuerdo tú y yo nunca hablamos, ¿no?
-Sí, sí, si que hablamos una vez. En la biblioteca, en una ocasión y...
Laura no quiso oírlo. Aquello era demasiado... demasiado patético.
-¿Y-y a qué te dedicas, Manu? –le interrumpió Laura con rapidez.
Manu B soltó una estridente carcajada.
-¿No lo adivinas? –dijo al tiempo que se daba unas palmadas en su notable barriga.
-¿Informático? –dijo Laura mordiéndose el labio.
-¡Por poco! Aspirante a guionista... a guionista de guiones. Soy suscriptor de los nuevos talentos On-line. ¿Qué te parece? ¡Toma mandarina, ¿eh?!
Una vez más Manu B esperó una risa por parte de Laura, una risa que nunca no llegó.
-Ah, que bien.
-Sí, tengo muc-chos proyectos en mente. Discurro constantemente durante mi vida diaria para crear verdaderas perlas. A veces me quedo tan absorto en esas historias fantásticas donde los duendes, los magos, las mazmorras y seres malignos inenarrables lo son todo, que pierdo el sentido del tiempo. Me he encontrado en Toledo más de una vez por estos sucesos mentales paranormales. Inconvenientes de crear perlas. Perlas inéditas de momento, pero soy optimista. Manu O, me llaman ahora.
Manu esbozó una gran sonrisa de felicidad al ver que Laura le reía cortésmente su última gracia.
-Y tú debes estar contenta, ¿eh?
Laura le miró extrañada.
-¿Yo?
-Sí, mujer...
-¿Por qué?
-Mujer, por Dios, ¿por qué va a ser? –dijo Manu B con sus pequeños ojos negros y porcinos que no dejaban de escudriñarla-... por el bebé.
Laura vio que los párpados del gordo se arrugaban por su gran sonrisa. Era imposible. Ninguno de sus amigos y familiares lo sabía. Su marido era el único. Su instinto dio saltos de alarma. Miró a la ventana con desesperación. Aún quedaban algo así como cuatro paradas para llegar a la suya.
-S-sí –respondió ella con un nudo en su garganta-. Muy contenta. ¿C-cómo lo has sabido?
Él la miró en silencio durante unos instantes. Instantes en que su cara porcina quedó por completo inexpresiva.
-Oh... si se te nota mucho –dijo él de forma rápida.
-No creo. La verdad es que me ha sorprendido mucho que lo hayas dicho.
-Supongo que soy bastante perceptivo.
-Sí...
Volvió a recolocarse en su asiento.
-¿Cómo lo vas a llamar? –preguntó Manu.
Laura miró las puertas del tren, suplicante.
Decidido: a la siguiente se bajaría. Esperaría a otro tren.
-¿Cómo lo vas a llamar? –volvió a decir Manu B, acercando su cabeza hacia ella por si no le había oído.
Laura al ver el enorme rostro de Manu junto al suyo, sintió un vuelco en el corazón.
-Gillermo...-dijo rápidamente.
-¡Oh! ¡Como su padre, ¿no?!
El tren se detuvo. Un intenso silencio se adueñó de los dos. Ambos acababan de adivinar el pensamiento del otro. Manu sabía que acababa de hablar demasiado, y ella sabía que lo sabía. Laura se levantó de su asiento y corrió hacia la puerta.
-Me bajo aquí –dijo ella con una rapidez acorde a la de sus pasos.
-Espera... no es lo que parece...
Manu hizo el ademán de levantarse y seguirla pero ya era tarde. Laura había alcanzado las puertas y había salido disparada del tren. Resignado, acercó su cara a la ventana. Con el tren en marcha, obtuvo una última imagen de Laura que caminaba con premura hacia la salida.
No volvería a verla más, de eso no había duda.
¡Estúpido!
Miró a la oscuridad que le saludaba cruelmente desde la ventana. A ojos de ella había quedado como un completo acosador. Cerró los ojos y dio un resoplido.
Volvió a abrirlos y cuando lo hizo, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa como hacia años que no lo hacia. Era verdad que la había aterrorizado, era verdad que había quedado como un acosador o algo peor ante ella, pero después de tantos intentos frustrados, de tantos trenes cogidos en vano para poder verla, aquella noche para bien o para mal había hecho lo que tantas veces se había imaginado en sus solitarias noches. Se había desquitado. Armado de valor, había dado el primer paso (paradójicamente también sería el último) y había hablado con ella pese a que la conversación había estado a años luz de la que tantas veces había idealizado en sus sueños. Pero lo había hecho y eso era lo importante. Su cuerpo así se lo dictaba. Sin duda eran los efectos benignos de la adrenalina que hacía escasos minutos había recorrido cada parte de su cuerpo. Su ansiedad, sus bloqueos mentales ya no estaban presentes.
Manu B volvió a sonreír. Se suponía que en aquella noche de viernes le esperaba lo de siempre: velada solitaria, su oscuro y deprimente piso repleto de cartones de pizza y latas de cervezas, los antipsicóticos del doctor Méndez en su escritorio, su ordenador encendido con todos esos guiones inacabados, dvds porno abiertos de par en par... pero las cosas iban a cambiar. Esa noche había ocurrido algo. Regresó a la oscuridad que tenía en la ventana y pudo ver las luces en la lejanía.
Redirigiría las cosas.
No tenía porque ser todo tan decadente y sucio... Podía tener el valor suficiente para cambiar de una vez su vida. De abrirse a nuevas posibilidades más allá de las palabras y sueños vacuos.
Podía hacer todo lo que quisi...
-Su billete, señor –dijo una voz grave al lado de él.
Manu apartó su cabeza de la ventana. Un revisor vestido de negro estaba de pie a su lado. Una expresión de diligencia adornaba su rostro.
-Oh, si, espere un momento –Manu se llevó una mano a su bolsillo-. Aquí está.
Manu se la entregó .El revisor la miró inexpresivo y se la volvió a dar.
-Muy bien, señor, y ahora deme uno que no esté fechado en el día de ayer.
-¿Perdone?
-Es un billete caducado, señor, le ruego que me acompañe.
-¿Pero que está diciendo?
Manu miró el billete para comprobar si lo que decía era cierto. Vio la fecha. En sus manos tenía el mismo billete que había comprado aquella misma tarde. Quedó confirmado al instante que aquel revisor era gilipollas o algo peor.
-Todo está en orden. Mire –Manu le enseñó de nuevo el billete.
-Mejor acompáñeme para que podamos aclararlo del todo.
-¿Aclararlo? Esto no tiene ningún sentido. No pienso moverme de aquí.
-¡No me sea gordo y levántese!
-Usted-d no puede hablarme así.
-¡Que se levante, coño! –el revisor alargó la mano de forma brusca hacia él y le agarró del brazo. Tiró con fuerza. La repentina reacción del revisor, intimidó a Manu. De repente, se sintió empequeñecido. El viejo y asustadizo Manu B atacaba de nuevo.
Quizás tuviera razón, pensó Manu, quizás estuviera equivocado y hubiera cometido algún error. Manu se levantó. Permitió que el revisor le dirigiera y marcara el camino.
Llegaron hasta las puertas de salida.
El tren se detuvo.
-Salga –ordenó el revisor.
-Yo no me bajo aquí, me bajo en...
-Creo que no me entiende, amigo. Salga inmediatamente.
Manu B volvió a obedecer. Al traspasar las puertas vio a cinco figuras delante de él. Sus ojos eran fríos y decididos y cada uno de ellos lucía una amenazadora indumentaria de color negro. Le esperaban.
-Buenas noches, Señor Noiles –dijo uno de los hombres, adelantándose al resto. En su cuenca izquierda llevaba un ojo de cristal de un intenso color azul que contrastaba con la oscuridad de su ojo biológico. Sin duda era el jefe del grupo.
Un segundo después, sintió un pinchazo en su espalda. Dio un grito al tiempo que se giraba sobre si mismo. Advirtió que el tren volvía a ponerse en camino. Le estaba abandonando dejándole a merced de unos depravados sexuales o algo peor. Vio que el revisor le sonreía con la inyección entrecruzando su rostro. Manu B asoció aquella imagen a la de la película Reanimator.
-Un billete para un mundo nuevo, Señor Noiles –dijo el revisor.
Y la imagen del revisor despareció ante sus ojos.

2.

Al oír un chasquido abrió los ojos. La primera imagen que vislumbró fue la de una luz tenue, amarillenta y deprimente. Distinguió varias figuras humanas de pie, aguardando algo que él ignoraba, y a otra figura justo delante, que parecía estar sentada. Se dio cuenta de que él también lo estaba. Una silla dura y metálica. Reconoció a la figura que tenía en frente: era el hombre de cristal que estaba situado en el lado opuesto de una mesa que tenía delante de él. El hombre movía la cabeza de forma constante, asintiendo. En su oreja tenía apoyado un teléfono móvil.
-Sí, señor, en estos momentos lo tengo delante... Descuide, Señor.... Esto nos ha caído del cielo y no voy a desperdiciar esta oportunidad... Sí, señor, le tendré informado -colgó. Al guardarse el móvil, el tuerto miró a Manu y le dedicó una sonrisa afable-. Oh, Señor Noiles, es un honor que ya esté de vuelta. Ansiábamos su presencia.
El Hombre entrelazó pacientemente sus manos a la altura de su rostro en una expresión serena.
-¿Le apetece un vaso de agua?
Manu quiso negarse pero se dio cuenta de que su boca se había convertido en algo pastoso y desagradable, como una esponja sucia y seca.
-Sí, por favor.
-¡Eydigans!
Una de las figuras que aguardaban detrás del hombre se aproximó hacia él con un vaso de agua ya preparado en su mano. Detalle que no pasó desapercibido para Manu. Movió la cabeza en todas direcciones, buscando respuestas a los interrogantes que le atormentaban. Estaba metido en un asunto serio. Esos hombres habían organizado algo para él.
-Tranquilícese, Señor Noiles.
-¡¿Dónde estoy?!
El hombre del cristal torció de forma leve sus labios, en una sonrisa apenas perceptible.
-Beba el agua que le ha traído tan amablemente Eydigans.
El tal Eydigans le puso el vaso de plástico ante sus ojos y comenzó a balancearlo de forma tentadora. Manu B, a su pesar, lo cogió. Tenía una sed terrible. Cuando el agua tocó sus labios cayó en la cuenta de que podría estar envenenada. Quizás tuviera alguna sustancia capaz de crear daños a largo plazo, el tiempo suficiente para que aquellos tipos hicieran con él lo que diablos pretendían hacer. Sin pensárselo dos veces, dejó caer el vaso al suelo. De una forma más perceptible, el hombre del ojo de cristal volvió a torcer sus labios.
-Vaya, Señor Noiles, veo que ya está despierto del todo. Eso me alegra. Va a ser una noche larga y no hay tiempo que perder.
-¿Por qué me llama Señor Noiles?
-Porque usted es el Señor Noiles.
-Me llamo Manuel Dormita. Todos me conocen como Manu B.
-Señor Noiles...
-¡No soy el señor Noiles! ¡Soy Manu B, guionista de guiones!
-Mire detrás de usted. Podrá hacerse una idea de lo que va a ocurrir.
Manu B miró al Hombre con ciertas reticencias pero lo hizo. A sus espaldas vio que había una camilla hospitalaria y a su lado una gran mesa metálica repleta de instrumentos quirúrgicos perturbadores. Manu se volvió hacia el Hombre con la expresión de su rostro visiblemente afectada.
-¡¿Dónde diablos estamos?!
-En un sótano abandonado…y puedo asegurarle que la única ayuda que podrá tener será de las ratas del tamaño de conejos que andan por aquí. Ahora díganos lo que queremos saber y no tendremos que hacer uso de lo que ha visto detrás suya. Usted elige, Señor Noiles. O nos comportamos como los caballeros que somos o por el contrario me obligará a presentarle a mi socio Leo.
Uno de los cinco hombres le saludó con la mano.
-...El Doctor –aclaró.
-Todo un experto en el manejo del tronco Patterson.
-¡¿Qué diablos es lo quiere?!
-No me está entendiendo Señor Noiles. La actitud de hacernos perder el tiempo es algo que no toleramos. Eydigans, por favor.
Eydigans se apresuró a agarrar uno de sus brazos.
-¡¿Eh?! ¡Suélteme!
Manu B vio como dos hombres más se acercaban hacia él y ayudaban a Eydigans en su labor.
-Smedley, para servirle, señor Noiles –dijo uno de los otros hombres, sonriente, cogiendo un poco de su brazo.
Le obligaron a ponerlo encima de la mesa y a extenderlo por completo.
-Por favor, suéltenme.
Manu vio como el otro de los hombres que se había acercado (y que no se había presentado aún), traía consigo un martillo. Manu tiró con fuerza del brazo. Eydigans y Smedley se encargaron de que todos sus esfuerzos fueran en vano. Uno de los hombres le agarró con fuerza del cuello, debilitándolo. El otro apretaba su brazo contra la mesa con gran ímpetu. Manu B miró suplicante al hombre del cristal.
-¡Por favor, no!
El hombre del martillo (a espera de una presentación mejor) levantó la herramienta. El Hombre le hizo un gesto con la mano, indicándole que aguardara.
-¿Y bien?... ¿tiene algo que decirme?
Manu cerró los ojos, aterrorizado.
-¡Por favor, no sé de que me está hablando! ¡¿Qué es lo quiere saber?!
-Adelante, Toni.
El hombre del martillo, que de forma reciente había pasado a ser Toni asintió con la cabeza. Descargó sin dilación el martillo en el dorso de la mano. Lucecillas rojas destellaron bajo los párpados de Manu B. Un gran alarido salió disparado de su garganta. Un dolor sordo e inaguantable se adueñó de toda su mano y notó como un intenso calor comenzaba a subir desde allí hasta su brazo.
-Señor Noiles, no vuelva a hacerme perder el tiempo. Me molesta bastante que yo tenga que informarle sobre algo que ya sabe. Ahórreme la exposición, ¿quiere? ¿No le dije que el tiempo apremiaba?
-Esc-cúcheme, por favor. Yo no...
-Toni...
Los destellos rojos volvieron a relampaguear con mayor violencia. El alarido esta vez provocó que Eydigans y Smedley dieran un pequeño respingo. El calor en su mano se hizo más intenso. Se dio cuenta de que esta vez era un calor húmedo. Al abrir los ojos vio que de su mano comenzaba a manar sangre profusamente. En el centro había una gran brecha. Nada más ver aquello, Manu sintió fuertes mareos en su cabeza.
-¡No actúes! –dijo el Hombre con una mueca de enfado.
Manu intentó con todas sus fuerzas retirar su brazo pero Smedley le tenía bien sujeto. Comenzó a sollozar, resignado.
-Se acabó la farsa, Señor Noiles.
Manu miró al Hombre del cristal con sus ojos lagrimeándole.
-Ambos somos profesionales, pero le recomiendo que no intente averiguar quien de los dos lo es más. Le doy diez segundos para que comience a hablar.
-Es-stá loco...
-Tiempo cancelado. Adelante, Toni.
-¡No!
Cerró los ojos. Notó como le salpicaba en la cara la pulpa de su propia mano.














3.
-¡¿Qué coño ha ocurrido?! –gritó el Hombre del cristal.
El Doctor se acercó a Manu y posó su mano sobre su cuello.
-¿Se ha desmayado? –preguntó Smedley.
-Y una mierda.
-Se ha desmayado –confirmó el Doctor.
-Pues despiértale inmediatamente.
-¿Puedo hablar contigo un momento? –le preguntó el más joven del grupo a sus espaldas.
El Hombre se volvió hacia él asqueado. Era el maldito adolescente que desde hacia siete meses por ordenes directas del consejo había sido nombrado su mano derecha. Ignoraba como lo había logrado pero tampoco importaba. El Hombre sabía una cosa respecto a Juan Cunda, carecía de agallas para aquel trabajo. A su modo de ver era un burócrata que no haría otra cosa que minar cada uno de sus actos. Y estaba a punto de presenciar un ejemplo de ello.
-¿Qué quieres, Juan?
-Gustavo, esto puede tratarse de un fatal error.
-¿Perdón?
-¿Y si nos hemos equivocado?
El Hombre parpadeó varias veces, atónito ante las barbaridades que acababan de brotar de forma impía ante su cara.
-Estaba en el lugar encomendado y encajaba con la descripción.
-Nos dieron sólo una descripción de su vestimenta.
-¿Estás cuestionándome? ¿Cuestionándonos?
-Sólo digo... –Juan tragó saliva-. Sólo digo... que desde que vi a este tipo bajar del tren, nada de este asunto me olió bien. Mi opinión es que estamos ante un civil un poco pasado de bollos.
-Para eso estamos aquí. Para averiguarlo –el Hombre miró a Manu B-, les entrenan precisamente para eso, Juan.
-¿Cuántos agentes has visto que pesen cien kilos?
-He visto lo que hacen en Fort Benning. Durante toda mi vida me he topado con auténticos camaleones. Hijos de puta que te harían creer que son los hijos de tus padres. Lo que he aprendido de ellos es que es mejor que los tengas clavados en un árbol cuando mienten. No deberías ser tan precipitado en tus juicios.
-Sólo quería saber que habías pensado en la posibilidad de que este tío fuera sólo... un gordo ordinario.
-Oh, sí –dijo el Hombre con una sonrisa falsa-. Le apretaremos un poco más las tuercas con el martillo. Si vemos que se clarifican las cosas, le dejaremos marchar con un par de kilos menos (perdidos en sudoración por pánico post traumático). Si no, tendremos que poner a trabajar al buen Doctor
El Hombre se volvió hacia Manu B.
-Ya vuelve en si –informó el Doctor.
El Hombre se sentó en su silla y adoptó su postura reflexiva: rostro sereno y manos entrelazadas.
-Señor Noiles, vuelve a honrarnos con su presencia.
Todos los presentes complementaron sus palabras asintiendo con la cabeza al unísono.
-Hemos empezado con mal pie.
-Yo diría que con mala mano...- dijo Smedley riendo.
El Hombre le fulminó con la mirada. Como respuesta, Smedley bajó la cabeza, azorado.
-Bien, Señor, Noiles, está comenzando a impacientarnos. Cada minuto que pasa, corre de nuestra cuenta y eso nos irrita.
Manu B volvió a cerrar los ojos y comenzó a sollozar.
-No sé lo que quiere, de verdad.
Juan miró al Hombre. Él no se molestó en devolverle mirada. Toda su atención estaba para Manu B.
-Dígame, Señor Noiles, ¿cómo está su mano?
Manu abrió los ojos y la miró.
-Apenas puedo notarla.
En ese instante, Eydigans y Smedley se apresuraron para cogerla una vez más. Volvieron a ponerla sobre la mesa. Manu notó una ligera punzada sorda cuando su mano quedó extendida sobre ella. Su herida reluciente quedó a la completa disposición de sus raptores.
-Toni, ponle remedio a eso, por favor.
De improvisto, Manu vio como su mano quedaba recubierta por una montaña blanca de arena. Manu abrió los ojos de manera desmesurada y chilló con todas sus fuerzas.
Sal.
Con sus ojos inundados de lágrimas, entre nebulosidades varias vio como el Hombre esbozaba una sonrisa.
-¿A qué puede notarla ahora?
-¡Dios!
-No me dé las gracias.
-¡Dios! –volvió a aullar Manu.
-Como la cosa siga como hasta ahora me obligará a tener que centrarme en su otra mano. Dejaremos descansar a la saladita de momento. ¿Qué me dice?
Manu se limitó a mirarle con una expresión de pánico en el rostro. El hombre del cristal asintió con la cabeza y chasqueó los dedos. En lo que duró un segundo, su mano blanqueada y dolorida desapareció de la mesa, ocupando su lugar la otra, de momento en buen estado. Toni fue hasta la camilla y comenzó a rebuscar entre el material quirúrgico. La respiración de Manu se aceleró.
-Por favor, si no me decís lo que queréis no puedo decíroslo. ¡¿Cómo pretendéis que os ayude si no me habéis explicado nada?
-Gustavo, quizás deberíamos...-dijo Juan.
-¡La cinta podría estar ya de camino a Paris! ¡No pienso perder tiempo en gilipolleces!
-Pero...
-¡No me interrumpas!
Manu vio como Toni se ponía delante de él. Sujetaba unas enormes tijeras. Sus brillantes hojas refulgieron con tanta intensidad que le hicieron entrecerrar los ojos. Una opresión subió desde el pecho hasta su garganta.
-Empieza por los dedos, Toni. Vamos a interrumpirle la mano.
-Sí, Señor.
-¡Se lo suplico! –gritó Manu B. Su cara era masa rojiza y húmeda, cubierta por todos lados de lágrimas y mocos.
-Adelante, Toni.
-¡Es sólo un civil, Gustavo! –gritó Juan a su vez-. ¡Basta!
-¡Adelante!
-¡No he hecho nada! –gritó Manu.
Notó como las hojas tocaban su dedo índice. Dentro de unos segundos dejaría de poder sentir ese horrible tacto.
-¡No es ningún civil! –dijo Smedley.
-Si que lo es –dijo Juan, a su vez.
-¡Lo soy! –gritó Manu B-. ¡Lo juro!
-¡Callaos! –gritó el jefe.
-¡Estaba en el tren de camino al aeropuerto...! –dijo Smedley-. ¡Coincide con la descripción!
-Allá voy –dijo Toni.
-¡No!
-¡No lo hagas, Toni! –gritó Juan.
-¡Hazlo! –increpó Smedley-. ¡Qué sufra!
-Jefe...-dijo Toni, aguardando su aprobación.
-¡Por favor...!
Toni comenzó a cerrar las tijeras.
-¡¿Qué Diablos es eso?!–gritó el jefe.
En el acto, todos guardaron silencio. De forma difusa oyeron un incesante goteo. Las cabezas de los raptores de Manu B se volvieron al unísono a él.
-Lo siento... –dijo avergonzado.
-¿Pero que coño...? –dijo el jefe levantándose de la silla indignado.
-Lo siento, de verdad...
El Hombre se agachó para mirar debajo de la mesa. Un enorme charco amarillento se extendía debajo de las piernas de Manu B.
-¡Joder! –gritó.
-Hay que joderse –dijo Smedley que como todos, miraban con perplejidad las esencias de Manu B.
-No he podido evitarlo.
-Tranquilo... –le dijo Juan con voz suave.
-Por el tamaño del charco lleva meándose desde que le trajimos –comentó Smedley.
-Si...-dijo Eydigans.
El Hombre se acercó hasta Juan. Los dos caminaron hasta el punto más alejado de la mesa.
-¡Mierda-puta!– gritó el jefe-. Este tío es sólo un gilipollas, ¿verdad?
-Me temo que sí.
-¡Joder!
-Le diré a los chicos que lo levanten y le lleven hasta la furgoneta. Esperemos que no se haya cagado también...
-Aún no. Ni hablar que se va a mover de aquí.
-Pero...
-Esto no ha terminado. Es posible que hayan usado a este imbécil como señuelo. O cómo un correo que ignora que lo es.
-Gustavo, por favor...
-He visto lo que hacen en Fort Benning y en Dundadley Scott´s. ¡Acuérdate de Samuel Contreras.¡Piénsalo, maldita sea! Un espía que no sabe que es espía. Nosotros hemos hecho lo mismo.
-¡Pero no en una misión de alto riesgo! ¡Tendría que haber llevado la grabación encima! ¡¿De veras crees que pondrían la prueba definitiva contra la Corporación en manos de un don nadie?! ¿De un Dunkins Donuts como él?
-¡Sí, si eso precisamente puede desviarnos del objetivo! Aún no tienes ni idea de cómo se hacen las cosas, Juan. Quizás ni supiera que llevaba nada.
-¿Qué piensas hacer?
-Voy a continuar hablando con él. Tenemos que asegurarnos.
-Me niego en rotundo.
-¿De verdad estás dispuesto a dejarlo aquí? Sin haberlo comprobado antes concienzudamente. ¿Se lo explicaras tú a Dacosta?
Juan apartó la mirada del Hombre, guardando silencio. El Hombre dando por zanjado el asunto, avanzó de nuevo hacia la mesa.
-No le hagas daño–le dijo Juan a sus espaldas.
-Descuida...
Llegó hasta la mesa y se sentó una vez más ante Manu B.
- Toni...-dijo el hombre del cristal.
- ¿Qué quiere que le corte ahora, señor?
- De momento busca una fregona y friega las inmundicias del Señor Noiles.
-¿Tengo qué hacerlo yo?
-¡¿A que esperas?! –le gritó irritado.
-Enseguida –respondió sumiso.
El Hombre miró con atención a Manu B.
-Cuando le trajimos aquí, registramos cada centímetro de su ser...
Smedley rió.
-Incluidos sus calzoncillos manchados –dijo Smedley divertido.
El Hombre del cristal por segunda vez en la noche volvió a fulminar a Smedley con la mirada. Al ver la expresión de su jefe, Smedley supo que seguramente no habría una tercera.
-Le registramos y no encontramos nada. Así que díganos, ¿a quien vio hoy en el tren?
Manu dejó de sollozar en el acto. Su cara reflejó una expresión de perplejidad que no pasó desapercibida para el Hombre del cristal. El Hombre esbozó una pequeña sonrisa. Por fin obtenía una pista de aquel cabronazo.
-Vaya, vaya, Señor Noiles... nos ha ido andando con secretitos.
-Yo n-no sé nada.
-Sus ojos no dicen lo mismo –el Hombre del cristal miró a Juan con una pequeña expresión de autosuficiencia.
-¿Le ha dado algo a esa persona?
-No.
- Eso lo decidiremos nosotros.
-¡Ella no tiene nada que ver!
La sonrisa del Hombre del cristal volvió a ensancharse.
-Vaya, vaya –dijo el Hombre del cristal con alegría. Volvió a mirar a Juan-. ¿Con que ella? Desde luego por como largas si que eres un civil.
-¡Sí, joder! ¡Es lo que llevo diciéndole toda la noche!
-Va por buen camino, Señor Noiles. Siga así. Ahora va la pregunta estrella, si la acierta, un osito gordito para usted, ¿quién es ella?
Mil pensamientos se dispararon en violentos fogonazos en la cabeza de Manu. Su corazón se congeló.
-Queremos su nombre.
Manu cerró los ojos y sollozó...
Estaba ante uno de esos escasos momentos en la vida en que se era consciente precisamente de la importancia de ese momento. Ellos sabían que él era un civil, un inocente, si les decía lo que ellos querían saber, quizás saliera vivo de allí.
-Ella... –dijo Manu abriendo sus ojos húmedos.
Por otra parte, si revelaba el nombre de Laura, la pondría en peligro. A saber lo que aquellos salvajes le harían para conseguir sus propósitos. Desde un punto de vista dramático, sería su vida por la de ella.
Manu miró al Hombre implorando piedad. El Hombre parpadeó con lentitud, inmutable.
Los ojos de Manu se movieron hacia arriba y luego hacia el lado derecho de su cabeza.
Su boca temblorosa comenzó a hablar por él.
-Marisa Céspedes.
-Ajá –dijo el hombre del cristal.
-Aquí está la fregona, señor –dijo Toni al llegar. La levantó para mostrársela al hombre del cristal.
-Vuelve a coger el martillo, Toni.
Manu miró al Hombre del cristal alarmado.
-Debe tomarnos por aficionados, Señor Noiles. Pero como decimos en la industria: para una treta una jugarreta.
Acto seguido, Toni descargó el martillo en la rodilla de Manu.
Manu cogió aliento y comenzó a revolverse, desesperado, en su asiento.
-Tiene reflejos –comentó Toni esbozando una sonrisa.
Smedley soltó una carcajada.
-No seamos sádicos con el pobre Señor Noiles –dijo el Hombre que sin poder reprimir una sonrisa-. Le sugiero que no intente timarnos otra vez. Tiene a seis profesionales mirando cada uno de sus ridículos gestos.
Eydigans agarró su brazo bueno con fuerza. Con horror, Manu, vio como éste quedaba de nuevo extendido en la mesa.
-Antes se interrumpió su cita con las tijeras... vamos a retomarla. Diga ese maldito nombre y todo acabará.
Manu sintió la adrenalina por su cuerpo. Una fuerte opresión en el pecho le impedía respirar. Cada bocanada que daba, por muy pequeña que fuera, le provocaba un dolor sordo. Perdería los dedos si no nombraba de manera inmediata su nombre.
-¡Ella no tiene nada que ver! ¡Se están equivocando de hombre!
-No, Señor Noiles, cada minuto que pasa, nos confirmas lo importante que ella es. Díganos su nombre y ya decidiremos nosotros. Voy a contar hasta cinco...
Toni colocó otra vez las tijeras en su dedo índice.
-...Uno...
Manu miró con horror su dedo y las brillantes hojas que lo aprisionaban. Su índice desaparecería en cuestión de segundos. Sólo tenía que pronunciar Laura y recuperaría su dedo, recuperaría su vida. Volvería junto a su amiga oscuridad, a su pisito gris...
Le harían daño, la golpearían con un martillo....
Notó fuertes pulsaciones en las sienes. La urgencia de la sangre. Su corazón a cien revoluciones. El sudor encharcando su asiento debajo de él.
Sólo era un hombre. Un guionista cobarde... No estaba en su mano el poder hacer algo.
-...Dos...
Martillo. Dedos, muñón...
Su nombre es Laura....

Su índice se movía de forma involuntaria entre las hojas de las tijeras, tocándolas.
Se había acercado por primera vez...
-...Tres...
¿Dolería mucho?
-Ella...
¡Había relegado sus fantasías a un segundo plano y había hablado con ella!
Miró a los seis hombres que tenía delante de él. Le observaban con atención, aguardando a que dijera las palabras mágicas.
-Cuatro...
Se percató de que cada segundo que pasaba, los maleantes se impacientaban más y más.
¡Estaban más ansiosos que él, que estaba a punto de perder su dedo!
De repente, el corazón de Manu B se desaceleró. Su respiración recobró la normalidad y su dedo quedó firmemente colocado entre las tijeras.
Sí, si que estaba en su mano el poder salvarla. De hecho, debía perderla para salvarla.
Los sueños de Manu, todas esas fantasías que habían tenido lugar en la oscuridad de su habitación mientras observaba durante horas las luces de la calle reflejadas en su techo, suplicando por ser correspondido por su chica, todas esas mañanas despertándose tras sueños maravillosos y topándose frente a frente la realidad recobraban ahora pleno sentido. Un sentido que había creído encontrar hacía mucho tiempo en la escritura siendo lo bastante iluso como para pensar que el sufrimiento de su adolescencia había tenido un fin: moldearle como artista, convertirle en un gran escritor. Ese dolor, esa angustia, esa soledad, elementos inseparables de su pasado y que en el futuro le servirían de material perfecto para sus historias, ahora sabía que todo era una gran farsa. La excusa de un ingenuo de ojos grandes como él. Consuelos para intentar llegar a ser alguien en la vida. Una burda forma de ser correspondido y admirado por los demás.
El miedo le había impedido contemplar las cosas con perspectiva, pero ahora lo veía. Por ardides del destino, para bien o para mal, el que controlaba la situación era él. Desde el principio había sido así.
Manu miró a sus enemigos con una tranquilidad de la que no había gozado en toda su vida., consciente de la maravilla que estaba teniendo lugar. Sus sueños de ser el protagonista, de salvar a su chica a tiempo, ¡A laura! cientos de miles de versiones que habían estado desfilado debajo de sus párpados durante todos aquellos años y que habían sido escritas una y otra vez en mediocres relatos, estaban allí, plasmadas en aquel instante. En ese segundo, en ese sótano, el mundo era suyo.
Si no decía nada, salvaría la vida de Laura. Salvaría la vida de su chica. Así de simple.
Los malos dependían de él. Laura dependía de él.
¿Cómo no había visto las cosas así desde el principio?
-Cinco...
Manu B esperó algo así como un segundo antes de darles una respuesta, saboreando las miradas impacientes de aquellos seis individuos.
Su respuesta: una amplía sonrisa burlona.
Juan al verla, en un acto reflejo, se llevó la mano a la cabeza, seguido de un fuerte plas.
El gordo se había vuelto loco. Cerró los ojos, temiendo por el pobre y estúpido Manu B.
Eydigans y Smedley se intercambiaron miradas de sorpresa.
-¿Cree que sabe lo que es el dolor, Señor Noiles? Su nivel de experiencia no llega ni a cero. Adelante, Toni.
Manu centró su mirada en las tijeras y en su dedo. Se centró en las hojas que apretaban su carne. Se centró en el dolor punzante de la presión que hacían y se centró en el frío del acero cuando éstas penetraron en el dedo... cuando tocaron su hueso, cuando lo partieron.... Abrazó ese dolor porque abrazaba lo que acababa de hacer. Gritó llevado por la agonía. Los maleantes rieron.
Manu chilló en la cara del Hombre, llenándosela de humedades varias.
Eydigans se apresuró a limpiar la cara de su jefe con unas gasas que tenía a mano.
-Eso ha sido del todo innecesario, Señor Noiles –dijo el Hombre-. Toni, a por el siguiente.
Eydigans taponó el muñón de Manu con las mismas gasas con las había limpiado el rostro de su jefe.
-¡Basta! –le gritó Juan al Hombre.
El Hombre del cristal miró a Juan con una expresión de perplejidad e indignación.
-¿Qué has dicho?
-He dicho que basta. No voy a tolerar más esta situación.
Smedley, Toni y Eydigans se intercambiaron miradas de extrañeza. El único que permaneció impasible a los cambios, tal y como lo había hecho desde el principio, fue el Doctor Leo. Alerta y firme, las únicas directrices por las que se guiaba de momento.
-¿Estas ordenándome algo, Juan? –preguntó el Hombre escudriñándole con la mirada.
-No voy a quedarme quieto mientras torturas a un inocente.
-Se niega a dar una información. Estoy legitimado para hacer lo que esté en mi mano…
-…En detrimento de la suya –agregó Smedley divertido y señalando el muñon de Manu. Acto seguido se tapó la boca.
El Hombre se levantó de su asiento y se acercó amenazador hacia Juan. El muchacho se quedó quieto donde estaba, firme como una roca.
-No vuelvas a contradecirme delante de mis hombres, ¿te queda claro, hijo de puta? –le susurró el Hombre del cristal a apenas un palmo de su cara.
-Haré lo que tenga que hacer.
Los dos hombres se miraron a los ojos.
La creciente tensión se mitigó al sonar el móvil del Hombre.
-Es Dacosta.–dijo el Hombre-. Querrá saber de los progresos. Progresos que tú me estás impidiendo realizar.
-Hablaré con él.
-Ni hablar.
-No pienso hacer nada más bajo tus órdenes hasta que Dacosta sepa como está yendo esto.
-A Dacosta no le interesan menudencias, sólo quiere resultados.
-He dicho que hablaré con él. Dame el teléfono.
-Yo soy tu jefe, recibes órdenes de mí.
-Dame el teléfono, no voy a repetírtelo más.
El Hombre se acercó a Juan y de mala gana alargó su móvil hacia él.
En el instante en que Juan lo cogió, el Hombre apoyó su cuerpo junto al de él y con la otra mano, sacó de su bolsillo su preciada 44. Apoyó el cañón en el pecho de Juan antes de que pudiera darse cuenta de algo. Disparó. Con el teléfono aún sonando, Juan salió despedido hacia atrás. Por suerte, el móvil se soltó de sus manos inertes antes de que cayera derrumbado al suelo. El Hombre lo cogió en el aire y con tranquilidad, lo apoyó en su oreja. Los demás, como si allí no hubiera tenido lugar algo más relevante que la caída de un plato en un restaurante, ni se dignaron a mirar el cadáver.
-¿Diga?...-dijo el Hombre con voz suave-. Hola, señor, todo va según el programa, quizás un poco más lentos que de costumbre pero… Sí, Señor, pondré enseguida a trabajar al Doctor. Lo sé, Señor… Sí. Le llamaré ante cualquier eventualidad.
El Hombre guardó su teléfono. En apariencia, su rostro mostraba una expresión serena y diligente que en realidad, solo representaba lo que había trabajado durante mucho tiempo con esmero ante su espejo. Un ser inescrutable e invisible en todo momento. Manteniendo esa misma firmeza, el Hombre del cristal regresó a su asiento. Su mirada felina se posó en el sudoroso y dolorido Manu B.
-Hable…es su última oportunidad para seguir siendo quien es, ¿lo entiende?
Manu apretó con fuerza la gasa contra su dedo.
-Creo que lo entiendo...
El Hombre le miró perplejo. No podía creerse que tuviera a semejante gilipollas delante de él. Aquello era inaudito. El Hombre soltó un resoplido.
-Perfecto, Señor Noiles –miró a Eydigans y a Smedley-. Trasladadle a la camilla.
Las reacciones enfáticas de los hombres indicaron que llevaban tiempo esperando aquel momento.

