martes 20 de octubre de 2009

AFÁN DE SUPERACIÓN.

















Desde siempre me han encantado las historias de superación. Creo que no hay nada que nos brinde tanta energía positiva de una forma tan gratuita y generosa como ese tipo de relatos.
No quisiera parecer uno de esos cínicos pesimistas que rondan por ahí y que por su creciente número cualquiera diría que parecen que están en rebajas, pero mi impresión de la vida es que es un lugar gris y tenebroso. Incluso diría, y os perdono la mofa, que la vida es un lugar legañoso. Cada mañana nos despertamos de la cama anhelando el momento en que volveremos a ella, ¿puede haber algo más legañoso que eso? Lo cierto es que no queremos saber muchas cosas del mundo. Nos basta con saber que por la noche, la cama y la almohada estarán en su sitio, esperándonos como devotos amantes. Sin embargo, cuando una de estas historias caen en mis manos… Oh, chico, las camas se pueden ir con la música a otra parte, que a mi ya no me encandilan con sus artes nocturnas.
Cuando leo sobre uno de esos personajes que en un momento dado deciden darlo todo, plantar cara y hacer frente a las adversidades de la vida con auténtico fervor, siento auténtica ternura por el mundo en el que habito. Personajes que no se resignan a las despiadadas leyes de su entorno, que no aceptan su destino porque sí, sino que lo marcan como sólo los auténticos héroes saben hacerlo. Luchan, muerden y matan por conseguir todo aquello que consideran suyo. Creo que esas son las historias que valen la pena en la vida, las que realmente inspiran a los demás y les animan a querer vivir un día más... A querer levantarse de la cama.
La historia que quiero contar es más o menos de ese tipo… Es algo verídico ocurrido hace un par de años atrás en algún lugar de Cataluña y que yo al escuchar me mee de risa y me cagué de miedo a partes iguales. Para los curiosos debo decir que existe mucha información recogida en la biblioteca científica de Barcelona.
Como en toda historia de amor, y ésta ciertamente lo es, uno de los protagonistas es el que persigue y otro es el perseguido. Es decir, y disculpen mi contundencia, está el que las pasa putas, y luego está al que le da lo mismo cinco que ochenta. Siguiendo los cánones habituales de la narrativa clásica, Antonio, el macho de la historia, era el perseguidor, y Diana, la afortunada “victima”.
Sé que al leer esto, el relato, a priori, puede parecer la típica historia con estructura tipo: chico conoce a chica, chico pierde chica, chica contrata a unos latinos para que maten al chico… pero no.
No porque el tal Antonio no era un chico normal y corriente. De hecho, ni era un chico en el sentido literal de la palabra, sino una mosca doméstica (“musca domestica”, para los entendidos) de 3 milímetros de longitud y Diana, una dulce muchacha universitaria.

Estamos ante la historia de una mosca que una vez se enamoró de una humana.


Antonio era una mosca de corta edad cuando recibió el fuerte flechazo que determinaría de una forma inimaginable su destino. Angustiado por todas aquellas nuevas sensaciones, sobre todo por la extraña embriaguez que sentía, causada por la dulce imagen de la belleza que acababa de vislumbrar de forma “multifragmentaria” por sus agrietados ojos, voló hacia la ventana en busca del consejo de su padre. Él le diría que hacer…
-Hola, papi… verás me ha ocurrido algo y creo que necesito tu consejo…
-Muy rico…-le respondió su padre-. ¡Y ahora ponte a la cola! ¡Que tus veinte hermanos llevan esperando hace ya un rato!
En ese instante, por detrás de él oyó las voces enfadadas de las demás moscas.
-¡Mira el listo este! ¡¿De qué va?!
-¡Zangano de mierda, a la cola!
-¡A qué te parto las alas, maricón!
-¡Muévete! –ordenó mi padre con un zumbido de voz.-. ¡Gandul!
Asustado por aquellos violentos comentarios, Antonio se alejó al final de la cola a la velocidad del rayo. Posó sus negras patas en el alfeizar de la ventana y esperó. Desde allí pudo escuchar los consejos que sus hermanos le pedían a su sabio padre. Ninguno era comparable a su problema.
-Dime, Rober, ¿qué te preocupa?
-Papi, ¿cómo hago para no quedarme atrapado en una mierda?
-Papi, ¿podemos volar marcha atrás? –preguntó otro de sus hermanos.
-Oye, Padre, en el póker, ¿las arañas se guardan muchos ases en las mangas?
Al final, tras algunas horas de espera, en las que algunas de aquellas moscas habían pasado del estadio de Mosca Joven a Mosca Adulta y por lo tanto su petición de consejo había dejado de tener tanta relevancia para sus vidas, le llegó el turno de Antonio. Se dio cuenta de que para él, aún si que le era muy importante el consejo de su padre. Todavía podía sentir esa energía vibrante… de ese “bienestar malestar” provocado por el flechazo, ¿entendéis?
Con timidez se acercó a la presencia de su padre. Él le miró con condescendencia. La misma con la que los lagartos miraban a los de su especie cuando no tenían hambre.
-Dime, ¿qué te ocurre, Antonio?
-Papi, veras…
-¡Que Papi ni que larva muerta! ¡Que ya tienes como veintitrés años!
-Perdón, papá, ni cuenta me había dado.
-Bien, cuéntame, ¿qué es lo que te preocupa?
-Ay, creo que me he enamorado.
De la boca de su padre en ese momento salió disparada la miel que minutos antes lamía de sus patitas y empezó a toser.
-¿Papi…?
-¡¿Enamorado?! ¿De qué me hablas? ¡Nuestra misión es copular allá donde vamos! ¡Somos los aristócratas del sexo! ¡Como no me estés hablando de enamoramientos multiples, te machaco!
-Papa, yo…
-¡Paco, vente para acá! –gritó su padre a su amigo del alma, Paco Maganisker, la mosca traicionera de Alcobendas.
-¡¿Qué ocurre, Manu?!
-¡Mira lo que acaba de decir el simplón de mi hijo! ¡Que se ha enamorado! ¡Por la cara!
-Antonio, no me seas mosquita muerta…-le dijo Paco a Antonio soltando una carcajada-. ¡Aquí, o follamos todos o la puta al río!
-¡Señor Paco! –gritó Antonio escandalizado.
Su padre y Paco al ver su reacción de Antonio prorrumpieron a carcajadas. Las demás moscas al ver la algarabía empezaron a acercarse a ellos, curiosas.
-¿Y de quién te has enamorado si puede saberse? –preguntó el padre de Antonio.
-No será alguna de mis hijas, ¿verdad? –le dijo Paco escrutándole con la mirada.
-No, no. Me he enamorado de… Ella es muy guapa, alta y esbelta…
-Bufff, ¿alta y esbelta? –dijo el padre de Antonio escéptico.
-¿Una polilla?
-¿Qué dices, Paco? Las polillas son unos cayos, tú lo sabes.
-Cierto.
-No, no, no es una polilla –dijo Antonio armándose de valor-. Es una humana.
De pronto, todos los zumbidos de los alrededores cesaron… Las treinta moscas que había en aquellos contornos clavaron la mirada en Antonio. Al unísono, las moscas levantaron una de sus patas y se la llevaron a la cabeza.
Antonio bajó la mirada avergonzado.
-Creo que este chico ha tomado demasiado vinagre –dictaminó Paco.
-Sí… –convino el padre de Antonio-. ¡Muy graciosa la broma, Toni!
-No es ninguna una broma… Me he enamorado de ella, lo sé. ¿Qué puedo hacer para conquistarla, Papi?
Las moscas estallaron a carcajadas. Todas, menos el padre de Antonio que le miraba como si fuera una mosca portadora de fiebres tifoideas.
-¿De que hablas, Toni? ¡Esto parece de “Juzgado de guardia”! –gritó mi padre escandalizado-. Para ya este circo y vete ya a copular por ahí, ¿quieres? Ya deberías haber engendrado dos generaciones.
-No, papá. Si no me ayudas a conquistarla lo haré yo por mis propios medios.
-¡Tu destino es copular, demonios!
-Papá, la quiero. Sé que no seré feliz si no hago algo…
-¿Has visto el tamaño de esa cosa? ¿Cómo vas a enamorarte de algo tan grande?
-Deberías haberle oído cantar, papi.
-Diossss.
-No descansaré hasta haberla conquistado, papá. Y moriré por ella si es preciso.

Una hora más tarde, Antonio era desterrado de la comunidad “Moskimana” por sus lunáticas y absurdas declaraciones.
“Una mosca que no copula es como la mierda que no huele: prescindible”, había declarado la mosca “Reverenda” Maximilian Gustavs, antes de hacer efectivo el destierro de Antonio.

Lejos de sentirse triste o traicionado por el acontecimiento, Antonio se sintió libre. Que le hubieran desterrado era la mejor noticia que podía recibir. Ya no tenía que cumplir ninguna de sus obligaciones como Mosca Macho. A partir de ese momento, todo su tiempo sería dedicado para conquistar a la bella dama.
Abandonó el viejo almacén, en el cual se había congregado su familia desde hacia generaciones, y con la esperanza de no volver allí nunca más, voló hacia los edificios de enfrente, donde vivía la joven diosa que de forma tan misteriosa le había hechizado a él: a una mosca hecha y derecha. Voló hasta el segundo piso y entró por la ventana de su habitación que por suerte estaba abierta. No había nadie dentro de ella.
-Mecachisss –dijo Antonio.
Voló por el resto de la casa y vio que sólo estaban los padres de la chica que veían la televisión sin pasión alguna. Decidió esperarla en su habitación. Tenía tantas cosas que decirle, tantos secretos que confesarle. Se moría por ver la cara de su amada cuando se enterara de que acababa a renunciar a su destino como miembro de la comunidad de las moscas por estar junto a ella. Una prueba irrefutable de su amor.
La chica no tardó en llegar. Por las voces de sus padres, que le llegaron del salón, Antonio supo que la chica se llamaba Diana.
Bonito nombre, pensó en seguida Antonio. Y en ese instante Antonio se imaginó la escena que vendría a continuación y no pudo evitar echarse a reír por el nerviosismo.
-Hola Diana… Soy Antonio –le diría con su voz más sensual-. Encantado.

La presencia de Diana llenó la habitación. Antonio notó como el lugar, de repente, se cargaba de energía… De una energía benigna que sólo seres sensibles como los insectos podían detectar. Diana dejó su maleta sobre la cama y se aproximó hasta su ordenador. Antonio voló hacia ella y se puso a la altura de su cabeza para que pudieran mirarse a los ojos. Sin embargo, ella se agachó para encender el ordenador. Cuando se volvió a levantar, Antonio recibió un gran susto. Su cabeza casi le dio de lleno. A punto estuvo de reventarle para siempre de la existencia. Con buen juicio, Antonio se alejó, manteniendo una distancia prudencial. “La chica era guapa, pero mortal” pensó. La joven volvió la mirada en su dirección… Pero sus ojos no expresaron emoción alguna. “Aún no me ha visto”, pensó Antonio. Excitado, revoloteó un poco alrededor de ella, haciendo un poco más evidente su presencia.
-Hola, soy…
La chica entrecerró los ojos y agitó su mano hacia él, en un gesto nada amistoso. Quedó claro que quería apartarle de su vista de inmediato. Antonio hizo un par de giros rápidos y logró escapar de la descomunal mano. Diana volvió a sus cosas. Antonio decidió intentarlo otra vez. Quizás había pensado que él era un bicho malo, uno de esos que pican, hacen maldades y dan asco de forma gratuita. Si lograba presentarse ante ella, todo estaría solucionado. Sabría que él era un buen bicho cargado de buenas y amorosas intenciones.
-Hola, Diana, soy…
La chica oyó un zumbido en su oreja. La mano, como un cepo, acudió rápida a sepultarla en un afán proteccionista. Una vez más, Antonio dio gracias a sus reflejos… Había escapado por poco de ésta.
Se retiró a un lugar seguro, a una esquina de las paredes superiores. De momento, estar cerca de Diana significaba jugársela. Era una chica guerrera, de eso no había duda. Pero tampoco había dudas de qué lograría conquistarla pues así estaba escrito en las estrellas.
Era su destino.

