
No es nada nuevo decir que el dolor y el amor van cogidos de la mano. Bien puede ser una llave al cielo como al infierno. Ambas puertas pueden ser abiertas por la misma llave. Así lo dicen las canciones, así lo dicen los poetas... Y así lo supo el protagonista de este relato de una forma inimaginable.
¡Preparate a conocer a Manu B!
1.
Laura dejó caer su cuerpo, cansado por ocho horas de trabajo y toda una noche sin dormir, y cerró los ojos. Era justo lo que necesitaba. Soltó un fuerte suspiro y permitió que su mente se rindiera a la media hora de vacío que por gentileza de los señores de la RENFE le acababan de conceder. Quedaba poco, pensó, unos cuantos meses más de trabajo y pediría la baja por maternidad. Entonces todo sería más fácil y relajado. Más a su estilo, como si dijéramos.
Las voces de su alrededor, los ruidos del cercanía recorriendo las vías comenzaron a hacerse lejanos... a hacerse agradables. Por desgracia, sobre aquel rinconcito cálido y agradable que acababa de crear bajo sus párpados una voz grave pero atenuada por un tono inseguro y tímido se alzó para destruirlo de inmediato.
-Te conozco –dijo la voz.
Laura abrió los ojos. Una cabeza de gran tamaño estaba ante ella, difuminada. Cuando se aclaró la vista, un rostro de luna, no sólo por la forma, sino también con una palidez a juego, la miraba fijamente. Mofletes de gran tamaño sobresalían orgullosos por ambos lados de la cara y en medio de ella, una sonrisa vacilante se abría a su salud. Los pequeños ojillos porcinos, negros como la pez, no dejaban de moverse de un lado a otro, temblorosos, estudiando cada uno de sus movimientos. Laura sintió una incomodidad inmediata. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué quería?
-Te conozco –volvió a decir otra vez el hombre. Esta vez con jovialidad.
Laura no supo que decir. Se limitó a mirarle estupefacta.
-Soy Manu B, ¿me recuerdas? –en ese instante, el hombre estiró los dos brazos como si fuera un gran oso a punto de dar un gran abrazo-. Soy yo, ¡Manu B!
Laura miró a todos lados del tren avergonzada por los notables aspavientos de aquel gordo desconocido. Tenía que alejarse de allí cuanto antes.
-¡No me recuerdas, ¿eh?! Si, bueno, que tonto, si he cambiado mucho. He adelgazado desde el instituto.
Laura observó con detenimiento al extraño, a toda su figura, y comprobó que sus muslos casi parecían a punto de romper las costuras de sus pantalones vaqueros. Sin poder evitarlo se echó a reír. Al gordo le brillaron los ojos, y se recolocó en su asiento nervioso y excitado. Rió con ella.
-Me has reconocido, ¡¿eh?!
-Manu B, ¿no? –dijo Laura aún con una sonrisa en el rostro.
-El mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-Pues...ahora no caigo.
-Bator, de Masturbator. ¿No te acuerdas de la rima? Cuidado con el silbato, temed al mojigato, corre Johny, que viene Bator, Bator de Masturbator.
A Laura le llegó una imagen clara de aquel hombre del mismo modo que ocurre en las películas. Vio al tal Manu B en su mente acompañado de un fogonazo de luz, sólo que el Manu que acudió a su cabeza era de quince años atrás.
Claro que no lo había reconocido. Manu B había sido un autentico don nadie de Tercero. De hecho era un milagro que lo hubiera reconocido en aquel momento.
A veces podía llegar a sorprenderle la mente de una, pensó Laura con orgullo.
-¡Ahhh, Maaaanu! –dijo Laura con un forzado tono jovial.
Manu volvió a recolocarse en su asiento excitado. Sí que estaba nervioso, pensó Laura incómoda.
-¡Me has reconocido! –gritó él de nuevo con felicidad.
El tren se detuvo. Laura miró por la ventana para ver en que estación estaban. Maldijo al tren por ser tan condenadamente lento. Aún le quedaba una odisea por delante. Volvió su mirada a Manu B, disimulando la molestia que sentía. En ese momento no había otra: estaba obligada a interactuar con un compañero que no veía desde hacia mil años y con un apodo que dejaba muy poco a la imaginación.