4.
Manu B intentó resistirse a sabiendas de que era inútil hacerlo pero quería demostrarles de que aún le quedaba algo de dignidad. Le colocaron en la camilla y le obligaron a tumbarse. Cuando lo consiguieron, se afanaron a atarle correas en sus manos, en el pecho y en la cintura. Quedó a la completa merced, si no lo estaba ya antes, de las voluntades nada benevolentes de aquellos hombres.
-Antes le hice una breve presentación de Leo… -le llegó a Manu la voz del hombre del cristal.
-…El doctor –se encargó de concretar de nuevo él.
-Verá, Señor Noiles, en casos como el de usted, en donde el tiempo es oro, nos obliga a tomar medidas poco ortodoxas. Ahora comprobará cuales son estas medidas.
Vio como Eydigans y Smedley colocaban al lado de él una columna en las que colgaban varias bolsas de plástico.
-Mi socio Leo y yo no creemos en las torturas lentas y piadosas, donde los pequeños cortes de bisturí en las zonas sensibles del cuerpo lo son todo. Creemos que la tortura tiene proyección más psicológica que física. Basándonos en este principio, ¿de qué sirven unos cortecitos en el abdomen o unas quemaduras en el torso o las espinas en las uñas si son heridas que por muy dolor que inflijan, a la larga cicatrizan y permiten al individuo volver a su vida normal? Usted nos está haciendo perder un tiempo muy valioso, ¡y aquí y ahora, nosotros le demostraremos lo urgente que es que nos de la información que esconde! ¡Lo desesperados que podemos llegar a estar! Esas bolsitas de líquido que puede ver a su lado contienen una solución salina creada por el Doctor. Le permitirá separar partes de su cuerpo a su antojo, serrarle y que no llegue desangrarse en mucho tiempo. Y lo más importante, estará consciente en todo momento.
-El valle del dolor, ¿verdad, jefe? –dijo Smedley-. El valle del dolor al amanecer.
-Sí, Smedley, ¡y ahora cállate!
El Doctor Leo se acercó al palo de suero y miró a Manu B.
-No son buenas noticias, ¿verdad, Señor Noiles?
-Mi nombre no es Noiles, es Manu Dormita. Manu B para los amigos.
El Doctor Leo le clavó a Manu en un brazo una aguja que conectaba por medio de un tubo a la solución salina.
-Ahora verá que bien –dijo el Doctor.
El Doctor le dio la espalda para rebuscar entre el material quirúrgico. Al volverse, pudo ver que en una de sus manos tenia algo reluciente. Un bisturí.
- ¿Por donde quieres que empiece? –le preguntó el Doctor al Hombre del cristal.
-Como decía mi difunto abuelo, una mano para el lavabo…-contestó el Hombre.
El Doctor hizo el ademán de ir a buscar una herramienta más efectiva para esa tarea.
-Ni hablar –le detuvo el Hombre-. Quiero que se le haga interminable.
El Doctor asintió. Manu B cerró los ojos, horrorizado. Tenía que salir de allí.
Físicamente no, por supuesto. Desde hacía algún tiempo, estaba jodido en ese menester. Pero había formas de talante psíquico. Para su desgracia era un completo desconocedor de artes como el yoga. El Tai Chi bien podía ser para él un rico aperitivo japonés, y el chakra, el nombre de una galleta. Su mente vivía a un nivel plenamente consciente. No podía correr una distancia de doscientos metros sin enseguida pensar,
Dios, estoy corriendo. Algo en mi pecho se mueve… me cuesta respirar...
En todo momento era consciente de los estímulos que su entorno le ofrecía. Sin embargo sabía que debía intentar concentrarse en algo. Era vital salir de allí. Alejar el dolor.
Sabía que podía hacerlo. Era escritor, ¿no?
A los pocos segundos, Manu se dio cuenta de que tal pensamiento era infundado. ¡¿Quién se creía que era?! ¡¿Un fakir?!
¡No!, gritó una parte de su mente. Era la misma parte que no había conocido hasta aquella noche. La misma que se había negado en rotundo a decir el nombre de Laura.
Has vivido en tu mundo, Manu, toda tu vida. Bien, capullo, ahora es el momento de que hagas uso de tu autismo emocional.
Manu vio el bisturí, brillante como el demonio, cada vez más cerca de él. Cerró los ojos. El dolor no tardaría en hacerse notar y cuando eso ocurriera, acapararía todos sus sentidos. No habría poder mental, ni mundo imaginario que valiera.
El valle del dolor al amanecer como había dicho antes Smedley de forma tan elocuente. Si quería escapar de allí, tenía que partir de algo sólido. Debía seguir un camino lógico y viable. Una estructura mental a prueba de balas. Un camino que por decirlo de alguna manera, contara la verdad. Su verdad.
Una pequeña imagen de Laura cruzó su mente y con ella la solución a su problema. Como toda persona que vive con una obsesión, Manu también había encontrado su antídoto. Laura era tanto como un elemento sustancial en su vida como una maldición que le impedía avanzar en ella. El número de veces que Manu había alimentado su obsesión, aquellos incontables viajes en tren espiándola, escuchando sus conversaciones por el móvil con su marido (incluyendo la tarde en la que ella, enfática, habló largo y tendido con él sobre el bebé) era equiparable al número de veces que Manu había intentado retomar su vida, olvidar el pasado y, en esencia, olvidarla. Manu había encontrado una pequeña forma de hacerlo. Una forma se basaba en instantes efímeros que le recordaban su valía, su independencia ante cualquier complejo u obsesión. Un simplón y divertido tema musical que había descubierto por casualidad desde hacía algún tiempo en la radio. Cada vez que escuchaba aquella melodía, no sólo le lograba arrancar una sonrisa de sus labios sino que durante dos minutos sus problemas desaparecían. En ese tiempo todo quedaba en familia. Manu B volvía a ser un niño.
Si había logrado templar el dolor asociado a Laura con aquella música, quizás sirviera también para combatir el dolor real. Los himalayos, según decían, llevaban siglos haciendo locuras por el estilo.
Hizo el esfuerzo mental por evocar esa canción y llevarla hasta aquel sótano: que inundara la estancia de su particular colorido, que convirtiera aquel afilado y brillante bisturí que ansiaba con morderle, en algo blando e inofensivo como el simple juguete de un payaso de feria. Las primeras notas empezaron a desfilar por su cabeza, pero lo hicieron de forma poco nítida.
El Doctor, con sus manos enguantadas de blanco, tocó una de sus manos. Manu se concentró en la canción. Se acordó del guitarreo daba inicio a la melodía. De aquellos cálidos sonidos. Al hacerlo, de forma fluida las primeras notas llegaron hasta él. Las agarró con fuerza, intentando mantenerlas todo el tiempo posible en su memoria. Las tarareó. Se obligó a hacerlo varias veces hasta que se vio seguro para proseguir. Sorprendido, descubrió que cada vez, con más nitidez, conseguía oír la melodía en su cabeza. Fue a por el resto de la canción. Con cada pequeño tramo que conseguía avanzar, volvía de nuevo para atrás para recordarla toda desde el inicio. La canción se convirtió en una reiterada y mecánica consecución de notas carentes de algún sentido emotivo. No se preocupó por ello. Hasta que no la tuviera completa, esta no recobraría su fuerza inherente. En ningún momento, mientras estaba inmerso en aquella labor, se atrevió a abrir los ojos y ver lo que ocurría fuera. Si lo hacía, estaba seguro de que todo lo poco que había conseguido se vería desbaratado.
Imploró por tener la canción lista antes de que su mano se viera horriblemente seccionada. Cuando estuvo seguro de tenerla, Manu B, se dispuso a reproducirla en su mente, nota por nota.
No va a surtir efecto, pensó, cuando el bisturí penetre en la carne no habrá canción que valga. Reprodúcela cuantas veces quieras pero…
Manu despejó su mente. Si había que ocupar espacio en su cabeza, que fuera para la canción.
Inició la reproducción. El primer intentó resultó penoso. La canción que oyó en su cabeza estaba años luz de la original. Había grandes lagunas en su desarrollo, vacíos que desembocaban en tonalidades completamente diferentes desviándose de la sintonía original. Estaba perdido. El dolor sonaría en él como una campana a media noche.
-Señor, Noiles, ¿está dispuesto a colaborar ahora? –le preguntó el Hombre fuera de la oscuridad de sus párpados con voz suave y amable.
-Está en shock –dijo Smedley.
-No lo creo –respondió el Doctor.
-Vayamos entonces a por su otra mano…
Al oír aquello, Manu abrió los ojos, como si acabara de recibir un latigazo. Vio como el Doctor y el Hombre volvían sus miradas hacía él en el instante en que abría los ojos. Smedley estudiaba con sadismo lo que minutos antes le había pertenecido a él desde nacimiento: su mano derecha. El dolor que, de forma milagrosa y sin haberse percatado había logrado apartar, acudió a él con todas las de la ley. Se inició en la zona donde antes había estado su mano. Notaba como si ésta, aún unida a él, hubiera quedado atrapada en un cepo. Un dolor incesante, sordo, subía y bajaba a su antojo por su brazo. Manu aulló de dolor.
El hombre del Cristal y el Doctor rieron, más llevados por el alivio que por otra cosa.
Cierra los ojos y céntrate.
Pero Manu siguió gritando.
Déjame gritar un poco más, por favor. Sólo un minutito.
¡No! Hazlo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Manu calló y volvió a cerrar los ojos.
La perplejidad no tuvo cabida en el Hombre y sus sicarios. Lo que estaban presenciando estaba fuera de toda normalidad. Debían de vérselas con alguna clase de autista. Un deficiente incapaz de expresar emociones sustanciales y divertidas para la vista como el dolor.
-Ahora los dedos de la otra mano. Uno a uno.
-De acuerdo –dijo el Doctor.
¡Debía encontrar de nuevo la canción! ¡¿Cómo Diablos iba a hacerlo ahora con ese dolor ahí?!¿Y cómo pensaba hacerlo con los nuevos dolores que en cuestión de segundos comenzarían a atenazarle? Intentó recuperarla. Al menos una parte de ella, pero fue en vano. Ya ni se acordaba de una sola nota. El dolor, el miedo le habían dominado por completo. Pronto sería su fin y el de la pobre Laura, desvelada de manera irremediable.
¡Y una mierda!
Le acababan de amputar una mano. De su boca no saldría nada que no fuera material tangible como saliva o mocos. En ese momento, Manu tomó conciencia del surrealismo que estaba viviendo. Le creían por una especie de espía. Le acababan de cortar una mano sin que sintiera nada. Y lo más gracioso, estaba sacando de quicio a aquellos tipos.
Manu rompió a reír.
Los maleantes se miraron entre ellos, absortos. Manu abrió los ojos. Al ver las ridículas caras de sus captores, sin poder hacer nada por evitarlo las risas se intensificaron.
-¿Se trata de una broma? –dijo el Hombre atónito.
-Tranquilo, Gustavo, debe tratarse del Shock. Es algo muy corriente. El organismo segrega hormonas que contribuyen al cachondeo... –informó el Doctor.
Con cada carcajada pero sin ser consciente de ello, el dolor del brazo fue remitiendo para Manu.
-¡Pues deshockale, hostias! ¡Deja esa mano sin extensiones perceptibles al ojo humano, cojones!
La canción volvió a activarse en su cabeza estableciéndose un fuerte asociacionismo entre el surrealismo presente, las risas y la canción. Toda clase de endorfinas recorrieron su cuerpo, haciendo que el dolor quedara relegado a algo de segundo plano El bueno de Manu B abandonó el sótano al instante.

Y cayó de lleno en una playa.
-Señor Noiles…-le dijo una voz lejana.
Manu B como si no fuera con él, siguió centrándose en sus queridos azules.

-¿Va a colaborar? –preguntó el Hombre mirando a Manu B de forma piadosa.
El hombre aguardó una respuesta mientras observaba el cuerpo tembloroso de Manu. Al ver que no respondía, una expresión de alarma asomó en el rostro del hombre del cristal.
-¿Señor Noiles? ¿Señor Noiles se encuentra usted bien? –dijo el Hombre asustado. Miró al Doctor-. ¿Qué Diablos le ocurre?
-Creo que nada, Señor…
-¡¿Cómo que nada?! ¡Se ha pasado con el bisturí, sádico hijo de puta! –el Hombre comenzó a darle palmadas en la cara a Manu B-. ¡Señor Noiles…!
-¿Eh?... –dijo Manu B con voz adormecida.
- ¡Señor Noiles! –dijo el Hombre del cristal aliviado-. ¡Señor Noiles!
-Sí…
El Hombre del cristal esbozó una sonrisa de alegría al tiempo que suspiraba. Miró al Doctor con una expresión de repulsión.
-Tapone las heridas –le ordenó con hosquedad a Leo-. Oiga Señor Noiles…
-Sí…
-¿Está dispuesto a colaborar ya? Es que ha estado muy cerca de morir y…
-No… Aún no, pero gracias.
El Hombre del cristal parpadeó varias veces, atónito. Al igual que Manu B, el Hombre del cristal comenzó a tomar conciencia del surrealismo que impregnaba aquella noche. La sensación que le provocó a él fue inversamente proporcional a la de Manu B. Frustración, odio y rabia recorrieron sus venas.
-¡Gordo de mierda! –estalló el Hombre del cristal. Varios goterones de saliva cayeron sobre el rostro de Manu B-. ¡Te juro que no va reconocerte ni tu madre!
Sus hombres le dirigieron pequeñas miradas de sorpresa que al segundo siguiente fueron atenuadas por completo. Si no querían acabar como el pobre Juan Cunda más les valía andarse con ojo con sus reacciones. El móvil del Hombre volvió a sonar. Un pequeño atisbo de pánico apareció en su rostro, que sólo Leo, observador nato como era, fue capaz de percibir. El Hombre simuló una tos y se quedó quieto donde estaba, sin hacer el mínimo movimiento. El móvil volvió a sonar. Lo ignoró.
-Su teléfono… -le señalizó Toni con suavidad.
-Ah, sí –dijo con una falsa voz sorprendida.
El Hombre sacó el móvil del bolsillo con lentitud y lo miró con ojos ausentes.
Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Leo. Su expresión, en apariencia serena y firme, se derrumbó en ese instante. Sus hombres quedaron ante un individuo al que nunca habían visto.
-Por favor, contesta tú. Di que no estoy –dijo acercándose hacía el Doctor, tambaleante como un borracho, y alzándole el móvil con movimientos ancianos.
Los hombres quedaron atónitos por lo que estaban presenciando.
-Señor…
-No puedo contestar… no sin haber obtenido resultados…tienes que entenderlo.
Eydigans, Smedley y Toni se miraron una vez más entre ellos anonadados. Todo lo que estaba sucediendo era muy nuevo para ellos.
-Lo haría si pudiera, Señor… pero es su móvil… no puedo hacerlo…
-Yo....
El Hombre cerró los ojos un momento con el fin de serenarse y aclarar las ideas. Resignado, se llevó el móvil a la oreja.
-¿Diga?...Oh, Señor Dacosta, siento haberle hecho esperar… tenía las manos sucias…No, aún no hemos conseguido gran cosa pero está todo bajo control…somos bastante optimist… No, Señor, le agradezco las molestias pero no es necesario… Es muy considerado pero… Señor… Sí, Señor… De acuerdo…
El Hombre despegó el móvil de su oído. Sus hombres le miraron expectantes.
-¿Qué ocurre? –se atrevió a preguntar Smedley, a pesar de que en momentos como aquellos una pregunta de tal calibre podía sesgar su vida.
-Dacosta envía a sus hombres aquí –dijo el hombre del cristal con mirada vacía. Estamos jodidos. No va a consentir que se pierda más tiempo.
-¿Van a relevarnos? –dijo Eydigans incrédulo.
-Sí a relevarnos.
- ¡Dios! –dijo Eydigans.
-Sugiero que nos larguemos de aquí cuanto antes. Ahora que disponemos de tiempo –dijo Toni-. ¡Qué le den por culo al Rey de las salchichas éste!
-Yo también pienso lo mismo –se apresuró a respaldar Eydigans.
-Nos encontrarán –dijo el Hombre. Volvió su cabeza hacia la camilla, centrando su atención en Manu B-. En el Señor Noiles está la solución, por muy tentadora que nos parezca la idea de huir. Sabemos como trabajamos, caballeros, y sabemos que no dejaran de levantarse piedras hasta que hayamos sido encontrados... y liquidados.
-Estoy con Gustavo. Debemos doblegar al Señor Noiles como sea -dijo el Doctor.
- Tenemos quince minutos hasta que llegue el helicóptero con los hombres de Dacosta –dijo el hombre del cristal.
-Pues entonces sugiero que todos cojamos un instrumento y le torturemos todos a la vez –propuso Smedley.
-¡Qué barbaridad! –gritó el Doctor escandalizado.
-¡Habló el puto Doctor Menguele en persona! –repuso Smedley.
-Si lleváramos a la práctica tu idea no sólo perderíamos tiempo, quizás, hasta le provocáramos un paro cardiaco.
-¡Tenemos que pensar en algo, maldita sea! ¡En algo definitivo! – el Hombre volvió a mirar a Manu B-. En algo auténtico, no carente de mérito. Algo impertérrito, destacable entre el terreno de cuchillos en el que nos encontramos…
-Sí…-dijo el Doctor enarcando las cejas, llevado por la perplejidad de las sandeces que oía.
El Hombre se mordió los labios, pensativo, sin apartar los ojos de Manu B.
Miró a sus hombres y torció su labio de forma malévola en una sonrisa.
-Le quitaremos lo que más necesita en este mundo.
-¿Sus huevos? –dijo Smedley abriendo los ojos de manera desmesurada, llevado por la excitación.
El hombre le ignoró por completo.
-Dijo que era guionista. Le arrebataremos lo que más necesita para su labor de onanismo intelectual: sus preciados y putos ojos
-¿Y sus huevos…?
-¡Para lo que los usará este pájaro, ¿qué coño le van a importar si se los quitamos, Smedley?!
-No sabe lo que dice, Señor. Este tío es de los que les saca partido a sus pelotas a todas horas, de una manera u otra. Es de los que entienden. Vamos, de los que se entrenan….
-¡Pues por nosotros que se haga las olimpiadas! –dijo el Hombre del cristal-. ¡Aunque a partir de ahora tendrá que hacerlo en braille!
Todos estallaron a carcajadas llevados por el histerismo. Segundos más tarde, se pusieron manos a la obra.

Las risas de sus hostigadores, como si fueran el preámbulo de un gran espectáculo, precedieron a la apertura de uno de los momentos más maravillosos de la vida de Manu. De improvisto, de las relucientes aguas del mar, Manu se vio de pronto así mismo en casa de su abuela. Su primo Samuel y Humberto estaban a su lado, formando el trío barrera como eran conocidos cariñosamente en su familia. Los inquebrantables, otro de los cariñosos motes que tenían. Su abuela Miriam estaba junto a ellos, de pie, sirviéndoles doble ración de conejo al salmorejo.

El Doctor sacó de su kit de accesorios perturbadores un bote de ácido sulfúrico. El Hombre del cristal lo miró y asintió con la cabeza. El Doctor comenzó a desenroscarlo. Mientras lo hacía, Eydigans y Smedley abrieron los párpados de Manu B. Observaron que su globo ocular se movía lentamente de un lado a otro, ausente. Era obvio que no prestaba atención a los acontecimientos que estaban ocurriendo delante de él.
El Hombre del cristal acercó su cara a ellos, para que el gordo pudiera obtener un primer plano de sus amenazas. Sus últimas amenazas.
-Déme ese maldito nombre.
A pesar de que le habían abierto los ojos a la fuerza, Manu hizo todo lo posible por no llegar a ver. Movió sus ojos hacia atrás, en un intento desesperado por obtener oscuridad. Se obligó a concentrarse en su canción, y en el banquete que había logrado evocar con tanta facilidad. En hacer llegar ese día al sótano.

Su abuela le puso dos buenos pedazos de carne en su plato. Él y su padre se miraron al instante y al unísono se señalaron y se guiñaron el ojo en un intenso gesto de complicidad. En aquellos momentos eran los reyes del mundo y las patatas fritas y el jamón serrano las estructuras que conformaban su trono.
-Doctor, adelante.
Los reyes del mambo, mismamente.
Manu sintió un ardor en los ojos. Era tenue. Intentó alejarlo. Su respiración se aceleró de forma leve pero aquel impulso le sirvió para que su canción se elevara también en su mente.
Minerva, la prima vegetariana que a toda familia le toca por tener por castigo, se apresuró a repudiar lo que allí estaba ocurriendo. Los actos que estaban teniendo lugar: comer cerdo, conejo y marisco, una clara alabanza a las matanzas indiscriminadas que se realizaban por el mundo de animales inofensivos por parte de cazadores psicóticos, eran equiparables a los genocidios que ocurrían en el planeta por parte de dictadores, curiosamente, también psicóticos.
El ardor aumentó. Le estaba atravesando la cabeza. Manu persistió en sus pensamientos. Si los perdía aunque fuera un instante, llegaría a él todo el dolor en su magnitud, estallándole como una bomba atómica.
Sois unos animales, había sentenciado su prima. Manu B, Samuel, Humberto, su padre y Tío Álvaro sabían que no había que perder tiempo con esas lindezas y menos cuando carne sabrosa y crujiente les aguardaba en la mesa.
-Vamos a por el otro ojo.
-Dios, se le ha quedado como una uva desinflada.
-Sí…

Si a los vegetarianos les gustaba hablar, que hablaran. Cada uno a lo suyo y que el mundo siguiera girando. Sin embargo, en aquel maravilloso día, los tres primos se sorprendieron al sentir no estaban dispuestos a soportar más comentarios Querían hacerse respetar.
-Allá voy.
La razón de esta nueva actitud tenía una sencilla explicación. Los tres primos acababan de cumplir la mayoría de edad y aquel era el primer banquete familiar que se hacia con bebidas para mayores en sus copas.
-Abuela, me pones más –había dicho Manu B con su barbilla chorreando aceite y sabroso jugo salsero de su abuela.
-¡No puedo creerlo! –dijo su prima-. De verdad, Manu, no dejas de sorprenderme.

-¿Cómo va eso, Doctor?
-Nuestro amigo está jodido.

-Me da pena lo que estás haciendo, Manu…¿Sabes la de enfermedades que puede dar lugar tu sedentarismo?
Manu la miró enarcando una ceja.
-Sumado eso… a como comes. Lo siento – ella miró a sus familiares-. Siento mucho molestar a Manu… pero está gordo y debe cuidarse.
Al oír esa palabra, Manu sintió un latigazo de dolor en sus ojos.
El ardor.
Casi estuvo apunto de gritar y dar por terminado aquel ejercicio mental.
Diosss.
En otro día, Manu se hubiera sentido avergonzado (en otro día Manu habría abandonado) y de manera automática su estómago se habría cerrado de par en par (y su mente abierto al dolor). Sabía que todo aquello era verdad y cuando oía la verdad en boca de los demás, la sensación que sentía era como si todo su mundo, de forma inmediata, se le hubiera puesto patas arriba y debiera ponerlo en orden cuanto antes.
En aquel momento, en aquella mesa estaba un Manu muy parecido al que se encontraría diecisiete años más tarde en el vagón de un tren y posteriormente en la camilla en el interior de un sótano.
El dolor de ojos se alejó con la misma rapidez con la que había llegado.
Manu B no tenía miedo. Ahora no.
-Yo pienso… yo pienso que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra –dijo Manu.
Sus familiares le miraron extrañados. Su prima, por fin apartó la mirada de su plato, para dirigirle una expresión desconcertada.
-Ninguno de los presentes somos vegetarianos. Todos aquí amamos a los conejos, incluso tú.
-¿Yo?
-Tengo entendido que por los sitios que frecuentas, también los comes –dijo Manu guiñándole un ojo.
En la mesa se hizo un silencio abrupto. Primo y prima se miraron a los ojos.
-¡Te ha calado! –dijo el padre de Manu.
La mesa entera estalló a carcajadas, exceptuando a la aludida. Manu B sintió sus ojos llenarse de lágrimas como si recordar aquellos instantes hubiera hecho mella en él, luego se dio cuenta de que no eran las lágrimas sino el ácido sulfúrico que le corroía.

El Hombre del cristal miró con frustración a Manu B. De repente una sensación nueva para él, o casi nueva, pues no la había sentido desde que había tenido cinco años, le atenazó. Su garganta se cerró y sintió una extraña opresión en la cabeza.
Era como… como…
…Cómo si quisiera llorar de rabia.
Miró al Doctor con sus ojos despidiendo fuego.
-¡¿Por qué no grita?!
El Doctor comenzó:
-Puede que esté en Shoc…
El Doctor no pudo terminar la frase pues una bala lo acribilló para siempre. El Hombre del cristal bajó su humeante revolver y con la misma premura con la que lo había sacado volvió a guardárselo.
-¡Joder, con los putos shocks! ¡Que lo disfrutes, salvatrucha de los huevos! –dijo mirando con repulsión al Doctor, recién desplomado en el suelo.
-¿Qué hacemos ahora, jefe? –preguntó Smedley con cierta cautela.
El hombre del cristal se llevó la mano a la barbilla, desesperado.
-Piensa, maldita, sea, piensa –susurró para él.
El Hombre del cristal, Eydigans, Smedley y Toni, oyeron el sonido de unas hélices provenientes del exterior. Se miraron entre ellos y por primera vez desde que trabajaban juntos, se sorprendieron al ver miedo en sus caras.
No pasó ni un minuto cuando los ocho hombres de Dacosta rompieron la puerta del sótano y con coordinación milimétrica rodearon a los maleantes. El Hombre los miró desafiantes. Uno de ellos salió de su formación y avanzó hacia él. Se trataba de un viejo competidor del Hombre, Eduardo Barietta. Un tipo que había ansiado su puesto en la organización desde prácticamente el mismo día en que se habían conocido. Quizás aquella noche lo consiguiera. Eduardo miró a la piltrafa que había encima de la camilla y soltó un gemido de repulsión. Miró al hombre del cristal.
-¿Avances? –preguntó de forma condescendiente.
-Puedo arreglarlo aún –se limitó a decir.
-Tienes cinco minutos, Gustavo. Sólo cinco minutos. Después actuaremos…
El hombre del cristal asintió con la cabeza. Era más de lo que podía haber esperar.
-Entiendo –dijo el Hombre.
Eduardo Barietta volvió a su formación. El hombre del cristal se acercó a sus hombres y les habló como el equipo que debían formar ahora si querían sobrevivir.
-Tenemos sólo una oportunidad. No podemos cagarla…
-Sí…-dijo un Toni balbuceante.
-Smedley…
-Sí, jefe.
-Creo que visto lo visto sólo nos queda una alternativa. Llevaremos a la práctica la burrada que dijiste antes.
-¿Cuál de ellas, señor?
-Cada uno de nosotros torturaremos al ballenato que tenemos hoy aquí. Si no ha gritado todavía, es que todavía no le hemos dado motivos suficientes para hacerlo.
-De acuerdo, Señor –dijo Smedley decidido.
-Que cada uno se centre en un muslo de pollo, como si dijéramos.
Los hombres soltaron una risa nerviosa. Fueron hasta la bandeja del instrumental y cada uno se hizo con una herramienta distinta. Rodearon a Manu B. Los hombres de Eduardo Barietta no daban crédito a lo que veían. ¿Qué salvajada se proponían aquellos borrachos?
-Señor Noiles…
-Manu B… mi nombre es Manu B…-dijo con voz lejana, ausente.
-…Vamos a hacer con usted la charcutería que prometimos…¡Puede acabar con esto de una vez, por favor!
-Ohh, es muy amable… Ahora vuelvo…
El Hombre del cristal soltó un bufido.
-Adelante –dijo-. Salvemos nuestros culos.


- Soy el mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-¿Y tú, a qué te dedicas? –dijo Laura con interés.
-¿No me digas que no lo adivinas? –dijo tocándose su prominente barriga-. Soy informático.
Laura estalló a carcajadas. Manu también.
-¡¿En serio?!


-Jefe…-dijo Eydigans de forma lastimosa-. No grita, no hace nada.
-Dios…Así debió sentirse el capitán Ahab ante su blanco enemigo.
-Sí…-dijo Eydigans.
El Hombre miró su reloj. Le quedaba un minuto de plazo. Miró a Eduardo Barietta. Su competidor le dedicó una sonrisa perversa.

-Puede resultar una idea cursi, pero el guión que quiero hacer, quiero que trate sobre dos personas que se encuentran un día y hablan del pasado. A medida que lo hacen, sin darse cuenta, van modificando el pasado. Van modificando la historia.
-Manu...estás ahí…
El Hombre del cristal. De pronto cayó en la cuenta de que era la primera vez que le llamaba Manu.
-…Creo que es una buena historia –respondió Laura.

-Manu, tienes que escucharme, socio… –dijo el Hombre del cristal con su rostro reluciente por la película de sudor que le cubría- …Esto ya no es sólo por ti. Hay muchas cosas en juego… Tienes que ayudarnos.
-Si, Manu…-dijo Eydigans, desesperado.
-Te has visto en medio de esto sin tener culpa de nada pero créeme te compensaremos. Dedicaremos una vida a ello. Dinos el nombre y te prometo que seremos justos. Manu… por favor.
-Creo que dice algo –dijo Toni, esperanzado.
El hombre del cristal acercó su oído a la boca de Manu.
-Ánimo, amigo, saldrás de ésta. Saldremos juntos y superaremos todo esto. Te llevaremos luego a cenar, si quieres.
-Ahhh…
-Vamos, Manu. Tú puedes.
-Ahh, ¿dedo?... Mis dedos.
El hombre del cristal recibió esas palabras como si fuera oro caído del cielo. Oír hablar a ese tipo después de tanto tiempo de silencio proporcionaba la dosis de alivio que necesitaba.
¡Qué gordo más encantador!
- ¿Dedos? –dijo enfático. ¿Qué pasa con tus dedos? ¿Te duelen?
-¿Dedos?… ¿Tengo?…
-Esto… a ver…¡En la izquierda te quedan dos! Cojonudo, ¿no?
-Ha bajado uno, Señor –informó Eydigans.
-Ajá.
-...Creo que le está haciendo un corte de mangas …-informó Smedley a su vez.

El tren se detuvo, abriéndose las puertas.

El Hombre estalló de ira y su bisturí se confirmó como representante de ella.
Lo hundió en la blanda cara de Manu B.
-¡Responde, hijo de puta!


Manu B y Laura se levantaron de los asientos y caminaron hacia las puertas.

-Se muere...-dijo Eydigans.
El Hombre abrió tanto los ojos, que su ojo de cristal resbaló de su órbita y calló al suelo, rompiéndose en pedazos.
-No...no, ¡Por Dios! ¡Manu!

Salieron del tren.

El Hombre, Eydigans, Toni y Smedley miraron a Eduardo Barietta y a sus hombres. Vieron que éstos no habían perdido tiempo. Les apuntaban con armas semiautomáticas, las mismas que ellos habían usado en situaciones similares con los pobres diablos de turno. Allá donde fueran, allí estaba la ironía recordándoles que la vida era más lista que ellos. Los cuatro hombres, de uno en uno, como quien va a apagando las luces, cerraron los ojos y se rindieron a su suerte, que por desgracia ya estaba echada.

Manu B ya fuera del tren, con Laura a su lado y con una cita esperándolos pudo oír en la lejanía el sonido de unos cohetes en su honor. Éstos se mantuvieron durante dos largos minutos.
Agarró la mano de su chica. Era el sonido de la victoria, ni más ni menos.

FIN

viernes 10 de octubre de 2008

LA AMENAZA DEL GIGANTE








1

Todo tipo cuando entra por primera vez en un grupo, una organización o va a su primer día de trabajo pasa por lo mismo. La experiencia se repite en cada individuo. El corazón se acelera, los movimientos son pesados y lentos, las piernas parecen tocar melaza y todo es lento, muy lento. El primer día en un grupo, organización o en una oficina es un infierno. Hay excepciones. De vez en cuando existe algún suertudo que logra hacer buenas migas con alguien, llegar y besar el santo como quien dice. Basta de este detonante para que todo lo demás vaya sobre ruedas. Hacer un amigo, o llamémosle aliado, es lo mejor que le puede pasar a un novato. La posibilidad de conocer a los demás está al alcance de la mano.
Pero sólo se trata de excepciones. Ni por asomo es la tónica normal. El primer día, eres tú contra el mundo. La incertidumbre es tu amiga. Existen varios métodos para disuadir esta terrible sensación, la más parecida al vértigo que existe. Los más prácticos deciden hacer gala de su don de gentes e intentar sociabilizarse cuanto antes. Con suerte, consiguen hablar con un par de incautos, lo suficiente como para que al día siguiente a uno le reconozcan, pueda volver a saludarlos, hablar de esto y aquello y así hasta configurar lo que podría llamarse un amigo. Otros hacen gala de su capacidad mental para la indiferencia. La frase estoy aquí sólo para trabajar suele ser muy efectiva, aunque en el fondo, son conscientes de que esa actitud no puede durar mucho tiempo, de que nadie puede permanecer solo. La táctica, no obstante, más utilizada del novato es la de observar el entorno y las personas que lo conforman, estudiarlas, y de entre ellas, encontrar al individuo con el que uno se pueda identificar. Esta persona debe reunir unos pocos requisitos pero son unos muy precisos. No tiene porque parecerse en absoluto a él, no tienen por que gustarle las mismas cosas, ni compartir edad. Simplemente, debe ser peor. Sólo en este caso, el novato se sentirá como en casa. Sabrá que no está sólo, que no es el perro verde del grupo. Lo único que tiene que hacer para hacerse un hueco es demostrar que se es mejor que el papanatas en cuestión y la integración al grupo, organización o colectivo laboral será total. La persona inferior es el comodín de los novatos.

El comodín de Mario Canteras fue identificado, por suerte para él, su primer día en el cuerpo de policía. Estuvo a un palmo de no conseguirlo: de irse a su casa aquel día con la horrible sensación de desazón de los primerizos. Esa noche pudo no haberle devuelto la sonrisa a su madre al entrar por la puerta, pudo haber hablado en monosílabos durante toda la cena y pudo haberse ido a la cama con el temor de que al día siguiente volvería a librar la misma batalla, la batalla por socializarse...por institucionalizarse. Su gran noche de risas, vino y fanfarronadas (con desfile militar incluido ante su perpleja familia) pudo haber sido postergada para más adelante.
El comodín no fue detectado hasta la última hora de su turno, cuando Mario había entrado en los vestuarios para cambiarse e irse a su casa. Su rostro estaba decaído, y ya, a esas alturas del día y menos cuando su único espectador era la puerta de su taquilla, ni siquiera se molestaba en ocultarlo. Las facciones de su cara delataban la decepción que había arrastrado durante ese largo día. Sentía morirse y no era del todo reprochable, no en un policía y más cuando las Buddy movies (las pelis de colegas) estaban a la orden del día. Un poli solitario pintaba allí tanto como un chándal en una convención de gabardinas. Uno no se imaginaba en Arma Letal a Mel Gibson sin Danny Glober. Ni a Robocop sin aquella entrañable y marimandona compañera.
Ya había dejado su uniforme en la percha y se había vestido con su ropa informal, cuando a sus espaldas oyó unas risas. Su corazón le dio un vuelco. Si había algo peor que ser un paria, era ser el hazmerreír. Le esperaba un futuro oscuro si así se confirmaba. De forma lenta, Mario comenzó a volverse, mientras de fondo, las risas proseguían. Eran risas burlonas, hirientes. No las provocadas por una divertida anécdota, ni siquiera por un chiste verde. Risas crueles. Mario tenía la certeza de que una vez que se diera la vuelta ahí estarían sus miradas, las de los que serían sus futuros compañeros, clavadas en él y dispuestas a reducirlo a un chiste viviente. ¿Llegarían a hacerle llorar?
Mario apartó tal pensamiento. Sólo tuvo que recordar su taquilla y la cartuchera con el arma enfundada que había dentro. Ahora era poli, ¿no? Llegado el caso sabría como evitar tan horrible escena. Los test psicotécnicos hacían tiempo que habían quedado atrás y ahora era libre para pensar como se solucionaban verdaderamente los problemas. Mario miró al grupo de policías que no dejaban de reír. Justo en medio de ellos, como si alguien acabara de abrir un oportuno seven up había una llovizna de saliva provocada por sus incesantes carcajadas. Mario sintió sorpresa. Ni uno le miraba. Se dio cuenta de que no era él quien provocaba tanto humor malsano. Ni hablar.
Un tipo estaba al fondo de los vestuarios intentando desvestirse y ellos estaban a su alrededor, formando un semicírculo. Disfrutaban de cada uno de sus movimientos y los recreaban a su distorsionada y humorística manera. Toda una delicia para ellos.
Sin poder evitarlo, Mario Guantalamera Canteras esbozó una sonrisa que apunto estuvo de abarcar toda la estancia y de haber querido, poder propinarle un buen mordisco a ésta como si se tratara de un emparedado de atún.
Toda la mañana intentando buscar a un individuo al que pudiera infravalorar, incluso a un novato como él para poder competir, y sin éxito… Hasta ese momento.
El día se había abierto lleno esperanzas y pensamientos optimistas; acababa de salir de la academia, había pensado, era joven y fuerte, era carne de gimnasio, maldita sea. Tres horas diarias. En esa comisaría todo estaba lleno de viejos chochos o jóvenes que se habían echado a perder porque la cerveza era su religión. El era el guapo. El chico impoluto. Tenía que ganar. Sin embargo, su primera prueba de contacto con una de sus supuestas víctimas menguó esta sensación. A eso de la hora del almuerzo se había acercado a un policía solitario que de manera monótona se estaba comiendo un bocadillo en uno de los bancos. Era un hombre regordete y canoso. Un desastre, pensó Mario. Le saludó con un amable y vecinal hola y seguidamente, sin más dilación, le propuso un desafío: levantar el banco él solo. El hombre le miró indiferente un momento y luego volvió a su bocadillo. Mario pensó que esa indiferencia se debía a su imposibilidad de poder hacerlo. Yo si puedo hacerlo, había proseguido él chulescamente, retándole. Le hubiera gustado añadir algo más, algo como que él, Mario Canteras, representaba la nueva generación y que en cambio dinosaurios como él debían estar languideciendo en estancias burocráticas y no en trabajos de campo. Pero antes de que pudiera decir tal cosa, el hombre se levantó, le puso dos montañas de papeles sobre los brazos, que casi ocultaron su rostro, y con voz inexpresiva dijo: Levanta tú esto.
Se trataba del Teniente Samuel Míreles.
Tuvo que repetir la tarea de llevar informes y repartirlos por toda la comisaría tres veces. Se sintió engañado. No era eso lo que esperaba de aquel trabajo. Ni tampoco era lo que te vendían tantas veces en la tele.