La chica apagó la luz y apoyó suavemente la cabeza en la almohada. Cerró los ojos y desde la pared, Antonio contempló con detenimiento a ese incipiente Ángel durmiente.
Cuando creyó que era seguro aproximarse, Antonio emprendió el vuelo de descenso y se posó en su mejilla. En ese instante sintió algo parecido a miles de voltios recorriendo su cuerpo. Era la primera vez que la tocaba… Una experiencia electrizantemente nueva.
Caminó hasta su oreja intentando hacer las menos cosquillas posibles. Cuando tuvieran confianza ya habría tiempo para ese tipo de “mimosidades”.
-Hola, Diana… Me llamo Antonio. ¿Qué tal?
Antonio sintió como todo su vientre daba vueltas. Su vista se nubló por completo. Era como estar dentro de una lavadora. Agitó con fuerza las alas con la intención de recuperar el control. Diana había levantado la cabeza de súbito, alertada por los zumbidos, provocando que Antonio saliera despedido por los aires. Antonio vio que la chica se había incorporado. Diana alargó la mano y encendió la luz.
-Tranquila…-le dijo desde lo lejos.
Diana oyó el zumbido y volvió la cabeza hacia su dirección.
-Se trata de un malentendido… Estoy aquí para protegerte…
Furiosa, Diana se levantó de la cama y abandonó la habitación. Antonio pensó en volar tras ella y presentarle sus excusas, pero decidió esperar… Las chicas necesitaban tiempo. Lo mejor era no agobiarla demasiado. Se calmaría, volvería y discutirían con calma sobre lo que había sucedido…
Para su sorpresa regresó a los dos minutos... Antonio vio que su mirada había cambiado por completo. Su furia había dado paso a una absoluta determinación. Vio que sus labios se abrían formando así una pequeña sonrisa perversa. En ese instante Antonio se fijó en sus manos… Portaba un Spray… ¡Un insecticida!
-¡Nouuuuuuu!
El zumbido resultante no hizo más que motivar a Diana en su decisión. Sin piedad pulsó el spray y la estancia comenzó a llenarse de gas venenoso.
Diana cerró la puerta tras ella, dejando a solas a Antonio en su Auschwitz particular.
Intentó aguantar la respiración… Pero al cabo de muy poco tiempo acabó sucumbiendo a su instinto de supervivencia e inhaló el gas. En ese instante, su vista fragmentaria, gracias a sus lentes múltiples, comenzó a nublarse… Su vuelo se tornó errático y desesperado. De pronto era como si sus alas hubieran adquirido autonomía y desesperadas intentaran buscar una salida de allí. Antonio sintió miedo. Volaba en círculos por la habitación a una velocidad hasta entonces no experimentada… Una velocidad ultrasónica. Estaba en un alocado rally aéreo.
Se estampó contra una pared y cayó al suelo.
Moribundo… Y sin poder aguantar la amarillenta luz de la habitación, Antonio se arrastró hacia debajo de la cama. Allí con un poco de suerte encontraría un poco de paz. Notaba temblores por todo su cuerpo… Y fuertes dolores en el vientre. Sus alas no respondían… Su último vuelo acababa de dar a su fin.
Sin saber cómo, Antonio logró llegar hasta debajo de la cama. La oscuridad lo abrigó y en ese instante se sintió una mosca afortunada. Hubiera sido indigno que una bella dama como Diana presenciara su miserable muerte. Oscuridad e intimidad, una mosca no podía pedir más.
Su mente se llenó de imágenes de Diana y se sintió mejor. Su recuerdo mitigaría el dolor final…

Para su sorpresa, Antonio no murió. Durante un tiempo, estuvo totalmente inmovilizado debajo de la cama. Suerte que ninguna araña hizo su ronda por allí porque ese si que habría sido su final. Sus temblores, así como sus vómitos fueron una dinámica constante en el transcurso de su sufrimiento. Pero sobrevivió…
Al parecer los de su familia habían desarrollado cierta inmunidad a los insecticidas. ¡Bien por sus genes hereditarios!

Asegurándose de que no había nadie en la casa, al cabo de un tiempo, decidió salir de su escondrijo. Por un momento temía que solo pudiera caminar… Pero se dio cuenta de que sus alas volvían a estar en plena funcionalidad. La mosca volvía al ataque. Débil pero al ataque.
Emprendió el vuelo. Lo primero era comer algo y recuperar algo de fuerzas. Debía volver a ser la mosca dinámica de antaño.

Llegó a la cocina y allí lo que encontró no fue comida… Sino un tesoro. Sobre el fregadero había toda una montaña de platos sucios y grasientos… El Santo Grial para una mosca. Desde luego, al menos en ese día, la familia de Diana no había sido del todo ejemplar en cuanto a lo que higiene comensal concernía. Pero que por él que siguieran igual… No sería él quien les iba a reprochar algo. Voló hasta la cima de la montaña y posó sus patitas sobre uno de esos deliciosos platos aceitosos. Sin pensárselo dos veces, bajó su cabeza y con su trompa succionadora empezó a alimentarse de ese delicioso caviar.
Antonio fue incapaz de determinar cuanto tiempo estuvo allí, descendiendo poco a poco por la montaña a medida que iba limpiando los platos a su nutritiva manera, pero fue mucho... Su vientre se abultó de sobremanera y se sintió el “Benny Hill” de la fauna insecta, por expresarlo de alguna forma. Cuando ya estaba más que saciado... Antonio planeó hasta llegar al suelo pues se sentía incapaz de volar decentemente. Lo más probable era que al estar tan lleno tuviera un vuelo repleto de tumbos y de sustos y que eso a la postre le hiciera vomitar. Decidió que lo más sensato era regresar a patitas a la habitación de Diana. Durante el perezoso camino se topó con dos cucarachas y una abeja maya, a las que saludó con educación. Llegó hasta la cama de Diana y se metió debajo de ella. Y allí, en el culmen de su satisfacción, durmió una Señora Siesta.
Se despertó poco después y para su sorpresa volvió a sentir hambre. Sin pensárselo dos veces regresó a la cocina y dio rienda suelta a su gula. En esta ocasión trabajó en la parte media de la montaña. Al regresar, se dispuso a darse una segunda siesta, tal y como estipulaba la ley de las moscas.
La cosa siguió así durante un tiempo… Se despertaba y comía… Comía y dormía.
Una noche soñó con Diana… Pero no fue el típico sueño idealista en el que uno conseguía a la chica y luego vivían felices y comían perdices. Al despertarse no tuvo la sensación de sentirse como un miserable al ver que su realidad no encajaba en absoluto con la del sueño … Más bien todo lo contrario. El realismo y la crueldad habían impregnado todo el sueño dejándole un malestar enfermizo. En él, su amada le había aplastado con su mano, sin miramientos, para luego lavárselas con jabón y poder seguir tocando el piano Había sido un sueño corto… Sin dilaciones y de una contundencia absoluta. Al despertarse, Antonio se dio cuenta de que más que un sueño aquello había sido algo premonitorio. Si volvía a acercarse a Diana, aquello, indudablemente, sería lo que ocurriría. Si su intención era conquistarla no podía seguir siendo ser quien era… No podía pretender que siendo la mosquita tímida y pequeña que era, pudiera llamar su atención. Ella se merecía algo mejor… Algo mejor que él... Algo que estuviera a su nivel, equiparable a su belleza, a su grandiosidad y a su talento natural. Sus esfuerzos debían ir en esa dirección. Tenía que salir de si mismo y convertirse en algo diferente para Diana. Abandonar todo lo que creía saber de si mismo… Incluso los aspectos que le gustaban de su propio ser y que le hacían ser Antonio, y dar el salto…
"¿El salto hacia qué?" "¿Hacia dónde?", se preguntó Antonio…
Ni idea… Lo que si sabía era que ese salto era necesario para estar al lado de Diana. Debía dejarlo atrás todo.
En ese momento Antonio sintió fuertes pulsaciones llevado por la ansiedad… Tuvo miedo. Una cosa era estar enamorado y decir que vas a conquistar a tu amor y otra cosa muy distinta era el hacerlo de verdad y acarreando todas las consecuencias que conllevaba… A pesar de que era una mosca y sabía volar, un gran vértigo se hizo presa de Antonio, impidiéndole pensar con claridad.
Sus patas empezaron a temblar…
Y de repente oyó unos pasos que se acercaban. Era Diana.
“Al diablo”, pensó Antonio y puso sus alas en funcionamiento.
“Hasta nunca, tía”, pensó Antonio mientras se alejaba del edificio.
Volvería a las seguridades de su familia con la esperanza de que le indultaran del destierro. Con su labia y una actitud “humilde-sumisa” podría conseguirlo sin problemas. Ya no más a la incertidumbre… Lo bueno de ser mosca era que la vida carecía de complejidades añadidas… Todo estaba programado. Y eso era increíblemente consolador.

Entró en el almacén y voló hacia la ventana en la que solía congregarse su familia. Al llegar encontró a moscas que por su tamaño debían ser muy jóvenes. Ninguna le resultó conocida. Al verle muchas moscas huyeron de él despavoridas.
-Oiga, ¿podría decirme dónde está Manuel Flypérez? -le preguntó Antonio a una mosca viejales y raquítica que descansaba por ahí.
-¡No me coma, por favor! –dijo el viejo asustado.
-¿Perdón? –dijo Antonio extrañado-. No voy a comerle, caballero, sólo estoy buscando a Manuel Flypérez. Es mi padre.
El viejo le miró extrañado.
-¿Qué ocurre?
-¿Es usted un Flypérez?
-Ajam, aunque fui desterrado hace…
-¡Miente! ¡Los Flypérez murieron! La última generación resultó ser una estafa. Todos eran estériles y ese fue él último y vergonzoso capítulo de su descendencia.
-No es posible… Yo estuve aquí hace unos… -a Antonio se le quebró la voz. Se dio cuenta de que era incapaz de determinar cuanto tiempo había estado fuera.
¿Días? ¿Una semana? Lo cierto era que no sabía cuanto tiempo había pasado enfermo, ni cuánto tiempo había pasado comiendo.
-Si que es posible, grandullón. Manu Flypérez era amigo de mi padre… Murió de viejo hace un mes…
-¡Imposible! ¡Entonces yo debería ser más viejo!
-No sé si usted es viejo… Pero es increíblemente grande… Un gordinflas indigno de nuestra raza.
Antonio se dio cuenta de que tenía razón… Al mirar a su alrededor comprobó que era tres veces más grande que todas las moscas que había allí.
¿Qué Diablos?
Sin saber cómo ni por qué, algo se había puesto en marcha en su interior… Por alguna razón no había envejecido, no había muerto por el insecticida de Diana y ahora comía cuatro veces más de lo normal. Era como si una extraña energía se hubiera apoderado de él convirtiéndole en una…
-…Supermosca –musitó Antonio-. Soy una supermosca.
Cuando alguien expresaba sus deseos con sinceridad, de verdad, sin miedo, con absoluta frialdad y seguridad, se decía que de alguna forma uno estaba apunto de hacerlos realidad… La mente y el cuerpo empezaban a trabajar en ello de forma incansable.. Algo así debía haber ocurrido con él. De su amor por Diana, de su irrefrenable pasión, su organismo había encontrado una forma de llegar a ella.
-Si… De eso no hay duda -dijo el viejo-. Es usted una fuerza de la naturaleza.
-Si…-dijo Antonio asustado y fascinado a la vez.
Un nuevo horizonte se abría ante él… La posibilidad de que él conquistara Diana se había tornado, de pronto, en algo cercano… En un dulce advenimiento.
-Si se queda aquí podría hacer mucho bien en nuestra comunidad. Hemos tenido muchos incidentes y desgracias… -dijo el viejo.
Y en ese momento, intervino otra mosca más joven.
-¡Quédese, por favor! Las arañas se han llevado nuestro más preciado tesoro: el amuleto sagrado que daba fuerza y esperanza a nuestro pueblo. Una maldad incipiente se ha adueñado de la zona. Hay accidentes de todo tipo, el alimento escasea y creemos que la profecía se hará realidad… Es usted nuestra última esperanza. Debe recuperar el amuleto para nosotros.
-Usted ha venido del cielo para salvarnos, de eso no hay duda. Es su destino
–intervino el viejo.
-“Ajammm”. Bueno, pues nada, mañana me dejaré caer por aquí… -dijo Antonio- Ahora, si me disculpáis me tengo que ir.
Antonio emprendió el vuelo.
-Hasta mañana, Buen Señor –dijeron las dos moscas al unísono, esperanzadas.
-Si, sí. Que os den por culo, anda –les dijo Antonio antes de salir de allí.

Estaba asustado y excitado a la vez. No había querido dar el paso, el gran salto, debido al miedo, y sin embargo, su cuerpo lo había hecho por él. Ahora no había vuelta atrás. Un interesante proceso se había puesto en funcionamiento y estaba inmerso en un camino sin retorno. Las cosas seguirían su curso…
¿Hasta dónde?
E ahí su preocupación. Sólo Dios podía saberlo.
A pesar de los temores que bullían por su cabeza, el bueno de Antonio voló hacia su destino. A casa de Diana.