-Sí, aunque me ha costado lo suyo. Si que has cambiado.
-Un poquillo, pero sigo siendo un chaval. Un loco de la pradera...
Laura le miró en silencio. Manu, al ver que ella no le reía la gracia, fingió una tos y volvió a la carga.
-Hacia tiempo que no te veía –dijo Manu alegre.
Pues claro, pensó Laura para sus adentros.
-Si, es cierto –dijo ella.
-¿Y bueno? ¿A qué te dedicas?
Laura esbozó su primera sonrisa sincera ante aquel desconocido.
-Trabajo en una empresa de diseño –dijo orgullosa-. Ahora mismo estoy llevando uno de los departamentos más importantes.
-Ohhh –dijo él exaltado-. ¡No me digas!
Laura le miró asustada.
-¡Eso es maravilloso! Sabía que conseguirías todo lo que te propondrías ¡Tenía un palpito, leñe! Recuerdo cuando hacías camisas para el equipo de fútbol del instituto. Una maravilla.
-Ah, es verdad –dijo Laura sobrecogida por un sinfín de recuerdos que había creído sepultar desde hacia mucho tiempo. De súbito, se alzó una sensación que no había experimentado hasta aquel instante: sentirse vieja. Odió a Manu de inmediato.
-Yo le robé una de ellas a Víctor González -continuó Manu B-. ¿Te acuerdas de Víctor?
-No sé...- dijo Laura de forma automática, cada vez más incómoda. Algo en la mirada de Manu B no le acababa de encajar. Su intuición le decía que aquel no había sido un encuentro del todo casual.
-Creo que aún guardo esa camisa, para que veas...
-¿Eh? –preguntó Laura ausente-. ¿Perdona?
-Ay, mujer, la camisa. La que hiciste para Víctor. Yo nunca me olvido de mis amigas…
-P-pero... pero por lo q-que yo recuerdo tú y yo nunca hablamos, ¿no?
-Sí, sí, si que hablamos una vez. En la biblioteca, en una ocasión y...
Laura no quiso oírlo. Aquello era demasiado... demasiado patético.
-¿Y-y a qué te dedicas, Manu? –le interrumpió Laura con rapidez.
Manu B soltó una estridente carcajada.
-¿No lo adivinas? –dijo al tiempo que se daba unas palmadas en su notable barriga.
-¿Informático? –dijo Laura mordiéndose el labio.
-¡Por poco! Aspirante a guionista... a guionista de guiones. Soy suscriptor de los nuevos talentos On-line. ¿Qué te parece? ¡Toma mandarina, ¿eh?!
Una vez más Manu B esperó una risa por parte de Laura, una risa que nunca no llegó.
-Ah, que bien.
-Sí, tengo muc-chos proyectos en mente. Discurro constantemente durante mi vida diaria para crear verdaderas perlas. A veces me quedo tan absorto en esas historias fantásticas donde los duendes, los magos, las mazmorras y seres malignos inenarrables lo son todo, que pierdo el sentido del tiempo. Me he encontrado en Toledo más de una vez por estos sucesos mentales paranormales. Inconvenientes de crear perlas. Perlas inéditas de momento, pero soy optimista. Manu O, me llaman ahora.
Manu esbozó una gran sonrisa de felicidad al ver que Laura le reía cortésmente su última gracia.
-Y tú debes estar contenta, ¿eh?
Laura le miró extrañada.
-¿Yo?
-Sí, mujer...
-¿Por qué?
-Mujer, por Dios, ¿por qué va a ser? –dijo Manu B con sus pequeños ojos negros y porcinos que no dejaban de escudriñarla-... por el bebé.
Laura vio que los párpados del gordo se arrugaban por su gran sonrisa. Era imposible. Ninguno de sus amigos y familiares lo sabía. Su marido era el único. Su instinto dio saltos de alarma. Miró a la ventana con desesperación. Aún quedaban algo así como cuatro paradas para llegar a la suya.