Ahora, en los vestuarios y mirando a ese pobre diablo, estaba tranqui, estaba en paz.
Ya era poli.
No era la primera vez que había visto a aquel tipo. El capitán Lorenzo le había mandado esa tarde a ir a buscar informes al tercer piso, donde se encontraba el departamento de investigaciones de homicidios. Y estos informes, no estaban en otro sitio que en el despacho de aquel tipo. Cuando entró, el hombre escribía en su ordenador y en ningún momento se molestó en levantar la cabeza para mirarle. El hombre emanaba experiencia y cierta autoridad. Mario dedujo que tendría unos treinta años.
Saber que él no era el objeto de burla en los vestuarios era una sorpresa, pero también lo era descubrir que aquel tipo que tanto respeto le había inspirado horas antes, representaba la mascota de la institución para sus compañeros. ¿Cómo un tipo así había llegado a que le vapulearan de aquel modo?
-¡Eh, Big Ben, nos hemos enterado de que pronto te vas de vacaciones! ¡Que tengas suerte en Lilliput! ¡Seguro que ahí encuentras a uno!
-¡Ellos lo hicieron!
Los cinco policías estallaron, una vez más, a carcajadas con otro seven up abierto de por medio.
-Oye, Big Ben, tío, no te ofendas. Sólo queremos relajarnos contigo Es que tenemos un enooooorme asunto entre manos.
-Oye Big Ben, ¿no te vas a duchar? –dijo uno de los polis señalando los calzoncillos que llevaba puestos -.¿No tendrás vergüenza, no? Ya sabes que el tamaaaaaño no importa.
Las risas eran ensordecedoras. Mario les miraba divertidamente aunque sin saber que era lo que suscitaba tanta risa.
-Tamaaaaaaña tontería acabas de decir, Smedley.
Mario rió, quizá llevado por la inercia. En ese instante, uno de los cinco policías se percató de su presencia y le miró fijamente. Mario se detuvo. Sintió una punzada en el corazón. Había dado un paso en falso. Nadie le había dado vela en aquel entierro. Durante unos segundos, el policía no apartó la mirada de él. Segundos que para Mario fueron un alto en el tiempo. El poli volvió a dirigirse al tal Big Ben esbozando una sonrisa.
-Ey, Big Ben, ¿por qué no nos cuentas tu historia una vez más? Tenemos a uno que no la conoce -dijo el policía riendo y señalando a Mario.
-Si, Big Ben. Anda, por fi –dijo otro policía dando saltitos de ilusión -. Cuéntala una vez más.
El policía de antes volvió a mirar a Mario.
-Eh, tú, acércate.
Palabra mágica donde las haya y además, acompañada de una sonrisa. Llevaba sólo un día esperando recibir una palabra así y sin embargo Mario tenía la impresión de haber pasado por una eternidad. Al segundo siguiente, Mario ya estaba junto a ellos como si siempre hubiera ocupado ese lugar.
-Uno no es poli aquí, si no conoce a Big Ben -dijo el policía que había descubierto a Mario- Soy Nicolás, pero todos me llaman Smedley.
-Déjate de presentaciones, Smedley, a él no le interesa como te llamas, sino al marciano de tío que todos conocemos como Big Ben. ¿A que sí chico? -le dijo uno de los policías.
-Bueno, también me gustaría conoc. . . – dijo Mario, balbuceante.
- Ya nos invitarás a cervezas después. Ahora disfrutemos de las majaderías de esta incoherencia policial que tenemos delante. Mirad como se viste. Va por la camisa.
-Ja,ja, sí.
-Venga, Big Ben, saluda al muchacho. Dile una gigantada de las tuyas.
El seven up volvió a irrumpir en la atmósfera.
-Me vais a matar, tíos –dijo otro de los agentes con los ojos lagrimeándoles.
Mario reía como el que más. Al diablo si sabía cual era la razón por la que se mofaban de ese hombre. Le habían concedido un lugar de lujo. Un sitio para estar con ellos. Y no iba a desaprovecharlo. Un día de soledad era más que suficiente para él. Ahora tocaban las conversaciones desenfadadas, el humo de cigarrillo flotando en el ambiente, alegres risotadas con sus nuevos amigos y con cerveza fría servida por Yolanda, la camarera. Y los viernes por la noche, partidas de póker. Si el tal Big Ben era tan raro como para no infundir respeto y que esos placeres pasaran por delante de sus narices pues no era asunto suyo. Es más, Mario pensaba que hasta podía merecérselo. Ese era el problema, la gente rara y ridícula que no hacía otra cosa que lamentarse de si misma en lugar de hacer algo por ellos mismos y decidir cambiar. Mirarse en el espejo podría ser un buen principio. La teoría que Mario mantenía con respecto a estas personas era que no eran personas aceptadas por la sociedad porque no eran potables para ella, así de simple. Y ese problema tenía una sencilla solución que estaba al alcance de la mano para cualquiera. Observar e imitar. Justo lo que Mario estaba haciendo en ese momento y justo lo que hacía todo el mundo que deseaba prosperar. Pasar de la A a la B. Potabilizarse al fin y al cabo.
Mario continuó riendo desenfrenadamente con sus compañeros.
-Ey, Big Ben, ¿sabes que peli me bajé ayer por el ordenador?
Por supuesto que Big Ben no contestó. Tranquilamente se puso sus pantalones vaqueros.
-¿Cuál, Carlos? –preguntó un compañero.
-El gigante verde.
Big Ben cerró la taquilla. El ruido que hizo la portezuela fue completamente inaudible por las tremendas carcajadas de los policías. Big Ben atravesó la nube de refresco y se dirigió a la puerta. Su cara estaba inexpresiva pero a la vez relajada. Mario dedujo que no era la de un hombre que luchaba por contenerse sino por la de uno que momentos como aquel no eran más que una rutina en su vida. Mario no quiso imaginarse, ni siquiera un instante, que sería una rutina como aquella
-¿Ya te vas? Que maleducado, Big Ben. Eres de lo que no hay. Ni te despides si quiera.
-Por lo menos despídete del novato. Parece que te respeta –dijo un agente guiñándole el ojo a Mario.
-No, no. Si no pasa nada – dijo Mario tímidamente.
Sin embargo una voz seca pero cortés, llegó desde la puerta. Una voz que se dirigía a él.
-Adiós –dijo.
Los cinco policías abrieron los ojos desorbitadamente. Miraron al novato y acto seguido se produjo otro aluvión más de carcajadas. El novato miró a los policías, desconcertado, aunque con una sonrisa dibujada en sus labios.
-¡Te ha hablado, tío! ¡Te ha hablado! –dijo Smedley enfático y sin dejar de mirar a Mario-. Es la primera vez en seis semanas.
-Sí, tío- dijo otro policía.
Mario, sin pensarlo, señaló a Big Ben, que ya salía de los vestuarios. -Gracias, tío. Mañana te invito a un Big Mac –dijo Mario riendo y guiñándole un ojo.
Los demás fijaron sus ojos abiertos como ventanas en él. Un segundo después, los cinco muchachos le abrazaron a carcajadas. Mario no podía creérselo.
Todo ya volvía a ser como antes.
Los chicos empezaron a felicitarle.
Igual que en el insti o en la academia.
-¿Cómo te llamas, socio?
Un centro de atención.
-Mario.
¡Que fácil había sido!
-Nosotros somos. . .
Estaba en casa.


2

La gente se alejaba de Big Ben en el trabajo. Pero fuera de este, él era quien se alejaba de la gente. Era un policía a la vieja usanza. Un solitario. Y sí, se tomaba un whisky y se fumaba un puro cada noche. La única diferencia con el romántico estereotipo de policía clásico que representaba, era que en su vida no había ninguna mujer a la que seducir cuando la soledad se le hacía muy extrema. Desde hacía mucho tiempo todas las de la lista que podían sentirse fascinadas ante su figura policial habían desaparecido. Su esfuerzo por evitar cualquier relación con alguno de sus semejantes le habían alejado demasiado del mundo y ahora su único contacto con las mujeres era a través del Plus. Si tenía ganas de comer carne, la única salida que le quedaba era la de acudir a los burdeles. Así de cruda (nunca mejor dicho) estaba la cosa. Big Ben se había prometido que a no ser que se volviera esquizofrénico y que su alter ego se encargara de ello, no se acercaría ni por asomo a un lugar semejante. Todavía le quedaba algo de autoestima.
El alejarse de la gente era para él un acto de autodefensa. Podía soportar que en el trabajo se rieran de su persona, pero no que su círculo privado fuera invadido de tal manera. Ya había pasado por todo eso años atrás, supuestos amigos a los que darles la espalda les proporcionaba los segundos suficientes para saciar sus ganas de reírse, el intercambio continuo de miradas divertidas en las reuniones de compañeros y un enorme cúmulo de chistes privados, apenas censurados en su presencia y que hacían las delicias a todo el mundo menos a él.
Ser policía era su vocación. Su destino. Su única manera de enmendar el pasado. Y había elegido: sí al trabajo, no a los vínculos personales. Risas por un lado, silencio por otro.
Su liberación era la soledad.

Nada más salir del trabajo fue directo a Gargariums pizza.
Comerse una pizza solo. Una de las grandes ventajas de ser un solanas (tal y como su abuela llamaba a los solitarios). Para según que cosas era bastante generoso, pero si había comida de por medio, ahí, amigo, se aplicaban leyes darwinistas. Compartir una pizza, ya no más, se decía divertidamente en ocasiones.
-…Y que la capa superior de queso esté bastante tostadita. . . casi gratinada.
La camarera, diligentemente, apuntó el dato en el block y miró de nuevo a Big Ben.
-¿La quiere gigante? –preguntó.
Duró un segundo, pero la impresión fue intensa.
De nuevo estaba ante su taquilla y detrás se oían. . .
La dependienta debió notar algo en su mirada porqué se apresuró a preguntarle si estaba bien.
-Tranquila – se disculpó Big Ben con timidez- Me vino otra cosa a la cabeza
Big Ben esbozó una sonrisa como pudo.
-Tráigame mejor una mediana.
La camarera no pudo evitar lanzarle una expresión de desconcierto.

Se llevó la pizza al coche. Aquella noche no estaba como para soportar las miradas que la gente solía dirigir a los solitarios comensales como él. El remedio fue peor que la enfermedad, pues una pandilla de jóvenes que pasaba por allí vio como se comía ávidamente la pizza dentro del coche.
-Tío, que en el coche se folla, no más- dijo uno de ellos estallado de risa.
Big Ben puso en marcha el vehículo. Directo a casa. Por hoy había tenido más que suficiente.


3

En la otra parte de la ciudad, a Mario le ocurría todo lo contrario. Quería alargar el día todo lo que fuera posible. Las horas de protagonismo que le habían sido robadas durante gran parte del día debía recuperarlas. Hacía ya dos horas que sus nuevos compañeros le habían dejado en su casa, después de una pequeña visita a lo que próximamente sería su segundo hogar: la taberna de Tío Cesar. Ahora su familia era lo único que tenía en para alardear y desahogarse de la euforia que recorría su cuerpo.
Durante la cena expuso con pelos y señales como le había ido el día. En principio, las cosas se hicieron algo lentas. Nunca había sido muy comunicativo con ellos. Era de los que había que sacarles las cosas casi a punta de navaja. De pequeño (de cani si usábamos la terminología madrileña que tanto le gustaba usar y rediseñar con sus compadres), su madre debía hacerle interrogatorios exhaustivos si quería saber cosas como que: ¿qué tal el colegio o que tal había sido la película en el cine? Lo máximo que solía conseguir, a pesar de todo, era un encogimiento pasivo de hombros. Podía aprobar un examen, ganar una pelea contra el matón del colegio o conseguir un beso de Laura Blanco, la más guapa de la clase, que de su boca no salía nada. Mario seguía leyes matemáticas: extrovertido con el exterior, introvertido con el interior.
Pero aquella noche era diferente. Había pasado uno de los días más desafiantes de su historia. Un día digno de mención y sentía la imperante necesidad de eso mismo. . . de mencionarlo. Al entrar por la puerta y ver a Papá, Mamá, su hermano Fede y a Johnny Willianson Mcdowell, su hermano adoptivo Norteamericano, todos sentados en el sillón y viendo tranquilamente la tele, no veía la hora de relatar su aventura policial. No le fue tan fácil. Cuando las miradas de todos ellos se fijaron en él y esbozaron amplias sonrisas de alegría, simplemente se bloqueó. Su falta de costumbre por contar cosas cotidianas le pasaba factura. No tenía ni idea de por donde empezar.
-¡Mario! ¡Ya has vuelto! ¿Qué tal el día? – dijo su padre levantándose del sillón y acercándose con aire bonachón para saludarle como era debido.
Una voz inexpresiva, salió automáticamente de su boca.
-Muy bien, papá.
-¡Hijo!- llegó la voz chillona de su madre desde el sillón - ¡Hijo-policía! ¡Hijo- policía! Hijo-policía! ¡¿Cómo ha ido tu primer día?!
- Muy bien, mamá – repitió sereno, conciso.
Sus dos hermanos también se precipitaron a preguntarle. De él obtuvieron la misma y apática respuesta. Sólo cuando se sentaron todos en la mesa para cenar y la presión se fue diluyendo, Mario, por fin, se sintió con ánimos de hablar del tema. Sin embargo, la conversación, en vistas de la posición distante de Mario, estaba yendo por otros senderos. Se encargó de redirigirla.
Hizo un comienzo sutil.
-Uff, que cansado estoy – dijo mientras fingía un largo bostezo.
Su madre apartó la mirada de Johnny, que contaba una pantomima yanqui, y le miró atentamente.
- ¿Has tenido un día duro hijo? –preguntó cariñosamente.
-Ni te lo puedes imaginar –dijo.
-Cuenta – dijo esbozando una sonrisa cariñosa -, ¿cómo te fue hoy?
Su esperada señal de salida estaba ahí. Ahora debía ser delicado. No quería parecer desesperado como uno de esos babosos que rondan en los bares, siempre a la espera de oídos para sus anécdotas. Si contaba algo era porque se lo habían preguntado, ni más ni menos.
-No ha ido mal –se limitó a decir a modo de modesto resumen.
De momento con eso bastaba. Ahora lo que debía hacer era esperar la siguiente. pregunta. En caso de que no se la hicieran, ingeniaría otra artimaña sutil para informarles. Su madre le miraba atentamente. Johnny, mientras, seguía contando a su padre y a su hermano Fede aventuras de él y de su familia biológica en las grandes ciudades.
-¿Has hecho algún amigo? – continuó preguntando su madre.
Se enorgulleció de su madre. Aquella era la pregunta de las preguntas. El puente perfecto que le permitiría relatar todo, sin necesidad a esperar a más silencios. Mario se humedeció la lengua. Aunque en esos momentos sólo era su madre quien le atendía, se atrevió a empezar así:
-Veréis, familia... A eso de las nueve de la mañana entré en la comisaría de la calle Santa Maria.
Extrañados, su padre y su hermano Fede, apartaron los ojos de Johnny y miraron a Mario. Johnny siguió a lo suyo, como si nada.
-…En Dakota la caravana se quedó sin gasolina. Suerte que llegó el bueno de Murray y nos remolcó hasta…
-Shhhhh, John, calla –dijo el padre mirando a Mario.
Mario esbozó una sonrisa.
-Hijo, continúa – apremió su madre.
Lo hizo, y por primera vez en su vida, de forma fluida.
Sin reparar en gastos, Mario pasó por cada uno de los detalles que configuraban ese primer día en el cuerpo. Desde las franjas del día más amargas a las últimas y más bien dulzonas. Su entrada en la policía había sido un éxito, sentenció ante los orgullosos ojos de sus padres y los no menos de su hermano Fede.
Johnny, en cambio, parecía algo distante. Clavaba sistemáticamente el cuchillo de cocina de forma impía sobre la manzana que tenía como postre. Mario les aseguró de que ahora en adelante no había nada que temer. Que todo seguiría igual. No habría cambios repentinos en su conducta, ni depresiones imprevistas. Los fines de semana continuarían la misma tónica, con su absoluta ausencia en casa y también, por supuesto, con la del coche de la familia que se llevaría consigo para sus largas fiestas.
-Buen trabajo, hijo –dijo su padre estrechándole fuertemente la mano -. Veo que supiste observar el entorno y utilizarlo a tu favor.
-Gracias, papá.
-Es justo lo que te he dicho siempre. Que seas observador. Que cuando veas un instrumento en tu entorno, lo utilices sin dejarte acobardar por las convenciones sociales. El poli ese, el marica, era tu instrumento, y lo utilizaste. Como debe ser, Mario, como debe ser.
-Gracias, papá.
Su madre se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
-Me alegro de que el día te haya ido bien, hijo –dijo.
El chico sonrió.
-Yo también –dijo alegremente.
Su madre se levantó de la silla y dio varias palmadas.
-Bueno, chicos, a recoger la mesa. Johnny, te toca fregar.
-Pero si le toca a Mario –dijo este indignado y señalándole acusadoramente con la mano.
-¡Por dios, Johnny, que Mario acaba de venir de trabajar! ¡Es su primer día de trabajo! No puedo creer que seas tan egoísta como para pretender que Mario se ponga ahora a hacer las tareas de la casa –dijo su madre.
-¡Egoísta! –repitió Fede.
-¡No soy comunista! ¡No lo soy! – dijo Johnny indignado.
Su madre y Fede lo miraron desconcertados.
-Sí, lo eres – dijo su padre inexpresivo -. Y ahora levanta y hazlo, tontaina.
Johnny bajó la cabeza y patéticamente abandonó la mesa.
-Me cago en puta – dijo el hombre mirando a Mario de nuevo y mostrando una inmensa sonrisa de orgullo en el rostro-. ¡Esto es histórico! Carla, trae dos copas de Whisky.
-Enseguida, cariño –dijo la madre, también enfática.
-Has dejado de ser un gilipollas, Mario –dijo su padre dando una fuerte carcajada -. Eres la hostia, joder.
-Lo sé, papá. Lo sé.
Y no mentía, después de dos whiskys con su padre y unos cuantos chistes a costa del nuevo peinado de mamá, Mario se encaminó a su habitación, dispuesto a demostrar que sabía que era un ganador. Sus antiguos amigos, Quintana, Samuel y Jorge, podían irse a tomar viento. Vaya unos perdedores. Que sabrían ellos.
Se echaría sobre su cama, pondría música y pensaría sobre este día y lo que le esperaba en el futuro. No se le ocurría una forma mejor para pasar la noche. . . Bueno, sí, fumarse un porro, quizá. Miró el reloj y puso cara de decepción. Era demasiado tarde para llamar a Miguel el Moro Montoro y pillar algo de material. No podía tenerlo todo en un día, ¿no? Aunque fuera policía.
Policía, pensó fascinado. Era poli. Toda una ironía si se pensaba que aquello había surgido durante un día rutinario en el gimnasio, mientras admiraba sus músculos por los diferentes espejos. Había estado observándolos minuciosamente, maravillado por sus cualidades celulares y sin previo aviso, el primer pensamiento altruista de su vida, casi como un fogonazo de luz, cruzó por su mente discotequera. Mario fue consciente en ese dulce momento de que su cuerpo no sólo podía ser exhibido. . . sino que si se lo proponía podía utilizarse también, pensó.
Utilizarlo para el bien, sentenció tres horas más tarde, ya en su casa y tras darle vueltas a los entresijos de la vida. Desde entonces la idea de ser superpoli había sido una obsesión en su cabeza.
Mario puso música latina en su minicadena y comenzó a desvestirse mientras echaba un vistazo distraído a los posters que adornaban las paredes de su habitación. Ronaldinho, triunfante le miraba desde uno de sus laterales, la expresión lasciva de una enfermera semidesnuda desde el otro y frente a él, su ídolo, Alejandro Sanz. Podía saborear la vanidad que debían sentir ellos y que ahora él, en cierto modo, compartía.
Le encantaba.
El momento de maravillosa intimidad se vio interrumpido cuando tocaron tres veces a la puerta. Mario dio un gruñido, pero estaba de demasiado buen humor como para que la cosa fuera a más.
-Hijo – era la voz de su madre –, te llaman al teléfono.
La puerta se abrió y su madre, dulcemente, le dio el teléfono inalámbrico.
-¿Si? ¿Quién es? – dijo con el auricular ya en la oreja.
-Ey, Mario, tío, soy yo, Smedley, del trabajo.
Mario abrió los ojos del todo por la grata sorpresa.
-¡Smedley! –dijo Mario con alegría – Joder, tío, ¿Qué te cuentas a estas horas, socio?
-Los compañeros del trabajo y yo estamos aquí, hablando por Internet y partiéndonos de risa con coñas. Te llamaba para que te unieras a la fiesta. Estamos soltando una de paridas que ni pa qué.
-Joder, tio. Cómo os lo montáis.
-Amigo, seremos polis pero no tontos del culo.
-Joder, ahora mismo me conecto.
-Dame tu dirección de internauta. Te agregaremos en un santiamén a nuestro selecto clan ciberespacial. . .
-…y policial –añadió Mario.
Los dos amigos se echaron a reír.
-Ahora mismo estoy ahí – dijo Mario apresuradamente.
-Aquí te esperamos.

4
En la pantalla del ordenador podían verse tres usuarios. Mario reconoció enseguida por uno de los alias (o nicks como mejor se conocían en la industria) a Smedley. Su nick no era precisamente muy sutil.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI. Se leía.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Hola, Socio. Ya te has conectado por fin.

MARIO se apresuró a responder. El nick que se puso para él era:
VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
K paisa, Smedley? Aquí estamos socio/amigo. Que te cuentas?

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Coño, pero si es Mario. Te has unido a la fiesta, eh?

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
¿?

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Es Carlos, Mario.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Oh, coño. Con ese vestido no te reconocía.

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Jajajajajajaja. K me meo con este tío. Sigue siendo igual de gracioso que molecularmente.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Juas, molecularmente dice. Carlos, tío, sueltas una de paridas que no es mi normal.

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE ESTEMOS OBLIGADOS A TENER DOS POLLAS DICE:

Y yo, Mario, soy Santi.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Joder, Santi. No me des esos sustos.

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Jajajajajaja, k os decía? Nos vamos a mear con este tío en comisaría. Imaginaos de patrulla, deteniendo a camellos malsanos y este detrás, susurrándonos polleces en la oreja.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Jajajajajajajaajjja.

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Sí, e imaginaos cuando se suelte con Big Ben. El pobre imbécil las va a pasar putas. Lo de hoy fue inconmensurable, tío, inconmensurable. Big Mac, jajajajaja. Mi novia aún llora de risa.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Gracias.

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Al pobre Big Ben le esperan tiempos sombríos con el tío este ahora en nuestro distrito.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Joder, ya te cuento.

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:

Oídme, y que os parecería cambiar durante un tiempo?

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Cambiar?

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Sí, que le empecemos a llamar Big Mac.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Jajajajjjaaaaa. Pues podría funcionar!!!

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Renovemos a ese cabrón!!!

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Yaajajajajajajjjasaaa!!!

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
K te parece, Mario? Es la mejor bienvenida que te podemos hacer. Rebautizaremos a ese payaso en tu honor.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
No sé que decir.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Entre polis las cosas se agradecen con cervezas. Así que no digas nada.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Oídme, puedo preguntaros algo?

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
No pidas permiso, coño. Tú pregunta y ya está.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
De acuerdo. . . me gustaría saber. . . por curiosidad, por k le llamáis así. . . por qué le llamáis Big Ben.

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Jajajajajajaja, no lo sabes?

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Soy nuevo, recuerdas?

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Pues deberían habértelo dicho en la academia. Creo que no hay chiste más famoso en todo el cuerpo de policía.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Veras, Mario. Llamamos a Big Ben como a ese reloj de Londres tan grande.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Ah. Y por qué?

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Bueno. . . .el chiste surge del pasado de Big Ben. Verás, Big Ben dice que cuando era niño vio.. . . . Bueno su padre murió y el estuvo presente cuando ocurrió.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE
¿¿????

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
El caso es que dice que quien lo mató fue un GIGANTE.

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Jajajjjaaajajja.

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Jajajajajajaaaaaaaaa.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
No entiendo.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Y crees que nosotros sí?

NUESTRAS ESPOSAS SON DURAS Y RESISTENTES Y TIENEN DOS AGUJEROS. . . PERO ESO NO SIGNIFICA QUE TENGAMOS DOS POLLAS DICE:
Nadie lo entiende, chico. Ese tío es un payaso andante. Nadie tiene ni idea de por qué dice eso, pero así es. Y por mucho que lo insultemos nada ni nadie le hará cambiar de idea. “Mi padre murió por culpa de un gigante” eso fue lo que me dijo la primera vez que hablé con él durante una cena de navidad.

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Y no se trataba de ninguna metáfora.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Se refería a un gigante, gigante?

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Exacto. Un gigante como los de los cuentos de hadas. De treinta metros de altura o más… Se metió en el cuerpo por eso, para poder atrapar al gigante que mató a su padre.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Jajajajaaaajajaja. Pero que dices? Debéis estar de broma? Se trata de una broma de novato, tal vez?

Durante seis segundos nadie escribió.


SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Puede que ese tipo sea una broma ambulante. Pero te aseguro q lo que te contamos es cierto.


VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Pero ese tipo, con total seguridad, debe de estar loco. . . . por qué no le echan de una vez de la policía.


LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
Créeme que ya lo hemos intentado. Cada tres meses enviamos puntualmente un informe a los de asuntos internos sobre su conducta. Un informe elaborado por nosotros tres y otros seis tíos más. Nueve personas elaborando un informe contra ese tipo!!! Y nada, no hay manera.


SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Puede que esté loco. . . pero ese cabrón hace bien su trabajo. Por lo que se ve, mantiene contentos a muchos peces gordos.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Es un jodido lameculos, no?

LAS PISTOLAS DE LOS PUTEROS SIEMPRE CABEN EN EL CULO DE LOS CAMIONEROS DICE:
No, no. Por muy sorprendente que te pueda parecer ese tío es bueno. Resuelve muchos casos. Y de manera limpia. Si no fuera por las chifladuras que pregona podríamos decir que es un magnifico poli.

VAGABUNDOS Y DROGATAS LLORAD, MARIO OS MATARAD DICE:
Joder.

SOY SMEDLEY Y SOY POLI DICE:
Acojona, eh?


Si, dijo Mario para sus adentros, acojonaba.
Big Ben no era un simple bufón. Por lo que acababa de saber podría tratarse de un psicótico. Lo cierto era que aquel tipo ya no le inspiraba ninguna gracia.
Un magnífico poli, habían dicho.
No era capaz de entenderlo. Como un buen poli había podido llegar a eso. ¿Qué era Big Ben al fin y al cabo? ¿Un loco que se había convertido a poli o un poli que se había convertido a loco?
Durante las dos horas siguientes Mario no le dio más vueltas. Estuvo en el ordenador riéndose sin parar junto a sus nuevos compañeros y si había creído conectar con ellos unas horas antes, ahora lo creía más. Cuando se dirigió a su cama para acostarse, Big Ben estaba allí de nuevo, dispuesto a atormentarle. Pobre hombre, fueron las palabras involuntarias que volaron por su mente. Lo más sorprendente fue que no hizo ningún intento para reprimir ese pensamiento. Era, en realidad, lo que sentía por aquel tipo. La vida de Big Ben era para él como una especie de tragedia griega: la del buen hombre que sucumbe a los males del mundo. Muy al estilo de Dark Vader. Apoyó su cabeza en la almohada.
No estaba loco. Al menos no cuando entró en la policía. Si no, no habría superado los test. No había otra explicación. Eran infalibles. Burlarlos sólo estaba en la mente de los ilusos. Socavaban la mente de uno, el alma incluso, obligando a decir lo más recóndito e inconfesable del mundo. Auténticos bisturís psicológicos. Un amigo de Mario, Minervo González, incluso había llorado cuando hizo el segundo test y poco después había huido despavorido de allí.
Big Ben debía de haber pasado por una dura experiencia en el cuerpo y a resultas de esta había acabado así. Esa era la explicación. Algo le había trastornado la mente y por eso ahora no podía parar de decir sandeces. Mario se sentía más tranquilo. No había por qué preocuparse. El tendría más cuidado. No dejaría que nada ni nadie le llevara por el camino de la amargura. Segundos antes de que Mario se quedara sumido en la inconsciencia, se agradeció el haber visto y conocido a Big Ben y el haber visto también todas sus facetas desde los diferentes puntos de vista de sus compañeros. Era sin duda un aviso del destino que le advertía de cómo no debía acabar. Su modelo a no seguir. Su reverso tenebroso.
Tendré cuidado. Pensó, haré todo lo contrario a ese gilipollas, y se durmió. Todo lo contrario.
Un poli tranquilo.
Todo lo contrario…
La carrera policial de Mario gozaría de éxito y tranquilidad hasta que el 19 octubre del 2009 tendría lugar un duro tiroteo en un centro comercial que pondría fin a su vida.
Big Ben llevaría chaleco antibalas enel altercado. Marcos llevando a rajatabla la lógica de ser contrario a todas las memeces que hacía el ese loco, no.
Nunca lo llevó…

5

Por lo general la gente suele tener dispuestos los sillones de su salón delante de un televisor. Big Ben, no. Su sillón favorito estaba colocado ante una amplia ventana con vistas a la ciudad. Ese era su entretenimiento y no necesitaba más. El televisor ochentero que estaba encima de un polvoriento mueble del salón sólo se utilizaba para ver las noticias. . . y a veces también para las pelis porno de los viernes.
Big Ben se llevó el puro a la boca y dio una larga calada. Expulsó el humo de manera placentera. Las risas de sus compañeros de ese día empezaban a quedar atrás…muy lejos de su memoria. Durante unos segundos la ciudad estuvo inmersa en una gran humareda blanca. Levantó su otra mano, que sostenía una copa de whisky y bebió. Sus ojos acuosos estaban fijos en el mosaico de luces que se extendía ante él. No tenía la mirada perdida, propia de los borrachos, sino de determinación. Un desafío que no desaparecería hasta que hubiera colmado su venganza.
Las luces de los edificios comenzaron a alargarse, a distorsionarse por completo. Todo daba vueltas. Big Ben dio otro largo trago. Ya no había oscuridad, ni figuras ensombrecidas por la noche. En realidad era de día. Hacía sol, mucho sol. En el cielo no había la insultante presencia de ninguna nube. Las imágenes comenzaron a cobrar vida. La película de aquella noche para Big Ben acababa de empezar.

Había un niño. Llevaba una camiseta a cuadros con una pequeña pajarita amarilla y unos pantalones cortos de color marrón. Una de sus manos agarraba una piruleta, tan grande que casi podía competir con el tamaño de su cabeza y la otra, la mano de su padre. Padre e hijo esperaban con paciencia en un paso de peatones a que el disco se decidiera a cambiar. Su padre era matemático. El semáforo se había puesto en rojo en el mismo momento en que llegaron, lo que, según calculó el padre, les daba dos largos minutos de espera. El matemático decidió que tenía tiempo suficiente para preguntarle a su hijo cosas mundanas y hablar tranquilamente sin temor a que el andar entorpeciera el habla de su rechoncho hijo.
-¿Qué, hijo? ¿Qué te ha parecido el zoológico?
-Uauuuuu. Una pasada.
El padre analizó la respuesta científicamente.

1º FRASE: PALABRA CHORRA.
2ª FRASE: ELOGIO.

RESPUESTA:
ASENTIR CON LA CABEZA.


El hombre obedeció.
-¿Me llevarás otro día?- preguntó el niño con sus ojos brillando.
-Eso está hecho, colega/tronk – dijo.
Pues la respuesta era:

PROMETER (EN VANO LLEGADO EL CASO) PERO DE FORMA CHULA Y MODERNO/CALLEJERA.

-¿Y ahora a dónde vamos? – preguntó el niño.
-Bueno, hijo, el resto del día voy a estar muy ocupado. Tengo que ir a trabajar.
-¿Y también estarás trabajando hasta esta tarde?
-Eso me temo, hijo.
Una pequeña sombra de tristeza se adueñó del rostro de su hijo.
-Tranquilo, chico. Te prometo que el próximo domingo volveremos a quedar Ya veras lo bien que nos lo pasaremos. ¿De acuerdo?
Sin mucho énfasis, el pequeño muchacho se encogió de hombros.
-Vale –dijo.
Su padre miró un momento el disco del semáforo y luego el reloj. Quedaba un minuto para que cambiara. Un minuto. Toda una vida. ¿De qué más podía hablar con su hijo? Para los números y los cálculos podría considerarse un genio, pero para esto de los hijos era un auténtico negado. No tenía ni idea como los demás padres se las arreglaban con sus chicos. Eran dignos de admiración. Unos auténticos Pitágoras familiares.

BASE DE DATOS.
TEMA:

FÚTBOL …………………………………………………………… ISBN: 345678
CINE ………………………………………………………………… ISBN: 455678
AMIGOS …………………………………………………………… ISBN: 897567
ESTUDIOS ………………………………………………………… ISBN: 897564
MUJERES…………………………………………………………… ISBN: 678954
MÚSICA …………………………………………………………… ISBN: 789546
LA MASTURBACIÓN ………………………………………………ISBN: 789564

Por suerte, su hijo le sacó del apuro hablando de nuevo.
-Papi.
-¿Sí, hijo? – dijo intentando disimular el alivio que sentía.
Aunque debía pensar un tema por si acaso. No caería esa breva dos veces.
-Papi, ¿Tú todavía. . .

SELECT FOR AFTER:
LA MASTURB. . . .

-¿…Quieres a mamá?

ALERT MODE.

El matemático sin poder evitarlo abrió los ojos desmesuradamente. Esa pregunta no se la esperaba ni en mil años. Tres salidas con el muchacho y fíjate las confianzas que se tomaba.
-Pero, hijo, ¿que tonterías dices? Claro que quiero a tu madre.
-Pero ya no duermes en casa y no nos vemos mucho.
-Bueno, es que verás, es difícil de explicar. . .
El disco se puso en verde. Había ganado algo de tiempo y en vista de la situación eso era algo más que un regalo.
-Vamos – dijo el hombre instando a su hijo a que se pusiera en marcha.
Padre e hijo cruzaron la calzada.
Perfecto, pensó el matemático, el truco es caminar y cami. . .
La mano de su hijo ya no seguía su ritmo. Agarrada a la suya, le obligó a detenerse. El matemático miró hacia atrás. Su hijo le miraba a los ojos al tiempo que soltaba bufidos de cansancio por la boca.
-¿Por. . .por. . . qué ya no quieres a mamá? – preguntó el chico con dificultad.
Su cara enrojecida por el esfuerzo tenía sin embargo una expresión de increíble madurez El matemático se asombró al verla pues jamás la había visto antes. De momento, la hora de jugar había pasado. El matemático se puso delante de su hijo e hizo algo que solo hacía ante los alto mandos del ejercito. Se arrodilló. Ahora podía mirar los ojos del chico perfectamente.
-Hijo, tienes que saber una cosa, quiero a tu madre. Y eso nunca va a cambiar. Pero las cosas en la vida no son tan fáciles. Hay ocasiones en que no basta sólo con querer a alguien. Las cosas se complican y se hacen molestas. Sé que estas experimentando muchos cambios pero no te queda más remedio que adaptarte. Siempre hay cambios
-Sí. Antes ni siquiera salíamos juntos. Y ahora sí.
El matemático no sabía como encajar eso, si como algo bueno o algo malo.
-Tienes razón. Eso es por el equilibrio, hijo. El equilibrio es tan importante para la ciencia como para ti y para mí. Decías que ya no duermo en casa. Es cierto, pero por esa misma razón intento compensar mi ausencia haciendo cosas contigo en días como hoy, ¿entiendes? El equilibrio, hijo. Tiene que haber equilibrio. ¿Lo entiendes?
- Sí, creo que sí. Pero. . . pero. . .
-¿Si, hijo?
-Siempre te vas muy pronto. Nunca estamos demasiado tiempo.
El hombre bajó la mirada involuntariamente.
-Sí.
-¿No te gusta estar conmigo?
Rápidamente se obligó a subirla.
-No. Ni se te ocurra a decir algo así. Ni lo pienses si quiera.
Su hijo le miró algo asombrado. El matemático señaló un banco cercano.
-¿Quieres sentarte ahí, para descansar?
-Sí. . .
Acompañó al chico hasta el banco. El niño al sentarse adoptó una expresión de bienestar que hubiera resultado cómica para su padre en otras circunstancias.
-Voy a ir a ese bar que está en la esquina. Voy a hacer una llamada. No tardo nada, ¿vale?
-Vale –dijo el niño con normalidad. No era nada nuevo para él. Como mínimo siempre que salía con su padre, existía un promedio de dos o tres altos para llamar.
Esta iba a ser el primero.
-Descansa todo lo que puedas –dijo su padre sonriendo y se fue.
A los cinco minutos, su padre estuvo de vuelta y más sonriente que nunca. El niño se extrañó al verle de aquella manera. Casi daba miedo. No recordaba verle sonreír tanto. Sin embargo, que tuviera esa expresión y no otra era maravilloso.
-¿Qué ocurre, papá?- pregunta obligada.
-¿A dónde quieres ir? –preguntó él a su vez.
-¿Qué? –la expresión del chico era de perplejidad.
-Lo que oyes, ¿a dónde quieres que vayamos?
-Pero cómo. . .
-Lo he arreglado. Hoy voy a pasar el día contigo. Simplemente les he dicho que.. .
Me ha surgido algo importante, ¿de acuerdo? El proyecto Aurus puede esperar a mañana. Así que suerte.
Pero, Fernando, tenemos un grave problema.
La manipulación del tamaño de las moléculas de organismos vivos ribonucléicos y sempiternos pueden darle por culo hoy. Por lo que a mi respecta son mierdas de vaca. Arreglaos vosotros.” Clic”
-...No voy. Así de simple, hijo – dijo el matemático.
-¿De verdad que no vas? – preguntó el chico.
El matemático asintió con la cabeza.
-Venga, decide, ¿a dónde quieres ir?
A lo lejos se oyó el estruendo de lo que parecía ser un accidente. El sonido frenético de los claxons era ensordecedor.
-Estas malditas obras – dijo el matemático mirando a la calle.
-¿Vamos al cine?
-¿Al cine? Mira tú por donde que me has leído el pensamiento.
El niño esbozó una sonrisa. El matemático le echó un vistazo a su instrumento favorito: el reloj.
-Tendremos que darnos prisa. Tan sólo diez minutos para la sesión de las doce.
-Andando – dijo el chico levantándose del banco alegremente.
Se escuchó otro estruendo. Esta vez más cercano. Los claxons parecían alarmas de incendios.
-Maldita ciudad loca –comentó el matemático mirando hacia la calle.
Padre e hijo volvieron sobre sus pasos hasta llegar al semáforo de antes. El cine quedaba justo enfrente de ellos, en la otra calle. El disco estaba en rojo.
El niño se armó de valentía y miró a su padre. Debía aprovechar ese descanso.
-Papá... – iba a costarle más de lo que creía.
Notaba como su voz era apenas un silbido
-Te quiero.
Otro estruendo más cercano. El matemático clavó sus ojos en los de su hijo. La voz había sido débil pero perfectamente audible. De manera sorprendente, se vio decir:
-Yo también.
De nuevo otro estruendo. Esta vez acompañado de la vibración del suelo.
-Algo bueno planea sobre nosotros, hijo. . . – dijo el matemático con extraña alegría. Era domingo e iba al cine. ¿Podía haber algo mejor en el mundo? -. Como el peso de un gigante.
El niño rió.
En ese instante la tierra vibró. Se escuchó algo muy parecido a una gran explosión y la figura entera del matemático desapareció bajo la inmensa suela de un zapato deportivo. Cuatro metros de altura y otros cuatro de ancho era lo que medía esta. Debido a la honda expansiva del impacto del zapato contra el asfalto, el niño salió volando por el aire. Su trayectoria fue un surco perfecto. Del extremo de una calle a otra. El niño sin poder dejar de gritar, cerró los ojos espantado. Su cara iba a aterrizar de lleno contra la calzada.
De pronto, todo se calmó. El niño ya no sentía que volaba, ni tampoco sintió ningún dolor. Su cara seguramente estaba intacta, pensó.
Abrió los ojos y en ese momento de su boca salió un fuerte alarido. Seguía en el aire. Pero no sólo eso, estaba ascendiendo. Alguien le tenía agarrado por detrás y tiraba de él. Al llegar a unos veinte metros de altura, sin poder evitarlo, el niño vomitó.
Tres o cuatro personas que huían de sus coches destrozados, fueron recibidos por esta peculiar lluvia.
Una inmensa pared rosada apareció delante del niño. Una pared que se movía de un lado a otro, formando grandes pliegues. Tras esa pared, de repente, apareció otra pared, pero ésta de un color totalmente diferente: amarillento. El niño se dio cuenta que estaba ante una sonrisa.
A través del reflejo de un diente se vio gritar.
Todo se volvió negro para él.