Fue la noche del 15 de abril del 2003 cuando Diana escuchó un ruido extraño procedente de uno de sus tres armarios. Era un ruido húmedo, como un extraño burbujeo o la pisada de alguien que va con chanclas mojadas. Apartó la mirada de su ordenador y miró hacia las puertas de sus armarios. Sus padres habían salido aquella noche… Por lo que el silencio en esos instantes era absoluto. Iba a volver la mirada de nuevo hacia el ordenador cuando otro de esos ruidos de charco se alzó sobre la habitación.
Diana abrió los ojos, alarmada… El ruido prosiguió y Diana sintió fuertes escalofríos… Era un sonido repugnante y grimoso. Un incesante “chof”, “chof “poco halagüeño.
-¿Hay alguien ahí? –preguntó Diana.
Como si de una respuesta se tratara se oyó un fuerte ruido que sonó como una pedorreta. Diana dio un respingo hacia atrás. Los ruidos venían de su armario viejo… Donde guardaba todas esas horrorosas prendas sólo útiles para los carnavales.
¿Desde hacía cuanto no había abierto ese armario? ¿Todo un año?
La pedorreta sonó más intensa y se oyó un pequeño estallido húmedo… Un sonido de auténtico pringue.
“Ya basta”, se dijo Diana. Desde siempre se había considerado una chica de armas tomar, no una gilipollas. Se estaba comportando como todas esas chicas que salían en las películas de terror y que tanto daño habían hecho a la imagen femenina. Una chica indefensa y desvalida. Un auténtico cero a la izquierda que sólo sabía gritar, temblar y de vez en cuando, morder.
-Y una mierda –le dijo Diana al armario.
Si había algún pervertido en ese armario, cosa que dudaba, la verdad, se había equivocado de lugar. Diana cogió el bate que su primo Héctor se había dejado olvidado desde hacia cuatro años en una noche de Reyes y se preparó para abrir el armario.
Si alguien quería jugar con ella, pues eso era lo iba a tener.
-Veamos quien es el capullo que… -dijo al tiempo que abría la puerta
Y obtuvo precisamente eso… Un capullo en fase avanzada de pupación.
Diana enmudeció por completo.
Era el enorme capullo de un insecto de un metro y medio de altura. Tenía un intenso y empalagoso color a caramelo y por los pliegues burbujeaba una sustancia lechosa y humeante.
Diana quiso gritar pero no pudo… Lo que tenía ante sí era de auténtica película de terror “Cronembergriana”. Sus piernas flojearon y cayó de rodillas al suelo. El bate se desprendió de sus manos y los temores de Diana de convertirse en un icono del cine de terror se convirtieron en realidad. Era la joven desvalida e indefensa que hacia honor a ese detestable topicazo. Para más INRI, el capullo comenzó a abrirse delante de sus narices.
Primero, entre la viscosa sustancia blanca, surgieron unas tímidas patas de un negro intenso, recubiertas de pelos tan duros como alambres.
Diana no daba crédito…
Luego apareció algo redondo y grande… Recubierto por todas partes de esos horribles alambres. Unos pliegues se abrieron y sin previo aviso unos ojos de un horrible color bermellón miraron a Diana. Ésta estaba paralizada por el miedo. Antonio, a su vez, al verla sintió pánico. La cara de Diana era una mueca del horror.
-¡Diana!
Pero la chica no escuchó nada parecido a eso sino el horrible zumbido equiparable al de cien avispas airadas. Sus ojos se cerraron y fuertes espasmos producidos por el asco sacudieron su cuerpo.
-No, no, Diana…
Antonio agitó las alas para liberarse del caparazón que lo recubría de manera tan repugnante. Al hacerlo, trozos del capullo junto a la sustancia lechosa, bañaron a Diana.
Diana se dejó caer de espaldas contra el suelo como si acabara de aceptar su horrible destino. Quien iba a decirle que su final sería a manos de una mosca gigante surgida de un armario.
-¡Diana, no!
Antonio se arrastró hacia ella ya que sus alas y sus patas estaban aún algo aletargadas. ¡Tenía que protegerla! No iba a permitir que le pasara algo. Por esa razón y no por otra estaba allí.
Diana al notar el nefando olor de la mosca rompió a llorar.
-¡Por favor… No! –gritó Diana con los ojos fuertemente sellados y con las lágrimas bañándole el rostro.
Antonio sintió como si se le rompiera el corazón. Un gran sentimiento de culpabilidad se adueñó de él. Levantó la mirada y al hacerlo lo entendió todo. Un espejo de la habitación le mostró la obscenidad grotesca que formaban él y Diana juntos en la misma estampa. Un auténtico monstruo surgido de lo más negro del mundo estaba a su lado, babeante.
Antonio dio un fuerte grito y decidió apartar a aquel espanto para siempre de Diana.
Agitó sus alas y salió volando de la habitación.
Voló y voló hasta llegar a la extenuación. Al cabo de cuatro horas, como si de una gárgola maldita se tratara, Antonio se posó encima de una catedral.
Supuso que ahí terminaba todo… Su estúpida aventura hacia el encuentro de Diana. Su sueño imposible acababa de revelarse como eso, como un sueño imposible. Por su culpa Diana podía haber muerto esa noche y con absoluta seguridad, la pobre tendría daños psicológicos irreparables. Las visitas al terapeuta se convertirían en una constante en su vida.
Antonio miró hacia abajo… El suelo estaba a diez metros. Quizás si se cortaba las alas y…
¿Y sí?, sonó en su cabeza… ¿Y sí permitía que las cosas siguieran su curso natural? Por alguna razón él no era una mosca como las demás… ¿Y sí ese no era el punto y final?
Aún podían quedarle cosas por hacer… Su ciclo quizás no había terminado aún.
Antonio, renovado de energía y esperanza, agitó las alas y emprendió de nuevo el vuelo.
Una vez más, hacia su destino.

Al contrario de lo que había pensado Antonio, Diana no necesitó ayuda psiquiátrica para el resto de sus días. El cuerpo humano era sabio y la acertada mente de la joven borró aquella húmeda y escalofriante noche como quien formateaba el disco duro de un ordenador. Cuando algo horrible acontece en la vida de alguien, poderosos mecanismos de defensa mentales se ponen en marcha para proteger la integridad psicológica. Por supuesto que durante los días posteriores al incidente, Diana fue un forúnculo en su cama, incapaz de moverse y hacer algo más enérgico que levantarse para coger un vaso de agua. Tampoco a lo largo de su vida volvió a mirar con los mismos ojos a las inofensivas moscas. Se habían convertido en una fobia oculta y por supuesto, jamás volvió a rociar a ninguna con insecticida.
Sus padres al verla en la cama dedujeron que la pobre chica había cogido una gripe. Descubrieron por la habitación, y luego dentro del armario, los trozos del caparazón de Antonio, ya secos y solidificados. Sus padres miraron extrañados aquellas mierdas pero no preguntaron. Se limitaron a recogerlas y ya está.
-Un poco cerdita nuestra hija –le comentó la madre a su padre.
El hombre asintió.

Tres años más tarde, cuando Diana estaba cursando tercero de económicas en su pequeña facultad, un chico nuevo que nadie había visto jamás entró por la puerta. Sus andares eran extraños y erráticos… Sus piernas temblequeaban sin parar como movidas por pequeños calambres. Su tronco se movía de un lado a otro como una especie de absurdo tentetieso y en sus manos tenía unos libros, los cuales abrazaba sin parar…
Era como si un payaso de feria hubiera decidido de repente darse un paseo por aquellos lares. El extraño estudiante se detuvo y observó a la multitud que se movía sin parar en busca de puertas que les llevaran al jardín, a la cafetería o al baño, todo menos a un aula.
A lo lejos vio a Diana. Iba acompañada de dos amigas.
Antonio, en ese instante, sintió su corazón en la garganta. Sus temblores en las piernas se intensificaron y la imagen suya con la de un bailón de discoteca hasta los topes de crack apenas tenían grados de separación.
Era la hora de la verdad. Después de tanto tiempo y camino recorrido, ambos volverían a verse. Todo el esfuerzo y dolor que Antonio había pasado durante los últimos años… Un dolor que jamás hubiera creído soportar para llegar a estar como estaba ahora, iba a tener su recompensa. Se mirarían a los ojos y ella reconocería el vínculo que había entre ambos. Sentiría todo ese esfuerzo derrochado por ella, esa bienintencionada energía. Advertiría que no era como los demás sino un rayo de luz hecho para iluminarla…
Diez metros la separaban de ella. Antonio cerró los ojos y memorizó la única frase que de momento había aprendido a pronunciar con absoluta corrección.
-Hola, soy Antonio, ¿tú como te llamas?
Abrió los ojos y comenzó a andar hacia ella. Mientras lo hacia repetía una y otra vez la frase.
-Hola, soy…
En ese instante sus ojos se cruzaron con los suyos. Ella le miró directamente. Y no con asco, ni con miedo.
¿Con curiosidad?
Su corazón dio un vuelco pero Antonio supo dominarse. Era la hora de actuar.
-Hola, soy An…
En ese momento sus débiles piernas, apenas entrenadas y soportando más temblores y tensión que la habitual, le traicionaron y se dio de bruces contra el suelo.
Se oyó una algarabía de risas a su alrededor. Antonio, rojo de vergüenza, se quedó allí mirando al suelo. Esperó que la dulce mano de Diana tirara de él y le ayudara a levantarse. Entonces, por fin, podría decirle su frase. Pasaron los minutos y no ocurrió nada. Se dio la vuelta…
Diana, junto a sus dos amigas y tres chicos más que se habían unido a ellas, abandonaban la facultad. Reían y hablaban, exultantes.
Bañados por la luz del sol de la mañana todos resultaron increíblemente bellos a la vez que amenazadores para Antonio. Poco después, los jóvenes se subieron en un coche y emprendieron la marcha… Dispuestos a comerse el mundo.
Antonio se levantó con dificultad...
Y luego, lento pero sin pausa, comenzó a caminar otra vez... Como siempre, hacia su destino, sea cual fuese.