En la ventana se recobró la normalidad. Era de noche otra vez.
Big Ben respiró hondo. Apagó el puro en un cenicero cercano y bebió lo que le quedaba de Whisky. Treinta y un año después y todavía seguían sin creerle. Demasiado loco, quizás, para que alguien se tomara la molestia de creerle algún día.
Echó una última mirada a la ventana. A lo lejos podía ver el edificio más grande de la zona. Big Ben lo miró con desdén. Este no era más que una nimiedad comparado con lo que había visto veintidós años atrás.
-Te quiero, papá –dijo con voz sombría mirando hacia las penumbras de la noche -. Te prometo que lo atraparé. Te lo prometo. Es una cuestión de equilibrio.

En su cama volvió a repetir lo mismo.
Luego cerró la luz. Y probó de nuevo. A oscuras sonaba aún mejor.
A eso de las cinco de la mañana se despertó porque creyó oír encenderse la tele.
Falsa alarma. Se trataba de un bicho, lo mató y regresó a la cama.
El día siguiente fue muy agradable para él.

6
Al contrario que los gigantes, si que había pruebas sobre la existencia de sus contrarios, los llamados Ñeglins. El antropólogo Marcos L. Nispelo fue su descubridor allá por 1957. En realidad los descubrió por mera casualidad. En aquella época los estudios del Doctor nada tenían que ver con los que cualquiera llamaría los propios de un libro de fantasías. Hacia una semana que en el sureste de Francia habían localizado en una cantera los restos de un Neanderthal y el Doctor estaba que no cabía en sí. Nada de impartir clases a gandules universitarios y corregir sus ambiciosas pero incompletas respuestas en los exámenes. Estaba en el meollo de algo importante. Con un poco de suerte, si lograba apartar a los franchutes doctos que sin duda estarían ahí, reclamando como buitres lo que se suponía que era suyo, se llevaría todo el mérito.
La mala suerte hizo que sus sueños de gloria quedaran en nada. Un oportuno telegrama del director de la universidad le avisó de que la subvención que en principio iban a recibir ese mismo año había quedado congelada. Debía volver a Madrid de inmediato a no ser que él y su propio bolsillo se encargaran de pagar su estancia allí. Una vez más, los franceses habían vuelto a ganar. Era la tercera vez en dos años que le ponían la miel en la boca y luego le dejaban babeando. En el vagón del tren, de camino a su hogar, se dio cuenta de que sólo con pensar en volver a las aulas y mirar los ojos de aquellos asnos adolescentes los pelos se le ponían como escarpias. Mejor volver al infierno.
Necesitaba un descanso. Unas largas vacaciones. No era de naturaleza impulsiva, pero esta vez era eso lo que haría. Se lo debía así mismo. Iría al refugio de tío Arturo, allá en la sierra y allí lograría secar sus lágrimas del todo y quizás volver a recordar como se sonreía. Se bajó del tren que le dejó en Madrid y acto seguido se subió a otro, este en dirección a los montes. Su equipaje para Francia le serviría para su incursión a las montañas. No se iba a molestar en avisar siquiera a la universidad. En esta ocasión sería él quien les dejaría con la miel en la boca y con suerte, con un sabor amargo también. Marcos sonrió mientras miraba el paisaje campestre por la ventana del tren. A veces se sorprendía de lo maquiavélico que podía llegar a ser.
En el refugio de tío Arturo no estaba Arturo. El viejo loco hacía más de una década que había fallecido por un paro cardiaco. De niño había hecho buenas migas con él y esa amistad había perdurado hasta su muerte. Siempre había sido un chaval con facilidades para interactuar con los borrachines de cualquier pueblo.
El refugio estaba hecho un asco. Parecía ser que nadie lo había tocado desde la muerte del viejo. De hecho, sino hubiera sido porque era algo imposible, se diría que tío Arturo aún seguía emborrachándose en aquella casa. Todavía había botellas de vino esparcidas por todas partes y olores indescifrables flotaban en el ambiente. Marcos adoptó una expresión de extrañeza. Detectó que no era un hedor a suciedad o a cerrado, sino un olor almizcleño, de animal, similar a los excrementos de gato. Marcos sonrió. Si así era, no tendría que molestarse aquella tarde en salir fuera para cazar liebres. Bastaba con que se quedara allí, a la espera de que esas alimañas felinas le cogieran confianza.
Tardó cerca de tres horas en dejar el refugio en condiciones y durante tan ardua tarea no vio rastro gatuno alguno. Su gozo en un pozo, se dijo con cierta melancolía, pues el hambre apretaba.
A las nueve de la noche ya estaba dispuesto para irse a su cama. Había sido un día duro y estar solo durante mucho tiempo le daba cierta somnolencia. Llegó a la antigua habitación del borracho (desinfectada a conciencia durante unos largos cuarenta minutos) y fue entonces cuando los vio. Al principió creyó que eran ratones. Ratones que habían tenido la osadía de subirse a su cama y danzar por ella libremente. Vio que, además, esas cosas no andaban a cuatro patas como hubiera sido lo propio, sino que iban erguidas al igual que osos en un espectáculo de circo. No había mal que por bien no venga, pensó, cenaría algo al menos. Encendió la luz y en ese momento un gran horror se apoderó de él. No eran ratas. ¡¿Cómo había podido confundir aquello con meras ratas?! ¡Estaba ante una auténtica imposibilidad de la ciencia!
Pequeños hombrecillos rechonchos le miraban desde la cama con sus pequeños ojillos negros. Marcos huyó de allí despavorido. Aunque era demasiado listo como para hacerlo durante mucho tiempo. Regresó a la habitación, esta vez con una libreta en la mano. Un hallazgo de proporciones titánicas se había erigido en torno a él y ni loco iba a dejarlo escapar. Esta vez no había ningún margarita francés para que se lo quitara. ¡¿A quien le importaba ahora los huesos simiescos de un humanoide antiguo cuando había descubierto?!. . . ¡Cuando había descubierto Gnomos!
En la habitación ya no había rastro alguno de esos seres. Marcos negó moviendo el dedo índice. Ni hablar que le harían creer que lo había soñado. Si algún día se volvía loco sabía que de todas las alucinaciones que tendría, las últimas serían las de duendes gordos. No había visto horrores durante toda su vida como que para sus delirios fueran de repente niñadas absurdas. En aquella casa había duendes y los sacaría a hostias si era necesario.
Eso hizo, desmanteló toda la habitación. Sacó todos los muebles: un viejo armario, una mesa y la cama. Luego fue a por una escoba y sin contemplaciones, introdujo el palo por todos los agujeros que había en la estancia. Casi de forma literal, les dio por culo a las criaturas. Despavoridas, las alimañas humanoides salieron de sus escondrijos. Marcos les dedicó una sonrisa al verlas y rápidamente las tranquilizó diciéndoles simplemente que no les haría ningún daño. Se oyeron diminutos suspiros de alivio. Nada de Gnomos huraños, pensó Marcos mirando fascinado a aquellas benignas criaturas. Eran confiados y juguetones. Su mano rápidamente se convirtió en un columpio para ellos.
Marcos abrió su cuaderno y empezó a transcribir el maravilloso descubrimiento. Como no sabía dibujar muy bien, alargó la mano y cogió a uno de esos seres.
Ñiiiii, Ñiiiiiiiii, gritaba este débilmente.
Lo puso sobre el papel y trazó un lápiz alrededor de él, dibujando su silueta (más tarde a ese mismo ser lo llenaría de tinta y lo pegaría al papel a modo de sello quedando un dibujo perfecto).
La segunda fase del experimento consistió en interactuar con el descubrimiento. Marcos los hizo acercarse a él y comenzó a hablarles y a preguntarles cosillas. Todo muy humano. De momento, estaba de racha, hablaban su idioma (y no francés). Su voz era increíblemente aguda y cursi. Después de muchas horas, sin embargo, la agradable voz empezó a perder su gracia y a ser increíblemente molesta. Marcos acabó detestándola.

Pasaron ocho meses hasta que sus compañeros de la universidad, preocupados, fueron a buscarle. Primero a su casa, después a Francia (a costa del dinero de la universidad) y finalmente por el vecino de un amigo, de un amigo de otro amigo que viajó casualmente en un tren hacía ocho meses, se enteraron de que Mario había ido a la Sierra.
Espantados por el aspecto que presentaba el refugio desde fuera, más propio de la morada de un vagabundo que de un ser humano tal y como ellos entendían ese concepto, los tres compañeros de Marcos echaron la puerta abajo, dispuestos a liberar a su amigo de las fauces de aquella chabola.
Barbudo, ojeroso y con la cabeza clavada en numerosas hojas de papel que había en la mesa, estaba su amigo Marcos.
Los tres compañeros, Samuel, Víctor y Pablo El rojo, soltaron alaridos de horror.
Marcos levantó la cabeza y sonrió. Se levantó de la mesa y sin ellos haber preguntado ni pedido nada, Marcos empezó a exponer sus estudios. Utilizó una de las paredes de la estancia como pizarra. Sus amigos estaban atónitos. Ninguno de ellos escuchó lo que les decía, simplemente estaban aterrados por el estado de su amigo. Locura de las nieves, dictaminó su compañero Víctor. No había ninguna otra explicación.
-He estudiado sus costumbres, su cultura. Me han llevado por sus senderos ocultos en el bosque. Tienen pequeñas guaridas en los árboles, ¿A qué no es una monada? Y hacen miel y dulces. Estamos ante réplicas de nosotros pero en diminuto. ¿Y sabéis? Debido a nuestra invasión en el campo, han adquirido un estilo de vida nómada – Marcos miró a sus tres amigos -. Acercaros a la mesa y echad un vistazo a mis anotaciones. Este hallazgo será de los tres, ¿de acuerdo? Será nuestra investigación. Y sólo nuestra.
-Marcos. . . – dijo Víctor con voz afligida.- ¿Qué diablos te oc. . . ?
-Siempre me habéis sido fieles. Os merecéis el éxito tanto como yo.
Sus amigos se acercaron, pero no a la mesa sino a él. Dos de ellos le agarraron del brazo y el tercero le agarró de la nuca con firmeza y le miró a los ojos.
-¡Te pondrás bien, me oyes!¡Te pondrás bien! –dijo intentando no romper a llorar- Esto lo superaremos juntos.
-¡No! ¡¿Que hacéis?! ¡Soltadme! –gritó Marcos histérico -. ¡Soltadme, cabrones! ¡Es mi hallazgo! ¡Mi hallazgo!
-Llevadle al coche. Yo recogeré sus cosas –dijo Víctor con dificultad. Notaba un fuerte nudo en su garganta.
Los amigos sacaron a Marcos del refugio mientras este seguía gritando e insultándoles.
Víctor bajó la cabeza y sin poder evitarlo rompió a llorar. Después de dos minutos, se armó de valor y recogió todas las cosas de su amigo. Antes de cerrar la puerta y abandonar para siempre aquel lugar demoníaco su mirada se dirigió a la pared que Marcos había utilizado como pizarra. En grande había escrito:

ÑEGLINS.

Víctor gimió de compasión y cerró la puerta.

Nadie creyó al bueno del Doctor Nispelo. Hoy en día, el chiste sigue haciendo gracia en los círculos de la antropología. Sus anotaciones aún permanecen en lo más profundo del sótano de su antigua universidad como apestados en un buque español. Irónicamente, estos documentos fueron puestos cerca de una madriguera, de una madriguera Ñeglin.

7

Igual que en su momento para los humanos, las grandes concentraciones empezaban a tener en los últimos años cierto atractivo para los Ñeglins. La ciudad representaba una fuente inagotable de interés y diversión. Y también de seguridad. Amparados bajo el techo de los hogares de sus gigantes habían encontrado el lugar idóneo para poder asentarse y disfrutar de los placeres de la vida: aprender de toda aquella cultura que les rodeaba y lo más importante, sin temor a ser perturbados constantemente por los animales salvajes. Los grandes edificios se habían convertido en el lugar favorito de toda familia Ñeglin. Nada comparado con aquellas primitivas madrigueras subterráneas o grutas a pie de árbol que tantos temores escondían. Por supuesto que en las ciudades había peligros, los humanos encabezaban la lista, pero no era para nada comparado con los que uno se podía encontrar en los bosques. Durante siglos habían tenido que vérselas con bestias de todas las clases y de todos los tamaños, desde la inofensiva gallina, pasando por el gato y el perro, así hasta llegar al temido lobo. En las urbes los peligros podían reducirse a tres seres: perros, gatos y humanos. A excepción de ellos, estaban en el paraíso.
Su relación con los humanos era bastante curiosa. Una relación casi bipolar. Por un lado era imprescindible pasar inadvertidos ante ellos para garantizar su supervivencia. No ocurría lo mismo que con los gatos y los perros, ya que ser visto por ellos no era un paso fatal. La respuesta de los humanos ante un avistamiento de los de su raza podía ser feroz. Jamás consentirían que se produjera una convivencia entre ambos. Pero por otro lado, desde el comienzo de los tiempos, los Ñeglins habían sentido cierto apego a los humanos. Sentían la imperiosa necesidad de ir a donde ellos fueran. De acompañarlos. De ser sus rémoras, por así decirlo. Su evolución había ido a la par de la de los hombres debido principalmente a este apego. Su historia estaba basada en la suya. Muchas de las costumbres de los humanos, por no decir todas, habían sido adquiridas por los Ñeglins. En cierto sentido, ellos eran los pequeños parásitos de los humanos. Cultura, seguridad, calor hogareño y por supuesto, restos de comida, eran algunos de los beneficios que los Ñeglins sacaban de los humanos. Siempre había sido así, y sería. Era la única forma de vida que conocían.

Las comunidades de Ñeglins no debían ser muy grandes. Era la regla número uno. En el pasado se había demostrado que un lugar masificado de Ñeglins era potencialmente peligroso. Los humanos solían confundir sus ruidos con los de las ratas y la llegada de los exterminadores solía convertirse en algo inminente. Cientos de Ñeglins habían perecido de aquel modo. El acuerdo estaba en que en una vivienda de humanos no podía haber más de tres familias de Ñeglins. Y si era posible que esas familias se hicieran el menor número de visitas. Corretear de una madriguera a otra suponía grandes peligros. Peligro que la noche del 13 de noviembre del 2005 el pequeño Splecky Dinky estaba dispuesto a asumir. Hacía tres semanas que se había ido a vivir, en contra de su voluntad, a la zona norte del lugar. Su padre se hallaba justo en el otro extremo de la casa, acogido por la buena familia Hangolf. Los problemas entre su padre y su madre habían hecho que se produjera esta terrible situación. Splecky no dormía desde hace días debido a los interrogantes que volaban incesantemente por su cabeza: ¿Por qué de repente todo había cambiado? ¿Por qué de repente su padre y su madre no podían estar juntos?
Hasta que el asunto fuera visto por el consejo, la cosa seguiría como hasta ahora, el viviendo con su madre, y su padre alejado de ellos con la familia Hangolf. Pero Splecky tenía otros planes. Aquella noche había decidido que ya no podía aguantar más. Siempre había estado muy unido a su padre y juntos habían vivido innumerables aventuras. Ambos, tres años atrás, consiguieron derrotar al terrible gato de la familia Menéndez. Aún no podía evitar reírse cuando recordaba las caras desconcertadas, sobre todo la de la niña, al ver a su mascota tirada en el suelo, completamente inmóvil y con sus patitas apuntando al techo.
Splecky se levantó de la cama de un salto y con andares sigilosos recorrió la casa hasta llegar a la puerta principal. Iría hasta allí. Necesitaba hablar con su padre o al menos verlo. Sí, se bastaba con verlo. Llegó al salón. Desde que su padre no vivía con ellos, su madre tenía la extraña costumbre de dormir en el sillón del salón y roncar de forma tan fuerte como para competir con la de un humano.
Splecky abrió la puerta. Esta era vieja y gruñona, por lo que dio paso a un horrible ruido chirriante. Por suerte, los increíbles ronquidos de su madre acallaron los sonidos de la puerta. Splecky aprovechó la oportunidad y salió hacia el exterior dando un salto canguril. El pequeño no se molestó en cerrar la puerta, ¿por qué arriesgarse a qué un portazo estropease su aventura? Además, no había nada que temer al dejar una puerta abierta, los Ñeglins criminales solían frecuentar sótanos y garajes, no pisos altos como aquel.
Su casa se encontraba escondida detrás de aquellas grandes estructuras aparatosas que los humanos denominaban muebles. Allí había un agujero que ellos, muy precavidos, habían camuflado con la apariencia de un interruptor. Era muy divertido observar al humano que vivía con ellos intentando conectar aparatos y ver que estos nunca funcionaban. Ponía unas divertidas caras de frustración.
Abrió la puerta-interruptor y salió. Afuera todo estaba oscuro. Con un poco de suerte su excursión sería tranquila. El humano de aquel lugar no tenía mascota y la oscuridad indicaba que estaba durmiendo. La casa de los Hangolf estaba a unos siete kilómetros, cerca del lugar donde el humano solía limpiarse y dejar olores indescifrables y altamente malignos. Los Hangolf, obviamente, no eran muy apreciados en el entorno social por aquello.
Aunque alerta, Splecky caminó tranquilo hacia allí. A mitad de camino se encontró con una de esas criaturas que por extrañas razones causaban un odio y repulsión exacerbados en los humanos. Para los Ñeglins, estos seres eran simplemente adorables. Se acercó a la criatura, cuyas dos finas y largas antenas apuntaban hacia él y acarició su negro y alado lomo. El ser empezó a revolotearse y agradecido se puso boca arriba extendiendo sus numerosas y juguetonas patas. Splecky alargó sus manos y le hizo cosquillas en el vientre. Se despidió del bonito ser y prosiguió con su camino.
Los intensos olores que desprendía el lugar indicaron que había llegado. El hogar de los Hangolf no estaba situado en una pared como el suyo, sino en un agujero en el suelo a la vista de cualquier humano. Como estaba en una esquina, detrás de la puerta, pasaba desapercibido. Para entrar sólo había que dejarse caer. Splecky saltó soltando un animado Eureka. Unas bolsas debidamente colocadas al final del agujero amortiguaron su caída. La entrada de la morada de los Hangolfs quedó ante él. Estaba cerrada. A Splecky no le preocupaba ese detalle. Había visto muchas pelis en la tele, desde detrás de las nucas de los humanos, para saber como se forzaba una puerta sin hacer mucho ruido. El método ganzúa no podía venir mejor para aquella ocasión. Un mes atrás al señor de aquella casa se le había caído al suelo uno de esos trozos grandes de alambres que solían poner en aquellas extensas láminas blancas que les servían como pizarras o algo así. Splecky al ver que el hombre ignoraba aquel trozo, lo cogió por él. Tuvo que hacer acoplo de todas sus fuerzas para llevarlo hasta su casa y colocarlo en su habitación. Aquel mismo día se puso manos a la obra. Lo más importante para empezar, era cortarlo en pequeños trozos. Le costó sangre y esfuerzo conseguirlo, pues la única sierra que no se había llevado su padre estaba mellada. Finalmente consiguió trozos lo bastante pequeños como para guardárselos en uno de sus bolsillos. Después los limó a conciencia para que estos pasaran de tener el grosor de un palo a uno más manejable, como el de un mero spaghetti .Splecky sacó de su bolsillo el fruto de su esfuerzo y lo introdujo en la pequeña cerradura de la puerta. Lo movió con habilidad.
Clic, clac.
Un sonido llegado del cielo.
Su padre, al igual que su madre, aunque por distintas y evidentes razones, dormía en el sillón del salón. Al verlo, Splecky, se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a su padre.
Al señor Harold Dinky a punto estuvo de parársele el corazón, cuando sumido en un apacible sopor, de esos que casi se pueden saborear, sintió como algo le oprimía fuertemente su cuerpo. Dio un increíble respingo y sus ojos se abrieron de par en par, alarmados. Delante de él tenía el rostro borroso de alguien. Su corazón galopaba nervioso, casi dispuesto a abandonarle llegado al caso. No llegó a gritar. El rostro borroso, casi surgido de un mundo de pesadillas, comenzó a esclarecerse antes de que ocurriera. Reconoció aquellas facciones delicadas, todavía sin los característicos rasgos simiescos propios de su raza.
-¿Splecky? -preguntó confuso. Para él todavía no estaba del todo claro que se hubiera despertado. En las últimas semanas la idea de volver a ver a su hijo se había convertido casi en un sueño imposible. Y tenía razones para ello. La situación entre él y su espinosa esposa pintaba mal. El Consejo, al parecer, no iba a ser muy benevolente con él. Casi nunca lo era con los padres
-Sí, padre, soy yo.
Ahora entendía la opresión que había sentido y que todavía sentía. Su hijo le estaba abrazando con tanta fuerza que apenas podía respirar.
-Brujas y demonios, Splecky, ¿qué haces aquí?
-Papá, no te enfades, por favor. Te echaba de menos y quería verte. Madre no me dice nada de ti y. . .
-No me enfado, Splecky, pero estos no son métodos. ¿Tú madre sabe algo de esto?
Splecky negó con la cabeza rápidamente. Como respuesta, su padre dio un intenso, casi interminable, suspiro de alivio. Miró hacia el techo.
-Gracias, gracias –dijo. Volvió a mirar a su hijo -. Debemos intentar que siga así.
Harold apartó a su hijo y se incorporó.
-¿Qué vas a hacer?- preguntó el pequeño Splecky.
-Llevarte a la morada de nuevo –dijo mientras se ponía los zapatos.
-No, padre, por favor. Quiero quedarme aquí. Podemos jugar a un juego y te prometo que no tienes porque dejarme ganar. Pero por favor, no quiero volver.
Harold miró a los ojos de su hijo.
-Escúchame, Splecky, lo que acabas de hacer hoy es una peligrosidad. Una locura que puede perjudicarnos a ambos. ¿Verdad que quieres que nos veamos en un futuro?
Splecky asintió animadamente con la cabeza.
-Pues con cosas como esta va a ser muy difícil. Si tu madre se entera... el consejo no dudará en ponerse de su parte. Me desterraran. Creerán que es culpa mía, ¿entiendes, hijo?
-Sí, padre – guardó unos segundos de silencio y luego dijo -. ¿Es que el consejo es malo, padre?
Harold le miró pensativo.
-No, hijo –dijo Harold. Después guardó unos segundos de silencio -. Aunque por otro lado tampoco es muy bueno. En cierto sentido se parece un poco, un poco a tu madre.
-Sí. . . –dijo el niño pensativo.
-En fin. Seguiremos hablando por el camino.

Para salir del agujero utilizaron la cuerda que oportunamente los Handolfs habían atado a la parte alta del agujero.
-Has sido muy valiente al venir por aquí tú sólo – le dijo Harold a su hijo pero intentando ocultar gran parte del orgullo que sentía. No quería animarlo a que volviera a repetir la hazaña.
-No ha sido nada, papá.
Miró a su hijo y no pudo evitar pensar que probablemente sería la última vez que lo vería. Harold había sido un mentiroso toda su vida, lo había sido con su padre, con su madre, con su hermana Kathranya y hacía apenas unos minutos, lo había sido con su hijo. Un futuro junto a él era tan lejano como ellos lo estaban de la superficie de cualquiera de los muebles de ese gigantesco lugar. Hacía dos días que había recibido una nota del Consejo... y las cosas no se presentaban nada prometedoras. A Harold, de repente, se le ocurrió una descabellada idea. Quizá la única que se le había ocurrido en su vida. Era una persona cobarde, pero aquella idea parecía compensar todos los actos pasados que merecían esa definición. Se detuvieron ante una extraña montaña de polvo gris que estaba encima de un dispositivo tecnológico y alargado. La montaña medía casi lo mismo que ellos.
-¿Qué es, papá? –preguntó Splecky, fascinado y lleno de curiosidad.
-Ellos lo llaman ceniza. Es una sustancia binaria que surge cuando se llevan a la boca ese extraño pero no obstante apetecible dispositivo de humo –dijo su padre algo ausente. Seguía dándole vueltas a su idea.
-Ah. ¿Y se puede comer?
-Desde luego.
-¿Puedo?
-Claro. Pero sólo un poco. Que ya has cenado.
Splecky se lanzó sobre la montaña, destruyéndola, y comenzó a devorar la deliciosa ceniza con un frenesí canino. Ahora visible, tras la desaparición de parte del montículo blanco, se vieron las teclas del dispositivo tecnológico.
Harold miraba a su hijo pensativo.
-Hijo. . . –dijo levantando un poco la voz para que pudiera oírle.
Splecky seguía alargando sus manos hacia al suelo y cogiendo copos blancos para llevárselos a la boca. Harold elevó un poco más la voz. Esta vez Splecky le oyó.
Miro a su padre. Una de sus piernas tocó una de las teclas del dispositivo.
-¿Qué ocurre, papi?
Harold sonrió.
-Quiero comentarte algo.
La tecla se hundió.
Un gran resplandor iluminó a los dos pequeños seres y seguidamente una gran voz se alzó sobre ellos. Se oyó el sonido de varios disparos. Asustados, los dos seres se tiraron al suelo. Los Ñeglins no pasaron por un Vietnam, pero si por la guerra de Lari-Luhum en el césped de Quintana Park. Aquellos ruidos, eran lo más parecido que Harold se imaginaba de aquella horrible batalla.
-¡Morid, cerdos! ¡Morid! – gritaba la voz, histérica -. Señor, he dado a uno.
Se oyó el ruido de dos disparos.
-jJe, je, je. Y ahora ellos te han dado a ti, anormal – dijo otra voz.
-Bastarrrdos – dijo la voz con dificultad.
Harold y Splecky dieron sendos suspiros. Lo de Quintana Park no se había repetido. Se había encendido la tele, sólo eso. Harold alargó la mano y revolvió cariñosamente el pelo de Splecky. Harold dio un salto hacia el botón del aparato y apagó la tele de nuevo.
-Será mejor que nos escondamos. El humano vendrá –dijo su hijo, muy sensato.
Harold asintió. Cierto que su hijo comía ceniza, pero también era cierto que de esta no había ni pizca en su cabeza.
En aquellos instantes, a vista de pájaro, un humano habría podido ver como esos dos extraños seres batían el record de los cien metros lisos.
Debajo de la mesa había otro montón de ceniza. Splecky la miró, pero ya sin mucho interés. Los nervios habían templado su apetito.
-Hijo. . .
-Sí, papá – dijo Splecky mirándole.
-Tengo una idea. Quizás te suene extraña. Es muy importante que seas sincero. No tienes por que decir que sí. Primero escúchala y luego tómate tu tiempo.
Se oyeron pesados plum, plum.
Harold no hizo ningún esfuerzo por callarse. La naturaleza grave de sus voces era en cierto modo una gran ventaja.
-¿Qué idea, papá?
Harold suspiró.
-Podríamos irnos, si quisiéramos. Irnos lejos, hijo. No tenemos por qué aguantar las condiciones que nos impongan.
Plum, Plum.
-He cometido muchos errores, Splecky. Puede que lo que te esté diciendo. . . puede que mi proposición te parezca algo horrible. Pero hubiera sido otro error no comentártela.
Los golpes cesaron. Dos inmensas columnas, gruesas como robles, estaban frente a ellos.
-Pero, ¿y mamá?
Harold bajó la cabeza, avergonzado.
-Todo se iba a arreglar, ¿no, papá?
Harold siguió con su cabeza apuntando al suelo.
-¿No, papá? – su hijo le escudriñaba con la mirada.
-No, hijo. . . – dijo sin levantar la cabeza.
-¿No se va arreglar?
Harold sentía que nunca podría volver a levantar la cabeza.
Pluuum.
Y los de arriba debieron escucharle, por qué precisamente eso ocurrió. El cielo de madera que les mantenía resguardado de los peligros, desapareció casi por arte de magia. Se oyó el fuerte chirrido de las patas de la mesa rozando el suelo, alejándose de ellos.
El corazón de Splecky se aceleró de manera salvaje. Harold no se percató de nada, estaba demasiado aturdido. Había sido una mala idea, pensaba, una mala idea. Malamalamalamala.
Una de las columnas se elevó, sólo para después volver a descender borrando de la vista de Splecky a su padre para siempre. Una fuerte corriente de aire, seguido de unas gotas húmedas que no pudo identificar le tiró para atrás. Su pequeño cuerpo quedó oculto en la montaña de ceniza. La oscuridad le amortajó de tal manera que creyó morirse. Sólo el ruido de los terroríficos plum, plum, le confirmaron que aún seguía en el mundo de los vivos. Splecky pensó que dada las circunstancias prefería estar muerto para no poder oírlos.
Se alejaron, por suerte.
Pasaron dos minutos y estos ya no se oían, pero Splecky no se atrevía a salir de su improvisado escondite. En lugar de ello, alzó la voz y llamó a su padre.
No obtuvo respuesta.
Volvió a intentarlo, pero nada.
Splecky se temió lo peor. Abrió los ojos y con la poca luz que venía del exterior, vio que la ceniza ya no era gris. Splecky contuvo la respiración.
Un color carmesí la envolvía.
Splecky comenzó a gritar. Nadie podía oírle.


Splecky era pequeño, tanto en edad como en tamaño. Pequeño para comprender lo que había ocurrido. No tenía una visión amplia del mundo para poder asimilarlo. Era obvio que no podía entender lo que había ocurrido. Le faltaba perspectiva.
El atormentado hombre llamado Big Ben que sin embargo era mayor, y al contrario que el Ñeglin, también lo era en tamaño, tampoco entendería nunca lo que hizo. A su manera también era un pequeño duende.

Pero todo era muy sencillo. Casi matemático.
Se trató, al fin y al cabo, de una mera cuestión de equilibrio.

FIN

martes 9 de septiembre de 2008

LOS BROMISTAS






















"Los bromistas" son una poco conocida leyenda urbana proveniente de los pueblos del sur de España, nacida con la mera intención de alejar a la gente de las ciudades (o como mínimo de inspirar miedo). El siguiente relato es una recreación dramatizada de las multiples versiones que escuché de dicha leyenda durante mis viajes pueblerinos.