FIN

viernes 31 de octubre de 2008

LA CARNE DEL HÉROE















No es nada nuevo decir que el dolor y el amor van cogidos de la mano. Bien puede ser una llave al cielo como al infierno. Ambas puertas pueden ser abiertas por la misma llave. Así lo dicen las canciones, así lo dicen los poetas... Y así lo supo el protagonista de este relato de una forma inimaginable.
¡Preparate a conocer a Manu B!
1.
Laura dejó caer su cuerpo, cansado por ocho horas de trabajo y toda una noche sin dormir, y cerró los ojos. Era justo lo que necesitaba. Soltó un fuerte suspiro y permitió que su mente se rindiera a la media hora de vacío que por gentileza de los señores de la RENFE le acababan de conceder. Quedaba poco, pensó, unos cuantos meses más de trabajo y pediría la baja por maternidad. Entonces todo sería más fácil y relajado. Más a su estilo, como si dijéramos.
Las voces de su alrededor, los ruidos del cercanía recorriendo las vías comenzaron a hacerse lejanos... a hacerse agradables. Por desgracia, sobre aquel rinconcito cálido y agradable que acababa de crear bajo sus párpados una voz grave pero atenuada por un tono inseguro y tímido se alzó para destruirlo de inmediato.
-Te conozco –dijo la voz.
Laura abrió los ojos. Una cabeza de gran tamaño estaba ante ella, difuminada. Cuando se aclaró la vista, un rostro de luna, no sólo por la forma, sino también con una palidez a juego, la miraba fijamente. Mofletes de gran tamaño sobresalían orgullosos por ambos lados de la cara y en medio de ella, una sonrisa vacilante se abría a su salud. Los pequeños ojillos porcinos, negros como la pez, no dejaban de moverse de un lado a otro, temblorosos, estudiando cada uno de sus movimientos. Laura sintió una incomodidad inmediata. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué quería?
-Te conozco –volvió a decir otra vez el hombre. Esta vez con jovialidad.
Laura no supo que decir. Se limitó a mirarle estupefacta.
-Soy Manu B, ¿me recuerdas? –en ese instante, el hombre estiró los dos brazos como si fuera un gran oso a punto de dar un gran abrazo-. Soy yo, ¡Manu B!
Laura miró a todos lados del tren avergonzada por los notables aspavientos de aquel gordo desconocido. Tenía que alejarse de allí cuanto antes.
-¡No me recuerdas, ¿eh?! Si, bueno, que tonto, si he cambiado mucho. He adelgazado desde el instituto.
Laura observó con detenimiento al extraño, a toda su figura, y comprobó que sus muslos casi parecían a punto de romper las costuras de sus pantalones vaqueros. Sin poder evitarlo se echó a reír. Al gordo le brillaron los ojos, y se recolocó en su asiento nervioso y excitado. Rió con ella.
-Me has reconocido, ¡¿eh?!
-Manu B, ¿no? –dijo Laura aún con una sonrisa en el rostro.
-El mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-Pues...ahora no caigo.
-Bator, de Masturbator. ¿No te acuerdas de la rima? Cuidado con el silbato, temed al mojigato, corre Johny, que viene Bator, Bator de Masturbator.
A Laura le llegó una imagen clara de aquel hombre del mismo modo que ocurre en las películas. Vio al tal Manu B en su mente acompañado de un fogonazo de luz, sólo que el Manu que acudió a su cabeza era de quince años atrás.
Claro que no lo había reconocido. Manu B había sido un autentico don nadie de Tercero. De hecho era un milagro que lo hubiera reconocido en aquel momento.
A veces podía llegar a sorprenderle la mente de una, pensó Laura con orgullo.
-¡Ahhh, Maaaanu! –dijo Laura con un forzado tono jovial.
Manu volvió a recolocarse en su asiento excitado. Sí que estaba nervioso, pensó Laura incómoda.
-¡Me has reconocido! –gritó él de nuevo con felicidad.
El tren se detuvo. Laura miró por la ventana para ver en que estación estaban. Maldijo al tren por ser tan condenadamente lento. Aún le quedaba una odisea por delante. Volvió su mirada a Manu B, disimulando la molestia que sentía. En ese momento no había otra: estaba obligada a interactuar con un compañero que no veía desde hacia mil años y con un apodo que dejaba muy poco a la imaginación.
-Sí, aunque me ha costado lo suyo. Si que has cambiado.
-Un poquillo, pero sigo siendo un chaval. Un loco de la pradera...
Laura le miró en silencio. Manu, al ver que ella no le reía la gracia, fingió una tos y volvió a la carga.
-Hacia tiempo que no te veía –dijo Manu alegre.
Pues claro, pensó Laura para sus adentros.
-Si, es cierto –dijo ella.
-¿Y bueno? ¿A qué te dedicas?
Laura esbozó su primera sonrisa sincera ante aquel desconocido.
-Trabajo en una empresa de diseño –dijo orgullosa-. Ahora mismo estoy llevando uno de los departamentos más importantes.
-Ohhh –dijo él exaltado-. ¡No me digas!
Laura le miró asustada.
-¡Eso es maravilloso! Sabía que conseguirías todo lo que te propondrías ¡Tenía un palpito, leñe! Recuerdo cuando hacías camisas para el equipo de fútbol del instituto. Una maravilla.
-Ah, es verdad –dijo Laura sobrecogida por un sinfín de recuerdos que había creído sepultar desde hacia mucho tiempo. De súbito, se alzó una sensación que no había experimentado hasta aquel instante: sentirse vieja. Odió a Manu de inmediato.
-Yo le robé una de ellas a Víctor González -continuó Manu B-. ¿Te acuerdas de Víctor?
-No sé...- dijo Laura de forma automática, cada vez más incómoda. Algo en la mirada de Manu B no le acababa de encajar. Su intuición le decía que aquel no había sido un encuentro del todo casual.
-Creo que aún guardo esa camisa, para que veas...
-¿Eh? –preguntó Laura ausente-. ¿Perdona?
-Ay, mujer, la camisa. La que hiciste para Víctor. Yo nunca me olvido de mis amigas…
-P-pero... pero por lo q-que yo recuerdo tú y yo nunca hablamos, ¿no?
-Sí, sí, si que hablamos una vez. En la biblioteca, en una ocasión y...
Laura no quiso oírlo. Aquello era demasiado... demasiado patético.
-¿Y-y a qué te dedicas, Manu? –le interrumpió Laura con rapidez.
Manu B soltó una estridente carcajada.
-¿No lo adivinas? –dijo al tiempo que se daba unas palmadas en su notable barriga.
-¿Informático? –dijo Laura mordiéndose el labio.
-¡Por poco! Aspirante a guionista... a guionista de guiones. Soy suscriptor de los nuevos talentos On-line. ¿Qué te parece? ¡Toma mandarina, ¿eh?!
Una vez más Manu B esperó una risa por parte de Laura, una risa que nunca no llegó.
-Ah, que bien.
-Sí, tengo muc-chos proyectos en mente. Discurro constantemente durante mi vida diaria para crear verdaderas perlas. A veces me quedo tan absorto en esas historias fantásticas donde los duendes, los magos, las mazmorras y seres malignos inenarrables lo son todo, que pierdo el sentido del tiempo. Me he encontrado en Toledo más de una vez por estos sucesos mentales paranormales. Inconvenientes de crear perlas. Perlas inéditas de momento, pero soy optimista. Manu O, me llaman ahora.
Manu esbozó una gran sonrisa de felicidad al ver que Laura le reía cortésmente su última gracia.
-Y tú debes estar contenta, ¿eh?
Laura le miró extrañada.
-¿Yo?
-Sí, mujer...
-¿Por qué?
-Mujer, por Dios, ¿por qué va a ser? –dijo Manu B con sus pequeños ojos negros y porcinos que no dejaban de escudriñarla-... por el bebé.
Laura vio que los párpados del gordo se arrugaban por su gran sonrisa. Era imposible. Ninguno de sus amigos y familiares lo sabía. Su marido era el único. Su instinto dio saltos de alarma. Miró a la ventana con desesperación. Aún quedaban algo así como cuatro paradas para llegar a la suya.
-S-sí –respondió ella con un nudo en su garganta-. Muy contenta. ¿C-cómo lo has sabido?
Él la miró en silencio durante unos instantes. Instantes en que su cara porcina quedó por completo inexpresiva.
-Oh... si se te nota mucho –dijo él de forma rápida.
-No creo. La verdad es que me ha sorprendido mucho que lo hayas dicho.
-Supongo que soy bastante perceptivo.
-Sí...
Volvió a recolocarse en su asiento.
-¿Cómo lo vas a llamar? –preguntó Manu.
Laura miró las puertas del tren, suplicante.
Decidido: a la siguiente se bajaría. Esperaría a otro tren.
-¿Cómo lo vas a llamar? –volvió a decir Manu B, acercando su cabeza hacia ella por si no le había oído.
Laura al ver el enorme rostro de Manu junto al suyo, sintió un vuelco en el corazón.
-Gillermo...-dijo rápidamente.
-¡Oh! ¡Como su padre, ¿no?!
El tren se detuvo. Un intenso silencio se adueñó de los dos. Ambos acababan de adivinar el pensamiento del otro. Manu sabía que acababa de hablar demasiado, y ella sabía que lo sabía. Laura se levantó de su asiento y corrió hacia la puerta.
-Me bajo aquí –dijo ella con una rapidez acorde a la de sus pasos.
-Espera... no es lo que parece...
Manu hizo el ademán de levantarse y seguirla pero ya era tarde. Laura había alcanzado las puertas y había salido disparada del tren. Resignado, acercó su cara a la ventana. Con el tren en marcha, obtuvo una última imagen de Laura que caminaba con premura hacia la salida.
No volvería a verla más, de eso no había duda.
¡Estúpido!
Miró a la oscuridad que le saludaba cruelmente desde la ventana. A ojos de ella había quedado como un completo acosador. Cerró los ojos y dio un resoplido.
Volvió a abrirlos y cuando lo hizo, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa como hacia años que no lo hacia. Era verdad que la había aterrorizado, era verdad que había quedado como un acosador o algo peor ante ella, pero después de tantos intentos frustrados, de tantos trenes cogidos en vano para poder verla, aquella noche para bien o para mal había hecho lo que tantas veces se había imaginado en sus solitarias noches. Se había desquitado. Armado de valor, había dado el primer paso (paradójicamente también sería el último) y había hablado con ella pese a que la conversación había estado a años luz de la que tantas veces había idealizado en sus sueños. Pero lo había hecho y eso era lo importante. Su cuerpo así se lo dictaba. Sin duda eran los efectos benignos de la adrenalina que hacía escasos minutos había recorrido cada parte de su cuerpo. Su ansiedad, sus bloqueos mentales ya no estaban presentes.
Manu B volvió a sonreír. Se suponía que en aquella noche de viernes le esperaba lo de siempre: velada solitaria, su oscuro y deprimente piso repleto de cartones de pizza y latas de cervezas, los antipsicóticos del doctor Méndez en su escritorio, su ordenador encendido con todos esos guiones inacabados, dvds porno abiertos de par en par... pero las cosas iban a cambiar. Esa noche había ocurrido algo. Regresó a la oscuridad que tenía en la ventana y pudo ver las luces en la lejanía.
Redirigiría las cosas.
No tenía porque ser todo tan decadente y sucio... Podía tener el valor suficiente para cambiar de una vez su vida. De abrirse a nuevas posibilidades más allá de las palabras y sueños vacuos.
Podía hacer todo lo que quisi...
-Su billete, señor –dijo una voz grave al lado de él.
Manu apartó su cabeza de la ventana. Un revisor vestido de negro estaba de pie a su lado. Una expresión de diligencia adornaba su rostro.
-Oh, si, espere un momento –Manu se llevó una mano a su bolsillo-. Aquí está.
Manu se la entregó .El revisor la miró inexpresivo y se la volvió a dar.
-Muy bien, señor, y ahora deme uno que no esté fechado en el día de ayer.
-¿Perdone?
-Es un billete caducado, señor, le ruego que me acompañe.
-¿Pero que está diciendo?
Manu miró el billete para comprobar si lo que decía era cierto. Vio la fecha. En sus manos tenía el mismo billete que había comprado aquella misma tarde. Quedó confirmado al instante que aquel revisor era gilipollas o algo peor.
-Todo está en orden. Mire –Manu le enseñó de nuevo el billete.
-Mejor acompáñeme para que podamos aclararlo del todo.
-¿Aclararlo? Esto no tiene ningún sentido. No pienso moverme de aquí.
-¡No me sea gordo y levántese!
-Usted-d no puede hablarme así.
-¡Que se levante, coño! –el revisor alargó la mano de forma brusca hacia él y le agarró del brazo. Tiró con fuerza. La repentina reacción del revisor, intimidó a Manu. De repente, se sintió empequeñecido. El viejo y asustadizo Manu B atacaba de nuevo.
Quizás tuviera razón, pensó Manu, quizás estuviera equivocado y hubiera cometido algún error. Manu se levantó. Permitió que el revisor le dirigiera y marcara el camino.
Llegaron hasta las puertas de salida.
El tren se detuvo.
-Salga –ordenó el revisor.
-Yo no me bajo aquí, me bajo en...
-Creo que no me entiende, amigo. Salga inmediatamente.
Manu B volvió a obedecer. Al traspasar las puertas vio a cinco figuras delante de él. Sus ojos eran fríos y decididos y cada uno de ellos lucía una amenazadora indumentaria de color negro. Le esperaban.
-Buenas noches, Señor Noiles –dijo uno de los hombres, adelantándose al resto. En su cuenca izquierda llevaba un ojo de cristal de un intenso color azul que contrastaba con la oscuridad de su ojo biológico. Sin duda era el jefe del grupo.
Un segundo después, sintió un pinchazo en su espalda. Dio un grito al tiempo que se giraba sobre si mismo. Advirtió que el tren volvía a ponerse en camino. Le estaba abandonando dejándole a merced de unos depravados sexuales o algo peor. Vio que el revisor le sonreía con la inyección entrecruzando su rostro. Manu B asoció aquella imagen a la de la película Reanimator.
-Un billete para un mundo nuevo, Señor Noiles –dijo el revisor.
Y la imagen del revisor despareció ante sus ojos.

2.

Al oír un chasquido abrió los ojos. La primera imagen que vislumbró fue la de una luz tenue, amarillenta y deprimente. Distinguió varias figuras humanas de pie, aguardando algo que él ignoraba, y a otra figura justo delante, que parecía estar sentada. Se dio cuenta de que él también lo estaba. Una silla dura y metálica. Reconoció a la figura que tenía en frente: era el hombre de cristal que estaba situado en el lado opuesto de una mesa que tenía delante de él. El hombre movía la cabeza de forma constante, asintiendo. En su oreja tenía apoyado un teléfono móvil.
-Sí, señor, en estos momentos lo tengo delante... Descuide, Señor.... Esto nos ha caído del cielo y no voy a desperdiciar esta oportunidad... Sí, señor, le tendré informado -colgó. Al guardarse el móvil, el tuerto miró a Manu y le dedicó una sonrisa afable-. Oh, Señor Noiles, es un honor que ya esté de vuelta. Ansiábamos su presencia.
El Hombre entrelazó pacientemente sus manos a la altura de su rostro en una expresión serena.
-¿Le apetece un vaso de agua?
Manu quiso negarse pero se dio cuenta de que su boca se había convertido en algo pastoso y desagradable, como una esponja sucia y seca.
-Sí, por favor.
-¡Eydigans!
Una de las figuras que aguardaban detrás del hombre se aproximó hacia él con un vaso de agua ya preparado en su mano. Detalle que no pasó desapercibido para Manu. Movió la cabeza en todas direcciones, buscando respuestas a los interrogantes que le atormentaban. Estaba metido en un asunto serio. Esos hombres habían organizado algo para él.
-Tranquilícese, Señor Noiles.
-¡¿Dónde estoy?!
El hombre del cristal torció de forma leve sus labios, en una sonrisa apenas perceptible.
-Beba el agua que le ha traído tan amablemente Eydigans.
El tal Eydigans le puso el vaso de plástico ante sus ojos y comenzó a balancearlo de forma tentadora. Manu B, a su pesar, lo cogió. Tenía una sed terrible. Cuando el agua tocó sus labios cayó en la cuenta de que podría estar envenenada. Quizás tuviera alguna sustancia capaz de crear daños a largo plazo, el tiempo suficiente para que aquellos tipos hicieran con él lo que diablos pretendían hacer. Sin pensárselo dos veces, dejó caer el vaso al suelo. De una forma más perceptible, el hombre del ojo de cristal volvió a torcer sus labios.
-Vaya, Señor Noiles, veo que ya está despierto del todo. Eso me alegra. Va a ser una noche larga y no hay tiempo que perder.
-¿Por qué me llama Señor Noiles?
-Porque usted es el Señor Noiles.
-Me llamo Manuel Dormita. Todos me conocen como Manu B.
-Señor Noiles...
-¡No soy el señor Noiles! ¡Soy Manu B, guionista de guiones!
-Mire detrás de usted. Podrá hacerse una idea de lo que va a ocurrir.
Manu B miró al Hombre con ciertas reticencias pero lo hizo. A sus espaldas vio que había una camilla hospitalaria y a su lado una gran mesa metálica repleta de instrumentos quirúrgicos perturbadores. Manu se volvió hacia el Hombre con la expresión de su rostro visiblemente afectada.
-¡¿Dónde diablos estamos?!
-En un sótano abandonado…y puedo asegurarle que la única ayuda que podrá tener será de las ratas del tamaño de conejos que andan por aquí. Ahora díganos lo que queremos saber y no tendremos que hacer uso de lo que ha visto detrás suya. Usted elige, Señor Noiles. O nos comportamos como los caballeros que somos o por el contrario me obligará a presentarle a mi socio Leo.
Uno de los cinco hombres le saludó con la mano.
-...El Doctor –aclaró.
-Todo un experto en el manejo del tronco Patterson.
-¡¿Qué diablos es lo quiere?!
-No me está entendiendo Señor Noiles. La actitud de hacernos perder el tiempo es algo que no toleramos. Eydigans, por favor.
Eydigans se apresuró a agarrar uno de sus brazos.
-¡¿Eh?! ¡Suélteme!
Manu B vio como dos hombres más se acercaban hacia él y ayudaban a Eydigans en su labor.
-Smedley, para servirle, señor Noiles –dijo uno de los otros hombres, sonriente, cogiendo un poco de su brazo.
Le obligaron a ponerlo encima de la mesa y a extenderlo por completo.
-Por favor, suéltenme.
Manu vio como el otro de los hombres que se había acercado (y que no se había presentado aún), traía consigo un martillo. Manu tiró con fuerza del brazo. Eydigans y Smedley se encargaron de que todos sus esfuerzos fueran en vano. Uno de los hombres le agarró con fuerza del cuello, debilitándolo. El otro apretaba su brazo contra la mesa con gran ímpetu. Manu B miró suplicante al hombre del cristal.
-¡Por favor, no!
El hombre del martillo (a espera de una presentación mejor) levantó la herramienta. El Hombre le hizo un gesto con la mano, indicándole que aguardara.
-¿Y bien?... ¿tiene algo que decirme?
Manu cerró los ojos, aterrorizado.
-¡Por favor, no sé de que me está hablando! ¡¿Qué es lo quiere saber?!
-Adelante, Toni.
El hombre del martillo, que de forma reciente había pasado a ser Toni asintió con la cabeza. Descargó sin dilación el martillo en el dorso de la mano. Lucecillas rojas destellaron bajo los párpados de Manu B. Un gran alarido salió disparado de su garganta. Un dolor sordo e inaguantable se adueñó de toda su mano y notó como un intenso calor comenzaba a subir desde allí hasta su brazo.
-Señor Noiles, no vuelva a hacerme perder el tiempo. Me molesta bastante que yo tenga que informarle sobre algo que ya sabe. Ahórreme la exposición, ¿quiere? ¿No le dije que el tiempo apremiaba?
-Esc-cúcheme, por favor. Yo no...
-Toni...
Los destellos rojos volvieron a relampaguear con mayor violencia. El alarido esta vez provocó que Eydigans y Smedley dieran un pequeño respingo. El calor en su mano se hizo más intenso. Se dio cuenta de que esta vez era un calor húmedo. Al abrir los ojos vio que de su mano comenzaba a manar sangre profusamente. En el centro había una gran brecha. Nada más ver aquello, Manu sintió fuertes mareos en su cabeza.
-¡No actúes! –dijo el Hombre con una mueca de enfado.
Manu intentó con todas sus fuerzas retirar su brazo pero Smedley le tenía bien sujeto. Comenzó a sollozar, resignado.
-Se acabó la farsa, Señor Noiles.
Manu miró al Hombre del cristal con sus ojos lagrimeándole.
-Ambos somos profesionales, pero le recomiendo que no intente averiguar quien de los dos lo es más. Le doy diez segundos para que comience a hablar.
-Es-stá loco...
-Tiempo cancelado. Adelante, Toni.
-¡No!
Cerró los ojos. Notó como le salpicaba en la cara la pulpa de su propia mano.














3.
-¡¿Qué coño ha ocurrido?! –gritó el Hombre del cristal.
El Doctor se acercó a Manu y posó su mano sobre su cuello.
-¿Se ha desmayado? –preguntó Smedley.
-Y una mierda.
-Se ha desmayado –confirmó el Doctor.
-Pues despiértale inmediatamente.
-¿Puedo hablar contigo un momento? –le preguntó el más joven del grupo a sus espaldas.
El Hombre se volvió hacia él asqueado. Era el maldito adolescente que desde hacia siete meses por ordenes directas del consejo había sido nombrado su mano derecha. Ignoraba como lo había logrado pero tampoco importaba. El Hombre sabía una cosa respecto a Juan Cunda, carecía de agallas para aquel trabajo. A su modo de ver era un burócrata que no haría otra cosa que minar cada uno de sus actos. Y estaba a punto de presenciar un ejemplo de ello.
-¿Qué quieres, Juan?
-Gustavo, esto puede tratarse de un fatal error.
-¿Perdón?
-¿Y si nos hemos equivocado?
El Hombre parpadeó varias veces, atónito ante las barbaridades que acababan de brotar de forma impía ante su cara.
-Estaba en el lugar encomendado y encajaba con la descripción.
-Nos dieron sólo una descripción de su vestimenta.
-¿Estás cuestionándome? ¿Cuestionándonos?
-Sólo digo... –Juan tragó saliva-. Sólo digo... que desde que vi a este tipo bajar del tren, nada de este asunto me olió bien. Mi opinión es que estamos ante un civil un poco pasado de bollos.
-Para eso estamos aquí. Para averiguarlo –el Hombre miró a Manu B-, les entrenan precisamente para eso, Juan.
-¿Cuántos agentes has visto que pesen cien kilos?
-He visto lo que hacen en Fort Benning. Durante toda mi vida me he topado con auténticos camaleones. Hijos de puta que te harían creer que son los hijos de tus padres. Lo que he aprendido de ellos es que es mejor que los tengas clavados en un árbol cuando mienten. No deberías ser tan precipitado en tus juicios.
-Sólo quería saber que habías pensado en la posibilidad de que este tío fuera sólo... un gordo ordinario.
-Oh, sí –dijo el Hombre con una sonrisa falsa-. Le apretaremos un poco más las tuercas con el martillo. Si vemos que se clarifican las cosas, le dejaremos marchar con un par de kilos menos (perdidos en sudoración por pánico post traumático). Si no, tendremos que poner a trabajar al buen Doctor
El Hombre se volvió hacia Manu B.
-Ya vuelve en si –informó el Doctor.
El Hombre se sentó en su silla y adoptó su postura reflexiva: rostro sereno y manos entrelazadas.
-Señor Noiles, vuelve a honrarnos con su presencia.
Todos los presentes complementaron sus palabras asintiendo con la cabeza al unísono.
-Hemos empezado con mal pie.
-Yo diría que con mala mano...- dijo Smedley riendo.
El Hombre le fulminó con la mirada. Como respuesta, Smedley bajó la cabeza, azorado.
-Bien, Señor, Noiles, está comenzando a impacientarnos. Cada minuto que pasa, corre de nuestra cuenta y eso nos irrita.
Manu B volvió a cerrar los ojos y comenzó a sollozar.
-No sé lo que quiere, de verdad.
Juan miró al Hombre. Él no se molestó en devolverle mirada. Toda su atención estaba para Manu B.
-Dígame, Señor Noiles, ¿cómo está su mano?
Manu abrió los ojos y la miró.
-Apenas puedo notarla.
En ese instante, Eydigans y Smedley se apresuraron para cogerla una vez más. Volvieron a ponerla sobre la mesa. Manu notó una ligera punzada sorda cuando su mano quedó extendida sobre ella. Su herida reluciente quedó a la completa disposición de sus raptores.
-Toni, ponle remedio a eso, por favor.
De improvisto, Manu vio como su mano quedaba recubierta por una montaña blanca de arena. Manu abrió los ojos de manera desmesurada y chilló con todas sus fuerzas.
Sal.
Con sus ojos inundados de lágrimas, entre nebulosidades varias vio como el Hombre esbozaba una sonrisa.
-¿A qué puede notarla ahora?
-¡Dios!
-No me dé las gracias.
-¡Dios! –volvió a aullar Manu.
-Como la cosa siga como hasta ahora me obligará a tener que centrarme en su otra mano. Dejaremos descansar a la saladita de momento. ¿Qué me dice?
Manu se limitó a mirarle con una expresión de pánico en el rostro. El hombre del cristal asintió con la cabeza y chasqueó los dedos. En lo que duró un segundo, su mano blanqueada y dolorida desapareció de la mesa, ocupando su lugar la otra, de momento en buen estado. Toni fue hasta la camilla y comenzó a rebuscar entre el material quirúrgico. La respiración de Manu se aceleró.
-Por favor, si no me decís lo que queréis no puedo decíroslo. ¡¿Cómo pretendéis que os ayude si no me habéis explicado nada?
-Gustavo, quizás deberíamos...-dijo Juan.
-¡La cinta podría estar ya de camino a Paris! ¡No pienso perder tiempo en gilipolleces!
-Pero...
-¡No me interrumpas!
Manu vio como Toni se ponía delante de él. Sujetaba unas enormes tijeras. Sus brillantes hojas refulgieron con tanta intensidad que le hicieron entrecerrar los ojos. Una opresión subió desde el pecho hasta su garganta.
-Empieza por los dedos, Toni. Vamos a interrumpirle la mano.
-Sí, Señor.
-¡Se lo suplico! –gritó Manu B. Su cara era masa rojiza y húmeda, cubierta por todos lados de lágrimas y mocos.
-Adelante, Toni.
-¡Es sólo un civil, Gustavo! –gritó Juan a su vez-. ¡Basta!
-¡Adelante!
-¡No he hecho nada! –gritó Manu.
Notó como las hojas tocaban su dedo índice. Dentro de unos segundos dejaría de poder sentir ese horrible tacto.
-¡No es ningún civil! –dijo Smedley.
-Si que lo es –dijo Juan, a su vez.
-¡Lo soy! –gritó Manu B-. ¡Lo juro!
-¡Callaos! –gritó el jefe.
-¡Estaba en el tren de camino al aeropuerto...! –dijo Smedley-. ¡Coincide con la descripción!
-Allá voy –dijo Toni.
-¡No!
-¡No lo hagas, Toni! –gritó Juan.
-¡Hazlo! –increpó Smedley-. ¡Qué sufra!
-Jefe...-dijo Toni, aguardando su aprobación.
-¡Por favor...!
Toni comenzó a cerrar las tijeras.
-¡¿Qué Diablos es eso?!–gritó el jefe.
En el acto, todos guardaron silencio. De forma difusa oyeron un incesante goteo. Las cabezas de los raptores de Manu B se volvieron al unísono a él.
-Lo siento... –dijo avergonzado.
-¿Pero que coño...? –dijo el jefe levantándose de la silla indignado.
-Lo siento, de verdad...
El Hombre se agachó para mirar debajo de la mesa. Un enorme charco amarillento se extendía debajo de las piernas de Manu B.
-¡Joder! –gritó.
-Hay que joderse –dijo Smedley que como todos, miraban con perplejidad las esencias de Manu B.
-No he podido evitarlo.
-Tranquilo... –le dijo Juan con voz suave.
-Por el tamaño del charco lleva meándose desde que le trajimos –comentó Smedley.
-Si...-dijo Eydigans.
El Hombre se acercó hasta Juan. Los dos caminaron hasta el punto más alejado de la mesa.
-¡Mierda-puta!– gritó el jefe-. Este tío es sólo un gilipollas, ¿verdad?
-Me temo que sí.
-¡Joder!
-Le diré a los chicos que lo levanten y le lleven hasta la furgoneta. Esperemos que no se haya cagado también...
-Aún no. Ni hablar que se va a mover de aquí.
-Pero...
-Esto no ha terminado. Es posible que hayan usado a este imbécil como señuelo. O cómo un correo que ignora que lo es.
-Gustavo, por favor...
-He visto lo que hacen en Fort Benning y en Dundadley Scott´s. ¡Acuérdate de Samuel Contreras.¡Piénsalo, maldita sea! Un espía que no sabe que es espía. Nosotros hemos hecho lo mismo.
-¡Pero no en una misión de alto riesgo! ¡Tendría que haber llevado la grabación encima! ¡¿De veras crees que pondrían la prueba definitiva contra la Corporación en manos de un don nadie?! ¿De un Dunkins Donuts como él?
-¡Sí, si eso precisamente puede desviarnos del objetivo! Aún no tienes ni idea de cómo se hacen las cosas, Juan. Quizás ni supiera que llevaba nada.
-¿Qué piensas hacer?
-Voy a continuar hablando con él. Tenemos que asegurarnos.
-Me niego en rotundo.
-¿De verdad estás dispuesto a dejarlo aquí? Sin haberlo comprobado antes concienzudamente. ¿Se lo explicaras tú a Dacosta?
Juan apartó la mirada del Hombre, guardando silencio. El Hombre dando por zanjado el asunto, avanzó de nuevo hacia la mesa.
-No le hagas daño–le dijo Juan a sus espaldas.
-Descuida...
Llegó hasta la mesa y se sentó una vez más ante Manu B.
- Toni...-dijo el hombre del cristal.
- ¿Qué quiere que le corte ahora, señor?
- De momento busca una fregona y friega las inmundicias del Señor Noiles.
-¿Tengo qué hacerlo yo?
-¡¿A que esperas?! –le gritó irritado.
-Enseguida –respondió sumiso.
El Hombre miró con atención a Manu B.
-Cuando le trajimos aquí, registramos cada centímetro de su ser...
Smedley rió.
-Incluidos sus calzoncillos manchados –dijo Smedley divertido.
El Hombre del cristal por segunda vez en la noche volvió a fulminar a Smedley con la mirada. Al ver la expresión de su jefe, Smedley supo que seguramente no habría una tercera.
-Le registramos y no encontramos nada. Así que díganos, ¿a quien vio hoy en el tren?
Manu dejó de sollozar en el acto. Su cara reflejó una expresión de perplejidad que no pasó desapercibida para el Hombre del cristal. El Hombre esbozó una pequeña sonrisa. Por fin obtenía una pista de aquel cabronazo.
-Vaya, vaya, Señor Noiles... nos ha ido andando con secretitos.
-Yo n-no sé nada.
-Sus ojos no dicen lo mismo –el Hombre del cristal miró a Juan con una pequeña expresión de autosuficiencia.
-¿Le ha dado algo a esa persona?
-No.
- Eso lo decidiremos nosotros.
-¡Ella no tiene nada que ver!
La sonrisa del Hombre del cristal volvió a ensancharse.
-Vaya, vaya –dijo el Hombre del cristal con alegría. Volvió a mirar a Juan-. ¿Con que ella? Desde luego por como largas si que eres un civil.
-¡Sí, joder! ¡Es lo que llevo diciéndole toda la noche!
-Va por buen camino, Señor Noiles. Siga así. Ahora va la pregunta estrella, si la acierta, un osito gordito para usted, ¿quién es ella?
Mil pensamientos se dispararon en violentos fogonazos en la cabeza de Manu. Su corazón se congeló.
-Queremos su nombre.
Manu cerró los ojos y sollozó...
Estaba ante uno de esos escasos momentos en la vida en que se era consciente precisamente de la importancia de ese momento. Ellos sabían que él era un civil, un inocente, si les decía lo que ellos querían saber, quizás saliera vivo de allí.
-Ella... –dijo Manu abriendo sus ojos húmedos.
Por otra parte, si revelaba el nombre de Laura, la pondría en peligro. A saber lo que aquellos salvajes le harían para conseguir sus propósitos. Desde un punto de vista dramático, sería su vida por la de ella.
Manu miró al Hombre implorando piedad. El Hombre parpadeó con lentitud, inmutable.
Los ojos de Manu se movieron hacia arriba y luego hacia el lado derecho de su cabeza.
Su boca temblorosa comenzó a hablar por él.
-Marisa Céspedes.
-Ajá –dijo el hombre del cristal.
-Aquí está la fregona, señor –dijo Toni al llegar. La levantó para mostrársela al hombre del cristal.
-Vuelve a coger el martillo, Toni.
Manu miró al Hombre del cristal alarmado.
-Debe tomarnos por aficionados, Señor Noiles. Pero como decimos en la industria: para una treta una jugarreta.
Acto seguido, Toni descargó el martillo en la rodilla de Manu.
Manu cogió aliento y comenzó a revolverse, desesperado, en su asiento.
-Tiene reflejos –comentó Toni esbozando una sonrisa.
Smedley soltó una carcajada.
-No seamos sádicos con el pobre Señor Noiles –dijo el Hombre que sin poder reprimir una sonrisa-. Le sugiero que no intente timarnos otra vez. Tiene a seis profesionales mirando cada uno de sus ridículos gestos.
Eydigans agarró su brazo bueno con fuerza. Con horror, Manu, vio como éste quedaba de nuevo extendido en la mesa.
-Antes se interrumpió su cita con las tijeras... vamos a retomarla. Diga ese maldito nombre y todo acabará.
Manu sintió la adrenalina por su cuerpo. Una fuerte opresión en el pecho le impedía respirar. Cada bocanada que daba, por muy pequeña que fuera, le provocaba un dolor sordo. Perdería los dedos si no nombraba de manera inmediata su nombre.
-¡Ella no tiene nada que ver! ¡Se están equivocando de hombre!
-No, Señor Noiles, cada minuto que pasa, nos confirmas lo importante que ella es. Díganos su nombre y ya decidiremos nosotros. Voy a contar hasta cinco...
Toni colocó otra vez las tijeras en su dedo índice.
-...Uno...
Manu miró con horror su dedo y las brillantes hojas que lo aprisionaban. Su índice desaparecería en cuestión de segundos. Sólo tenía que pronunciar Laura y recuperaría su dedo, recuperaría su vida. Volvería junto a su amiga oscuridad, a su pisito gris...
Le harían daño, la golpearían con un martillo....
Notó fuertes pulsaciones en las sienes. La urgencia de la sangre. Su corazón a cien revoluciones. El sudor encharcando su asiento debajo de él.
Sólo era un hombre. Un guionista cobarde... No estaba en su mano el poder hacer algo.
-...Dos...
Martillo. Dedos, muñón...
Su nombre es Laura....