Bastó que el despertador sonara una vez para que Esteban se convirtiera en un motor de arranque en su propia casa, vistiéndose, desayunando y limpiándose los dientes... todo a la vez. Aquello no formaba parte de su comportamiento habitual, bien sabía que los osos hormigueros y él se parecían bastante en lo que a horas de sueño se refería, pero era la hora de llevar a cabo su plan. Como un duendecillo travieso corrió hacia su ordenador que con los años se había convertido en una extensión más de su cuerpo y de su mente, y lo encendió. Entonces, en el mismísimo fondo de pantalla apareció ella. Su vecina desde hacia cuatro años. La que durante tanto tiempo había perseguido sin éxito, y hoy, si todo salía bien, sería suya. Sara.
Esteban abrió Mis documentos, llegó hasta el fichero de imágenes y encontró las fotos... Ahí estaba la llave definitiva al mundo de su vecina. Sólo tenía que mandárselas a su correo electrónico bajo el nombre de un delator anónimo y la muy guapa, en menos de lo que cantaba un gallo, dejaría a su novio. Miró a su salón vacío y de pronto notó como esa soledad le oprimía. Todo aquello era demasiado frío... demasiado inhumano.
Aún no las mandaría. Ni hablar. Faltaba el factor regodeo. Tenía que compartir aquello con alguien, tanto el antes como el después al envio. Decidió ir a casa de su buen amigo Ricardo y mandarlas junto a él.
De camino a su casa, Esteban tuvo una extraña sensación... sintió como si le siguieran. Sin embargo, las veces que miró tras de él no llegó a ver nada sospechoso. Dedujo que debía ser la mala conciencia.
-¡Ricardo, tío! ¡Estás apunto de asistir a un día histórico! –dijo irrumpiendo en la casa de su amigo-. Hoy por fin Sara caerá en mis brazos...
-¿Y cómo es eso? –preguntó él cuando entraron en su habitación cutre.
Esteban se sentó en su ordenador y del bolsillo sacó su Pendrive.
-Digamos que su actual novio ha tenido un tropiezo con otra chica... y que yo he podido inmortalizar uno de esos tropiezos.
En ese mismo momento, los dos estallaron a carcajadas.
-Venga, tío, pongámonos manos a la obra.
Ricardo miró a Esteban como si este fuera un Dios.
Se equivoca, pensó a su vez Esteban,
Esto es una mierda. Un acto repugnante. Pero esta putada es la única salida que me queda.
Tras enviar las fotos, Esteban decidió pasar el resto del día en casa de su amigo y darle así el tiempo suficiente a Sara para que viera las fotos, dilucidara la situación, pudiera llorar y todo lo que conllevaba el acto de infidelidad para sus víctimas. Esperó hasta las ocho de la tarde y fue entonces cuando abandonó a su amigo y se puso en marcha hacia su casa. Durante el trayecto se sintió atenazado otra vez por la incomoda de ser observado. Se dio la vuelta con brusquedad. En ese instante, Esteban los vio...
Eran cinco. Parecían ser sólo unos chavales...
Desaparecieron con la misma rapidez con que habían surgido.
Había sido cuestión de abrir y cerrar los ojos.
Que cosas, pensó Esteban quitándole hierro a su perplejidad.
Se detuvo en Gargariums pizza e hizo algo que ya había hecho otras veces, comprarle una pizza a Sara. Era una costumbre entre ellos la de ayudarse mutuamente como buenos vecinos en épocas de examen. El pretexto perfecto para poder verla esa misma noche y consolarla.
Entró en su portal y fue directo al tercero. Atenazado por los nervios, su figura parecía un flan andante. Con movimientos espasmódicos tocó a la puerta. Sara abrió y para alivio de Esteban la vio como se la había imaginado. Completamente abandonada a las lágrimas. Pero fue un alivio fugaz porque al segundo siguiente se sintió como un miserable. Sara le miró a los ojos y dejó asomar una expresión de gratitud. Ahí estaba todo lo que Esteban había soñado... seguramente le dejaría entrar, hablarían, la consolaría pero...
Las pizzas cayeron al suelo y al instante siguiente, sin poder evitarlo, Esteban le contó todo, echando por la borda de un plumazo todo el plan que tanto tiempo le había llevado urdir.
-Llevo mucho tiempo pensando en ti –dijo sin más- No sé lo que he hecho.
Para sorpresa de Esteban, la chica le dejó pasar. Esteban le juró y le perjuró que las fotos eran cien por cien reales. De lo único que se lamentaba era de haber sido tan rastreo para usar los desaires de su novio a su favor. Esperó un fuerte rechazo por parte de Sara pero ella le trajo para sí y se besaron por primera vez.
Dos horas más tarde Esteban regresó a su casa con andares tambaleantes. Se sentía completamente desorientado por como habían ido las cosas. Había mucho en que pensar, muchas cosas que ordenar en su atolondrada cabecita. La almohada le ayudaría en eso. Sin duda alguna sería el sueño más dulce su vida. La chica de sus sueños le había besado, ¿qué más podía pedir? Era un tío feliz.
Abrió la puerta de su casa y en ese instante, la nube mágica en la que se encontraba se desvaneció. Cinco desconocidos se encontraban en la entrada, mirándole, esperándole... Eran los chavales de antes. En sus manos vio que llevaban bates de baseball y barras de metal. Con educación le hicieron pasar a su salón de tal forma que parecía que el invitado era él. Le ordenaron a sentarse en su sillón y a tranquilizarse.
Luego agarraron su mano. Esteban cerró el puño al ver unas tijeras de grandes dimensiones acercarse a él. La hoja se abrió y le indicaron a que abriera también su mano y la extendiera. Esteban se negó.
-Pues irá a la entrepierna –le amenazó el que parecía ser el líder de los chicos.
Al segundo siguiente, su meñique derecho quedó a disposición de las abiertas hojas de las tijeras. Esteban soltó un grito de terror.
-No te pasará nada, si nos ayudas un poco –dijo el Líder.
-¿Qué queréis? ¿Robarme?
Los chicos rieron.
-No, no. Para nada.
-Es algo muy sencillo. Es un juego domestico –dijo otro chico.
El Líder asintió.
-Te lo explico. La tele, ¿no? –dijo el Líder señalando su plasma del salón, regalado por gentileza de sus padres.
Esteban la miró.
-Si la rompes… Nosotros no te rompemos el meñique. Así funciona esto.
-Pero… no entiendo.
El Líder parpadeó dos veces consecutivas con una expresión de impaciencia.
-¿Por qué? –preguntó Esteban.
Uno de los chavales le entregó un bate de baseball.
-No seas pesado y decídete –dijo el Líder.
Todos se pusieron en guardia por si Esteban se proponía a atacarles con el arma que acababan de cederle de forma temporal. Ni en mil años, pensó Esteban, eran demasiados y con bates… sin dudarlo le harían picadillo.
-¿Trato hecho? –preguntó el Líder.
Esteban no se molestó en responder. Se levantó del sillón y con aplomo destruyó el televisor en tres histéricos golpes. Los chavales aplaudieron. El Líder le indicó a que se sentara de nuevo. Le agarraron otra vez la mano y la tijera volvió a amenazar a su meñique.
-¿Pero qué?... –dijo Esteban sin entender nada
-No iba a ser tan fácil, amigo. Nos hemos desplazado hasta tu casa. No nos íbamos a ir tan pronto.
-Hay que subir de nivel, amigo –agregó otro de los muchachos.
El Líder chasqueó los dedos como si fuera un mafioso de pacotilla y dos de los chicos abandonaron el salón para introducirse en su dormitorio.
-¡¿Eh?! –dijo Esteban indignado.
-Tranquilo, ahora mismo salen –dijo el Líder.
El Líder miró a otro de sus muchachos.
-Tú, ve al baño y busca algo de alcohol.
El muchacho obedeció.
A su regreso no trajo alcohol pero si todas las colonias de Esteban. Una pequeña fortuna a costa de sus inofensivos caprichos hacia sus padres. Acqua Di Gio, Arman, Angel Schlesser, Hugo Boss, Burberry. Todas.
-No había alcohol, pero esto servirá –se disculpó el chico.
-Perfecto.
El Líder miró a Esteban.
-Más de lo mismo, amigo…-le dijo y le entregó su lote de colonias-. Ellas al suelo… O tu meñique al suelo.
Esteban ni se molestó en pensarlo… arrojó con fuerza esas mierdas. Se oyeron fuertes crash y llovieron varios trozos de cristales por la estancia. Uno incluso alcanzó a uno de los jóvenes.
-¡Mi ojo!
Los chavales rieron.
-Tranqui, el alcohol por lo menos ya no lo necesitas… -dijo el Líder, divertido.
-Ja, ja, ja –dijo de forma sarcastica el chico herido.
Los dos chicos que habían ido a su habitación regresaron con sendas montañas de ropa en sus manos.
-Tiradlas a ese charco que huele tan bien –indicó el Líder.
Esteban vio como su ropa de marca, su particular tributo al pijerio, las gorras Nike, O´neill y sus calzoncillos de Dolce & Galbana se mojaban con el alcohol. El Líder sacó un mechero de su bolsillo. Se oyó un chasquido y lo encendió.
-…Tu meñique o tu ropa –le dijo al tiempo que le hacia entrega del mechero-. Ánimo, que lo estas haciendo muy bien, ¿a que sí, chicos?
Todos asintieron.
-Eres un crack, tío –le dijo uno de ellos.
La tijera se apartó de su meñique. Unos pequeños instantes de libertad hasta que terminara el trabajo. Miró el mechero y el montículo de ropa. Ahí estaba lo que le había definido y diferenciado de los demás… Su seña de identidad. Toda aquella ropa que nadie tenía y el sí. La envidia del grupo.
A tomar por culo, se levantó, se acercó al montículo y apuntó la boquilla del mechero hacia ese charco que olía tan bien, tal y como había dicho el Líder de forma tan elocuente. Encendió el mechero y vio como empezaban a arder sus prendas. La mirada de los chavales al ver aquello era idéntica a la de unos niños contemplando un espectáculo de fuegos artificiales. Abrieron las ventanas para airear la estancia. Cuando comprobaron que la ropa no era más que trapos inservibles, decidieron apagar la improvisada fogata.
Alertado por el humo y el olor, uno de los vecinos de Esteban tocó al timbre.
-Esteban, ¿estás bien? –le preguntó preocupado tras la puerta.
-Si no quieres jugar más, tu mismo, amigo… -le susurró el Líder al oído.
Los demás chicos estaban quietos y en silencio. Tumbas humanas. Esteban miró su meñique… Y las tijeras…
-¡Váyase a tomar por culo, González! ¡Estoy haciendo una pequeña parrillada!
–gritó Esteban, enérgico.
Tras la puerta se hizo un pequeño silencio.
-…No tienes por que hablarme así –dijo el vecino azorado, sin saber muy bien que más decir.
-¡Que te pires o te parto la cara, coñazo de los cojones! –gritó Esteban enfurecido.
El vecino ya no volvió a hablar más. Todos rieron. Sin poder evitarlo, Esteban se sorprendió así mismo esbozando una pequeña sonrisa al sentirse halagado.
Siguieron jugando: lo siguiente fueron sus películas. Las destruyó. Su equipo estéreo, lo destruyó. Sus CDs.
-Nunca me gustaron estos grupos –dijo Esteban riendo y dando fuertemente con el bate a varios CDs-. Parecían maricones.
-Jajajaja. Bueno, sí –dijo el Líder asintiendo-. Pero el último de los Spaces no estaba tan mal.
-¡Tonterías! –dijo Esteban golpeando con tanta fuerza la estantería de CDs que casi hizo que retumbara toda su habitación.
Fueron a la cocina y ahí Esteban dio al traste con toda la comida recomendada por su dietético del gimnasio. Otra fortuna de la que preferiría no pensar. Sus batidos de proteínas, sus músculochocolatinas, sus zumos, sus pastillas de vitaminas.
-Se ve que te cuidas, amigo –comentó el Líder.
-Hoy ya no –dijo Esteban, animado, y pisando una de las chocolatinas con ira, de la que salió una pasta espesa.
Los muchachos volvieron a reír.
El siguiente lugar fue su habitación. Dieron buena cuenta de sus pósters, de su otra televisión, de sus carísimas figuras de Star wars, de su maquina de abdominales.
-¿Qué es esto? –preguntó el Líder, señalando la mesa.
-Apuntes de la Universidad.
-Los reventamos, ¿no? –preguntó el Líder.
-¿Tú que crees? –dijo agarrándolos y tirándolos por la ventana.
-Cuidado, amigo –dijo preocupado uno de los chavales mirando por la ventana-. Casi le das a una vieja. Joder, menudo susto se ha llevado.
-Yo también me lo llevé cuando supe que tenía que estudiar todo eso –comentó Esteban desenfadado.
Los muchachos estallaron a carcajadas. El Líder le dio una palmada amistosa en la espalda.
Cuando se calmaron, se hizo un silencio, y los ojos de todos, primero los del Líder, luego los de los demás, se volvieron hacia lo único intacto que quedaba en su habitación. El ordenador.
Sara miró a Esteban desde el fondo de pantalla. Estaba preciosa. Se le hizo un nudo en la garganta. Ahí estaban todas las fotos de ella, sus e-mails, sus conversaciones en el chat, las cuales había estado guardando sumariamente desde hacia años y que prácticamente releía a diario. No, el ordenador, no. Pero el Líder le asintió con la cabeza.
-Vamos allá, ¿no?
-Esto… ¿No podría ser una excepción? Tengo muchas cosas valiosas ahí dentro. Cosas importantes que significan mucho para mí. No se trata de algo material…
-Aja…
-Fotos, recuerdos, ¿entiendes?
-¿No estarás hablando de pornografía?
-No, no. Hablo de fotos familiares, de cartas privadas, de escritos… escritos íntimos. ¿Ves a esa chica?
El Líder asintió, inexpresivo.
-Es Sara, la chica de mis sueños. Lo tengo todo sobre ella ahí dentro. Mi relación con ella se ha basado en el ordenador. Es patético, lo sé, pero así ha sido. Es muy importante para mí tener estos recuerdos. Es lo más importante.
-¿Y no has hecho copia de seguridad?
Esteban negó con la cabeza.
-Mal hecho, amigo
-¡Por favor! ¡Destruiré lo que quieras! ¡Lo que me pidas!
-Puesto que hablamos de un fuerte valor sentimental y no material, podríamos hacer una excepción…
-¿De veras? –preguntó Esteban esperanzado.
-Podríamos sí –dijo rascándose una mejilla-. Sólo una, ¿de acuerdo? Tu ordenador vivirá de momento.
-Graci…
El sonido de su timbre entrecortó a Esteban. Sin perder ni un segundo los chicos le arrastraron al salón con rapidez, le sentaron el sillón y extendieron su mano. El meñique volvió a estar en situación. El timbre sonó otra vez.
-¿Seguimos con el juego? –preguntó el Líder.
Esteban, a su pesar, asintió.
-¿Quién es? –dijo Esteban alzando la voz.
-Esteban, soy Sara, ¿estás bien?
Los ojos del Líder y de los muchachos se abrieron sorprendidos.
-Sí, ahora estoy ocupado –dijo Esteban con tranquilidad.
-Es que hemos oído ruidos… y se ha visto humo que salía de tu habitación.
-¡Eso fue hace ya tiempo! –dijo Esteban intentando sonar alegre.
-Seguro que estas bien. ¿Por qué no me abres la puerta y hablamos?
Vio la sonrisa de los chicos ante esa perspectiva
-¡No! –gritó Esteban-. ¡Ahora estoy ocupado!
El Líder disimuló una risa.
-¡Esteban, ¿qué te pasa?!
-¡Nada, joder, déjame en paz!
-Esteban… -la voz de Sara se debilitó.
-¡Estoy bien! ¡Estoy haciendo ejercicio! ¡No me molestes! –gritó Esteban airado-. ¡Pírate, hostias!
Se oyeron los pasos de Sara alejándose de la puerta. Esteban miró la puerta con rabia y pequeñas lágrimas brotaron de sus ojos. Se imaginó la reacción de Sara ante su brusquedad. La pobre. Lo único que había hecho era preocuparse por él.
-Ajammm, con que Sara es tu vecina –dijo el Líder con rintintín.
-Ya basta, por favor –dijo Esteban-. Os habéis divertido lo suficiente. ¿Por qué no os vais?
-Nos iríamos, amigo, pero nos debes una –dijo el Líder-. El ordenador, ¿recuerdas?
-Pues lo destruiré ahora mismo –dijo Esteban levantándose del sillón-. Dadme un puto bate.
-Ey, tranquilidad, Joe Di Maggio. La cosa se ha puesto más interesante.
Los muchachos asintieron con su cabeza. Esteban les miró irritado.
-¿Quién coño son estos? ¿Tus Lemmings o qué?
Todos rieron.
-Lemmings, dice. Este tío es cojonudo, ¿eh? –dijo el Líder.
-De lo mejorcito con lo que nos hemos topado –dijo uno de ellos con una expresión que le dio tanta repulsión a Esteban que sintió unas ganas inmediatas de abrirle la cabeza.
-Siéntate, Esteban. Una prueba más y terminamos, ¿vale?
Esteban se sentó.
-Bien, Esteban, ahí va… ¿Qué es lo que harías por ella?
Esteban les miró perplejo, en silencio.
-Coño, Esteban, es fácil, ¿qué es lo que harías por ella? ¿Le salvarías la vida? ¿La protegerías de malhechores? ¿Darías tu vida por ella?
Esteban le miró aturdido.
-Sí… -dijo titubeante al cabo de unos intensos segundos-. Claro….
-Pues… ¿Tu meñique o ella?
La tijera volvió a rodear su dedo.
-¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!
Los chicos rieron.
-Queremos que te conozcas –dijeron todos al unísono. Esteban sintió escalofríos por la forma con la que lo habían dicho.
-¿Por qué? ¡No tiene sentido!
-Nada de lo que hemos hecho hoy tiene sentido, así que espabila.
-¿Queréis que la mate?
-O destruirla, como quieras llamarlo –dijo el Líder.
-¡No puedo hacerlo! ¡Estáis locos!
-Entonces nos quedamos con tu meñique, ¿no?
La hoja de las tijeras hizo un pequeño movimiento.
-¡No!
El Líder le miró con una especie de expresión de compasión.
-Míralo de esta manera, amigo. Ella es la materia. Tú te quedas con lo sentimental: el ordenador.
-¡Estáis como cabras! ¡¿El ordenador por mi novia?! ¡Estáis locos! ¡Os doy el puto ordenador, ahora mismo! ¡Me lo cargo en un segundo!
-No, no. Es muy valioso para ti. Lo dijiste.
-¡No voy a hacerle nada a Sara!
-Baja la voz y decídete. No vamos a perder más tiempo.
El brillo de las tijeras resultaba dolorosamente deslumbrante. Sin poder evitarlo, Esteban se echó a llorar. No pudo apartar de su cabeza las terribles tijeras y de los dolores que ella traería consigo. Suplicó hasta desgañitarse, intentando con todas sus fuerzas que sus gritos resonaran en las cabezas de esos maleantes. Los chicos apartaron las tijeras y al mismo tiempo que lo hicieron le entregaron un cuchillo. Ella o tu meñique, le repitieron. Le acompañaron hasta el piso de Sara, escoltándole.
Uno de los chavales se acercó al Líder, algo nervioso.
-Oye, ¿de verdad qué…?
El Líder negó con la cabeza, sonriendo.
-Tranqui. Todo controlado, Dani.
El chaval le miró inquieto y respiró profundamente.
Se detuvieron ante la puerta. Esteban apenas podía estar en pie. Sin embargo reunió las fuerzas suficientes para tocar el timbre.
A los pocos segundos, Sara abrió la puerta. Miró a Esteban con una expresión de desconcierto, luego a su cuchillo y finalmente a los chavales que estaban detrás de él. El Líder ,en ese momento, tiró al suelo las tijeras de imitación, las cuáles habían servido de utilidad en infinidad de cortometrajes.
-Bien, Esteban, ya está. Todo ha acabado –dijo el Líder sonriendo y con voz amistosa.
Esteban sin apartar los ojos de Sara casi quiso encogerse de hombros y decirle que las cosas funcionaban así. El Líder agarró el hombro de Esteban y tiró de él. Esteban miró a Sara por última vez.
Utilizó el arma.
-¡No! -gritó el Líder.
Esteban no paró de mover su brazo una y otra vez con energía, mirando al frente pero sin mirar ningún punto en concreto. Los muchachos abrieron los ojos, asustados, pero ninguno se movió. Ninguno se había esperado que sucedería lo que acababa de suceder. Pero para Esteban fue más fácil de lo que había creído. Sólo tuvo que pensar en el brillo de las tijeras y en sus dolorosas consecuencias (¡Dios! ¡Su meñique amputado!) Después, húmedo y aturdido, miró a los chicos. Pero ya no estaban a su lado. Todos habían echado a correr, excepto el Líder, que palidecía ante él, con la misma expresión con la que alguien miraría a un fantasma. Se dio la vuelta, y tambaleante y despojado por completo de toda aquella capa de seguridad que le caracterizaba vomitó sobre la esterilla del vecino de Sara y corrió como pudo por el pasillo.
Esteban ya no sentía terror, ni preocupación, ni rabia. Ni sentía lástima por Sara. De momento no, al menos. Sólo una fuerte y dolorosa vergüenza.
Por un meñique, pensó Esteban cerrando los ojos,
por un simple y triste meñique....


FIN

sábado 2 de agosto de 2008

Lecciones inmorales













Descubrí lo que quería ser de mayor a los trece años. Cuando mis padres se enteraron de la noticia, sus rostros se volvieron sorprendidos, dando paso a unas radiantes sonrisas de felicidad. Supe más tarde que en realidad no se alegraban de la vocación elegida. No. Lo que les alegraba era que hubiera descubierto una.
-Muchas personas acaban teniendo treinta años y sin todavía tener claro que es lo que quieren hacer con el resto de su vida. Trompos humanos y circundantes, eso es lo que son. ¡Vagos! No sabes la suerte que has tenido –me dijo mi padre enfático-. Tienes un objetivo.
Ya lo creía, pensé, y para demostrarlo aquella misma tarde me dirigí al balcón de mi casa y miré a la ciudad que se extendía ante mí… con desdén.
-¡Allá voy mundo! –grité-. ¡Seré director de cine y guionista! ¡Y si me apuran, supervisor de efectos especiales también!
Tener claro los objetivos de uno, esa era la clave. Mis padres no podían tener más razón. Con esfuerzo y perseverancia, los alcanzaría. Y después… después haría bailar nenas a mí alrededor hasta que se me cayeran las pestañas. Por desgracia, no se me comentó en ese momento de que con sólo tener los objetivos no era suficiente para llegar a lo que quería. Al menos así era lo que le ocurría a la mayoría de los mortales que pretendían llegar a algo. Frases como El movimiento se demuestra andando fueron auténticas desconocidas para mi por aquella época. Mi meta estaba clarísima pero mis intenciones de cumplirlas entraban en conflicto por la falta de aptitudes y actitudes para alcanzarla. ¿Cómo iba a convertirme en director de cine, si el cine empezaba, un año después de haber decidido mi porvenir, a traérmela floja? La testosterona se estaba encargando de redirigirme a una afición más real y mejor. La fauna femenina. Y tampoco existían informes de que estuviera dotado de una gran imaginación y talento creativo. Estaba, sin lugar a dudas, destinado al fracaso. Durante toda mi preadolescencia y adolescencia esas pretensiones, sin embargo, siguieron allí junto con los malos hábitos. Es más, iba por el mundo alardeando de ese objetivo y de lo pronto que lo alcanzaría.
-¡No te quiero en mi cumpleaños!
-Y a mí que me importa –respondía con serenidad-.Voy a ser director de cine. A mis fiestas de famosos y de cocaína rica tampoco pienso invitarte.
- ¡Era broma, hombre, vente! Va a estar Lorena y creo que le gustas.
Otros ejemplos eran estos:
-No queremos que juegues al fútbol con nosotros.
-No quiero que me beses.
-Estas suspendido en mates.
-Cómete la comida.
Pero después de pronunciar la frase comodín, mi gran salvadora de la noche y del día, las respuestas pasaban a convertirse en:
-Era broma, tío. Coge el balón, coño.
-Era broma. ¡A qué esperas! ¡Bésame!
-¡Qué despiste el mío! Olvidé puntuarte una décima. ¡Tienes un cinco!
-¿Prefieres un helado, hijo?
Fueron los años de oro. Era el rey del mambo. El no va más. Como cabía esperar, en la universidad todo cambió. Las cosas se volvieron amargas. Ya no bastaba con decir que quería ser director de cine, tenía que demostrarlo. Sin talento y con la indiferencia con la que veía los filmes de Spielberg, Burton y Ridley mis días estaban contados.
No cumplí mi sueño.
Tampoco acabé como muchos de los que no lo consiguen y que pocos confiesan después: crítico de cine. Aterricé en el mundo del profesorado. Pero sin entrar en el cliché habitual del que vale, vale y el que no enseña. Nunca nadie podría acusarme de ser un director frustrado ya que estaba en una senda completamente diferente. Nada de cine, Señores, daba clases de literatura para niños de cuarto de la Eso.
Fascinante, ¿verdad?
Pero como dice el dicho: No hay mal que por bien no venga. Decidí sacarle provecho a mi desgracia. Durante los dos primeros años que impartí clases a gandules de la Eso, enfoqué mi trabajo como la oportunidad perfecta para vengarme de aquel odioso periodo de mi vida bajo la tutela de aquellos tiranos docentes. Ahora yo era la víctima convertida en verdugo. No tendría que esperar a los cuarenta años para que mis traumas infantiles afloraran en forma de sueños freudianos, tics nerviosos e impotencia sexual. Tenía veintisiete, en la flor de la vida, y podía desquitarme a conciencia de todas esas debilidades psicológicas provenientes de mi cruenta infancia. Pertenecía al otro lado de la clase, lo que conllevaba a ser el dueño y señor de treinta entidades inmaduras y odiosas.
El primer día desde el otro lado del espectro fue perfecto. Perdí la virginidad, institucionalmente hablando. Ni corto, ni perezoso, me animé a poner un examen sorpresa a mis alumnos. La cara de asombro de aquellos pardillos al hacerles testigos de la noticia no tuvo precio. Nada más contemplarlas, les saque la lengua y solté una sonora carcajada con rotundas connotaciones malignas. La diversión no acabó allí sino que me persiguió hasta mi despacho donde sin perder ni un minuto, comencé a corregir aquellos exámenes. Ni queriéndolo habría salido mejor. Todos suspensos.

Al día siguiente decidí llevar un poco más lejos mi vena psicótica (el psycho teacher, así empezarían a llamarme). Con amabilidad, les pedí el número de teléfono. Desconocedores absolutos de lo que pensaba hacer, me los dieron sin rechistar. Esa misma noche puse en marcha la siguiente fase del plan. A eso de las once o doce, horas en que el efecto dramático era potentísimo, usé esos números para llamar a cada una de las casas y hacer partícipes a sus padres de los recientes suspensos de sus retoños.
En el segundo año, la tónica continuó por esos derroteros, al menos en un principio. Daba clases y suspendía, suspendía y daba clases. Era casi como ir al gimnasio. Un agradable hábito. No había llegado a dirigir películas pero que coño, si a dirigir personas.
Las cosas, no obstante, dieron un repentino vuelco a mitad de ese año. Mis perversiones dejaron de divertirme. En parte, debido al suicidio de un alumno mío, incapaz de soportar tantos suspensos y como consecuencia tantos castigos de sus padres, y por otro lado, por la rutina, que empezaba a hastiarme. Sentía la necesidad de la autorrealización. Estaba malgastando mi tiempo y el de los demás.
No más suicidios. No más suspensos aleatorios. El tercer año como profesor debía ser diferente y provechoso. Dar un giro radical.
Tomé una nueva actitud. Impartiría clases rigurosas y serias y enseñaría a esos gandules a escribir. Como lo oyen, crearía una verdadera legión de nuevos escritores con talento.
El reto entrañaba cierta dificultad pues a pesar de ser profesor de literatura tenía escasos conocimientos sobre cuales eran las técnicas más idóneas para escribir bien. Todos esos autores a los que había sido obligado a leer en la universidad y después, lo que era más grave aún, a comprender: Machado, Béquer, el infumable de Pérez Galdós, Cervantes y aquel Lady Marmalade de Shakespeare me daban ganas de vomitar. Todos y cada uno de ellos pertenecían al clan de pretenciosos plumíferos. Un elenco de onanistas que nunca supieron que lo eran. Escritores que habían escrito sobre la vida pero que en realidad no habían tenido ni idea de cómo funcionaba ésta ni de que pasta estaba hecha. Desde hacia mucho tiempo había llegado a la dura conclusión de que la verdad no podía encontrarse en los libros. Y la culpa no erradicaba en ellos sino en los brazos que los moldeaban. En los seminarios de la universidad había aprendido una máxima, que para mí era una certeza absoluta: una de las reglas de escribir era que uno escribiera lo que quisiera pero que siempre....siempre contara la verdad. Yo no veía nada de eso en Shakespeare, ni en Clarín, ni en Charles Dickens. Habían sido ratas que se habían dedicado a conspirar en la sombra, viendo el mundo a través de sus pequeñas ranuras, careciendo de toda verdadera y amplia visión del universo en que se movían. Llamadme loco, gritad a los cuatro vientos que debería estar encerrado en el fondo del pozo más profundo. Puede que sea un loco pero un loco que dice la verdad. En mi humilde opinión, el único arte que se había atrevido a aproximarse a la vida en los últimos tiempos, a tocarla, alejándose de subterfugios, descripciones ornamentales y banales y pensamientos que no llevaban a ninguna parte era el tebeo. Las viñetas humorísticas de toda la vida.
El tebeo es a ciencia cierta un arte directo, un arte sincero. Un punto intermedio entre el libro y el cine. Pero sin los efectismos y manipulaciones de los sentidos del último y del hipnotismo, somnolencia y capacidad para tergiversar los pensamientos del primero.
Zipi Zape, Mortadelo y Filemón y Anacleto conocen la vida. Dicen la verdad.
Mario Vargas Llosa y compañía, no se enteran de nada.
El secreto del tebeo secreto erradica en su capacidad de provocar risas.
La vida es un sinsentido. Una locura. Ocurren cosas horribles disfrazadas de chistes en cada momento y tanto Escobar como Vázquez o Ibáñez han sabido captar esa esencia. Son los auténticos conocedores del mundo que por injusticias del destino están condenados al olvido. Mi tercer año como profesor consistiría en honrarles. Haría que mis alumnos siguieran ese camino. Que escribieran como auténticos prodigios. Que trasladaran la verdad del tebeo a los libros.
Eso es una frivolidad. Los cómics son absurdos. No tienen nada que ver con la vida, gritarían muchos al ver esas intenciones.
¿Qué no tienen nada que ver con la vida? No tiene ni idea de lo que dice, amigo. Cualquiera que haya abierto un Mortadelo y Filemón sabe que eso no es cierto. Están llenos de desgracias, de infelicidad (sólo tenemos que ver los rostros de sus personajes dibujados) de conflictos que nunca se resuelven. ¡Y por amor de Dios, siempre acaban mal! Su simpleza, su objetivo noble de llevar a sus lectores las terribles situaciones de los personajes sin que intervengan en ningún momento las opiniones del autor o sus deseos de moralizar o enseñarnos sus verdades de la vida, son las claves de su pureza. Los personajes son los que dirigen la historia, no el autor.
Infelicidad y risas. ¿Acaso no es así la vida? Cuando nos ocurren cosas desagradables, ¿no hay gente que disfruta con ello? ¿Y no ocurre lo mismo en el caso contrario? ¿No somos nosotros quienes no reímos de demás? El sentido del humor es cosa, simplemente, de un punto de vista.
Mi próximo año escolar ayudaría a alcanzar la perfección en la escritura a mis alumnos por medio del sentido del humor. Contarían la verdad y lo más importante, se aproximarían a la vida.

-Buenos días…-empecé-. Seré vuestro profesor este año. Mi nombre no importa pues únicamente me llamaréis Profe o Profesor. Cualquier otro apelativo cariñoso que se os ocurra y se os escape de vuestro circulo privado y llegue a mis oídos será duramente castigado. ¡Nada de motes! ¡¿Os queda claro?!
Las treinta cabezas de aquellos tontainas subieron y bajaron al unísono.
-De acuerdo. Veo que nos entendemos. Ahora procederé a…
-¿Va a hacer examen? –preguntó un chico regordete y con gafas.
Le miré atentamente.
-¿Cómo dices? –pregunté sorprendido. No por la pregunta sino por la osadía del gordo de preguntar sin ni siquiera haber levantado la mano.
¡A la cárcel!, pensé airado.
-Es que nos han dicho que usted el primer día hace siempre examen…-continuó el gordo sin percatarse aún de que ya estaba sobrando.
-A ver simplón….-empecé con delicadeza pero que pronto desestimé-. ¡Suspendido!
El gordo me miró con ojos abiertos, implorando misericordia, y emitió un débil:
-Nou...
-Profesor… es que lleva estudiando toda la noche –dijo otro chico, acudiendo en su ayuda.
-Pues ha hecho el primo, no puedo decirlo de otra manera –dije yo contundente-. ¡No hay examen este año!
En ese momento, la gran mayoría de los presentes comenzó a reír. En parte por el alivio de saber que no iba a haber examen y en parte por el gordo, de lo ridículo que acababa de resultar.
Sin quererlo, acababa de hacer una demostración de mi tesis. Para el gordo estudioso aquello era una fatalidad, una desgracia, pero para el resto de los mortales era un merecido motivo de mofa que no tendría fin hasta que hubiera ingresado en la universidad. Me reí junto a mis alumnos durante unos minutos y proseguí con mi importante discurso, el que reflejaría mis nuevas intenciones para ese año: crear a toda esa generación de escritores sinceros, desprendidos de su ego, de toda pretensión de moralizar al mundo con sus palabras o con sus imágenes recogidas por una cámara. No más a eso. No más lecciones.
¡A la mierda Lars Von Trier! ¡A la mierda Nietzsche! ¡A la mierda Joyce!
Queremos historias con las que divertirnos. Historias con las que inadvertidamente, por osmosis, interioricemos y aprendamos las verdades de la vida.
-Prosigamos, Caballeros de la mesa cuadrada –dije divertido. Una parida para romper el hielo.
Surtió efecto. Todos soltaron una carcajada. Conseguir una risa sincera, algo muy difícil en un grupo de adolescentes. Cualquier profesor con experiencia podría escribir toda una tesis de sus fracasos en ese arte. Estaba claro que era un seductor nato. Probé otra parida más, antes de meterme de lleno en el asunto.
-Mugu, Mugu –dije sin pensar.
El sinsentido tuvo una salvaje acogida. Las carcajadas llenaron el aula, envolviéndome a mí en una mágica nube de emociones.
-Voy a hablaros del trabajo de fin de curso. Es el primer día y puede parecer precipitado. Pero no lo es –dije-. Ni de coña. De este trabajo dependerá la nota de final de curso.
Miré al gordo de nuevo.
-Así que gordi, puedes estudiar pero no esconderte.
El gordo soltó un gemido lastimero.
-Es un trabajo sencillo y os llevará muy poco tiempo ejecutarlo. Perfectamente podría hacerse una semana antes de la fecha de entrega y no sentir en ningún momento la bien conocida sensación del agobio o el sabor amargo del café –dije-. Quiero un relato. Así de simple. El tema es completamente libre. Y no hay ni mínimo ni máximo de páginas.
-¿Puede ser de una página? –preguntó uno de los alumnos.
-¿Puedes irte a cagar? –le respondí tajante-. Os preguntareis donde está la trampa del asunto. Si esto es tan corto y tan sencillo de hacer, ¿por qué nos está dando tanto tiempo para hacerlo?
Las cabezas de los estudiantes se movieron arriba y abajo.
-No quiero que os sentéis y escribáis lo primero que se os ocurra. Nada de ponerse a escribir a eso de las doce de la noche en un arrebato de inspiración mientras miráis la redonda luna por vuestra habitación y empezáis a hablar de cómo os sentís. ¡No quiero esa mierda! Luego se os pregunta lo que queríais decir en el relato y no tenéis ni idea. Los momentos de inspiración me los paso por el culo, ¿de acuerdo? Los bohemios os podéis ir a cagar de inmediato.
-Es que cuando uno escribe con el alma y…-empezó una chica.
Antes de que pudiera proseguir, le pregunté por su nombre. Me lo dijo. Corrí inmediatamente a la lista y dibujé con mi rotulador rojo, al lado de su nombre, lo que en la industria llamábamos un bolo redondo y orondo.
-Ni te molestes en cumplir el plazo a final de curso. Ya en septiembre hablaremos.
-¡Usted no puede…! –gritó la chica histérica.
-Me ha dejado clara la actitud que iba adoptar en este curso. Más vale prevenir que curar. Anímese, señorita, septiembre está a la vuelta de la esquina.
-¡Falta un año!
-A dibujar en mi clase, pues. Mire ese lado bueno.
Con esa afirmación, desarmé a la chica. Quedó callada e inexpresiva para el resto del curso.
-Como os decía, quiero que penséis muy bien lo que vais a escribir. Quiero que observéis muy bien vuestro entorno, que seáis sinceros con él y sólo entonces, sólo en ese instante cuando captéis su esencia será el momento en que os pondréis manos a la obra. No antes. Para actos masturbatorios y recrearos en vuestras esencias os vais al baño, que es más fácil. Dejad que los bolígrafos se expresen por si mismos, hostias.
En ningún momento mencioné el sentido del humor ni el tono cómico que deseaba en aquellos relatos. Hubiera sido un error hacerlo. Si mi tesis resultaba ser cierta y mis alumnos escribían sobre la vida, de sus continuos conflictos y de la ironía inherente en cada suceso que tenía lugar, el sentido del humor correría a raudales de forma automática en los relatos. La obra sería una ficción pero como el genio atrapado en la botella, la verdad quedaría dentro.
-El treinta de junio será el último día de recogida. Sin embargo, los que hayan estado preparados antes y hayan escrito su relato con antelación, pueden entregármelo cuando quieran.

Recibí el primer relato el 23 de marzo. Era de un tal Nicolás Smedley.
Al leer su nombre, intenté asociarlo a la imagen del chico. Poseía una gran memoria fotográfica por lo que ésta me vino sin la menor dificultad. Smedley era uno de los inquietos que se sentaban al final de la clase. Siempre juguetón, siempre soltando paridas en voz alta (en ese sentido era uno de los míos).
Me acomodé de forma mimosa en el sillón de mi casa, con el relato del tal Smedley en mis manos y ansioso pasé la primera página, en la que tenía escrito sólo el título: Los valores de un pirata.
El título, ya de por sí, me llamó la atención.
Tenía muchas esperanzas en aquel relato. Aquel chico prometía.
Comencé a leerlo:

Me llamo Pascual, Pascual Medina. Mis amigos de pequeño me hacían siempre los mismos chistes. “Pascual,¡qué te bebo!” “Pascual, voy a tomarte con colacao” “Pascual, que blanco eres. Pareces manchego”.
A mi no me importaba. Sólo se trataba de mi nombre. Iba tranquilo por la vida y hacia lo que quería. Bueno, no siempre. Mis padres, como todo hijo de vecino, supervisaban con ojos de águila lo que hacia, y si me desviaba del camino prefijado por ellos, saltándome sus expectativas, me metía en un buen lío.
Los ejemplos de las desviaciones más precoces que tuve fueron:
Beber un poco de lejía a los cinco años.
Mearme en la cama.
Levantarle la falda a mi hermana.
Cada una de estas acciones fue seguida de una reprimenda y luego de una lección de porqué no debía hacerse eso. El brazo ejecutor de estas improvisadas lecciones era mi padre. Un tipo majete y de una gran voz, pero que solía ser un incordio cuando se ponía en el rol de padre severo.
El día que degusté la lejía, el viejo me obligó a sentarme en el sillón con él para ver un documental sobre toxicómanos. La cosa no acabó ahí porqué después, proseguimos con otro, éste sobre el veneno de las serpientes. No encontré ninguna relación entre los dos reportajes ni entre el incidente de la lejía. Y ahora, todavía, me cuesta entender a que venía todo aquello. Mi padre era así.
Cuando me mee en la cama, mi padre también echó mano de los documentos audiovisuales. Esta vez no vimos documentales sino una obra de ficción. Se llamaba
"
Forrest Gump". Me pareció una película buenísima y muy divertida.
-Eres mayor para mearte en la cama. Si sigues haciéndolo la gente te tomará como Forrest Gump, ¿acaso quieres parecerte a Forrest Gump?
Asentí con la cabeza en seguida. Ya lo creía que quería ser Forrest. Oh, sí. Corría mucho y había sido un héroe de guerra y era rico y tenía a Jenny y…
Mala respuesta.
Me sentó de nuevo en el sillón y vimos otra peli. Esta vez era "Rain man". No resultó ser tan graciosa como la de Forrest. No, estaba claro que no quería ser como Rain man.
No volvería a mearme en la cama.
Cuando le levanté la falda a mi hermana, mi padre tomó medidas drásticas. Más drásticas de lo habitual. Durante un fin de semana él y yo permanecimos sentados en el sillón, viendo los documentos pertinentes que pudieran ilustrarme como funcionaban las cosas en la vida. La primera película que puso para remediar mis erráticos comportamientos fue “Gladiador”. Aunque no completa. Mi padre se había pasado tres días haciendo un montaje especial del film en su ordenador. En orden cronológico sólo vimos las escenas del César con su hermana. La siguiente película fue “Henry, retrato de un asesino”, y por desgracia sin montaje ni nada que se le pareciera. La vimos de principio a fin. Después llegaron los documentales: una trilogía sobre la endogamia: “Endogamia en Texas”,”Endogamia gallega” y “El Rey de la endogamia y las bragas reinas” (una película clasificada x).
Nunca más le levanté la falda a mi hermana. De hecho, no volví a acercarme a ella en dos semanas. Mi padre, creyendo que la odiaba, no tardó en obligarme a estrechar de nuevo lazos con ella, eso sí, después de una maratón de películas familiares, donde triunfaba el amor de los hermanos. Me puso pelis como “Cariño he encogido a los niños””Bethoveen, uno más en la familia” y “Los Critters”, primera parte. El plan de mi padre surtió efecto, mi hermana y yo no tardamos en volver a ser uña y carne y a retomar nuestros paseos en bicicleta.
A medida que fui creciendo mis desviaciones también lo hicieron. Hubo más sucesos que no correspondían con los de un buen hijo ni a los de un buen chico.
Sucesos un poquillo más graves que los anteriores.
Algunos ejemplos:
Pegar a un compañero.
Insultar a una chica.
Suspender un examen.
Por el incidente de pegar a un compañero, mi padre dejó de lado las películas y los documentales y me llevó a rastras a una clase de boxeo, impartida por locos profesionales. No llegué a recibir ningún golpe, pero al ver a esos chicos tan grandes y moverse de esa forma tan rápida, el miedo que sentí fue de proporciones bíblicas.
No pegaré nunca más, papá, le dije sumisamente.
Mi padre rió.
No, hombre, si tienes que defenderte, sí.
Ah. Menos mal.
Para demostrarme que defenderse era necesario, al llegar a casa me sentó una vez más en el sillón y me puso “La naranja mecánica”. Vaya que si era necesario defenderse, pensé al terminar de verla.
Por insultar a una chica de mi clase, la odiosa Sara, las medidas de mi padre consistieron en ponerme “Te doy mis ojos”, “Nunca más” con Jennifer López al mando de la función y “Solo mía”. Películas que versaban sobre los malos tratos. Creyéndome más listo que mi padre, le hice un contraataque y le puse un documental sobre Lorena Bobby, el famoso caso de la mujer que le cortó los genitales a su marido.
Como reprimenda, al comprobar que no me había enterado ni del Nodo, mi viejo volvió a ponerme las tres películas de nuevo. ¡Que horrible era la de Jennifer! ¡Si es que daban ganas de descargar maldad con tra ella!
Al suspender un examen, mi padre hizo uso de tres películas de Larry Clark, experto director sobre la perversión, depravación y sordidez adolescente. Vimos Kids, Ken Park (con masturbación, sin trampa ni cartón, de un puber esquizoide incluida) y Bully.
No, suspender no molaba nada.
Llegó el día en que, sin embargo, un comportamiento que a priori fue considerado por mis padres como inadecuado y que debía abandonar de inmediato, se estimó posteriormente, gracias a mis esfuerzos, como aceptable. Gané mi primera batalla ante mi padre.
Estaba en el segundo año de instituto y mi amor al cine, inculcado por todas esas lecciones del viejo, comenzaba a sufrir una transformación. No lo estaba abandonando, por supuesto. El cine formaba parte de mí. Abandonarlo significaba, abandonarlo todo. Pero lo que si cambió fue la forma de visionarlo. Las salas oscuras de cine, -Yelmo cineplex y Lusomundo podían esperarme sentados si querían-, los DVDS, -a veinte euros cada uno-, y demás formatos comerciales, los cambié por el ordenador. Internet había creado una entidad altruista en forma de mula que me permitía a mí y a mis compadres disfrutar a lo grande del virtuosismo de Hollywood. Y lo más importante, manteniendo mi paga de quince euros semanales intacta. Había tocado el cielo y vivía en la gloria. No daba abasto. El programa de descarga iba a toda leche y las películas se me bajaban en menos de lo que cantaba un gallo. Eso sumado a los continuos intercambios con mis compañeros, hacía que tuviera muchos, pero que muchos “deberes” que “ver”.
Sabía que tanto material audiovisual y tan poco espacio para esconderlo iba a traerme problemas pero durante cuatro intensos meses estuve en la gloria. ¡Que meses! ¡Tres temporadas de la serie “24”, dos de “Perdidos”, la última de “Harry Potter”, “Batman”, “Spiderman”. Tantas cosas que ver y tan poco tiempo.
Luego, mi padre se enteró del asunto y la cosa estaba destinada a cambiar.
-¡No puedo creerlo! –me dijo-. ¡Estas pirateando! ¡¿Sabes lo que eso?! ¡Robar, hijo! ¡Eres un ladrón!
-Pero, papá...
-No hay excusas, Pascual. Estas películas han sido hechas con esfuerzo y talento. Un esfuerzo intelectual. Un esfuerzo que debe pagarse. Y tú…
-Papá, estoy contigo. Es cierto. Pero en realidad si estoy perjudicando a alguien es a la industria y a…
-No, Pascual, perjudicas a los artistas que las hacen. Si perjudicas a la industria por ende los perjudicas a ellos, ¿sabes?
-Si, bueno…pero como artistas que son, ese no debería ser su mayor problema.
-¿Eh?¿Qué dices?
-Si, bueno. Su intención es que vea sus películas y bueno, eso hago. Acaso no dicen en la tele que para ellos el dinero es secundario. Que el arte prima sobre todo lo demás.
-¡Lo que oigo es inaudito! ¡Inaudito!
-¡Déjame que te lo demuestre!
-¡¿Demostrarme qué? ¡¿Qué eres un ladrón?!
-No, papá. Hagamos un trato.
Mi padre me miró con ojos perplejos. Pude, no obstante, ver un atisbo de curiosidad en su mirada. Eso me animó a proseguir.
-Tú me darás mi correspondiente lección si se comprueba que me equivoco. Sin embargo, yo antes intentaré darte la lección a ti. ¿De acuerdo? Te demostraré que estoy obligado a piratear.
-¿Darme una lección a mi?
Asentí con la cabeza. Mi padre me miró pensativo unos instantes.
Accedió. Le dije lo que haríamos: una pequeña excursión por la ciudad.
Nuestra primera parada fue el centro comercial. Le llevé a la sección de películas antiguas. Allí al ver el panorama, literalmente se cagó por las patas.
-Pero si son películas de la Hammer. Drácula, el hombre lobo…
-Ajá, ¿compramos una?
-Ya lo creo….- abrió los ojos escandalizado-. ¡Treinta euros cada una!
-Yo me las bajo en treinta segundos.
-¡Eso no es excusa! ¡Son antiguas…!
-Y no tienen extras.
Le llevé a la sección de novedades. Comprobó que no bajaban de los diecinueve euros.
Le recordé que mi paga era de quince.
-¡No es excusa, Pascual! ¡Si hicieras una película como te sentaría que te la robaran!
-Supongo que mal.
-Pues…
-Pero si pudiera bajaría el precio. Así se le quitarían a la gente las ganas de robar.
-Las pelis cuestan caras. Hay una razón para que cuesten tanto. No tienes ni idea.
-Sí, hay una razón. Para enriquecer. Con el abusivo precio de las entradas, los DVDS, los derechos para televisión, casi siempre juegan sobre seguro.
-¡Eres un insolente!
Decidí no replicar. Abandonamos la sección de películas y fuimos a los multicines del centro. Antes de entrar, me paré delante de una tienda y le pedí a mi padre que me comprara una Cocacola y un paquete de patatas.
Él accedió. Al llegar a la puerta del cine mi padre se encontró con la siguiente sorpresa. Sorpresa que yo ya conocía.
-Disculpe, pero no pueden entrar con la Cocacola y el paquete patatas -dijo un chico que trabajaba allí-. Tiene que tirarlo o comérselo fuera.
Mi padre le miró extrañado. Miró a su alrededor y lo único que veía eran personas en con botes de palomitas, vasos gigantescos de Coca-cola, nachos y perritos calientes que entraban con felicidad a las salas. Mi padre no acababa de salir de su asombro.
-¿De qué me está hablando, loco? ¿Y esa gente?
-No se puede traer comida del exterior. Normas. Se tiene que comprar aquí –el chico señaló un gigantesco puesto de palomitas, refrescos y chucherías situado al fondo-. Estamos bien provistos, como comprobará. Y la mejor calidad que pueda imaginar.
-No puedo creerlo –dijo mi padre.
-¿A que sí? –dijo el chico mirando de manera soñadora el puesto de palomitas-. La comida del exterior, "puagh", la del interior, "humm" – Se tocó la barriga suavemente.
Como la película estaba apunto de empezar me vi obligado a tirar a la basura la Cocacola y el paquete de patatas.
Esbocé una sonrisa. La indignación de mi padre era buena señal.
-¿Quieres que te compre otra Cocacola? –me preguntó con voz ronca.
-Vale –dije fingiendo cierta apatía.
Mi padre se acercó al mostrador.
-¿Pero qué coñou….?
Acababa de ver el precio de la Cocacola en cuestión. Quizás no hubiera sido tan grave si recientemente no hubiera comprado una a noventa céntimos. El vaso de allí, el mediano, que más o menos equivaldría a la lata que hacía unos minutos había comprado costaba…
-¿Dos euros? –le preguntó al dependiente.
A lo que él respondió sonriente.
-Si, ¿a que la broma sale cara?
Observé la mirada de mi padre y poco le faltó para romperle los morros al muchacho.
-¿Y los paquetes de patatas?¿A cuánto salen?
-Dos euros, también. ¿A qué es una coincidencia?
-Pero, ¡¿esto que es?! ¡¿El aeropuerto?!
El joven rió.
-No me sea ordinario, caballero. Esto es cultura.
Entramos en la sala. Aproveché ese momento para enervar un poquillo más a mi padre. Le conté que la Cocacola que sirven en los cines, en realidad no era Cocacola tal y como entendíamos ese concepto sino polvos fabricados por la casa Coke y que una vez mezclados en agua…
-¡"Vóila"! Derivado perfecto de Cocacola –dije sonriente.
-¿Y sale más cara que una lata?
-Ajam –dije yo asintiendo con la cabeza-. Y además, un veinte por ciento del vaso, es sólo hielo. Así que prácticamente me estoy tomando un vaso de agua con mucho azúcar.
Volví a sonreír. Las butacas eran numeradas por lo que nos sentamos donde la taquillera de la entrada consideró el sitio perfecto para nosotros. El quinto coño, ni más ni menos, y en una esquina.
-Pero si fuimos pronto a comprarlas, ¿por qué nos sitúan aquí y…?
-Debiste decirle en el centro.
-¿Y qué pasa si no dices nada? Es motivo eso para que te hagan la putada.
-Tranquilo, papá. Disfrutemos de la película.
“Superman”. Una película en la que ambos habíamos depositado muchas confianzas.
Empezaron los anuncios y entre ellos vimos la advertencia Anti-piratería. Curioso, pagábamos la entrada como buenos consumidores, siete euros cada una, nos comportábamos como buenos ciudadanos y aún así nos venían con reproches, restregándonos que no pirateáramos.
“Rogamos que no se concentre del todo en la película. Observe de vez en cuando su entorno para advertir la presencia de cámaras, por favor. Por favor, colabore… colabore. Ayudémonos.” rezaba la última frase.
-Lo ves. Es un delito en toda regla –me dijo mi padre en la oscuridad-. No quiero que vuelvas a descargarte nada, ¿me oyes?
La película dio a su comienzo. La cual fue deslizándose lenta y rutinariamente por nuestros ojos. Y así debió de haber sido hasta el final, pero hacia la mitad, el orden de las cosas se vio alterado. Cortaron la película.
Mi padre miró a todos los lados perplejos.
-¡¿Pero que coño es esto?! –dijo mi padre.
-No sé –dije intentando ocultar mi sonrisa y haciéndome el sueco.
Mi padre se acercó a uno de los acomodadores.
-¿Qué ha ocurrido?
-Nada señor, estamos en un intermedio.
-¿Un intermedio?¿Estamos en los setenta o que? Hacia tiempo que no veía uno.
-Es que la peli es muy larga y eso provoca fatigas. De esta forma permitimos que los espectadores tengan la posibilidad de comprarse más palomitas, ¿a qué es genial?
-Y de ir al baño también, ¿no?
- Ah, claro. Mire que nunca lo había pensado así.
Me acerqué a mi padre y tiré de él. No quería que se metiera en una pelea estúpida.
A los diez minutos prosiguió la película y a la hora y media mi padre se volvió hacia mí.
-¿Cuándo termina esta mierda?
-No sé, le faltará poco.
El intermedio había diluido todo el interés que mi padre podía tener por el film. Su único deseo era abandonar la sala y volver a casa cuanto antes. Cosa que no iba a permitir. Todavía tenía mucho que enseñar a mi padre. Tras terminar “Superman”, le dije de ver otra. Al principio se negó en rotundo, pero me bastó recordarle nuestro trato para que accediera.
-¿Por qué ahora cuesta seis con cincuenta, si antes entré a ver otra película y me costó cinco con cincuenta? –le preguntó mi padre a la taquillera.
-Los jueves la sesión de las cuatro sale más barata. Y ahora es la de las seis.
-¿Sólo la de las cuatro?
- Sí.
-Ah, que bien –mi padre pagó los trece euros por las dos entradas.
-Sale cara la broma, ¿eh? –dijo la chica sonriendo.
La siguiente película era sobre unos chicos que tenían la mala suerte de perderse en el mar sin que los salvara ni Cristo. Como era una película de duración estándar no hubo intermedio, pero si algo peor. En un momento del filme las escenas repentinamente perdieron la linealidad. Al principio, como cinéfilos experimentados que éramos y conocedores de los trucos de narración, lo achacamos a un flashback. Aunque era el flashback más extraño que habíamos visto en mucho tiempo. Luego nos dimos cuenta de la verdad. No era un flashback. La chapuza había sido la siguiente: se habían equivocado con el rollo, adelantándose como una media hora a las escenas y al darse cuenta de ello, habían cambiado el rollo (perteneciente al trozo que no habíamos visto), retomando todo desde el principio y obligándonos a su vez a ver el film desde ahí de nuevo. En resumen, hacia la mitad de la película habíamos visto el final, luego la mitad y luego el final otra vez.
-¡¿Esto que coño es?! –había dicho mi padre al ver la poco lógica que tenía la narración.
-¡Cállese! –le había dicho alguien del público.
- Shhhhh – le mandó a callar otra persona..
- Guau, han hecho como en “Memento” –oí susurrar detrás de mí a una joven a su novio-. ¡Qué original! ¡Es una especie de rompecabezas!
Después de la experiencia, llevé a mi padre a ver la última película del día. Ahora tocaba la nueva entrega de los “Piratas del caribe”. Al igual que la de “Superman”, duraba dos horas y media…
-Con intermedio incluido –dijo la taquillera sonriendo y cobrándose, esta vez catorce euros-. La sesión de las diez es la más cara.
-¡Su puta madre! –le dijo mi padre al irse.
Entramos en la sala. Fieles a las costumbres, nos pusieron todo un desfile de anuncios. Casi parecían querer competir con la duración de la propia película. Uno de los anuncios en particular me hizo gracia. Allí estábamos nosotros, a punto de ver una película americana y…
-…Apoya el cine español. Déjese de tiros, partidos de baseball y banderas americanas…-decía el famoso español de turno-. Vea el cine español, le necesitamos.
Casi parecían las súplicas de un moribundo, pensé divertido.
-Véalo. Es más profundo. Es más culto.
A esto, le siguió un montaje de algunas escenas de sexo a lo Bigas Luna y de mujeres pegándose hostias en la calle.
-¡Zorra! ¡Te follaste a mi novio! ¡Eres una guarra!
-Realista y estimulante –siguió la voz-. Véalo. Le abrirá la mente.
Por fin, llegamos a la advertencia Anti-pirateria. Ese fue el momento en que mi padre se levantó del asiento y gritó:
-¡A tomar por culo!
Cogió mi brazo y tiró de mí.
-Nos vamos.
Cuando estábamos fuera del centro comercial, mi padre se dirigió hacía mí con voz suave.
-Eres un ladrón, hijo, pero un ladrón de los ladrones y eso al menos es algo. Si aquí hay respeto por el arte, que baje Dios y lo vea. Nos han robado tiempo, dinero y respeto –dijo mi padre levantando la mano para pillar un taxi-. Ya lo creo que estas obligado a hacer lo que haces… y yo también. Joder que sí. ¿Tienes bajada la de Piratas en casa?
Sonreí y asentí con la cabeza.
-¿Sin intermedios? –me preguntó sonriendo.
-Sólo los que queramos hacer.
- El cine es grande, hijo, es grande.
-Lo sé.
Mi padre me revolvió el pelo cariñosamente. Así había sido el día que había enseñado a mi padre.

FIN


Levanté la vista del pequeño manuscrito. Volví a mirarlo y esbocé una amplia sonrisa.
Era simplemente fabuloso. Ahí estaba justo lo que yo andaba buscando. Humor a raudales y verdades de la vida, al menos como el granujilla de su autor entendía esas verdades. Temblad Cervantes de pacotilla. Mi tesis estaba encauzada.
Aquel manuscrito lo demostraba.
Al día siguiente, llegué a clase repleto de energía. Las tremendas ganas de enseñar, de ilustrar a aquellos frascos vacíos, a aquellos pequeños Jarheads de poco monta, corrió por mis venas y salieron disparadas por mi boca como un vendaval.
-¡Sois la hostia! –grité-. ¡Tú!
Señalé a Smedley y todos se volvieron hacia él para mirarle, lo que supuso que enrojeciera al igual que una compresa en el lugar adecuado en el momento oportuno.
-¡Genio, que eres un genio! –le dije-. ¡Sátiro!
Smedley seguía postrado en su silla, sin decir nada.
Di una fuerte palmada enfática y proseguí.
-Esto marcha amigos míos. Quiero ver más trabajos, ¿de acuerdo? Tengo hambre de vuestro arte.
Me agaché hacia una muchacha pelirroja y algo regordeta y la señalé diciendo:
-¡De vuestro talento!
-¿Del mío? –preguntó ella nerviosa.
-¡Cállese! –y miré de nuevo a mis queridos alumnos-. Quiero me abráis vuestras mentes, que me mostréis la luz. Sentid el poder de la escritura. De vuestros personajes. Dirigidles como yo os dirijo a vosotros.
Todos me miraban absortos, con sus ojos muy abiertos.
-Todo se reduce a una cosa: hay que hacerles pasárselo mal. ¡Que las pasen putas para que yo y todos vuestros lectores podamos reírnos de ellos! Eso es escribir! ¡Eso es contar! ¡Eso es la vida! Escribiendo seréis el Dios de vuestro mundo.
-¿Ser Dios? –preguntó Cantinflas Ramírez, uno de los alumnos más cutres que había en aquella clase.
-Sí. A eso se limita el contar historias. A ser Dios. ¿Quién sino Dios crea cosas de la nada? Los escritores crean personajes, los dotan de vida, crean sus situaciones, crean el mundo en que se mueven y joder, lo mejor de todo, controlan absolutamente su destino. ¿No me digas que eso no mola?
-S-si –dijo Cantinflas-. P-pero da un poco de miedo.
-¡Quien dijo que ser Dios era fácil! ¡Pero tiene sus recompensas! Hay quienes pensaran que lo que estoy diciendo son memeces, chorradas sin sentido y que todo lo que escribe un escritor queda limitado al papel. ¡Papel mojado, como si dijéramos! ¡Que no se crea nada! Yo digo: ¡U-N-A P-U-T-A M-I-E-R-D-A! La trascendencia de la creación es inimaginable, ¡inimaginable, señores!
-¿De v-verdad?
-Os contaré algo que quizás suene a fantasía. En el momento en que todo escritor se sienta a escribir una historia, de inmediato, se convierte en un pequeño Doctor Frankenstein. Imaginaos como científicos en vuestro laboratorio apunto de dar vida a un monstruo. Un monstruo que nacerá con entidad propia y voluntad. Habrá casos en que seréis poco habilidosos y no sabréis controlar a ese monstruo. Eso hará que se os escape y provocará que vuestra historia sea una mala historia. Pero habrá otros casos, en que sabréis mantenerlo a raya, sabréis dirigirlo y en resumen, sabréis hacer que se comporte y que mantenga los modales. ¡La única manera de conseguirlo, de someterlos, es creando conflictos! Sólo así podréis controlar a vuestros personajes. Las putadas son las herramientas de control. Con ella moldeareis a los personajes.
-N-no entiendo nada –dijo Cantinflas.
-Siéntate a escribir y lo sabrás. Verás que es casi mejor que follar… casi – dije de forma contundente-. Te lo digo yo.
-¡Profe! –gritó Cantinflas escandalizado.
Le cogí de la nariz y se la apreté.
-Moc, moc –dije riéndome
La parida, como no, tuvo una buena acogida. Todos reían sin parar mientras Cantinflas se agarraba la nariz dolorido y poco después empezaba a llorar.
Al cabo de dos semanas, me llegó el siguiente relato. Era de una tal Elisa Barcés. Le miré el rostro con atención cuando me entregaba el cuento. Las facciones de su cara eran delicadas: ojos pequeños y rasgados y color de piel pálido como el de una muñeca de porcelana.
Al ver ese dantesco panorama, miré con desagrado su relato.
-¿No será poesía lo que me traes?
Su respuesta fue una sorpresa.
-No – dijo. Se dio la vuelta y volvió a su pupitre.
Aquella noche, con el relato a punto de caramelo en mis manos, salté sobre el sillón, y cuidadosamente me coloqué una manta sobre mis piernas. Calentito y expectante leí el título de la obra, que por miedo a desilusionarme había esperado a hacerlo hasta aquella noche. Así fue.
El título era la mediocridad en palabras. Los cinco, así se llamaba aquella mierda.
Pese a ello, pasé la página y comencé a leer.
Érase una vez….
Estuve tentado a deshacerme de aquella basura en el acto y ponerle el famoso boliche a aquella joven.
Detuve de inmediato mis intenciones al leer la frase completa con la que comenzaba el relato.
Érase una vez un asesino en serie...
¡Acaaaaabáramos!, grité en voz alta.
Pequeña psicótica polimorfa. La había juzgado mal. Al parecer Elisa Barcés era de los míos. Con avidez enfermiza me adentré en el relato. En su mundo.

Érase una vez un asesino en serie. En realidad no lo era aún, pero sus aspiraciones de serlo junto con sus elaboradas y profundas maquinaciones mentales y sus numerosos planes cognitivos para llevar a cabo lo que el consideraba su misión en la vida, prácticamente lo convertían en uno.
Su nombre era Luís Mangold y sabía que pronto ese nombre se codearía con otros de mayor calibre como el Charles Manson, Ted Bundy y en un plano ficticio pero más molón que los de esos dos pelagatos perturbados, con el de Jason Voorhees, Michael Myers y Leatherface.
El plan era sencillo, mataría como Manson y Bundy, harían la película y su recuerdo quedaría como el de Jason y Freddy.
Sencillez a domicilio.
Ya se veía a él en la pantalla, muriendo en cada película para luego resucitar en cada secuela. Así una y otra vez durante años. Hasta que su historia, claro, dejara de ser rentable para la industria.
El día para iniciar la oleada de asesinatos incontrolables elegido por el bueno de Luís fue el de su vigésimo séptimo cumpleaños. Era perfecto. Acababa de terminar su carrera de ingeniero técnico, tenía una novia modelo que aún le hacia temblar las piernas, vivía sólo y tenía un perro. Nadie podía sospechar que un tipo tan prometedor como él estaba apunto de convertirse en un sanguinario asesino. No entraba en el famoso patrón de asesino en serie. No era un frustrado sexual, no era un antisocial, no carecía de la famosa falta de empatía de la que gozaban todos los psicópatas, de hecho era un “Greenpeacenómano” en potencia (ya sabéis, salvad a las ballenas, cuidemos el medio ambiente, energía renovable, todo eso y más si dais seis euros al mes), y ¡maldita sea! hasta sabía bailar el twist. Entonces, ¿por qué ese empeño por matar a inocentes?
Era una pregunta que sus amigos, a menudo, le hacían durante sus reuniones en la cervecería de Tío Cesar.
-Bueno, no es un por un solo motivo, creedme.
-Cuéntanos, Luís –dijo su amiga Lidia, mirándole expectante.
-Bueno, en realidad sí. Es por un motivo- bajó la cabeza tímidamente-. Quiero ser famoso.
Se hizo un pequeño silencio y acto seguido sus amigos, Leticia, Víctor y Franco España prorrumpieron a carcajadas.
-Viejo bribón –dijo Víctor "el Gnomo", su mejor amigo-. Te lo tenías escondido.
-Bueno, sí –dijo Luís sonrojado.
-Pero si hay muchas otras maneras de ser famoso. Sólo tienes que ver los programas de salsa rosa –dijo Franco España-. Cualquiera puede hacerlo con un mínimo esfuerzo. No hay ninguna necesidad de ir por ahí matando al personal.
-Si, ya…
-Además, también está el “Gran hermano”. Puedes meterte. Eres atractivo y tienes carisma –le dijo Leticia-. Lo tienes muy fácil.
- Ya, pero…
-O escribe un libro – dijo Víctor.
-No, no. Nada de lo que decís termina de convencerme. No quiero ser un famoso de tres al cuarto. Un tipo al que olvidarán después de una semana en la cima. Yo quiero trascender fronteras igual que Patrick Bateman. Crear estilo. Yo quiero que la gente me escuche, y tal y como dijo John Doe a David Mills en "Seven" sólo hay una forma para conseguirlo: no te puedes limitar darles una palmada en la espalda, necesitas dar un mazazo en la frente.
Sus amigos le miraron con atención.
-Y eso haré. No creo que pida demasiado, ¿no?
-No, por Dios, Luís, claro que no –dijo Víctor-. Tus intenciones son honradas y lógicas. Te mentiríamos si te dijéramos que nosotros no aspiramos a lo mismo. Pero todo esto de lo que nos hablas nos parece arriesgado.
-Lo sé. El ser famoso acarrea competir con otros que también quieren serlo. Mientras yo mataré por serlo, la policía, a su vez, intentará atraparme para serlo también. Supongo que así funciona la vida. La fama es como el anillo de Frodo. Todos lo anhelamos. Y tendré que aceptarlo. Mi profesor de filosofía me dijo una vez, todos tenemos la misión de dejar una huella en esta vida, lo único que hay que hacer es encontrar la llave para ello –miró a sus amigos y sonrió-. ¿Y cuál es esa llave?
Todos rieron.
-¡La fama! –dijeron al unísono.
Brindaron y durante tres horas sus risas histéricas se oyeron por todo el local.
La mañana siguiente era la mañana en cuestión. La mañana de su vigésimo séptimo cumpleaños. La mañana del asesino, como la había bautizado. Hoy daré el pasó, pensó al despertarse junto a su novia, la modelo cachonda.
Fue a la cocina, encendió la pequeña tele a pilas situada frente a la mesa y se sentó a desayunar. Mientras veía las noticias sonrió. Sabía que mañana con un poco de suerte el estaría ahí, iluminando la caja tonta de millones de hogares.
Un “famous” más en el mundo. Un carnet hacia la inmortalidad.
Miró el reloj con cierta inquietud. Tenía que ponerse las pilas si quería llevar a cabo sus psicópatas intenciones. Sin embargo, creyó importante informar antes a sus padres. Se merecían enterarse de primera mano del porvenir de su hijo. Se acercó al teléfono de la salita de estar, muy cuca ella, y marcó el número de sus Señores Padres, como le gustaba denominarlos. Contestó su madre.
-Oh, Luís, que sorpresa. Hace dos años que…
-Lo sé, mamá, lo sé. He estado ocupado. Los estudios y demás gestiones.
-Entiendo, Luís, pero nunca contestas a las lla…
-Lo sé, lo sé. Gestiones, mamá, gestiones…
-Te llamamos esta mañana para felicitarte pero no contest…
-Y por eso he llamado yo ahora –mintió con rapidez-. Bueno, mamá, ¿que es lo que te cuentas?
-Ay, no te lo vas a creer, Mari Esther tiene un piso nuevo. Nos lo enseñó ayer a tu padre y a mí. ¿Sabías que su hijo Aarón se casó hace seis meses? ¿Y sabías que…?
- Sí, sí, me enteré, me enteré de todo –volvió a mentir-. ¿Está papá?
-Sí, claro. Enseguida te lo pongo. ¿Vendrás a vernos pronto?
-Por supuesto.
-Cuídate, hijo.
-Lo haré.
Oyó como su madre llamaba a su padre. Se oyeron crujidos por el otro lado de la línea hasta que por fin su padre se puso.
-¿Luis?
-Hola, papá.
-A estas alturas creí que estabas muerto –dijo su padre divertido.
Luis rió.
-¿Cómo van los estudios, hijo?
-Ya terminé la carrera.
-Entonces, ¿ya eres ingeniero?
-Sí, papá.
-¿Vendrás entonces a trabajar a la empresa?
-No sé, papá. De eso quería hablarte. Antes me gustaría hacer algo. Algo importante.
-¿Cuéntame?
-Quiero ser famoso.
-Ah, eso es una sorpresa, hijo, ¿estás seguro?
-Sí, papá.
-Es un paso complicado. ¿Te ves con fuerzas?
-Sí. Pero lo he pensado mucho.
-¿Y que camino has elegido para ello?
-El asesinato.
-Ajá.
-El asesinato en masa, para ser más específico. Te acuerdas de “Viernes 13”.
-Si, claro.
-Pues algo así. ¿Cómo lo ves?
-Bueno, es un poco peligroso, hijo. Los policías lucharan por quitarte el puesto.
-Lo sé.
-Pero ánimo, hijo. Tu madre y yo te apoyamos.
-Gracias, papá.
-Cuídate, hijo.
Tras colgar, Luis se dirigió a la droguería. Compró todo un surtido de productos químicos y se los subió de nuevo para casa. En el lavabo del baño los mezcló y observó con atención la reacción química que estaba teniendo lugar. Su intención era conseguir algo cercano al ácido sulfúrico. Fue a la cocina y cogió un trozo de solomillo. Lo llevó al baño y lo tiró a los líquidos químicos. Empezó a salir humo del trozo. Se deshizo a las mil maravillas. Luís sonrió. Ni la Coca-cola. Ahora en lugar del solomillo metería su cara ahí dentro. Intención: parecer un asesino más sofisticado y carismático de lo que era en ese momento. El rostro de guaperas y su sonrisa de chulo-putas debían desaparecer. Con la cara “freaky” y deforme estaría más cerca de Jason que el mismísimo Cristal Lake. De sopetón, como si acabara de despertarse y necesitara despejar su cabeza a base de agua, metió la cara en esos líquidos de mal agüero.
Se oyeron ruidos tales como “Frssssssss, frasssssss”. Una melodía efervescente.
Todo su rostro se llenó de espumas blancas y burbujas. La sensación era parecida a la de meter un dedo en un refresco, con todas esas burbujas envolviéndotelo. Sólo que esta vez era la cara y no un dedo. Una gozada para el cuerpo. Al menos, así resultó hasta que llegó el ardor. Ese fue el instante en que el placer dio paso a los dolores. Las burbujas blancas se tiñeron de rojo. Pasaron dos minutos y Luís sacó la cabeza de esa hoguera de las vanidades. Contempló su nuevo rostro en el espejo.
Cualquiera que hubiera visto la peli Darkman hubiera reconocido enseguida al nuevo Luís. Su cara era más pizza que cara. Sonrió a pesar de las quemaduras.
La hostia, pensó. Esto es la hostia.
Su novia, la modelo, tuvo que pensar lo mismo porque nada más verle, cuando se disponía a darse una ducha, se desmayó.
“Ñeeee”, dijo el “freaky” que era ahora Luís.
Para más INRI, la sesión de estética no acabó allí. Como niños que recortan barcos de papel en un parvulario, el bueno de Luís Mangold se sentó en la mesa de su despacho y armado con unas tijeras comenzó a fabricarse una máscara. Ni de cuero, ni de latex, con cartulina le bastaba. Haciéndole un improvisado homenaje a Edgar Allan Poe, el color de la cartulina que eligió fue el rojo. Tendría para sí una máscara de color rojo. La muerte roja.
Un asesino literato. ¿Acaso se podía pedir más?
Después de clavarse la cartulina a la cara con chinchetas, Luís se dispuso a partir.
Era la hora de elegir el escenario para sus macabros crímenes. Optó el campo como buen fan de “Viernes 13” que era. Naturaleza y crímenes salvajes, una combinación perfecta difícil de rehusar. Al salir de casa, comprobó que llegar hasta el campo iba a suponerle más de una complicación. Debía de haber esperado a descuajeringarse el rostro en el bosque. Ningún chofer de autobús, taxista o conductor consumidor habitual de autoestopistas en su sano juicio, se atrevió a recogerlo.
-Y una mierda –le gritó el chofer de un autobús -. Va usted hecho unos zorros, ¡guarro!
-¡Ni hablar!¡Seguro que usted es un skin head de esos! ¡Vándalo! –le gritó un taxista-. ¡Ay de usted cuando se lo comente a mis socios, los Latin kings! ¡Mejor que vaya comprándose pañales, cerdo racista!
En vista del panorama presente, Luis decidió que la mejor manera de llegar a su destino, era hacerlo a pie. Su figura apenada, recortada en el horizonte y de andares tranquilos abandonó la ciudad a eso de las doce de al medio día. Muchos de los ciudadanos que pasaban en ese instante por la calle principal y que levantaron la vista hacia la lejanía pudieron avistar su figura asesina. Lógicamente la ignoraron. Aún no era famosa.
A las siete de la tarde Luís Mangold por fin llegó a su lugar de destino. Respiró hondo por los dos orificios situados por debajo de su nariz que convenientemente había hecho en su máscara y miró al frente. Una verde y frondosa espesura le rodeaba. El sonido de los pájaros, la agradable brisa, el olor de las flores… era todo tan intenso allí. Estaba en el cielo. Sacudió la cabeza despejándose de tales pensamientos. No estaba en el bosque para ser testigo de esos placeres mundanos. Tenía una misión y si quería tener éxito, debía concentrarse de inmediato y ponerse manos a la obra. Estaba en parajes desolados y por su propia definición eso significaba que no habría por allí víctimas en abundancia. Las pocas que debía haber, tendrían que ser encontradas con suma rapidez, antes de que el anochecer se hiciera cargo del escenario.

Los únicos seres vivos (algunos insistían que no podían ser denominados como tales) que habían por allí eran nada más y nada menos que cinco políticos. Políticos que sorprendentemente, a pesar de sus diferencias, habían decidido pasar juntos aquel fin de semana en una acogedora cabaña situada junto al lago.
Cada uno de ellos con copa en mano y sonrisa franca en los labios (pues allí eran capaces de sentirse ellos mismos y no Tom Cruises de medio pelo) estaban en la mesa del porche, admirando la grandeza de la naturaleza.
-Se está de maravilla aquí, ¿verdad? –dijo uno de ellos que llevaba un espeso bigote negro.
-Oh, sí –dijo otro al que llamaban Coffee.
-El itinerario de mañana será el siguiente: nos levantaremos pronto para cazar, a la tarde pesca y finalmente con nuestros trofeos haremos una barbacoa –dijo de forma mecánica la única mujer del grupo.
-La emoción de la caza –dijo tímidamente el socialista del clan. Un tipo encorvado al que llamaban “Entrelazado Joe”, pues cuando hablaba siempre entrelazaba los dedos de sus manos.
Todos le miraron desconcertados un instante y al segundo siguiente prorrumpieron a carcajadas.
-Vamos, vamos, seamos diplomáticos –dijo él con una sonrisa en los labios y como no, con sus dedos entrelazados.
-Diplomático seré yo mañana con esos ciervos, tío. Se van a cagar – dijo el político de pelo cano al que llamaban” Arbusto Bob” –. Se van a cagar.
Los políticos rieron y se levantaron para aplaudir las pocas pero contundentes palabras de Arbusto. Todos, excepto “Entrelazado Joe”, que se quedó sentado donde estaba con la cabeza mirando a otro lado. El feo gesto no pasó desapercibido para Arbusto. Las amenazas no se hicieron esperar.
-Tomaré medidas contra ti y contra tu familia –dijo Arbusto señalándole.
-No me das miedo.
-Yo soy el que tiene las escopetas de caza, no tú.
-Eso es cierto –agregó el político del bigote-. Es él el quien guarda las armas.
-Vamos, vamos –dijo Coffee-. Seamos diplomáticos. Hagamos justicia a ese talante que nos caracteriza. Estamos aquí para pasar un agradable fin de semana, no para pelearlos entre nosotros. Creo que de peleas estamos más que servidos en nuestra vida diaria.
-Eso es cierto –dijo la mujer.
-Propongo que hablemos de un tema que nos agrade a todos –dijo Coffee.
-De acuerdo –dijo de mala gana Entrelazado.
-Te mantendré vigilado –amenazó Arbusto Bob.
-¿Y bien, de qué tema hablamos? –preguntó el del bigote.
Los siete minutos subsiguientes se escucharon grillos, el croar de las ranas y el ruido de las hojas que eran movidas por el viento, pero de los políticos no se oyó nada. Eran bustos vivientes que se miraban los unos a los otros de forma absurda. La mujer rompió el silencio.
-Será mejor que hablemos de trabajo entonces.
-Buena idea –dijo el político de bigote.
-Bien, ¿cómo pensamos dominar el mundo? -dijo Arbusto-, ¿Alguna idea? ¿Alguien tiene algo nuevo que aportar?
-¿Creéis que este es un buen momento para hablar de ello? – dijo Entrelazado Joe-. Es que no sé, la idea de querer dominar el mundo aún no me convence. No es que me esté echando para atrás… pero yo creo que las cosas no van tan mal, ¿no? Hay guerras, hay pobres y terroristas malos danzando por ahí pero también hay soluciones, ¿no? Podemos llamar a los fumigadore…
-Tu actitud me recuerda a la de Bambi. Siempre diciendo “¡Oh, no!” “¡Cielos!” “¿Corcholis!”. Eres un acojonado, tío –dijo Arbusto.
-Es cierto, Entrelazado Joe. No estás a nuestra altura –dijo el del bigote.
-Mantengamos la calma –dijo Cofeee.
-Deberías volver a magisterio y…- siguió el del bigote.
-¡Cállate! –gritó Entrelazado-. Puedo ser duro si me lo propongo.
Los políticos estallaron en risas.
-¡Es la verdad! –siguió entrelazado.
-¡Este tío es la monda! –dijo el del bigote-. ¡La monda!
-¡Me tienes harto! Eres un enfermizo hijo de puta y un pijo –sentenció Entrelazado.
-¡¿Pijo yo?! ¡Te mataría a hostias de un latigazo! ¡¿A qué te gano jugando al padel?
-Chicos, chicos, calmaos –dijo Coffee.
-Soy un tipo duro –siguió Entrelazado-. Lo soy, ¡maldita sea!
-¿Si? A ver, comprobémoslo. Si ahora entrara aquí un terrorista, ¿qué es lo que harías?- le preguntó Arbusto.
-¿Un terrorista? –preguntó Entrelazado rascándose la nuca-. No podría ser mejor un maltratador. Es que un terrorista…
-No. Un terrorista. ¿Qué harías?
-Pues no sé. ¿Pactar? ¿No?
Todos se llevaron la mano a la frente, incluido Coffee, oyéndose varios “plas” consecutivos.
-Para mí todo estaría muy claro, tío –dijo Arbusto-. Con andares tranquilos iría hasta mi cuarto y una vez allí con esa misma parsimonia, sacaría mi rifle, y ¡joder! haría que ese canalla fuera la persona con más ombligos en la tierra. ¡Por árabe!
-¿El terrorista era árabe? –preguntó Entrelazado.
-Tanto monta, monta tanto –dijo con tranquilidad Arbusto.
En ese momento irrumpió en escena no un terrorista pero si Luis Mangold, un joven con serias pretensiones en convertirse en el mayor serial killer postmoderno. Antes de hacer la dramática presentación ante los políticos, Mangold había ido a echar un vistazo a la parte de atrás de la cabaña, donde estaba el pequeño granero. Allí, se había armado de una útil hacha. Hacha en la que ahora se reflejaban los rostros sorprendidos de aquellos cinco políticos. Nerviosos, dieron varios respingos en sus asientos, pero nadie se atrevió a levantarse.
-¿Qué coño? –dijo Arbusto.
-¡Un loco! –gritó la mujer.
-¡Un terrorista rural! –gritó Arbusto asustado.
Harto de tanto griterío y acusaciones sin fundamentos, Luis descargó su hacha en la mesa, partiéndola a la mitad. Los ojos de los políticos se dirigieron ahí, sorprendidos. Enmudecieron. Acababan de ver de lo que aquel intruso era capaz.
No era un simulacro. Repito, no era un simulacro.
Por los orificios de la máscara, miró a sus cinco víctimas. Aquel era el momento más importante de la vida de Luis. Debía pensar muy bien cual iba a ser su próximo movimiento. Todo acto que hiciera en aquel instante quedaría grabado para la posterioridad. No era algo que podía tomarse a la ligera. De aquellos cinco individuos, debía seleccionar uno para que fuera la primera víctima. Tenía entendido que para todo asesino virgen, ejecutar a la primera persona era toda una odisea. El cúmulo de emociones, miedo, excitación, culpabilidad, hacían que apretar el gatillo o en este caso descargar el hacha fuera todo una odisea. Ahora lo estaba comprobando pero no sólo desde el punto de vista del valor para hacerlo, sino desde la indecisión que le provocaba quien de esos cinco individuos debía ser el primero en abandonar el mundo.
Los miró uno por uno, determinando quien encajaba mejor en el perfil de secundario muerto.
Señaló a Coffee. El sería el primero en espicharla. Coffee abrió los ojos sorprendidos e hizo algo que Mangold no tenía previsto, se levantó de la silla indignado.
-¡Debería darle vergüenza!
-Yo…
-Mata primero al negro, ¿no?
-No… yo…
-El negrito debe morir, el negrito debe irse. ¿Y por qué no me manda a recoger algodón ya que estamos?
-Vamos, Coffee –dijo Arbusto asustado-. Se razonable.
-¡Y una mierda!
-V-voy a mataros a t-todos… así que no importa, ¿no?
-Sí que importa. Cuando hagan la película, el actor Dennis Haysbert solo saldrá cinco minutos. Eso es inaceptable. Estoy harto de tantos tópicos y de tantos prejuicios raciales. Tenemos derecho a salir tanto como Bruce Willis.
-No le hagas enfadar, Coffee –dijo Arbusto.
-Debería ser más original, Señor asesino –dijo Coffee.
-S-sí…
Luis titubeó y optó por señalar a la mujer.
-¡Eh! –gritó ella histérica-. ¡¿Cómo se atreve?!
-¿Qué pasa? –dijo el asesino avergonzado.
-¡Qué machista, ¿no?! Me mata primero por ser mujer.
-No…-balbuceó el asesino.
-Tiene cierta lógica –dijo el político del bigote-. Las mujeres primero, ¿no?
-¡No! ¡Es machista y estereotipado! ¡Siempre morimos primero en las pelis! ¡Estoy harta!
–señaló de manera acusadora al asesino-. Seguro que maltratas a las mujeres.
-No, ni hablar.
-Demuéstrelo.
El asesino miró al lado y señaló entonces al político del bigote. Le miró atónito.
-¿Con que esas tenemos? ¿Habéis visto? – dijo mirando a sus compañeros.
Ellos asintieron indignados.
-Mata primero al gay.
-N-no…
-Es que acaso somos los más débiles, ¿o qué?
El asesino se tapó la boca de la máscara, asombrado.
-Lo siento –dijo.
-Me siento muy ofendido. Ni en el campo uno se libra de la homofobia.
-No se volverá a repetir –se disculpó el asesino.
-Eso espero –dijo el del bigote muy digno.
Luis miró a Arbusto.
-A mi no me mire, amigo, yo soy pedófilo –dijo.
El asesino asintió e hizo el ademán de mirar siguiente. Pero antes de hacerlo, sacudió la cabeza, indignado, y volvió a mirar a Arbusto.
Además del asesino, los políticos también lo miraban con expresiones desconcertadas.
-También…también tenemos nuestros derechos, ¿no? –dijo Arbusto balbuceando-. Y siempre morimos en las pelis.
-Y menos mal, no te jode –dijo el del bigote-. Adelante, señor asesino, proceda.
Luis Mangold asintió. Arbusto temblaba de la cabeza a los pies.
-Nou, seré bueno, se lo juro –suplicó Arbusto y acto seguido con mirada perdida, comenzó a decir incoherencias-.” Sólo era un juego, Andy”… “Andy, sólo era un juego”.”Amigos hasta el final ¿recuerdas?”
-¡Ya basta! –dijo Entrelazado Joe levantándose de la silla.
No iba a permitir que nadie muriera allí en su presencia. Pedófilo o no, eso no era democrático, leches. Era un dirigente nato y como dirigente que era le correspondía a él dirigir aquella situación. Por su familia, por sus amigos, por España.
Miró al asesino fríamente y le desafió.
-Gusano bastardo, si quieres matar, ven a por mí.
Luis Mangold dio un suspiro. Menos mal que habían elegido por él.
Al fin, ya tenía la primera víctima. Levantó el hacha y se dirigió a él implacablemente.
Entrelazado Joe, separó sus dedos de sus manos por vez primera en dos años y los cerró formando dos puños.
-¡Jujitsú! – gritó chinamente y descargó los puños, seguido de una patada karateca al asesino.
El asesino cayó derrumbado al suelo. Entrelazado Joe aprovechó la situación para sacarle ventaja a aquel nefasto homicida enmascarado. Siguiendo los pasos que había enunciado Arbusto Bob ante el caso hipotético de irrumpir un terrorista en aquellos lares (pero que extrañamente no había llevado a cabo con el asesino), Entrelazado entró corriendo dentro de la cabaña. Llegó a la habitación de Arbusto Bob y miró debajo de su cama. Allí había todo un arsenal. Agarró la primera mágnum que vio y volvió al porche. Nunca había disparado. De hecho, era la primera vez que veía un arma. Sin embargo, si que había visto "Robocop" unas veinte veces, y eso, señores, no era algo baladí. Apuntó al siniestro asesino que ya estaba de nuevo en pie, recuperado. Miró sus ojos a través de los agujeros de la máscara y lo que vio fue el mal más puro, absoluto y mortífero que había visto en su vida. No podía ser más cierto el título de aquella película de terror ochentera, “El terror llama a la puerta”. Lo tenía ahí, delante, mirándole.
-Nunca atentes contra España, cabrón –dijo.
La vena del músculo del brazo izquierdo, con el que sujetaba el arma, se movió y entonces se oyó un disparo. Luis Mangold dejó de existir, y con él todos sus propósitos de convertirse en el asesino más molón desde Pennywise. No obstante si que se haría famoso, aunque no de la forma que había previsto. Se convertiría en una merecida víctima de políticos valerosos en su afán de supervivencia.
-Oh, Entrelazado –dijo la mujer sorprendida. Se levantó y se acercó a él- ¿Estás bien? ¿Has pasado miedo?
-No, nena, soy un tipo duro. Soy un político.
Miró los labios de la mujer y los besó con pasión. Sus compañeros políticos miraron la escena con solemnidad. Todos compartían el mismo pensamiento. El avergonzado Arbusto fue el único que se atrevió a decirlo en voz alta.
-Bambi se ha convertido en un ciervo.
-Sí…- dijo el del bigote-. Y no pacta… no pacta.
Los demás asintieron lentamente.