Su índice se movía de forma involuntaria entre las hojas de las tijeras, tocándolas.
Se había acercado por primera vez...
-...Tres...
¿Dolería mucho?
-Ella...
¡Había relegado sus fantasías a un segundo plano y había hablado con ella!
Miró a los seis hombres que tenía delante de él. Le observaban con atención, aguardando a que dijera las palabras mágicas.
-Cuatro...
Se percató de que cada segundo que pasaba, los maleantes se impacientaban más y más.
¡Estaban más ansiosos que él, que estaba a punto de perder su dedo!
De repente, el corazón de Manu B se desaceleró. Su respiración recobró la normalidad y su dedo quedó firmemente colocado entre las tijeras.
Sí, si que estaba en su mano el poder salvarla. De hecho, debía perderla para salvarla.
Los sueños de Manu, todas esas fantasías que habían tenido lugar en la oscuridad de su habitación mientras observaba durante horas las luces de la calle reflejadas en su techo, suplicando por ser correspondido por su chica, todas esas mañanas despertándose tras sueños maravillosos y topándose frente a frente la realidad recobraban ahora pleno sentido. Un sentido que había creído encontrar hacía mucho tiempo en la escritura siendo lo bastante iluso como para pensar que el sufrimiento de su adolescencia había tenido un fin: moldearle como artista, convertirle en un gran escritor. Ese dolor, esa angustia, esa soledad, elementos inseparables de su pasado y que en el futuro le servirían de material perfecto para sus historias, ahora sabía que todo era una gran farsa. La excusa de un ingenuo de ojos grandes como él. Consuelos para intentar llegar a ser alguien en la vida. Una burda forma de ser correspondido y admirado por los demás.
El miedo le había impedido contemplar las cosas con perspectiva, pero ahora lo veía. Por ardides del destino, para bien o para mal, el que controlaba la situación era él. Desde el principio había sido así.
Manu miró a sus enemigos con una tranquilidad de la que no había gozado en toda su vida., consciente de la maravilla que estaba teniendo lugar. Sus sueños de ser el protagonista, de salvar a su chica a tiempo, ¡A laura! cientos de miles de versiones que habían estado desfilado debajo de sus párpados durante todos aquellos años y que habían sido escritas una y otra vez en mediocres relatos, estaban allí, plasmadas en aquel instante. En ese segundo, en ese sótano, el mundo era suyo.
Si no decía nada, salvaría la vida de Laura. Salvaría la vida de su chica. Así de simple.
Los malos dependían de él. Laura dependía de él.
¿Cómo no había visto las cosas así desde el principio?
-Cinco...
Manu B esperó algo así como un segundo antes de darles una respuesta, saboreando las miradas impacientes de aquellos seis individuos.
Su respuesta: una amplía sonrisa burlona.
Juan al verla, en un acto reflejo, se llevó la mano a la cabeza, seguido de un fuerte plas.
El gordo se había vuelto loco. Cerró los ojos, temiendo por el pobre y estúpido Manu B.
Eydigans y Smedley se intercambiaron miradas de sorpresa.
-¿Cree que sabe lo que es el dolor, Señor Noiles? Su nivel de experiencia no llega ni a cero. Adelante, Toni.
Manu centró su mirada en las tijeras y en su dedo. Se centró en las hojas que apretaban su carne. Se centró en el dolor punzante de la presión que hacían y se centró en el frío del acero cuando éstas penetraron en el dedo... cuando tocaron su hueso, cuando lo partieron.... Abrazó ese dolor porque abrazaba lo que acababa de hacer. Gritó llevado por la agonía. Los maleantes rieron.
Manu chilló en la cara del Hombre, llenándosela de humedades varias.
Eydigans se apresuró a limpiar la cara de su jefe con unas gasas que tenía a mano.
-Eso ha sido del todo innecesario, Señor Noiles –dijo el Hombre-. Toni, a por el siguiente.
Eydigans taponó el muñón de Manu con las mismas gasas con las había limpiado el rostro de su jefe.
-¡Basta! –le gritó Juan al Hombre.
El Hombre del cristal miró a Juan con una expresión de perplejidad e indignación.
-¿Qué has dicho?
-He dicho que basta. No voy a tolerar más esta situación.
Smedley, Toni y Eydigans se intercambiaron miradas de extrañeza. El único que permaneció impasible a los cambios, tal y como lo había hecho desde el principio, fue el Doctor Leo. Alerta y firme, las únicas directrices por las que se guiaba de momento.
-¿Estas ordenándome algo, Juan? –preguntó el Hombre escudriñándole con la mirada.
-No voy a quedarme quieto mientras torturas a un inocente.
-Se niega a dar una información. Estoy legitimado para hacer lo que esté en mi mano…
-…En detrimento de la suya –agregó Smedley divertido y señalando el muñon de Manu. Acto seguido se tapó la boca.
El Hombre se levantó de su asiento y se acercó amenazador hacia Juan. El muchacho se quedó quieto donde estaba, firme como una roca.
-No vuelvas a contradecirme delante de mis hombres, ¿te queda claro, hijo de puta? –le susurró el Hombre del cristal a apenas un palmo de su cara.
-Haré lo que tenga que hacer.
Los dos hombres se miraron a los ojos.
La creciente tensión se mitigó al sonar el móvil del Hombre.
-Es Dacosta.–dijo el Hombre-. Querrá saber de los progresos. Progresos que tú me estás impidiendo realizar.
-Hablaré con él.
-Ni hablar.
-No pienso hacer nada más bajo tus órdenes hasta que Dacosta sepa como está yendo esto.
-A Dacosta no le interesan menudencias, sólo quiere resultados.
-He dicho que hablaré con él. Dame el teléfono.
-Yo soy tu jefe, recibes órdenes de mí.
-Dame el teléfono, no voy a repetírtelo más.
El Hombre se acercó a Juan y de mala gana alargó su móvil hacia él.
En el instante en que Juan lo cogió, el Hombre apoyó su cuerpo junto al de él y con la otra mano, sacó de su bolsillo su preciada 44. Apoyó el cañón en el pecho de Juan antes de que pudiera darse cuenta de algo. Disparó. Con el teléfono aún sonando, Juan salió despedido hacia atrás. Por suerte, el móvil se soltó de sus manos inertes antes de que cayera derrumbado al suelo. El Hombre lo cogió en el aire y con tranquilidad, lo apoyó en su oreja. Los demás, como si allí no hubiera tenido lugar algo más relevante que la caída de un plato en un restaurante, ni se dignaron a mirar el cadáver.
-¿Diga?...-dijo el Hombre con voz suave-. Hola, señor, todo va según el programa, quizás un poco más lentos que de costumbre pero… Sí, Señor, pondré enseguida a trabajar al Doctor. Lo sé, Señor… Sí. Le llamaré ante cualquier eventualidad.
El Hombre guardó su teléfono. En apariencia, su rostro mostraba una expresión serena y diligente que en realidad, solo representaba lo que había trabajado durante mucho tiempo con esmero ante su espejo. Un ser inescrutable e invisible en todo momento. Manteniendo esa misma firmeza, el Hombre del cristal regresó a su asiento. Su mirada felina se posó en el sudoroso y dolorido Manu B.
-Hable…es su última oportunidad para seguir siendo quien es, ¿lo entiende?
Manu apretó con fuerza la gasa contra su dedo.
-Creo que lo entiendo...
El Hombre le miró perplejo. No podía creerse que tuviera a semejante gilipollas delante de él. Aquello era inaudito. El Hombre soltó un resoplido.
-Perfecto, Señor Noiles –miró a Eydigans y a Smedley-. Trasladadle a la camilla.
Las reacciones enfáticas de los hombres indicaron que llevaban tiempo esperando aquel momento.