FIN.

Las lágrimas chorreaban sin cesar por mis mejillas. Me las limpié con el dorso de la mano y proseguí con mis sonoras carcajadas.
-¡Está tía es un genio! –sentencié al leer otra vez el nombre de su autora-. Y yo también, ¡que coño!
Escribir contando la verdad conllevaba a la creación de deliciosas parodias. Era el mismo reflejo de la vida. Solté el manuscrito y me levanté del sillón, desperezándome. Caminé hasta la ventana del salón y miré la noche que se extendía ante mí. ¡Qué vibraciones tan positivas sentía en aquella velada! ¡Mi proyecto tenía futuro! Obtendría inevitablemente el reconocimiento de la gente. Me nominarían a premios, podría escribir libros de verdad, libros graciosos que tocaran la vida y hacer incluso programas de televisión sobre ello. Era un genio que acababa de enterarse que lo era.
La noche era mía.

Llegó el último día de entrega de los trabajos y mi mesa quedó repleta de pequeños tomos de relatos, pertenecientes a los más rezagados.
-¡Atajo de gándules, eso es lo que sois! –dije al entrar en clase y ver el panorama que había en mi mesa-. ¡Hijos de puta! ¡Que yo también quiero disfrutar del verano!
-¡Disculpe profesor! –dijeron todos al unísono.
Los tenía bien entrenados. Era una maravilla, podía ser maleducado y déspota con ellos y en cambio esas larvas escolares eran todo lo contrario conmigo. Consejo para despistados: si padece usted de ira reprimida, aquí tiene la receta infalible: hágase profesor.
-Bueno, supongo que más vale tarde que nunca –miré a un alumno que acababa de levantar la mano-. Sí, Alfredo.
-Profe, yo no he podido traer el mío, mi madre se ha…
-...Muerto, ¿no? Menos lobos, Alfredo y no me haga perder el tiempo.
-Sólo pido que si me puede dejar traérmelo mañana y… -dijo lloriqueante.
-¡Vete a la cama, pimpín! –dije yo despectivo-. ¡Con tu madre!
La clase estalló a carcajadas. Una vez más, mi tesis acababa de refutarse. No sabíamos si la madre de aquel granujilla estaba muerta o qué, de hecho, por saber no sabíamos ni si tenia madre. Pero eso no eximía a que mis alumnos creyeran que pudiera estarlo y que aún así, mis graciosas palabras surtieran efecto. La verdad hacia reír a todos, menos a la víctima de ella. Cogí los relatos de la mesa, alcé la mano hacia mis alumnos y me despedí efusivamente de ellos:
-¡Iros a tomar por culo, salvatruchas!
Y cerré la puerta tras de mí.
De nuevo en mí querida casa y tras una sabrosa cena a base de restos de comida que pululaban por todos los rincones del hogar, véase: nevera, muebles, baño, mesa del ordenador y debajo de la cama, me dispuse a corregir el resto de relatos. Me rempantingué en el sillón juguetonamente, casi pareciendo una colegiala, con el montón de relatos bajo el brazo y comencé la sesión.
En menos de dos horas me leí cinco relatos.
Mocos Andaluces de Nacho Ñomo.
La luna que quería ser campera de David Pérez.
Yogures helados contra los helados yogures de Tania Santana.
Niño niñato para madre madrera de Mariano Torroy.
Los enseres de la ballena y el gimnasio de la morena de África González.
Resultaron ser mediocres. Tres de ellos se caracterizaban por la ausencia total de sentido del humor. Al parecer, sus atrevidos autores habían preferido hacer oídos sordos a mis indicaciones y habían optado por la autocomplacencia. Había escrito de su mundo, no del mundo. Los hice trizas con las manos.
Los dos relatos restantes se habían quedado en un punto intermedio entre la complacencia y el sentido del humor. Mal. Les puse sendos cuatros con mi rotulador rojo. Así aprenderían.
Esperaba que los siguientes relatos fueran mejores. Leí el título del siguiente relato. Se llamaba Lecciones inmorales por Javier Chavanel. Me vino rápidamente a la cabeza la imagen del autor en cuestión. Un escalofrío recorrió mi espalda. Un repelús instantáneo.
Se trataba de un gordo de ojos legañosos, tímido y balbuceante que se sentaba en las partes más profundas del aula. Su única compañía: un ejército de Kleenex por sus constantes alergias nasales. Recordé el suceso ocurrido con él a principio de curso en el que el gordo por un repentino ataque de estornudos me había obligado a mí, ¡a mí! a detenerme en mitad de uno de mis maravillosos discursos. No me quedó más remedio que ajustarle las cuentas por aquel intento de ridiculizarme. Prohibición durante dos largas semanas de que sacara algún Kleenex o papel de cualquier tipo durante mi clase. El muy guarro, en lo que duró el castigo, para remediar sus escapes nasales, optó de manera sistemática por utilizar sus propias manos y su ropa como pañuelos. Manchas blancas de todos colores teñían sus jerseys desde entonces. Por estos copos blancos de su indumentaria, sumados a su prominente barriga cervecera, en los pasillos comenzaron a llamarle Papa Noel.
Miré su relato. Era divertido que aquel haragán de naturaleza autista, todo el día en las musarañas, con mirada ausente y expresión de vaca hindú, se hubiera atrevido a escribir uno. Sí, sería muy divertido leer su relato y después suspenderle.
Empecé Lecciones inmorales.
Lanzarse a la carrera, esa es la principal virtud y también principal defecto de los jóvenes. Es decir, de los inexpertos. Yo soy joven e inexperto pero esos hechos no me impidieron a que cierto día sentado en mi escritorio me sentara a escribir y soltar todas esas ideas que bullían por mi cabeza y pugnaban por salir. Sobreviví a la experiencia. De hecho me resultó sorprendentemente revitalizadora.
Cuando ocurrió tenía nueve años.
A los diez ya había escrito varios relatos que no alcanzaban las cinco páginas y hablaban de monstruos y de animales mortíferos. Eran mis monstruos. A los catorce decidí abandonar a los monstruos y a los asesinos y me lancé a escribir un relato sobre personas reales que vivían en mundos reales y les ocurrían cosas reales.
Como el proyecto me parecía demasiado ambicioso para dar vida a muchos personajes, me limité a sólo uno. Pero éste personaje sería perfecto. Trabajaría detalladamente una biografía de él, sabría cada suceso de su infancia, tallaría todos los rasgos de su personalidad y de su mundo. En aquel momento no lo sabía, pero aún estaba lejos de abandonar a mis monstruos. De ninguna manera.
Sin pretenderlo estaba creando a uno nuevo. Al profesor Lucas Floyd.

Pero, ¿qué coño era aquello? ¡¿Una broma?!

Maleducado, trasgresor, nihilista, esos eran los puntales básicos de su personalidad. Una personalidad que acabaría por volverse en su contra.

¡Y una mierda!, grité enfurecido al relato. ¡Nadie jugaba con él sin cita previa! ¡Nadie!

Y aficionado a decir paridas, también.
El primer borrador de este peculiar personaje empezaba así:

Cuando cumplió trece años Lucas Floyd sabía lo que quería ser de mayor. Una ventana repleta de posibilidades y ajena a la incertidumbre acababa de abrirse ante él en todo su esplendor, mostrándole un mundo más claro del que le mostraría el sol. Cuando los padres de Lucas Floyd se enteraron de su prematuro descubrimiento, sus rostros se abrieron en alegres sonrisas. Pronto descubrió que no se alegraban por su vocación descubierta en sí, sino por tener claro sus objetivos.
-Muchas personas acaban teniendo treinta años y aún no tienen claro lo que quieren hacer con el resto de tu vida. Eres un chico con suerte – le había dicho su padre.
Ya lo creía pensó él. De forma triunfante se dirigió al balcón de su casa y miró a la ciudad que se extendía ante él
-¡Allá voy mundo! –gritó-. ¡Seré director de cine y guionista! ¡Y si me apuran, supervisor de efectos especiales también!

Este fue el punto de partida de lo que yo creía que a la larga sería mi obra maestra. Catorce años y ya podía decirse que estaba a dos pasos de comerme el mundo entero.
Como dije al principio, ese era el error de los jóvenes e inexpertos. Lanzarse a la carrera con soberbia sin haber atendido antes a otras consideraciones. Mi error fue definir los objetivos de mi protagonista antes de definir los objetivos de la historia. Un error aparentemente insignificante pero que resultó ser fatal.
Es un hecho decir que Lucas Floyd cobró vida y autonomía propia y acabó escapando de mi relato. No tuvo que serle muy difícil, ya que las puertas de mi cuento estaban abiertas de par en par. No había nada que lo detuviera. Ese había sido el precio por haber empezado la casa por el tejado.
Con Lucas Floyd fuera de escena, lo que quedó de él en mi relato fue un personaje rancio, acartonado y sin vida. Eran sólo los resquicios de lo que podía haber sido.
Durante una semana no salí de mi habitación. Estaba deprimido y hastiado de todo.
Mis padres creyeron que había perdido una de mis películas.
-Seguro que la tienes por ahí, delante tus narices, lo que pasa es que no buscas bien –me dijo mi hermana María, consolándome-. ¡Gilipollas!
Recuerdo que le llamé lo mismo y proseguí con mis llantos. La dualidad se adueñó de mí. Tenía dos opciones o empezar otro relato y hacerlo esta vez bien, asegurándome que cerraba bien la cerca o mandaba toda esa mierda a la basura y retomaba lo que me había prometido en aquel verano, ingresar en el gimnasio, hacer dieta y realizar tablas completas de pectorales. Sabía que tenía potencial para conseguirlo y que podría llegar a ser un chico bien parecido. Todo un surfista.
La cuestión se reducía a:
Ser Díos en mi propio mundo. O ser un Dios en el mundo real a base de gimnasia y de camisetas “marconas”.
No lo tenía nada claro. Mi madre me llamó desde la cocina para que le tirara un cubo de agua pues desde años inmemoriales el fregadero estaba embozado, y había que aliviarlo continuamente. Fui hasta la cocina y al pasar por el salón, en la mesa vi un periódico. Sólo la portada ya me dio la respuesta.
Ser Dios en mi propio mundo. El friquismo era la clave. En el mundo real había guerras y asesinatos. Podían matarme y eso no me gustaba nada. A la mierda la dieta y los pectorales. De momento Javier Chavanel sería un “gordinflas quijano”. Escribiría a diario en unas jornadas infatigables dignas de las de Fíodor Doctoievsky durante su estancia en Siberia.
Después de tirar un cubo de agua mugrienta, con cucarachas flotantes incluidas, decidí que era la hora de poner en orden las ideas. Había varias alternativas: empezar un nuevo relato y esta vez bajo una severa estructura que mantendría prisionero a todo quisqui o posponerlo e intentar encontrar a mi profesor. Al diabólico Lucas Floyd.
Tenía la certeza de que encontrarlo era algo posible. Lucas había salido de mi imaginación. Estaba unido a mí. Si me lo proponía, podía encontrarlo. Y cuando lo hiciera lo destruiría. Ese seria su destino. Estaba decidido.


“…esos eran los puntales básicos de su personalidad. Una personalidad que acabaría por volverse en su contra”

Las horas de sueño resultaron ser las más provechosas para encontrar a Lucas. Como creador suyo que era, estaba conectado a su mente. Sólo tenía que seguir el mapa que me dejaban sus sueños. Un mapa onírico por así llamarlo.
A través de sus ojos, desde dentro de él, fui testigo de todo su segundo año impartiendo clases. Un año diabólico en el que sembró el terror en las aulas. Pude ver las caras aterrorizadas de aquellos alumnos. Víctimas inocentes de su tiranía. De sus maltratos psicológicos. Y presencie algo que me perseguiría para el resto de mi vida: la violación de esa niña durante la clase de gimnasia.


¡Eso es mentira!, grité airado. Había sido ella, os lo juro. La típica niña traviesa que mete en líos a los profesores que no la aprueban, y yo fui uno de ellos.

Una niña brillante de matricula de honor…

¡Mentira! ¡Eres un puto mentiroso, Chavanel!

…que aún no se ha recuperado del trauma.

¡Hijo de puta!

La conexión existía y fui consciente de la maldad absoluta que poseía mi creación.
Me sentía como el Doctor Frankestein tras la muerte de Elizabeth: responsable. En parte yo era culpable de aquella violación…


¡Yo no he violado a nadie, maldita sea!

… y no podía permitir que algo así volviera a repetirse.
Gracias a los sueños y a la conexión mental, averigüé el colegio en el que estaba Lucas Floyd. Ya no podía esconderse de mí. Al año siguiente pedí el traslado al Instituto la Minilla. El instituto de Lucas Floyd.
Sin ser consciente aún de la ironía del asunto, pasé de creador… a un alumno de mi propio personaje. Las ironías no acabaron ahí. Ese año bajo la tutela de Lucas descubrí con gran desconcierto que mi creación sabía más de escritura que yo, por muy increíble que esto me pareciera. De hecho, el fue quien me dio las claves para poder terminar el relato. Lo único que tenía que hacer con “Lecciones inmorales” era ponerle a mi personaje obstáculos y conflictos y entonces todo saldría sobre ruedas. Las risas llegarían solas. Esta vez la ironía estaba a mi favor: el propio Lucas me había ayudado a terminarle.


Sentía como si acabará de recibir un puñetazo. Estaba en un sueño, en un…

Aquí va el epílogo:

….terrible y largo sueño…

Lucas termina de leer el relato “lecciones inmorales” de Javier Chavanel. En todo lo que ha durado la lectura no ha salido de su asombro. Tal ha sido su sorpresa, que ha negado las verdades más evidentes.
¡Mentira!, ha gritado.
¡Hijo de puta!
Sin embargo, el brillo de su mirada lo delata. Con rabia rompe por la mitad el odioso relato y tira los trozos por la ventana.
Esa noche, Lucas Floyd duerme inquieto pero jura vengarse de Javier Chavanel. Esa salchicha peleona se las pagaría.
¡Gordo de mierda! Sentencia.
A la mañana siguiente le despierta toda una convención de gabardinas.
-¿Quiénes sois vosotros? –dice con voz chillona desde la cama.
-Policías, Señor Floyd. Si es que le podemos llamar así. No figura usted en la seguridad social, ni tiene carnet de identidad.
-¿De qué coño me está hablando?
-Ayer por la noche su vecina Mari Carmen recogió esto – el policía le enseña los dos trozos del relato que tiró anoche por el balcón, ahora pegados con cinta celo.
-¡Esa vieja cotilla!
El policía ríe.
-Eso pensamos nosotros. Hasta que lo leímos. Se dicen cosas muy fuertes relacionadas con un extraño suceso ocurrido hace un año…
- Simples especulaciones de una mente enfermiza.
-Eso pensamos nosotros. Por eso hemos venido aquí para comprobar si todo está en orden. ¡Y sorpresa! ¡No lo está! Hemos echado un vistazo a su ordenador, Señor Floyd, y podemos decir que el algodón no engaña.
-Son sólo: ¡Nenas cachorro!¡Nenas cachorro!
-Es usted repugnante.
-No, no. Así se llama la página. No es nada serio…
-A Guantánamo con él.
-¿A Guantánamo? ¡¿Se ha vuelto mochales o qué?!
-Es un convenio internacional, Señor Floyd. Debería leer más el periódico. Como no tiene seguridad social, ni carnet, allí le acogerán de maravilla.
-Si. Últimamente las existencias de terroristas están escaseando y se necesitan nuevos chivos expiatorios –dice otro poli-. Usted les vendrá al pelo.
-¡Noooo! ¡Es un error!
-El error es que nacieras!
Lucas mira el techo de su habitación, implorando misericordia.
-¡Esta parida no tiene gracia!, ¡No tiene gracia! ¡Chavanel, tío!¡Nada de esto tiene gracia y lo sabes!
El policía en ese instante, aparta la mirada de Lucas Floyd, esboza una sonrisa y mira directamente a cámara.
-Bueno, eso lo decidirán ellos.
Y guiña el ojo.

Fin


Sentí mi cabeza a cincuenta mil revoluciones. Nada de aquello podía ser verdad. Toda mi vida, mis sentimientos… absolutamente todo lo que había hecho y pensado… había sido creado por un insolente niño de catorce años. El personaje absurdo de un relato.
Si existía un infierno debía de ser este. Miré el manuscrito y estuve tentado a romperlo tal y como pronosticaba aquel infernal epílogo. En lugar de hacerlo, esbocé una sonrisa. Si era verdad que era el personaje de aquel relato, aún tenía posibilidades de salir indemne de aquello. Aún estaba a tiempo de evitar que los policías me hiciesen una visita, que se rieran de mí y que me llevaran a Guantánamo.
El gilipollas de Chavanel había cometido un graso error: confesarme su final.
Me deshice de su cuento, pero no en dos míseros trozos, sino en docenas de ellos. Los rompí y los rompí, quedando de él trozos minúsculos. Mari Carmen ya no podría recoger nada del relato a no ser que fuera aficionada a bucear en las cloacas. Tiré de la cadena y con la mano les hice un bye bye a los restos putrefactos del cuento. Y eso mismo le haría mañana a aquella apestosa ciudad. La abandonaría a las primeras horas del alba. No quería saber nada más de Javier Chavanel, ni de relatos ni de nadie más.
Volví al salón y al mirar el sillón di un respingo.
Los relatos que me faltaban por corregir me esperaban en el sillón. Airado, los recogí. Caminé por el salón en dirección al baño, donde éstos morirían ahogados. Me detuve mirando a la ventana abierta del balcón. Una llamada a la vaguería se alzó sobre mí. Romper en cachitos todos esos cuentos en el baño no me hacía maldita gracia. No cuando podía deshacerme de ellos en un santiamén.
¡Que demonios! Ya me había desprendido del importante, ¿no? ¡Como si la Mari Carmen quería masturbarse con estos!
Los tiré de ramplón por la ventana. Más de veinte relatos cortaron el aire pesadamente en aquel momento.
-¡Iros a tomar por culo, pendencieros hijos de puta!
Y solté una gran carcajada. Acababa de ganar a mi propio creador. Eso tenía gracia. ¡Vaya mierda de Dios era el mío! ¡Mira que era cayo el tío!
Contento y saltimbanqui me fui a la cocina dispuesto a una celebración por todo lo alto. Whiskito y un puro. La clave de la vida.
Diez minutos después, las sorpresas llegaron. La convención de gabardinas, contra todo pronóstico, se presentó allí.
-¿Eh? ¿Qué hacen aquí? Debería ser mañana… –dije desconcertado-. Qué coño, ni mañana tampoco.
-¿Estos relatos son de usted? –preguntó uno de los agentes.
-Si, ¿por qué? Fuera de aquí. No hay ninguno sobre pedófilos. Así que iros largando, cabrones buscapollas.
-Verá, estos relatos acaban de matar a la señorita Mari Carmen, su vecina. Le han caído todos encima.
Notaba como por mis mejillas comenzaban a brotar todo tipo de colores.
-Ya de paso, Carlos –le dijo el agente a otro-. Ya que se menciona la pedofilia de por medio, sin nosotros haber preguntado nada, mira el ordenador de este desalmado.
-Nou –dijo Lucas. Y ya no pude hablar más.
Mientras registraban mi casa y encontraban las evidencias de mis sórdidos secretos, mi mente dio a paso a una sucesión de afirmaciones rotundas.
Estaba viviendo mi propia tesis, víctima absoluta de ella.
Había habido policías. Pronto habría nenas cachorros. Habría Guantánamo.
Y lo peor de todo, por desgracia... sin lugar a dudas, habría risas…


FIN

domingo 20 de julio de 2008

EL VIDAJUEGO











Está aquel viejo dicho popular que dice: si no bebes, no fumas y no follas... entonces para que vives, gilipollas. Francis Núñez Manera debía de ser uno a los que aludía ese refrán porque con cuarenta y tres años de edad carecía de respuesta para esa cuestión.
El que calla, otorga, ¿no?
Conclusión: era un gran gilipollas.

La inercia dominaba su vida y era de tal intensidad, que actividades como despertarse, ir a trabajar, comer o cagar no le suponían esfuerzo alguno. El piloto automático estaba en marcha y funcionaba a la perfección. Francis sólo podía decir, por muy patético que le resultara, que de momento vivía para su ordenador. Internet conformaba su mundo. De cinco a once de la noche, horas que abarcaban desde que llegaba a su casa después de trabajar hasta que se iba a dormir, su centro de atención era la verdosa pantalla de su ordenador. Su ventana para arrojar toda la frustración que quisiera.
Haga una crítica cinematográfica de su vida, era la temática del día de su página web favorita en ese triste domingo en el que se encontraba.
Perdedores.com se abrió con el siguiente anuncio:
Suéltese, explique su vida de una manera divertida y desinteresada. Comparta sus frustraciones tal y como lo harían los grandes cineastas.
Francis se encogió de hombros. ¿Por qué no? Sonaba bien. De inmediato, se puso manos a la obra siendo su teclado una gran víctima colateral de esta actividad debido a sus aporreos impetuosos.

Critica.
Título:
Mi vida y la cloaca en la que me arrojé.
Director: Dios.
Guión: Ángeles y Demonios.
Producida:
Hipoteca films.
Duración: 43 años aprox.
Interpretes: Francis Núñez Manera, Isabel García Temprano como “La esposa”, Nacho Núñez García como “El hijo”, Tania Núñez García como “La hija” y Dochi como “el perro” .
Sinopsis: Francis Núñez Manera era un niño increíblemente soñador al que a la edad de diez años, sus sueños se vieron reducidos a uno. Llegar a ser alguien algún día. Sus padres, sus abuelos, sus profesores le habían dicho que ese era un buen sueño. Él, al oírlo, también lo había creído así. Si eso era lo que se esperaba de él pues que así fuera. El niño creció, estudió y cumplió su sueño. Consiguió un trabajo digno y después conoció a una maravillosa mujer. Un poco más tarde tuvo al primero de sus dos hijos. La vida siguió y el aire se contaminó.

Crítica de la película:
La premisa de la película es ya de por si absurda y aburrida. Carece de todo ritmo o capacidad de enganchar. Una trama rutinaria que no hace otra cosa que dormir hasta las ovejas. Una estructura plana, carente de cualquier tipo de conflicto: un niño tiene un sueño y lo consigue. Fin. Los guionistas se han dormido en los laureles y si se han despertado ha sido tan sólo para corregir errores de entonación de los diálogos. La estructura de tres actos es una quimera en este film así como la existencia de algún incidente incitador que motive a la historia. Es, en palabras de Robert Mckee, ¡¡un coño de película!!
Por encontrar algún parecido, el film se asemeja más a uno de esos europeos que pululan por ahí, que tantas ampollas levantan entre los pseudocinéfilos y que ganan festivales sin que el hombre de a pie se explique como. Films de ritmo geriátrico, repleto de escenas tediosas como reuniones en familia, donde el silencio y los rostros inexpresivos, que paradójicamente sus autores declaran que son lo más expresivo que han hecho hasta el momento, son el único efecto especial presente en estas películas.
Entre los numerosos defectos del film que nos ocupa, tenemos que destacar la labor del casting. Los actores de este film no dan juego ni siquiera para una película de George Romero. Empecemos con el prota: el inefable Francis Núñez, un cuarentón que se pasa su vida sentado ante un ordenador. Lo único que cambia en su rutina es el escenario. Del ordenador de su trabajo al de su casa y del de su casa al portátil que se lleva a la cama antes de dormir. Francis se niega a mirar fuera, a mirar a su mujer y a sus hijos porque su vida, la vida que anhela se encuentra en la pantalla. Está ahí esperándole. Sólo tiene que encontrarla. Su esposa también lo sabe porque ella hace lo mismo que él, sólo que su pantalla es un poquito más grande que la suya (el televisor del salón). En cuanto a los niños del film, el más pequeño de ellos se pasa todo el metraje llorando, comiendo o durmiendo. El guionista utiliza como débil excusa a la madre como gran responsable de esto pues representa la tiranía hacia el niño. Una madre castradora en su plenitud. El personaje de la hija, aunque está mejor trabajado que el de su hermano, no deja de ser un puro cliché. Es el típico que tantas veces hemos visto en películas españolas y que no hayan interpretado ya actrices del talante de Elena Anaya, Maribel Verdú (en décadas pasadas) Maria Valverde y etc.. etc... Es decir, un personaje que no tiene ningún problema en follarse a todo lo que se mueve. En definitiva, película mediocre que se basa en la contemplación de sucesos que acaban por no llegar.

Francis releyó lo escrito y esbozó una sonrisa. Estaba ante verdades como puños. Golpeó con fuerza la tecla intro, enviando el documento hacia una rápida publicación on-line. Durante los días siguientes, Francis se regocijó con los comentarios que los otros usuarios dejaban hacia su mordaz crítica. Eran críticas a la crítica de su propia vida.

Así se habla, compadre. Nunca había leído algo tan sincero y tan desgarrador como la crítica de la triste, degradante, insulsa y patética película que es tu vida. Yo no sé si habría sido capaz de escribir algo así, tan cercano al fango y a los hongos. Creo que antes de que esos denigrantes y humillantes pensamientos hubieran desfilado por mi cabeza me habría pegado un tiro.
Por Duendicola España.


Son pocos los que se han atrevido a criticar de una manera tan directa su vida. Normalmente, la gran mayoría opta por dar un toque desenfadado y frívolo a lo que ellos consideran su existencia. Se nota, tío, que estás bien jodido. La terapia no te ha hecho efecto y es la hora de soplarle la nuca al dragón. Tú ya me entiendes. Se nota que la depresión y los caballos en ti, van de la mano. Eres un depresióndecaballo.com, Jajaajajajaja.
Por Longablob Doblob.


No sé, creo que te has pasado haciendo analogías del cine Europeo. Casi das a entender que el cine Europeo es motivo de suicidio inmediato. Yo creo que el problema estriba, no en Bigas Luna y Achero Mañas, sino en tu inadaptación al entorno y una impotencia con tintes Freu...
(Usuario Baneado de forma inmediata. LarsVonTrierMan fuera del grupo, disculpen las molestias).


Tu mensaje me ha llegado, amigo. Ha sido como si me mirara en un espejo dentro de unos años. En un espejo fabricado por el mismísimo Doctor Elmer Brown. He visto lo que podría ser mi vida en un futuro, y ¡Diablos! que quiero evitarlo. Y por mis cojones que lo haré, compañero.
Muchas gracias. Tu crítica ha hecho que me desvíe del camino.
PD: A cambio de lo que tu has hecho por mi, me gustaría hacerte un favor. Visita este link: Tuvidaencomic.com No te defraudará.
Por Smedley Caparros.


En aquel momento, Francis no tenía nada mejor que hacer, salvo quizás seguir deleitándose con las buenas críticas de su crítica. Llevó el puntero de su ratón al mencionado Link y cliqueó en él. Colores vistosos le dieron la bienvenida desde su pantalla, al tiempo que por sus altavoces sonó una gran música épica. Entonces, de repente, grandes letras estallaron en la pantalla formando una frase llamativa:
BIENVENIDO AL MAYOR JUEGO DE SU VIDA.
La música épica siguió creciendo y en consecuencia el corazón de Francis se aceleró.
Si lo que pretendían en esa página era captar la atención de uno, lo habían conseguido con creces.
TECLEE ENTER SI QUIERE CONOCER EL JUEGO.
Le salió un pequeño texto con letras que parecían estar esculpidas en acero. Por sus altavoces oyó ruidos de espadas desenvainándose, gritos heroicos y aquella música que llamaba al valor de uno. Francis aún no sabía de que iba todo aquello pero...
Esto es la polla, pensó, la polla en diamantes.
Francis decidió ponerle remedio al suspense que había en todo aquello por lo que comenzó a leer el texto emergente con avidez malsana.
¿Quiere pertenecer a un cómic? ¿Formar parte de su mitología?
Si es así, acuda urgentemente a la calle Carlos Cerezo 13 antes del 16 de Mayo.
Ponga emoción a su vida. Le necesitaremos. La lucha entre el bien y el mal comenzará el 3 de Julio.
Tú decides.

Yo decido, pensó Francis de forma inmediata nada más leer la última frase.
Y al día siguiente decidió: se presentó a primera hora de la mañana a la dirección encomendada. Un moderno edificio de oficinas. Francis lo observó perplejo pues la idea que se había formado en su cabeza no se asemejaba en absoluto a lo que tenía delante. Esperaba un sitio de una humildad sórdida digna de un casting de actores. Una cosa más informal como un teatrillo de bohemios y desarraigados. Un callejón de vagabundos, incluso. Francis vaciló un instante pero decidió seguir adelante.
La recepción era de una pulcritud que le desconcertó aún más. Blancas paredes y lujosas cristaleras rodeaban la estancia. Sin duda se había equivocado de sitio. Una broma cruel de los internautas. En aquel lugar, si de algo no había sitio cabida era para frikadas tales comics y juegos. Estaba en el imperio de los negocios. Un lugar para tipos serios, trajeados y con gomina en lugar de neuro...
-Señor, ¿puedo ayudarle? –le peguntó una secretaria que había alzado su vista tras el mostrador.
-No, no, creo que me he equivocado –balbuceó Francis caminando hacia la salida-. Disculpe.
La secretaria esbozó una sonrisa.
-Viene por lo de la página Web, ¿verdad?
Francis se volvió hacia el mostrador con lentitud. Empequeñecido como estaba, asintió con timidez, y para más INRI con sus manos metidas hasta el fondo en los bolsillos.
-Por favor, tome asiento –dijo la secretaria ampliando más su sonrisa
-. Enseguida le atienden.
-Oh –fue lo único que pudo decir Francis.
Tras apenas diez minutos de espera, la secretaria le condujo hasta un despacho, donde un hombre trajeado (como no) y de afable sonrisa le esperaba.
-Es un placer poder atenderle –dijo el hombre levantándose y caminando hasta él -. Soy Vicente Fortune.
-Francis Núñez –dijo estrechándole la mano.
-Siéntese. Seré muy breve. Es una suerte que haya venido. El plazo de admisión estaba a punto de cerrarse.
-Sí, por eso he venido con tanta premura. Lo leí en la página.
-Ah, sí. Esa insípida web. Malditos diseñadores gráficos.
-A mi me gustó – dijo Francis-. De hecho, me impactó bastante.
El hombre le miró con cierta sorpresa al tiempo que tomaba asiento.
-¿De veras?
-Sí.
-Pues entonces creo que deberé enmendarme con ellos. Les lanzaré luego una chocolatina –dijo el hombre soltando una carcajada-. ¿Quiere un café o algo?
- No, gracias.
-Está intrigado –dijo el hombre con sus ojos entreabiertos y señalándole con el dedo-. Quiere saber de que va todo esto.
-Pues sí –dijo Francis.
-Un juego, Francis, un juego en vivo. De llevar un cómic a la realidad. Todo formado por personas reales. Sin actores, sin artificios, sin platós. El escenario será Madrid. Las piezas vosotros. Y los únicos platós que habrá, serán vuestras casas. ¿Entiende?
-¿Es como un Gran Hermano?
-No apunte tan bajo, amigo –dijo Vicente riendo-. Aquí no habrá ninguna cámara vigilando a nadie. Esa idea de control a la que aspiran las televisiones es un insulto en nuestra empresa. El objetivo es tratar de proporcionar una experiencia única e increíble a las personas que participen en éste juego. Podría decirse que somos la primera empresa altruista del mundo.
-¿Y en qué consiste?
Vicente soltó una carcajada amigable.
-No vaya tan rápido. Lo primero de todo será determinar cual es el rol al que usted se ajusta más. Lo sabremos tras un estudio minucioso de su personalidad.
-¿No puedo elegir mi rol?
-Tendremos muy en cuenta que es lo que prefiere ser. De manera consciente o inconsciente usted ya tiene un rol prefijado. Le aseguro que no le daremos un personaje que usted ya no haya elegido de una manera u otra a lo largo de su vida.
-¿Y cómo pueden saber en que rol me ubico?
-Usted elegirá en todo momento, Francis. Por mucho que nosotros le ubiquemos en una categoría, usted decidirá en última instancia. Le pondremos en situaciones que sacaran al hombre o al cobarde, al héroe o al malvado, al tipo duro sin entrañas o a la reinona simpaticona y paridera que lleva usted dentro ¿Conoce los comics, Francis? Me refiero a los comics de superhéroes.
-Por supuesto. Me pasé toda mi infancia leyéndolos y escenificándolos por las calles andaluzas de mi pue...
-Entonces conocerá todo el espectro de personajes que hay dentro de ellos. Así que dígame...-el hombre entrelazó los dedos de sus manos-. ¿Qué es lo que usted quiere ser?
Francis guardó silencio.
-Sin miedo, Francis. Sea sincero.
-Creo que... que como todo el mundo, me gustaría ser el héroe...-Francis bajó la mirada llevado por la vergüenza.
-¿Sabe una cosa? De los trescientos cincuenta gandules que he entrevistado a lo largo de las últimas semanas es usted la segunda persona que me lo ha dicho abiertamente.
-¿Si? –dijo Francis sorprendido.
-A la mayoría de la gente no le parece honesto decir que quieren ser el héroe. Les parece más fácil proclamar ser el villano y quedar bien. La gente tiene un miedo irracional a ser el bueno, a que se le exija hacer lo correcto.
-Acarrea más responsabilidad –dijo Francis muy digno. En aquel instante se sentía orgulloso de su valor.
-Ahora, me corresponde a mí, al igual que he hecho con ellos, darle la vuelta a la tortilla, ¿qué le parecería ser usted el villano?
-¿El malo? ¿Yo? –Francis rió.
-Mucha gente lo encuentra divertido. Hacer aquello que los impulsos ordenan. Tomar aquello que anhela el alma humana. Y créame, en este juego, le daremos el poder para conseguir estos deseos malsanos.
-Resulta tentador, pero nunca sería capaz de hacerle daño a nadie. Ni de robar nada que no me haya ganado. Eso sólo lo hacen los depravados y los psicópatas. La gente mala...
-Pero si solo es un juego.
-Ni en un juego, Señor Fortune. Estar aquí para mí no es ningún juego. Sería ponérmelo fácil –bajó levemente la cabeza llevado por la timidez-. Nunca... nunca me lo h-e puesto fácil en mi vida.
-Me alegra oír eso, Francis. No sé si usted llegará a ser el héroe de éste juego, pero desde luego así hablan ellos.
-Gracias.
-Ahora procederemos a los test convenientes, ¿de acuerdo?
- Magnífico.
-Y no se lo cuente a nadie, pero también le probaremos unas mallas –dijo Vicente Fortune guiñándole un ojo-. Esto es un secreto entre usted y yo.