4.
Manu B intentó resistirse a sabiendas de que era inútil hacerlo pero quería demostrarles de que aún le quedaba algo de dignidad. Le colocaron en la camilla y le obligaron a tumbarse. Cuando lo consiguieron, se afanaron a atarle correas en sus manos, en el pecho y en la cintura. Quedó a la completa merced, si no lo estaba ya antes, de las voluntades nada benevolentes de aquellos hombres.
-Antes le hice una breve presentación de Leo… -le llegó a Manu la voz del hombre del cristal.
-…El doctor –se encargó de concretar de nuevo él.
-Verá, Señor Noiles, en casos como el de usted, en donde el tiempo es oro, nos obliga a tomar medidas poco ortodoxas. Ahora comprobará cuales son estas medidas.
Vio como Eydigans y Smedley colocaban al lado de él una columna en las que colgaban varias bolsas de plástico.
-Mi socio Leo y yo no creemos en las torturas lentas y piadosas, donde los pequeños cortes de bisturí en las zonas sensibles del cuerpo lo son todo. Creemos que la tortura tiene proyección más psicológica que física. Basándonos en este principio, ¿de qué sirven unos cortecitos en el abdomen o unas quemaduras en el torso o las espinas en las uñas si son heridas que por muy dolor que inflijan, a la larga cicatrizan y permiten al individuo volver a su vida normal? Usted nos está haciendo perder un tiempo muy valioso, ¡y aquí y ahora, nosotros le demostraremos lo urgente que es que nos de la información que esconde! ¡Lo desesperados que podemos llegar a estar! Esas bolsitas de líquido que puede ver a su lado contienen una solución salina creada por el Doctor. Le permitirá separar partes de su cuerpo a su antojo, serrarle y que no llegue desangrarse en mucho tiempo. Y lo más importante, estará consciente en todo momento.
-El valle del dolor, ¿verdad, jefe? –dijo Smedley-. El valle del dolor al amanecer.
-Sí, Smedley, ¡y ahora cállate!
El Doctor Leo se acercó al palo de suero y miró a Manu B.
-No son buenas noticias, ¿verdad, Señor Noiles?
-Mi nombre no es Noiles, es Manu Dormita. Manu B para los amigos.
El Doctor Leo le clavó a Manu en un brazo una aguja que conectaba por medio de un tubo a la solución salina.
-Ahora verá que bien –dijo el Doctor.
El Doctor le dio la espalda para rebuscar entre el material quirúrgico. Al volverse, pudo ver que en una de sus manos tenia algo reluciente. Un bisturí.
- ¿Por donde quieres que empiece? –le preguntó el Doctor al Hombre del cristal.
-Como decía mi difunto abuelo, una mano para el lavabo…-contestó el Hombre.
El Doctor hizo el ademán de ir a buscar una herramienta más efectiva para esa tarea.
-Ni hablar –le detuvo el Hombre-. Quiero que se le haga interminable.
El Doctor asintió. Manu B cerró los ojos, horrorizado. Tenía que salir de allí.
Físicamente no, por supuesto. Desde hacía algún tiempo, estaba jodido en ese menester. Pero había formas de talante psíquico. Para su desgracia era un completo desconocedor de artes como el yoga. El Tai Chi bien podía ser para él un rico aperitivo japonés, y el chakra, el nombre de una galleta. Su mente vivía a un nivel plenamente consciente. No podía correr una distancia de doscientos metros sin enseguida pensar,
Dios, estoy corriendo. Algo en mi pecho se mueve… me cuesta respirar...
En todo momento era consciente de los estímulos que su entorno le ofrecía. Sin embargo sabía que debía intentar concentrarse en algo. Era vital salir de allí. Alejar el dolor.
Sabía que podía hacerlo. Era escritor, ¿no?
A los pocos segundos, Manu se dio cuenta de que tal pensamiento era infundado. ¡¿Quién se creía que era?! ¡¿Un fakir?!
¡No!, gritó una parte de su mente. Era la misma parte que no había conocido hasta aquella noche. La misma que se había negado en rotundo a decir el nombre de Laura.
Has vivido en tu mundo, Manu, toda tu vida. Bien, capullo, ahora es el momento de que hagas uso de tu autismo emocional.
Manu vio el bisturí, brillante como el demonio, cada vez más cerca de él. Cerró los ojos. El dolor no tardaría en hacerse notar y cuando eso ocurriera, acapararía todos sus sentidos. No habría poder mental, ni mundo imaginario que valiera.
El valle del dolor al amanecer como había dicho antes Smedley de forma tan elocuente. Si quería escapar de allí, tenía que partir de algo sólido. Debía seguir un camino lógico y viable. Una estructura mental a prueba de balas. Un camino que por decirlo de alguna manera, contara la verdad. Su verdad.
Una pequeña imagen de Laura cruzó su mente y con ella la solución a su problema. Como toda persona que vive con una obsesión, Manu también había encontrado su antídoto. Laura era tanto como un elemento sustancial en su vida como una maldición que le impedía avanzar en ella. El número de veces que Manu había alimentado su obsesión, aquellos incontables viajes en tren espiándola, escuchando sus conversaciones por el móvil con su marido (incluyendo la tarde en la que ella, enfática, habló largo y tendido con él sobre el bebé) era equiparable al número de veces que Manu había intentado retomar su vida, olvidar el pasado y, en esencia, olvidarla. Manu había encontrado una pequeña forma de hacerlo. Una forma se basaba en instantes efímeros que le recordaban su valía, su independencia ante cualquier complejo u obsesión. Un simplón y divertido tema musical que había descubierto por casualidad desde hacía algún tiempo en la radio. Cada vez que escuchaba aquella melodía, no sólo le lograba arrancar una sonrisa de sus labios sino que durante dos minutos sus problemas desaparecían. En ese tiempo todo quedaba en familia. Manu B volvía a ser un niño.
Si había logrado templar el dolor asociado a Laura con aquella música, quizás sirviera también para combatir el dolor real. Los himalayos, según decían, llevaban siglos haciendo locuras por el estilo.
Hizo el esfuerzo mental por evocar esa canción y llevarla hasta aquel sótano: que inundara la estancia de su particular colorido, que convirtiera aquel afilado y brillante bisturí que ansiaba con morderle, en algo blando e inofensivo como el simple juguete de un payaso de feria. Las primeras notas empezaron a desfilar por su cabeza, pero lo hicieron de forma poco nítida.
El Doctor, con sus manos enguantadas de blanco, tocó una de sus manos. Manu se concentró en la canción. Se acordó del guitarreo daba inicio a la melodía. De aquellos cálidos sonidos. Al hacerlo, de forma fluida las primeras notas llegaron hasta él. Las agarró con fuerza, intentando mantenerlas todo el tiempo posible en su memoria. Las tarareó. Se obligó a hacerlo varias veces hasta que se vio seguro para proseguir. Sorprendido, descubrió que cada vez, con más nitidez, conseguía oír la melodía en su cabeza. Fue a por el resto de la canción. Con cada pequeño tramo que conseguía avanzar, volvía de nuevo para atrás para recordarla toda desde el inicio. La canción se convirtió en una reiterada y mecánica consecución de notas carentes de algún sentido emotivo. No se preocupó por ello. Hasta que no la tuviera completa, esta no recobraría su fuerza inherente. En ningún momento, mientras estaba inmerso en aquella labor, se atrevió a abrir los ojos y ver lo que ocurría fuera. Si lo hacía, estaba seguro de que todo lo poco que había conseguido se vería desbaratado.
Imploró por tener la canción lista antes de que su mano se viera horriblemente seccionada. Cuando estuvo seguro de tenerla, Manu B, se dispuso a reproducirla en su mente, nota por nota.
No va a surtir efecto, pensó, cuando el bisturí penetre en la carne no habrá canción que valga. Reprodúcela cuantas veces quieras pero…
Manu despejó su mente. Si había que ocupar espacio en su cabeza, que fuera para la canción.
Inició la reproducción. El primer intentó resultó penoso. La canción que oyó en su cabeza estaba años luz de la original. Había grandes lagunas en su desarrollo, vacíos que desembocaban en tonalidades completamente diferentes desviándose de la sintonía original. Estaba perdido. El dolor sonaría en él como una campana a media noche.
-Señor, Noiles, ¿está dispuesto a colaborar ahora? –le preguntó el Hombre fuera de la oscuridad de sus párpados con voz suave y amable.
-Está en shock –dijo Smedley.
-No lo creo –respondió el Doctor.
-Vayamos entonces a por su otra mano…
Al oír aquello, Manu abrió los ojos, como si acabara de recibir un latigazo. Vio como el Doctor y el Hombre volvían sus miradas hacía él en el instante en que abría los ojos. Smedley estudiaba con sadismo lo que minutos antes le había pertenecido a él desde nacimiento: su mano derecha. El dolor que, de forma milagrosa y sin haberse percatado había logrado apartar, acudió a él con todas las de la ley. Se inició en la zona donde antes había estado su mano. Notaba como si ésta, aún unida a él, hubiera quedado atrapada en un cepo. Un dolor incesante, sordo, subía y bajaba a su antojo por su brazo. Manu aulló de dolor.
El hombre del Cristal y el Doctor rieron, más llevados por el alivio que por otra cosa.
Cierra los ojos y céntrate.
Pero Manu siguió gritando.
Déjame gritar un poco más, por favor. Sólo un minutito.
¡No! Hazlo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Manu calló y volvió a cerrar los ojos.
La perplejidad no tuvo cabida en el Hombre y sus sicarios. Lo que estaban presenciando estaba fuera de toda normalidad. Debían de vérselas con alguna clase de autista. Un deficiente incapaz de expresar emociones sustanciales y divertidas para la vista como el dolor.
-Ahora los dedos de la otra mano. Uno a uno.
-De acuerdo –dijo el Doctor.
¡Debía encontrar de nuevo la canción! ¡¿Cómo Diablos iba a hacerlo ahora con ese dolor ahí?!¿Y cómo pensaba hacerlo con los nuevos dolores que en cuestión de segundos comenzarían a atenazarle? Intentó recuperarla. Al menos una parte de ella, pero fue en vano. Ya ni se acordaba de una sola nota. El dolor, el miedo le habían dominado por completo. Pronto sería su fin y el de la pobre Laura, desvelada de manera irremediable.
¡Y una mierda!
Le acababan de amputar una mano. De su boca no saldría nada que no fuera material tangible como saliva o mocos. En ese momento, Manu tomó conciencia del surrealismo que estaba viviendo. Le creían por una especie de espía. Le acababan de cortar una mano sin que sintiera nada. Y lo más gracioso, estaba sacando de quicio a aquellos tipos.
Manu rompió a reír.
Los maleantes se miraron entre ellos, absortos. Manu abrió los ojos. Al ver las ridículas caras de sus captores, sin poder hacer nada por evitarlo las risas se intensificaron.
-¿Se trata de una broma? –dijo el Hombre atónito.
-Tranquilo, Gustavo, debe tratarse del Shock. Es algo muy corriente. El organismo segrega hormonas que contribuyen al cachondeo... –informó el Doctor.
Con cada carcajada pero sin ser consciente de ello, el dolor del brazo fue remitiendo para Manu.
-¡Pues deshockale, hostias! ¡Deja esa mano sin extensiones perceptibles al ojo humano, cojones!
La canción volvió a activarse en su cabeza estableciéndose un fuerte asociacionismo entre el surrealismo presente, las risas y la canción. Toda clase de endorfinas recorrieron su cuerpo, haciendo que el dolor quedara relegado a algo de segundo plano El bueno de Manu B abandonó el sótano al instante.

Y cayó de lleno en una playa.
-Señor Noiles…-le dijo una voz lejana.
Manu B como si no fuera con él, siguió centrándose en sus queridos azules.

-¿Va a colaborar? –preguntó el Hombre mirando a Manu B de forma piadosa.
El hombre aguardó una respuesta mientras observaba el cuerpo tembloroso de Manu. Al ver que no respondía, una expresión de alarma asomó en el rostro del hombre del cristal.
-¿Señor Noiles? ¿Señor Noiles se encuentra usted bien? –dijo el Hombre asustado. Miró al Doctor-. ¿Qué Diablos le ocurre?
-Creo que nada, Señor…
-¡¿Cómo que nada?! ¡Se ha pasado con el bisturí, sádico hijo de puta! –el Hombre comenzó a darle palmadas en la cara a Manu B-. ¡Señor Noiles…!
-¿Eh?... –dijo Manu B con voz adormecida.
- ¡Señor Noiles! –dijo el Hombre del cristal aliviado-. ¡Señor Noiles!
-Sí…
El Hombre del cristal esbozó una sonrisa de alegría al tiempo que suspiraba. Miró al Doctor con una expresión de repulsión.
-Tapone las heridas –le ordenó con hosquedad a Leo-. Oiga Señor Noiles…
-Sí…
-¿Está dispuesto a colaborar ya? Es que ha estado muy cerca de morir y…
-No… Aún no, pero gracias.
El Hombre del cristal parpadeó varias veces, atónito. Al igual que Manu B, el Hombre del cristal comenzó a tomar conciencia del surrealismo que impregnaba aquella noche. La sensación que le provocó a él fue inversamente proporcional a la de Manu B. Frustración, odio y rabia recorrieron sus venas.
-¡Gordo de mierda! –estalló el Hombre del cristal. Varios goterones de saliva cayeron sobre el rostro de Manu B-. ¡Te juro que no va reconocerte ni tu madre!
Sus hombres le dirigieron pequeñas miradas de sorpresa que al segundo siguiente fueron atenuadas por completo. Si no querían acabar como el pobre Juan Cunda más les valía andarse con ojo con sus reacciones. El móvil del Hombre volvió a sonar. Un pequeño atisbo de pánico apareció en su rostro, que sólo Leo, observador nato como era, fue capaz de percibir. El Hombre simuló una tos y se quedó quieto donde estaba, sin hacer el mínimo movimiento. El móvil volvió a sonar. Lo ignoró.
-Su teléfono… -le señalizó Toni con suavidad.
-Ah, sí –dijo con una falsa voz sorprendida.
El Hombre sacó el móvil del bolsillo con lentitud y lo miró con ojos ausentes.
Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Leo. Su expresión, en apariencia serena y firme, se derrumbó en ese instante. Sus hombres quedaron ante un individuo al que nunca habían visto.
-Por favor, contesta tú. Di que no estoy –dijo acercándose hacía el Doctor, tambaleante como un borracho, y alzándole el móvil con movimientos ancianos.
Los hombres quedaron atónitos por lo que estaban presenciando.
-Señor…
-No puedo contestar… no sin haber obtenido resultados…tienes que entenderlo.
Eydigans, Smedley y Toni se miraron una vez más entre ellos anonadados. Todo lo que estaba sucediendo era muy nuevo para ellos.
-Lo haría si pudiera, Señor… pero es su móvil… no puedo hacerlo…
-Yo....
El Hombre cerró los ojos un momento con el fin de serenarse y aclarar las ideas. Resignado, se llevó el móvil a la oreja.
-¿Diga?...Oh, Señor Dacosta, siento haberle hecho esperar… tenía las manos sucias…No, aún no hemos conseguido gran cosa pero está todo bajo control…somos bastante optimist… No, Señor, le agradezco las molestias pero no es necesario… Es muy considerado pero… Señor… Sí, Señor… De acuerdo…
El Hombre despegó el móvil de su oído. Sus hombres le miraron expectantes.
-¿Qué ocurre? –se atrevió a preguntar Smedley, a pesar de que en momentos como aquellos una pregunta de tal calibre podía sesgar su vida.
-Dacosta envía a sus hombres aquí –dijo el hombre del cristal con mirada vacía. Estamos jodidos. No va a consentir que se pierda más tiempo.
-¿Van a relevarnos? –dijo Eydigans incrédulo.
-Sí a relevarnos.
- ¡Dios! –dijo Eydigans.
-Sugiero que nos larguemos de aquí cuanto antes. Ahora que disponemos de tiempo –dijo Toni-. ¡Qué le den por culo al Rey de las salchichas éste!
-Yo también pienso lo mismo –se apresuró a respaldar Eydigans.
-Nos encontrarán –dijo el Hombre. Volvió su cabeza hacia la camilla, centrando su atención en Manu B-. En el Señor Noiles está la solución, por muy tentadora que nos parezca la idea de huir. Sabemos como trabajamos, caballeros, y sabemos que no dejaran de levantarse piedras hasta que hayamos sido encontrados... y liquidados.
-Estoy con Gustavo. Debemos doblegar al Señor Noiles como sea -dijo el Doctor.
- Tenemos quince minutos hasta que llegue el helicóptero con los hombres de Dacosta –dijo el hombre del cristal.
-Pues entonces sugiero que todos cojamos un instrumento y le torturemos todos a la vez –propuso Smedley.
-¡Qué barbaridad! –gritó el Doctor escandalizado.
-¡Habló el puto Doctor Menguele en persona! –repuso Smedley.
-Si lleváramos a la práctica tu idea no sólo perderíamos tiempo, quizás, hasta le provocáramos un paro cardiaco.
-¡Tenemos que pensar en algo, maldita sea! ¡En algo definitivo! – el Hombre volvió a mirar a Manu B-. En algo auténtico, no carente de mérito. Algo impertérrito, destacable entre el terreno de cuchillos en el que nos encontramos…
-Sí…-dijo el Doctor enarcando las cejas, llevado por la perplejidad de las sandeces que oía.
El Hombre se mordió los labios, pensativo, sin apartar los ojos de Manu B.
Miró a sus hombres y torció su labio de forma malévola en una sonrisa.
-Le quitaremos lo que más necesita en este mundo.
-¿Sus huevos? –dijo Smedley abriendo los ojos de manera desmesurada, llevado por la excitación.
El hombre le ignoró por completo.
-Dijo que era guionista. Le arrebataremos lo que más necesita para su labor de onanismo intelectual: sus preciados y putos ojos
-¿Y sus huevos…?
-¡Para lo que los usará este pájaro, ¿qué coño le van a importar si se los quitamos, Smedley?!
-No sabe lo que dice, Señor. Este tío es de los que les saca partido a sus pelotas a todas horas, de una manera u otra. Es de los que entienden. Vamos, de los que se entrenan….
-¡Pues por nosotros que se haga las olimpiadas! –dijo el Hombre del cristal-. ¡Aunque a partir de ahora tendrá que hacerlo en braille!
Todos estallaron a carcajadas llevados por el histerismo. Segundos más tarde, se pusieron manos a la obra.

Las risas de sus hostigadores, como si fueran el preámbulo de un gran espectáculo, precedieron a la apertura de uno de los momentos más maravillosos de la vida de Manu. De improvisto, de las relucientes aguas del mar, Manu se vio de pronto así mismo en casa de su abuela. Su primo Samuel y Humberto estaban a su lado, formando el trío barrera como eran conocidos cariñosamente en su familia. Los inquebrantables, otro de los cariñosos motes que tenían. Su abuela Miriam estaba junto a ellos, de pie, sirviéndoles doble ración de conejo al salmorejo.

El Doctor sacó de su kit de accesorios perturbadores un bote de ácido sulfúrico. El Hombre del cristal lo miró y asintió con la cabeza. El Doctor comenzó a desenroscarlo. Mientras lo hacía, Eydigans y Smedley abrieron los párpados de Manu B. Observaron que su globo ocular se movía lentamente de un lado a otro, ausente. Era obvio que no prestaba atención a los acontecimientos que estaban ocurriendo delante de él.
El Hombre del cristal acercó su cara a ellos, para que el gordo pudiera obtener un primer plano de sus amenazas. Sus últimas amenazas.
-Déme ese maldito nombre.
A pesar de que le habían abierto los ojos a la fuerza, Manu hizo todo lo posible por no llegar a ver. Movió sus ojos hacia atrás, en un intento desesperado por obtener oscuridad. Se obligó a concentrarse en su canción, y en el banquete que había logrado evocar con tanta facilidad. En hacer llegar ese día al sótano.

Su abuela le puso dos buenos pedazos de carne en su plato. Él y su padre se miraron al instante y al unísono se señalaron y se guiñaron el ojo en un intenso gesto de complicidad. En aquellos momentos eran los reyes del mundo y las patatas fritas y el jamón serrano las estructuras que conformaban su trono.
-Doctor, adelante.
Los reyes del mambo, mismamente.
Manu sintió un ardor en los ojos. Era tenue. Intentó alejarlo. Su respiración se aceleró de forma leve pero aquel impulso le sirvió para que su canción se elevara también en su mente.
Minerva, la prima vegetariana que a toda familia le toca por tener por castigo, se apresuró a repudiar lo que allí estaba ocurriendo. Los actos que estaban teniendo lugar: comer cerdo, conejo y marisco, una clara alabanza a las matanzas indiscriminadas que se realizaban por el mundo de animales inofensivos por parte de cazadores psicóticos, eran equiparables a los genocidios que ocurrían en el planeta por parte de dictadores, curiosamente, también psicóticos.
El ardor aumentó. Le estaba atravesando la cabeza. Manu persistió en sus pensamientos. Si los perdía aunque fuera un instante, llegaría a él todo el dolor en su magnitud, estallándole como una bomba atómica.
Sois unos animales, había sentenciado su prima. Manu B, Samuel, Humberto, su padre y Tío Álvaro sabían que no había que perder tiempo con esas lindezas y menos cuando carne sabrosa y crujiente les aguardaba en la mesa.
-Vamos a por el otro ojo.
-Dios, se le ha quedado como una uva desinflada.
-Sí…

Si a los vegetarianos les gustaba hablar, que hablaran. Cada uno a lo suyo y que el mundo siguiera girando. Sin embargo, en aquel maravilloso día, los tres primos se sorprendieron al sentir no estaban dispuestos a soportar más comentarios Querían hacerse respetar.
-Allá voy.
La razón de esta nueva actitud tenía una sencilla explicación. Los tres primos acababan de cumplir la mayoría de edad y aquel era el primer banquete familiar que se hacia con bebidas para mayores en sus copas.
-Abuela, me pones más –había dicho Manu B con su barbilla chorreando aceite y sabroso jugo salsero de su abuela.
-¡No puedo creerlo! –dijo su prima-. De verdad, Manu, no dejas de sorprenderme.

-¿Cómo va eso, Doctor?
-Nuestro amigo está jodido.

-Me da pena lo que estás haciendo, Manu…¿Sabes la de enfermedades que puede dar lugar tu sedentarismo?
Manu la miró enarcando una ceja.
-Sumado eso… a como comes. Lo siento – ella miró a sus familiares-. Siento mucho molestar a Manu… pero está gordo y debe cuidarse.
Al oír esa palabra, Manu sintió un latigazo de dolor en sus ojos.
El ardor.
Casi estuvo apunto de gritar y dar por terminado aquel ejercicio mental.
Diosss.
En otro día, Manu se hubiera sentido avergonzado (en otro día Manu habría abandonado) y de manera automática su estómago se habría cerrado de par en par (y su mente abierto al dolor). Sabía que todo aquello era verdad y cuando oía la verdad en boca de los demás, la sensación que sentía era como si todo su mundo, de forma inmediata, se le hubiera puesto patas arriba y debiera ponerlo en orden cuanto antes.
En aquel momento, en aquella mesa estaba un Manu muy parecido al que se encontraría diecisiete años más tarde en el vagón de un tren y posteriormente en la camilla en el interior de un sótano.
El dolor de ojos se alejó con la misma rapidez con la que había llegado.
Manu B no tenía miedo. Ahora no.
-Yo pienso… yo pienso que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra –dijo Manu.
Sus familiares le miraron extrañados. Su prima, por fin apartó la mirada de su plato, para dirigirle una expresión desconcertada.
-Ninguno de los presentes somos vegetarianos. Todos aquí amamos a los conejos, incluso tú.
-¿Yo?
-Tengo entendido que por los sitios que frecuentas, también los comes –dijo Manu guiñándole un ojo.
En la mesa se hizo un silencio abrupto. Primo y prima se miraron a los ojos.
-¡Te ha calado! –dijo el padre de Manu.
La mesa entera estalló a carcajadas, exceptuando a la aludida. Manu B sintió sus ojos llenarse de lágrimas como si recordar aquellos instantes hubiera hecho mella en él, luego se dio cuenta de que no eran las lágrimas sino el ácido sulfúrico que le corroía.

El Hombre del cristal miró con frustración a Manu B. De repente una sensación nueva para él, o casi nueva, pues no la había sentido desde que había tenido cinco años, le atenazó. Su garganta se cerró y sintió una extraña opresión en la cabeza.
Era como… como…
…Cómo si quisiera llorar de rabia.
Miró al Doctor con sus ojos despidiendo fuego.
-¡¿Por qué no grita?!
El Doctor comenzó:
-Puede que esté en Shoc…
El Doctor no pudo terminar la frase pues una bala lo acribilló para siempre. El Hombre del cristal bajó su humeante revolver y con la misma premura con la que lo había sacado volvió a guardárselo.
-¡Joder, con los putos shocks! ¡Que lo disfrutes, salvatrucha de los huevos! –dijo mirando con repulsión al Doctor, recién desplomado en el suelo.
-¿Qué hacemos ahora, jefe? –preguntó Smedley con cierta cautela.
El hombre del cristal se llevó la mano a la barbilla, desesperado.
-Piensa, maldita, sea, piensa –susurró para él.
El Hombre del cristal, Eydigans, Smedley y Toni, oyeron el sonido de unas hélices provenientes del exterior. Se miraron entre ellos y por primera vez desde que trabajaban juntos, se sorprendieron al ver miedo en sus caras.
No pasó ni un minuto cuando los ocho hombres de Dacosta rompieron la puerta del sótano y con coordinación milimétrica rodearon a los maleantes. El Hombre los miró desafiantes. Uno de ellos salió de su formación y avanzó hacia él. Se trataba de un viejo competidor del Hombre, Eduardo Barietta. Un tipo que había ansiado su puesto en la organización desde prácticamente el mismo día en que se habían conocido. Quizás aquella noche lo consiguiera. Eduardo miró a la piltrafa que había encima de la camilla y soltó un gemido de repulsión. Miró al hombre del cristal.
-¿Avances? –preguntó de forma condescendiente.
-Puedo arreglarlo aún –se limitó a decir.
-Tienes cinco minutos, Gustavo. Sólo cinco minutos. Después actuaremos…
El hombre del cristal asintió con la cabeza. Era más de lo que podía haber esperar.
-Entiendo –dijo el Hombre.
Eduardo Barietta volvió a su formación. El hombre del cristal se acercó a sus hombres y les habló como el equipo que debían formar ahora si querían sobrevivir.
-Tenemos sólo una oportunidad. No podemos cagarla…
-Sí…-dijo un Toni balbuceante.
-Smedley…
-Sí, jefe.
-Creo que visto lo visto sólo nos queda una alternativa. Llevaremos a la práctica la burrada que dijiste antes.
-¿Cuál de ellas, señor?
-Cada uno de nosotros torturaremos al ballenato que tenemos hoy aquí. Si no ha gritado todavía, es que todavía no le hemos dado motivos suficientes para hacerlo.
-De acuerdo, Señor –dijo Smedley decidido.
-Que cada uno se centre en un muslo de pollo, como si dijéramos.
Los hombres soltaron una risa nerviosa. Fueron hasta la bandeja del instrumental y cada uno se hizo con una herramienta distinta. Rodearon a Manu B. Los hombres de Eduardo Barietta no daban crédito a lo que veían. ¿Qué salvajada se proponían aquellos borrachos?
-Señor Noiles…
-Manu B… mi nombre es Manu B…-dijo con voz lejana, ausente.
-…Vamos a hacer con usted la charcutería que prometimos…¡Puede acabar con esto de una vez, por favor!
-Ohh, es muy amable… Ahora vuelvo…
El Hombre del cristal soltó un bufido.
-Adelante –dijo-. Salvemos nuestros culos.


- Soy el mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-¿Y tú, a qué te dedicas? –dijo Laura con interés.
-¿No me digas que no lo adivinas? –dijo tocándose su prominente barriga-. Soy informático.
Laura estalló a carcajadas. Manu también.
-¡¿En serio?!


-Jefe…-dijo Eydigans de forma lastimosa-. No grita, no hace nada.
-Dios…Así debió sentirse el capitán Ahab ante su blanco enemigo.
-Sí…-dijo Eydigans.
El Hombre miró su reloj. Le quedaba un minuto de plazo. Miró a Eduardo Barietta. Su competidor le dedicó una sonrisa perversa.

-Puede resultar una idea cursi, pero el guión que quiero hacer, quiero que trate sobre dos personas que se encuentran un día y hablan del pasado. A medida que lo hacen, sin darse cuenta, van modificando el pasado. Van modificando la historia.
-Manu...estás ahí…
El Hombre del cristal. De pronto cayó en la cuenta de que era la primera vez que le llamaba Manu.
-…Creo que es una buena historia –respondió Laura.

-Manu, tienes que escucharme, socio… –dijo el Hombre del cristal con su rostro reluciente por la película de sudor que le cubría- …Esto ya no es sólo por ti. Hay muchas cosas en juego… Tienes que ayudarnos.
-Si, Manu…-dijo Eydigans, desesperado.
-Te has visto en medio de esto sin tener culpa de nada pero créeme te compensaremos. Dedicaremos una vida a ello. Dinos el nombre y te prometo que seremos justos. Manu… por favor.
-Creo que dice algo –dijo Toni, esperanzado.
El hombre del cristal acercó su oído a la boca de Manu.
-Ánimo, amigo, saldrás de ésta. Saldremos juntos y superaremos todo esto. Te llevaremos luego a cenar, si quieres.
-Ahhh…
-Vamos, Manu. Tú puedes.
-Ahh, ¿dedo?... Mis dedos.
El hombre del cristal recibió esas palabras como si fuera oro caído del cielo. Oír hablar a ese tipo después de tanto tiempo de silencio proporcionaba la dosis de alivio que necesitaba.
¡Qué gordo más encantador!
- ¿Dedos? –dijo enfático. ¿Qué pasa con tus dedos? ¿Te duelen?
-¿Dedos?… ¿Tengo?…
-Esto… a ver…¡En la izquierda te quedan dos! Cojonudo, ¿no?
-Ha bajado uno, Señor –informó Eydigans.
-Ajá.
-...Creo que le está haciendo un corte de mangas …-informó Smedley a su vez.

El tren se detuvo, abriéndose las puertas.

El Hombre estalló de ira y su bisturí se confirmó como representante de ella.
Lo hundió en la blanda cara de Manu B.
-¡Responde, hijo de puta!


Manu B y Laura se levantaron de los asientos y caminaron hacia las puertas.

-Se muere...-dijo Eydigans.
El Hombre abrió tanto los ojos, que su ojo de cristal resbaló de su órbita y calló al suelo, rompiéndose en pedazos.
-No...no, ¡Por Dios! ¡Manu!

Salieron del tren.

El Hombre, Eydigans, Toni y Smedley miraron a Eduardo Barietta y a sus hombres. Vieron que éstos no habían perdido tiempo. Les apuntaban con armas semiautomáticas, las mismas que ellos habían usado en situaciones similares con los pobres diablos de turno. Allá donde fueran, allí estaba la ironía recordándoles que la vida era más lista que ellos. Los cuatro hombres, de uno en uno, como quien va a apagando las luces, cerraron los ojos y se rindieron a su suerte, que por desgracia ya estaba echada.

Manu B ya fuera del tren, con Laura a su lado y con una cita esperándolos pudo oír en la lejanía el sonido de unos cohetes en su honor. Éstos se mantuvieron durante dos largos minutos.
Agarró la mano de su chica. Era el sonido de la victoria, ni más ni menos.

FIN