Las pruebas, al contrario de lo que había comenzado a pensar Francis en el despacho de Vicente Fortune, resultaron estar alejadas de toda espectacularidad. De pruebas acordes al mundo del cómic no vio nada en absoluto.
Rellenó un par de test psicotécnicos, una pequeña prueba física en un andador mecánico y a las diez y media de la mañana estaba de nuevo en el despacho de Vicente Fortune.
-Está apto para jugar. Su estado físico es bueno. Aunque le recomiendo que si al final resulta ser el héroe, debería pensar en apuntarse desde hoy en un gimnasio. Los test físicos han determinado que está fofillo.
Francis rió.
-Por supuesto que lo haré –dijo Francis enfático-. ¿Y cuándo sabré cual es mi rol?
-Francis, amigo mío, usted es impaciente como pocos. Debería saber que ningún héroe nace de la nada. Ni un villano. Para ello se necesita un incidente incitador que determine su destino, ¿entiende? Y usted todavía no ha tenido ninguno.
-¿Cómo qué no? –dijo Francis con divertida indignación-. ¿Y mi vida? ¿qué cree que es eso?
Los dos hombres estallaron a carcajadas.
-Es usted todo un diablo –le dijo Vicente Fortune con la cara roja del cachondeo presente.
- Héroe-diablo, por favor.
Volvieron a reír.
-No se preocupe, amigo Francis, la noticia estallará en su cara cuando llegue el momento… créame. Pero recuerde: por mucho rol que establezcamos, por mucho que queramos dirigirle, la decisión final le corresponde a usted. Si quiere ser el héroe, usted será el héroe. Pero si quiere ser el villano y hacer malignidades por ahí también podrá.
-Entonces le ahorraré tiempo. ¡Yo soy el héroe que andan buscando! No hay vuelta de página, Señor Fortune. Deme telarañas y escalaré las torres Kyo y las enderezaré.
Vicente Fortune se echó a reír.
-Es incisivo e implacable, ¿eh?
-Póngame a prueba y lo comprobará.
Vicente Fortune se levantó y caminó hasta un mueble situado al lado de la ventana de su despacho. Abrió un cajón. Francis miró a Vicente intrigado. Desde donde estaba no podía ver que era lo que sacaba el intrigante Vicente Fortune.
Por suerte, el suspense duró poco porque Vicente se volvió hacia él y se lo mostró en su plenitud. En sus manos llevaba una pequeña caja fuerte de acero blindado. Vicente se sentó sobre la mesa de su despacho, justo delante de Francis.
-Esto es para usted –dijo Vicente dándole la caja.
Francis la cogió. Comprobó que al contrario de lo que había pensado al verla, ésta no pesaba nada.
-¿Qué hay? ¿Dinero en efectivo?
Vicente Fortune rió.
-La dirección de un ex policía y algunas instrucciones para el comienzo del juego.
-¿De un ex policía?
-Ajá.
Francis le miró desconcertado.
-La necesitará llegado el momento.
-¿Y por qué no me la da ahora? ¿Y por qué la dirección de un ex policía?
-Se trata de otro jugador de este juego. Quizás le conozca a lo largo de su misión o quizás no. Nuestro objetivo es únicamente crear lazos sutiles entre los jugadores y dejar que la suerte decida. Le prometo que lo entenderá todo en el futuro. Escuche con atención, amigo Francis. La noche en que le estalle la noticia, inmediatamente después, recibirá en su móvil un mensaje. El mensaje le dará el código que usted necesita para abrir esta caja fuerte.
-Entiendo.
-Lleve la caja fuerte siempre con usted. Por esa razón es tan pequeña. Ni se le ocurra dejarla en casa.
-¿Ah no?
-Siempre con usted, Francis. Cómprese un bolso o una gabardina multiusos, lo que quiera. El juego puede estallar en el momento más imprevisto. No querrá que las llamas de la noticia le pillen bragas, ¿no?
-Ja,ja,ja no.
-Un placer, Francis –dijo Vicente al tiempo que le estrechaba la mano-, y buena suerte.
-Gracias. La tendré.

Abandonó el edificio y durante unos minutos permaneció con su vista fija en la calle, en los coches, en los transeúntes... Se sintió por encima de todo eso. De esa forma de vida impuesta que sólo convencía a los holgazanes y a los cobardes. Como diría el marine de una película bélica, era una vida que ya no hacia que se la pusiera dura. Cerró los ojos y se embriagó con la sensación. Quizás encontrara una salida, quizás le dieran la llave para escapar de todo aquello.

Localizó un gimnasio no muy lejos de su casa e ingresó en él como si de una hermandad sectaria se tratara. Iba a ponerse fuerte como un roble. Sus enemigos pronto aprenderían a temerle.
-A trabajar, ¿eh, amigo? –le dijo uno de los monitores al verle entrar por segunda vez en el mismo día. El joven juntó sus dos brazos en una muestra de supremacía muscular.
-Sí.
-No sea primo y venga a la sesión de Spinning de las ocho. Es cuando están todas esas quinceañeras modorronas. No querrá perdérselo, ¿verdad?
-Váyase a tomar por culo.
El monitor le miró perplejo.
-Vengo a ponerme en forma, no a pajearme.
-Oiga, no es para ponerse así...
-¡Qué se vaya a tomar por culo he dicho!
-Enseguida, enseguida –dijo el monitor con voz débil y sumisa.
Las dos semanas siguientes, Francis cumplió taxativamente su horario de flexiones, abdominales y golpes certeros al saco de boxeo (y al monitor también).
Su esposa no salió de su asombro. Su marido, que días antes había sido un busto delante del ordenador de su casa, siempre omnipresente, había desaparecido casi por completo de su vida. Las pocas veces que le veía aparecer por ella, percibía algo diferente en su actitud. Francis estaba más despierto. Más enérgico. Desayunaba, comía y cenaba junto a ella y a sus hijos... y lo más sorprendente, hablaba con ellos. Isabel comenzó a temerse lo peor. Una aventura con otra. La caída al abismo de su hasta entonces pasivo marido.
Sólo Dios podía salvarles de aquella situación, pensó. Cada noche, con disciplina militar Isabel rezó tres Ave Marías y un Padre Nuestro.

Fue a media tarde de un sábado, en el instante en que se disponía a correr unas vueltas alrededor de su calle, cuando Francis se topó con el cartero. Éste le hizo entrega de una carta enviada por correo urgente. Francis al abrirla, vio el logotipo de la empresa:
Túvidaencómic S.A
Sintió como su pulso se descontrolaba. La carta comenzó a moverse en pequeñas vibraciones. Francis la leyó con avidez.

Un escenario para usted. Acuda al:


Miguel Fernández 81-87Distrito público de Alcorcón 08903 (Madrid)España.

Notó que el sobre aún pesaba. Lo abrió del todo y vio que al fondo había una tarjeta llave. La sacó y la miró con curiosidad. Con una gran excitación recorriéndole el cuerpo, fue hasta su habitación y cogió el pequeño bolso que se había comprado para guardar la caja fuerte. Debía seguir el consejo de Vicente Fortune de llevarla siempre consigo. Miró su móvil. Aún no había ningún mensaje. Se encogió de hombros. La hora de abrir la caja no había llegado aún pero al menos había un rastro que seguir y eso no era moco de pavo.
La nueva dirección le llevó hasta una zona industrial abandonada, concretamente una planta química. Pensó que debía tratarse de un error. Sin embargo eso mismo era lo que había pensado semanas atrás ante las lujosas oficinas. Le sorprendía la versatilidad de aquella gente: como si nada, podían pasar de los lujosos edificios de oficinas a las ruinas urbanas de zonas desmilitarizadas.
Trepó la verja de la planta química con suma facilidad. Francis dio gracias a su gimnasio. En el interior, la desolación más absoluta le saludó. Lo único que alcanzaba su vista era suelo polvoriento y cristaleras sucias tras años de completo abandono. Todo indicaba que las ratas y demás alimañas se lo habían montado a lo grande allí desde hacía tiempo. Asqueado, se recorrió la planta química, en busca de alguna pista pero los resultados fueron infructuosos. Allí no había ningún sitio para esconder objetos o acertijos. Estaba apunto de dar por terminada su estúpida excursión cuando se percató de un mueble que había permanecido inadvertido para él hasta el momento. Un mueble grande que contrastaba de forma absoluta con la estética del lugar. En él, no se veían signos de vejez en la madera. Sólo una pequeña capa de polvo cubría su superficie. Francis dictaminó que debían de haberlo puesto allí no hacia mucho.
Al empujarlo, reveló detrás de él la existencia de una puerta metalizada y con una ranura electrónica a su lado. Nervioso, sacó su tarjeta llave. Con delicadeza la introdujo en la ranura. Cerró los ojos, incapaz de ver por el mismo las malas noticias...
Que esa tarjeta ahí era tan inservible como una moneda de cien pesetas en una máquina de refrescos.
Oyó un clic. Francis abrió los ojos sorprendido. Ante él quedó la oscuridad y los peldaños de unas escaleras que descendían. Alzó la mano hacía la penumbra, en busca de algún interruptor. Sólo palpó trozos de yeso corrompido. Con oscuridad o sin ella, nada iba a detenerle. Empezó a bajar hasta llegar a un pequeño pasillo que tuvo que recorrer usando como guía las paredes. Tuvo suerte, porque no tardó en palpar un interruptor. La luz se hizo y vio una puerta.
Cuando la abrió, quedó boquiabierto. Se había metido sin saber como (sí que lo sabía, en realidad, ya lo creía que lo sabía) en un arsenal de alta tecnología. Estaba casi sepultado por armas de todos los tamaños y clases. Y no eran armas cualesquiera. Aquello parecía algo sacado de una revista de ciencia ficción. Auténticas rarezas espaciales. Armas computerizadas y luminosas. Sobre la mesa, Francis vio varios cascos. Cascos de visión infrarroja (el sueño de todo buscafaldas). Ojos artificiales ajenos a un mundo de muros y paredes. Francis se los probó y de inmediato quedó constancia del número exacto de ratas y cucarachas que aguardaban fuera de la habitación. ¡Qué pasada!
Sobre la mesa había una hilera de extrañas pulseras que le llamaron la atención. Todas tenían un círculo rojo en el centro. Se probó una y la observó con detenimiento. Apretó el botón rojo y salió disparada una aguja a velocidad subsónica que se clavó en la pared. Francis soltó una risa infantil. -Guau.
Al abrir el único armario que había en la habitación, sus ojos se abrieron de par en par. Los colores llamativos de las mallas se reflejaron en sus ojos. El traje de un superhéroe. No un disfraz o una imitación de carnaval. Un auténtico traje resplandeciente.
-Joder –dijo con la mirada perdida.
Durante las tres horas siguientes Francis llegó a probar de una manera u de otra cada uno de los cachivaches que había allí. Con aquello en su poder, el indeseable que se atreviera a hacerle frente lo iba a tener muy crudo. Encontró también un inventario de todas las armas. Francis lo leyó varias veces pues creía conveniente documentarse todo lo posible de lo que estaba en su poder.
13) Rifle de plasma.
14) Táser.
15) Granadas de humo.
16) Gafas de visión nocturna.
17) Arma Trepamuros.
18) Dardos somníferos.
19) Sniper scoop.
20) Ballesta méxicana.
21) Inyector paralizador.
22) Bladrranner inyector.
23) Chalecos antibalas
24) Chalecos antiplasma.
25) Cascos Ernett Wilson.
El último elemento de la lista le dejó sin respiración.
43) Traje de invisibilidad.
Era el único elemento que aún no había encontrado y no se trataba de un lanzador de discos o de un dispositivo de luces molón. Aquellas mierdas no tenían ni un polvo con el elemento número cuarenta y tres de aquella lista. Era un traje de invisibilidad, maldita sea. Debía encontrarlo.
Prototipo experimental militar. Traje polimimético compuesto de Nanopantallas y nanocámaras. Sistema de espejos. Grabación del entorno y envío posterior de la señal a las nanopantallas. El traje refleja el entorno y se mimetiza con él.
Francis se dio cuenta de que estaba delante del sueño de la infancia de cualquier mortal. Y no sólo de la infancia, era el sueño húmedo de todo aquel que no tuviera horchata en las venas. Sería muy negligente con la humanidad si ignoraba el tesoro que había allí.
Tardó una hora en caer en la cuenta de porqué no había logrado encontrar el maldito disfraz. No había podido porque la gracia del asunto estribaba en eso, el traje era invisible. Empezó a palpar cada recoveco de la habitación, desesperado.
Sobre una percha vacía, situada al lado de la puerta, sintió una extraña sensación. Algo similar a cuando se toca la pantalla de un televisor apagado. Aquello que parecía electricidad estática podía ser el traje. Sí, maldita sea, claro que sí.
Francis, nervioso, alzó sus manos para sentir ese tacto. Vio como sus manos desaparecían al envolverse por completo en la tela invisible.
Vaya que si funcionaba aquella mierda.
¿Cómo era posible? ¿Cómo diablos había podido inventarse algo así sin que intervinieran los poderes mediáticos para informar a los hombres ordinarios, a funcionarios como él, de tal evento? Con ese traje, podría ayudar a la policía en labores imposibles para ellos. Se convertiría en el mejor agente infiltrado del mundo. Cualquier misión sería una minucia para él.
Francis se levantó del suelo, alejándose del traje, consciente de toda la absurdez que le envolvía…como si acabara de aterrizar de lleno en un episodio de En los límites de la realidad. Tuvo miedo. En un acto reflejo, Francis metió la mano en su bolsillo y sacó su móvil en busca de algún mensaje por parte de Vicente Fortune. El podía darle respuestas ante toda aquella incertidumbre.
¿Era el héroe ya? Había encontrado el traje, tenía que serlo...
¡¿Podía abrir la maldita caja fuerte de una vez?!
Necesitaba que algo que pudiera clarificarle todas aquellas cuestiones. Su móvil permanecía inerte, ajeno a sus interrogantes.
Francis miró la hora de su reloj. Se sorprendió de lo tarde que era. No quería preocupar innecesariamente a su familia por lo que cogió la pequeña y desde hacia unas semanas inseparable caja fuerte y se acercó a la puerta de salida. Al hacerlo echó un largo vistazo a arsenal de la habitación. Se sorprendió de todo el poder que había allí dentro reunido y de lo que podía hacer si se lo propusiera. Ahora, en aquella noche.
Sintió como su vientre cobraba vida propia y de como su pulso se descontrolaba. Lo que sentía era demasiado poderoso como para atreverse a hacer algo aquella noche. Entre sudores fríos, Francis le dio la espalda sus nuevos juguetes.
Sería buen chico.
Hasta que no recibiera el mensaje con el código de la caja fuerte, no haría nada.
Una vueltecita con el traje de invisibilidad.
No... No se lo había ganado.
Vamos, ¿quién se va a enterar?
Aún no era el héroe. No podía hacerlo.
¿Quién se va a enterar, si eres invisible?
¡No! Francis apagó la luz y cerró la puerta de la habitación de golpe. Así era como actuaban los héroes.

Bajo las amarillentas luces de las farolas de su calle, a cien metros de su casa, Francis oyó un pitido. Su mirada, fija en ese momento en las ventanas iluminadas de su habitación (Francis se imaginó a su esposa recién salida del baño tras una ducha y cambiándose de ropa), bajó directamente a su bolsillo. Francis se detuvo de súbito. Su corazón latía desbocado.
Sacó su móvil y lo miró. Leyó el ansiado mensaje:
Código: 42178
Comienza el juego.

Incapaz de esperar, se acercó a un muro y allí mismo con ansiedad enfermiza, abrió la caja fuerte.
Miró su interior y lo que vio era decepcionante. Dos objetos anodinos. Una carpeta y una pequeña radio. Malhumorado, los sacó de la caja y de forma simultánea, aunque de mala gana, abrió la carpeta y encendió la radio. La frecuencia de la policía se alzó sobre él.
Grupo de individuos fuertemente armados en el aeropuerto. Repito, grupo de individuos armados en el aeropuerto... Armas desconocidas y de gran destrucción. Vestimentas pseudofuturistas. Posible grupo de psicóticos suicidas. Que no se acerque ninguna unidad a la zona o empezaran a matar rehenes. Repito, que ninguna unidad se acerque...

Sin dejar de escuchar la radio, Francis miró las hojas de la carpeta.

Concursante número 6: Joaquín Almeida Cantabros. Ex teniente de la policía. Brigada de explosivos. Casado y con hijos. 45 años.
Misión: Crear incidente para el héroe...


El documento terminaba con un último mensaje:
¿Héroe? ¿villano? Decide usted.

...Repito, a todas las unidades, nadie puede ser visto. Necesitamos una táctica de infiltración. Necesitamos un equipo de infiltración....

Apartó la mirada del móvil. Su casa, su habitación iluminada volvió a sus ojos. Sólo fue durante un pequeño instante porque segundos después toda la estructura desapareció en una enorme explosión. Francis fue lanzado con fuerza hacia atrás. Trozos de cristales le llovieron por encima. Entre gemidos de dolor, Francis levantó la cabeza y vio la llanura de llamas en la que se había convertido su casa.
Su casa…
...equipo especial urgente. Necesitamos controlar la situación...
Francis parpadeó varias veces...sin dejar de mirar las llamas. Desorientado por completo…
¿Qué había ocurrido?, se preguntó.
Al bajar la cabeza y mirar de nuevo las hojas, encontró la respuesta…
¿Héroe? o ¿villano? Decide usted.
Su incidente incitador.


FIN


miércoles 16 de julio de 2008

AMIGA OSCURIDAD







El último e-mail que tenía en mi lista aquella mañana se anunciaba con la palabra Advertencia, escrita en mayúsculas. Mi ordenador verificó que no había ningún virus en el interior de aquel alarmista documento por lo que cliqueé en él, adivinando con antelación de que trataba: otro aviso altruista sobre uno de esos virus que flotaban de forma impía por la red. Mis pronósticos resultaron no estar demasiado alejados. Se trataba de un virus, aunque no del tipo que yo había pensado.

Aviso urgente.
A las 12 de esta noche se disparará una peligrosa sustancia sobre la ciudad que acabará con un sesenta por ciento de la población. Se trata de un virus sumamente letal, que ha sido probado en algunas sociedades occidentales con “notables” éxitos. Aunque también es cierto, que un pequeño porcentaje de los expuestos serán inmunes al virus como así ha ocurrido en anteriores casos.
El virus actúa seis horas después de que uno haya sido expuesto. Si usted a las seis de la mañana del sábado siente un ligero picor en los ojos, eso significará que está infectado. El picor se irá acrecentando hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque! Si lo hace no parará.
Pasa este mensaje a tus amigos. Advierte de que esta noche puede ser la última.
Y si puedes alejarte de tu ciudad, hazlo.
Avisa a tus amigos.
De Gregorio.
PD: Buena suerte.

Escupí la leche sobre el teclado y estallé a carcajadas. Volví a leerlo, deleitándome en cada frase, en cada sutil matiz, en cada significado. Malditos internautas. ¡¿Por qué Diablos no follaban?!
Lo leí por segunda y tercera vez. De repente, en mi cabeza, al igual que un abanico, se desplegó de repente el loco pensamiento de: ¿y si fuera verdad?
Reí de nuevo. ¡Qué locura era esa!
Al tiempo que seguía riéndome, me levanté de mi silla y encendí mi televisor para ver
(las noticias)
los dibujos.
Ahí estaba Goku y su trouppe tan feliz como siempre (desde hacia casi veinte años en las televisiones españolas). Pasé los distintos canales para ver más noticias.
¡Qué país! Nada de noticias aún. Sólo dibujos y dibujos.
Apagué la tele y me preparé para irme a clases.

Llegué a mi casa a las dos de la tarde. En la cocina estaba mi hermana y mi madre hablando de sus cosas. Las saludé con ese automatismo que siempre queda tan bien con los familiares y fui a mi habitación. Me despojé de mi maleta y de la ropa del insti,. En el salón estaba mi viejo veía las noticias.
-¿Algo nuevo en el mundo, papá? –pregunté por preguntar.
-Pues malas noticias disfrazadas de noticias no tan malas y que no incitan a preocupaciones verdaderas...
Puse los ojos en blanco de forma imperceptible.
- ...el mundo sigue girando, al fin de cuentas.
-Y gira, papá, gira –repuse yo divertido.
-Bueno, ¿qué? ¿Esta noche te quedarás a ver el partido de los Grizzlis conmigo?...–me preguntó mi padre dándome una palmada en el muslo.
-¿A las cuatro de la mañana?
-Claro.
-A comer –gritó mi madre desde la cocina.
-Creo que no –dije esbozando una sonrisa al tiempo que me levantaba- Pero gracias por la invitación, papá.
- Tú te lo pierdes, idiota.

-Mañana hay parrillada familiar... –me informó mi madre mirándome fijamente desde el otro lado de la mesa-....Te aviso ya para que no hagas planes.
Me llené la boca de aire y solté un resoplido.
-¿Mañana?¿Dónde? ¿A qué hora?
Mi madre, a su vez, dio también un resoplido.
- ¿Vas a poner pegas tan pronto? Iremos al campo, como siempre.
- ¿Y quién va a ir?
- Paco, Tus tías, tus primos, tu abuela....
- Y bueno... –dije mientras daba buena cuenta del filete de mi plato-. ¿Habéis oído algo extraño en las noticias?
Ninguno de mi familia levantó la mirada de su plato. Por lo visto estaban curados de espantos por mis continuos comentarios que no llevaban a ninguna parte. Una lastima.
-... No sé, algo de un virus raro...¿eh, papá?
Mi padre levantó la mirada.
-¿Un virus?
-¿Sí?
-No –dijo con cierto desconcierto mientras masticaba.
Con esa respuesta me daba más que satisfecho. Tras el almuerzo decidí acudir a mi cama para dar a mi cuerpo lo que ansiaba en aquellos instantes: siesta de dos horas, con prorroga incluida si el gandulismo llamaba a la puerta. Y por lo que se ve si que llamó ya que hasta las seis no fui más que un forúnculo mullido y calentito en mi cama.
Me desperté y de la cama caí a la silla que había delante de mi ordenador.
De manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia de aquella mañana. Volví a leerlo.

A las 12 de esta noche se disparará un peligroso virus... ... sumamente letal...
....seis horas después de que uno haya sido expuesto.
.... un ligero picor en los ojos...
... hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque!
Cerré el mensaje y apagué el ordenador.
Después de una velada en el cine y una improvisada cena con los amigos, llegué a mi casa a las once de la noche. Saludé a mis padres que veían una peli en el salón, después a mi hermana al pasar por delante de su habitación y finalmente entré en la mía. Cerré la puerta y encendí la minicadena para deleitarme de los últimos temazos musicales. Tararee las tres canciones del Canto del loco que sonaron de forma consecutiva y con toda justicia, pues para mí eran lo más cañero desde Iggy Pop y su séquito de impresentables, y me senté de nuevo ante el ordenador. Me conecté en el chat y abrí mi bandeja de mensajes como era tradición. Leí los nuevos mensajes y después, otra vez de manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia para leerlo una vez más. No entendía, ¿por qué Diablos le estaba dando vueltas a ese estúpido asunto? Una estúpida y absurda broma de friquis de inernet.
¿Debía avisar a mis amigos? ¿Debía enviarles el mensaje?
Ni de coña, colega.
A las 12....
.... un peligroso virus sobre nosotros...
Miré el reloj. Eran las doce y diez.
Si ese era el fin del mundo ya poco podía hacerse, jajajajaja, pensé divertido.
Encendí la tele e hice un pequeño zapping rutinario con el mando. Sólo había programas de salsa rosa, del tarot y películas cutres.
(Buena señal)
Me levanté y caminé hasta la ventana de mi cuarto. Miré la calle. Por un momento había temido encontrarme con la estampa de ver una humareda extraña recubriendo las aceras y las carreteras. Emanaciones gaseosas y verdes avanzando implacablemente por la ciudad. Pero por suerte allí afuera no había nada característico de película de zombis. A pesar de ello, decidí no abrir la ventana...
Quien sabía...
...Siempre entraban mosquitos molestos por la noche.
Ja,ja,ja,ja,ja,ja, Mañana me reiría de todo aquello.
Seguro, dije sonriendo y volviendo al ordenador. Decidí apagarlo y acostarme. Tenía unas ganas tremendas de que amaneciera y estar ya en aquella maravillosa parrillada familiar. No veía la hora de ponerme ciego a base de chuletas y chorizos, y además, seguro que mi primo se traía a su novia, con la cual me podía poner también ciego sólo con mirarla. Me sentía casi como un niño de ocho años en la víspera de los Reyes magos.
Me metí entre mis sábanas y apagué la luz. La oscuridad me envolvió. Todo sería muy sencillo. Sería cosa de cerrar los ojos y ¡voila! ya estaría en el día siguiente. La luz del sol saludándome, cegándome y calentando mi rostro a la vez. Obligué a mi corazón a calmarse con una respiración profunda y pausada. Noté como el acelerado ritmo iba cediendo, templándose. No había motivos para estar nervioso, me dije. Solo era una noche normal y corriente. Un viernes en el que se había acostado más pronto de lo habitual. Sólo eso.
Cambié de posición, mirando esta vez a la pared. Cerré los ojos y volví a obligar a calmar a mi corazón pues el simple movimiento que acababa de hacer acababa de desbocarlo sin razón aparente. Respiré de nuevo de forma rítmica. Despejé todo pensamiento posible en mi cabeza. Cada imagen que me llegaba tras mis párpados era rechazada de forma sistemática, evitando así que me llevara a pensamientos y que de ese modo mi corazón volviera a ponerse en marcha.
...seis horas después de que uno haya sido expuesto.
Sin poder evitarlo abrí los ojos. Encendí la luz de mi reloj para ver la hora.
Las 12:30.
Solté un bufido, molesto por mi gilipollez.
¡Duérmete ya de una vez, coño!
Cerré los ojos otra vez. Respiración tranquila, corazón relajado, mente despejada.
Al poco rato, mi cabeza se hundió cada vez más en la almohada, sucumbiendo al sueño, al plácido sueño.
Lo estoy consiguiendo.
Me dormí.
Recuperé la conciencia y calculé que ya deberían ser las siete o a las ocho de la mañana. Tenía la sensación de haber dormido durante horas. Sin embargo, no noté ninguna luz tras los párpados. Me extrañó que no hubiera amanecido aún. Abrí los ojos para mirar la hora y cuando lo hice, mi corazón volvió a hacer de las suyas. Una completa desolación me inundó. Eran tan sólo las dos de la madrugada.
Miré al techo con indignación.
Cerré los ojos y retomé mi técnica de relajación que tan buenos resultados había tenido la anterior vez.
Venga, vamos allá.
Tras los párpados, la imagen de una humareda blanca llenando las calles acudió a mí. Vi unos contornos oscuros tras el humo. Siluetas de personas caminando. Un sonido muy real de pasos llegó hasta mis oídos. Una fuerte sensación de vértigo me atenazó. Abrí los ojos con el corazón desbocado.
¡Joder!
Me incorporé y me volví hacia mi ventana. La luces de las farolas iluminaban mi escritorio. Abandoné la cama para comprobar que todo estuviera en orden. Llegué hasta la ventana y miré por ella.
Regresé a mi cama sintiéndome como un gilipollas.
¿Qué coño me ocurría? Me estaba comportando como uno de esos idiotas de internet que tanto despreciaba. ¡Si las noticias, ni los periódicos habían dicho nada! Me estaba obsesionando sin razón por un mensaje por un maldito mensaje inventado por un gordo gilipollas.
Al cerrar los párpados decidí evocar a algunas de las chicas que me gustaban del insti. Me di cuenta poco después, de que aquello no ayudaba nada para poder dormirme. Eran las dos y media. Regresé a la antigua técnica de relajación. El cansancio no tardó en llegar.

Una hora después estaba mirando otra vez mi reloj. Tenía de nuevo la extraña sensación de haber dormido más de lo que había dormido en realidad. Mi corazón palpitaba con fuerza ante el horrible pensamiento que me sobrevino de repente.
Dentro de tres horas los efectos...
Joder.
Abandoné mi cama y caminé hacia la puerta. Haría dos cosas: mear y después beber algo de agua (para compensar la pérdida, jajajajaja, seré chistoso). Al abrir la puerta vi la luz del televisor del salón relampagueando por el pasillo. Me llegó el ruido de los Knicks y los Grizzlies jugando, y al comentarista, enfático lanzando ingeniosas perlas. Me metí en el baño y le di agua al canario, tal y como decían los vejestorios.
Entré en el salón y vi a mi padre echado en el sillón con una manta encima. La luz del televisor me reveló que estaba despierto. Le saludé.
-¿Qué haces despierto? –me preguntó con voz apagada.
-Voy a beber agua.
-Ajá –se limitó a decir.
Llevé el vaso de agua hasta el salón y me senté en el sillón que estaba vacío. Me lo bebí mientras miraba el último tiempo del partido. Lentamente me acosté en el sillón y cerré los ojos, dejando que el ruido de la tele, hipnótico para mi, hiciera el trabajo de llevarme hasta el amanecer.
Soñé que estaba en mi cama y que sin previo aviso me despertaba por una desagradable sensación de humedad en mi cara. Encendí la luz y comencé a palpármela con cuidado. Mis dedos se humedecieron también. Alejé mi mano y pude ver mis dedos recubiertos de sangre. Abrí los ojos del todo, asustado. Miré mi camisa y las sabanas que tenía encima. Estaban manchadas de sangre. Volví a llevarme las manos a la cara. De mi nariz manaba sangre de forma profusa. Me agarré fuertemente la nariz . Enseguida noté como el dorso de mis manos se mojaba también. No me salía sólo sangre de la nariz, sino también de los ojos. Estaban húmedos como cuando las lagrimas los anegan y te impiden ver. Sólo que no eran lágrimas. Solté la nariz y mis manos fueron a los ojos. Dominado por el pánico, grité.

Al abrir los ojos, vi a mi padre y a mi madre delante de mí. Me incorporé sorprendido.
¿Era de día ya?
Caí en la cuenta de que estaba en el sillón del salón, no en mi habitación.
- Mamá, ¿qué haces levantada? –le pregunté con preocupación.
Irónicamente, la que estaba preocupada era ella.
- Me han despertado tus gritos, cariño...-dijo ella. Me tocó la frente-. ¿Estás bien? ¿Un mal sueño?
Asentí con la cabeza. Mi padre rió.
-Ya eres mayor para tener pesadillas.
Al mirar a mi padre, una sensación de vértigo hizo vibrar mi cuerpo. Se me hizo un nudo en la garganta. Sus ojos estaban rojos.
-Papá...
-¿Sí?
- ¿Qu-é hora es? –fue lo único que acerté decir.
¡Sus ojos!
- Casi las cinco.
- ¿Por qué tienes los ojos así?
- ¿Así? ¿Cómo?
-Rojos.
Mi padre se llevó una mano a ellos.
-Ah, no sé –dijo sin más. Se limpió una lágrima con el dedo-. Será algún mosquito.
-¿En los dos?
-Pues alergia.
-¿Te pica? –le pregunté.
-Sí, un poco.
Mi padre se volvió a llevar la mano a los ojos e hizo el ademán de ponerle remedio a lo que yo le acababa de hacer consciente.
-¡No! –grité.
Mi padre y mi madre me miraron con sorpresa, paralizados como estatuas.
-No te rasques. Es malo.
Mi padre soltó una risa. Mi madre le miró.
-Sí, tiene razón –dijo ella dándole una suave cachetada en las manos de mi padre-. No te rasques.
-Vale, vale –dijo él-. Me iré a poner algo de agua.
-Eso está mejor –mi madre me miró-. Cariño, ¿por qué no te vas mejor a la cama?
Miré el reloj de mi muñeca. Las cinco.
-Vale –dije débilmente.
Mi madre me acompañó a la habitación y como a un niño de cinco años, me ayudó a arroparme, algo que dadas las circunstancias estaba lejos de importarme. De hecho, lo agradecí con enormidad.
-Hasta dentro de unas horas –dijo mi madre sonriéndome y tocándome la frente con suavidad.
-Si.
Me dio un beso y apagó la luz. Volví a quedarme solo lo que hizo que un escalofrío recorriera mi asustado cuerpo. Me palpé la cara en busca de humedades extrañas o algo fuera de lugar pero todo estaba bien. Sano y salvo, como si dijéramos.
Una hora. Una hora para saber si ese e-mail era verdad o no. De repente me sorprendí con el pensamiento de si llegaría a estar mañana en la parrillada.
Claro que vas a estar ahí mañana. Claro, me repetí. Sólo había sido un sueño, ¿no?
Esbocé una sonrisa e intenté evocar cosas agradables. Dulces mentiras que me ayudaran a conciliar el sueño.
Mi padre tenía los ojos rojos...
La sonrisa se volatilizó.
¿El viejo estaría bien? ¿Estaría rascándose?
Abandoné la cama y corrí hasta el salón. Los sillones estaban vacíos. Al parecer mi padre se había decidido finalmente por la cama de su habitación. Regresé al pasillo con paso directo hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba cerrada. Me mordí el labio inferior, dudando si entrar y comprobar si mi padre estaba bien. La idea de irrumpir no me gustaba nada. ¿Y sí estaban bien? ¿qué pensarían mis padres al verme entrar como un psicópata de pacotilla? Y más, después de lo que había ocurrido. Con total seguridad me tomarían por un loco.
Apoyé el oído en la puerta, esperando oír algo. Tuve la absurda idea de que tal vez podría escuchar a mi padre rascarse los ojos, pero no me llegó ningún sonido. Tampoco de gemidos, ni lloros. Di media vuelta y regresé a mi habitación.
Las cinco y veinte marcaba mi reloj. Ni en broma quería estar despierto cuando fueran las seis. Tenía la certeza de que si lo estaba, la sugestión irrumpiría y no tardaría en empezar a rascarme los ojos.
Mi padre estaba bien, lo de antes había sido una pesadilla...
No ocurría nada, coño...
No quiero estar infectado, afirmó mi mente tan afilada como un cuchillo
El pensamiento me hizo abrir los ojos otra vez. El miedo presionó mi nuca. Hice el esfuerzo de volver a cerrar los ojos. Tomar el control del asunto. Quizás fuera uno de los inmunes, quizás no me pasara nada. Siempre había sido de los afortunados. Siempre aprobaba los exámenes sin apenas haber estudiado, ¿no?
No había nada de lo que preocuparse.

Oí el sonido de los pájaros fuera.
Era la llamada del amanecer. Era eso y sólo eso, maldita sea.
Noté como de forma inconsciente los músculos de mi cara se movían lentamente. Esbozaban una sonrisa. ¡Una sonrisa! Abrí los ojos aunque costó lo suyo ya que los tenía pegados de legañas...
¿Había llorado durmiendo?
Una tenue luz azul bañaba mi cuarto. Con la vista borrosa intenté descifrar la hora de mi reloj. Hice varios intentos hasta que lo conseguí. Lo que vi me alegró aún más.
Las siete y veinte.
¡Lo había conseguido!
¡Qué ridículo había hecho durante toda la noche, Dios!, pensé.
A quien le importaba el ridículo. Lo primordial era que ese sábado asistiría a la barbacoa y pasaría un buen rato junto a mis familiares. Si, maldita sea.
Aunque lo primero era dormir un poco y en completa paz. Después de todo me lo merecía. Cerré los ojos, agarrando con fuerza a la almohada. Me centré en el cálido sonido de los pájaros, en los pocos coches que pasaban, en el chico del pan gritando al de la tienda de al lado.
Un pequeño cosquilleó se deslizó sobre mis pestañas y de ahí a la parte superior del párpado. Abrí los ojos muy despacio. La sensación desapareció. Me volví a sumir en la oscuridad, a sabiendas del poder de la sugestión. Después de aquella noche, no iba a echármelo en cara. El cosquilleo regresó de la misma forma, de las pestañas como si alguien las moviera suavemente, al párpado...
Mera sugestión.
En el párpado, el cosquilleo se transformó en calor..
Sugestión...
Poco a poco iba sintiendo el peso del sueño en mi cabeza.
...Del calor a una presión...
Sugestión...
Empezó a ser molesto. Imaginé un dedo hundiéndose en el globo, arañándolo con suavidad. Abrí los ojos y dos pequeños ríos de lágrimas descendieron de forma transversal por mi cara hasta llegar a mi almohada. No pasaba nada. Se debía a la alergia primaveral. El escozor comenzó a intensificarse y mis ganas de tranquilizarme también. Era una lucha a brazo partido entre la molestia y el mantener el control.
Cerré los párpados con fuerza, apretándolos todo lo que podía. El escozor venía tanto del interior como del exterior del párpado. Se iniciaron fuertes pulsaciones provenientes de mis dos ojos. Comencé a sollozar, alarmado. Mis manos acudieron en mi ayuda. Como lapas se clavaron en mi cara. Las cálidas lágrimas mojaron mis palmas. Me grité a mi mismo a que no me rascara. Mis manos se apretaron con fuerza a mis ojos en un vano intento porque el escozor se mitigara. Era como si algo quisiera salir y entrar en mis ojos al mismo tiempo. Pequeñas agujas que se clavaban una y otra vez, arriba y abajo, derecha e izquierda. Sollocé con fuerza. Quería que acudieran mis padres a socorrerme, pero no me atrevía a gritar. Los dedos de mi mano, hasta el momento extendidos sobre mi rostro se curvaron y mis uñas se clavaron en mi piel.
¿Había llegado la hora del rasca y rasca?
Mis dedos, mis uñas, comenzaron a bajar desde la frente.
¡No te rasques! ¡Ve al baño y lávate los ojos!
Sí.
Rasca
Hice el ademán de poner el pie en el suelo, pero los pinchazos se intensificaron.
Tenía que rascarme. Era imposible no hacerlo. La urgencia de los calientes y lacerantes picores dentro y fuera del globo ocular era demasiado tentadora como para ignorarla.
Iba a ser delicioso hacerlo. ¡Poner remedio a esas malditas cosquillas!
Grité. Llamé a papá. Llamé a mamá. Llamé a mi hermana. Llamé incluso a mi hermano Paco, que desde hacia tres años no vivía con nosotros. Ninguno acudió. La luz azul del amanecer, presente en mi cuarto desde hacía unos minutos, se tiñó de rojo al salir el sol en su esplendor. Las uñas alcanzaron mis pupilas. Empezaron a moverse ansiosas. Un frenesí enfermizo que me sorprendió se hizo cargo de todo.
Rasqué y rasqué.
Y lo que sentí durante esos breves instantes iniciales fue completamente maravilloso.

FIN.