-S-sí –respondió ella con un nudo en su garganta-. Muy contenta. ¿C-cómo lo has sabido?
Él la miró en silencio durante unos instantes. Instantes en que su cara porcina quedó por completo inexpresiva.
-Oh... si se te nota mucho –dijo él de forma rápida.
-No creo. La verdad es que me ha sorprendido mucho que lo hayas dicho.
-Supongo que soy bastante perceptivo.
-Sí...
Volvió a recolocarse en su asiento.
-¿Cómo lo vas a llamar? –preguntó Manu.
Laura miró las puertas del tren, suplicante.
Decidido: a la siguiente se bajaría. Esperaría a otro tren.
-¿Cómo lo vas a llamar? –volvió a decir Manu B, acercando su cabeza hacia ella por si no le había oído.
Laura al ver el enorme rostro de Manu junto al suyo, sintió un vuelco en el corazón.
-Gillermo...-dijo rápidamente.
-¡Oh! ¡Como su padre, ¿no?!
El tren se detuvo. Un intenso silencio se adueñó de los dos. Ambos acababan de adivinar el pensamiento del otro. Manu sabía que acababa de hablar demasiado, y ella sabía que lo sabía. Laura se levantó de su asiento y corrió hacia la puerta.
-Me bajo aquí –dijo ella con una rapidez acorde a la de sus pasos.
-Espera... no es lo que parece...
Manu hizo el ademán de levantarse y seguirla pero ya era tarde. Laura había alcanzado las puertas y había salido disparada del tren. Resignado, acercó su cara a la ventana. Con el tren en marcha, obtuvo una última imagen de Laura que caminaba con premura hacia la salida.
No volvería a verla más, de eso no había duda.
¡Estúpido!
Las voces de su alrededor, los ruidos del cercanía recorriendo las vías comenzaron a hacerse lejanos... a hacerse agradables. Por desgracia, sobre aquel rinconcito cálido y agradable que acababa de crear bajo sus párpados una voz grave pero atenuada por un tono inseguro y tímido se alzó para destruirlo de inmediato.
-Te conozco –dijo la voz.
Laura abrió los ojos. Una cabeza de gran tamaño estaba ante ella, difuminada. Cuando se aclaró la vista, un rostro de luna, no sólo por la forma, sino también con una palidez a juego, la miraba fijamente. Mofletes de gran tamaño sobresalían orgullosos por ambos lados de la cara y en medio de ella, una sonrisa vacilante se abría a su salud. Los pequeños ojillos porcinos, negros como la pez, no dejaban de moverse de un lado a otro, temblorosos, estudiando cada uno de sus movimientos. Laura sintió una incomodidad inmediata. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué quería?
-Te conozco –volvió a decir otra vez el hombre. Esta vez con jovialidad.
Laura no supo que decir. Se limitó a mirarle estupefacta.
-Soy Manu B, ¿me recuerdas? –en ese instante, el hombre estiró los dos brazos como si fuera un gran oso a punto de dar un gran abrazo-. Soy yo, ¡Manu B!
Laura miró a todos lados del tren avergonzada por los notables aspavientos de aquel gordo desconocido. Tenía que alejarse de allí cuanto antes.
-¡No me recuerdas, ¿eh?! Si, bueno, que tonto, si he cambiado mucho. He adelgazado desde el instituto.
Laura observó con detenimiento al extraño, a toda su figura, y comprobó que sus muslos casi parecían a punto de romper las costuras de sus pantalones vaqueros. Sin poder evitarlo se echó a reír. Al gordo le brillaron los ojos, y se recolocó en su asiento nervioso y excitado. Rió con ella.
-Me has reconocido, ¡¿eh?!
-Manu B, ¿no? –dijo Laura aún con una sonrisa en el rostro.
-El mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-Pues...ahora no caigo.
-Bator, de Masturbator. ¿No te acuerdas de la rima? Cuidado con el silbato, temed al mojigato, corre Johny, que viene Bator, Bator de Masturbator.
A Laura le llegó una imagen clara de aquel hombre del mismo modo que ocurre en las películas. Vio al tal Manu B en su mente acompañado de un fogonazo de luz, sólo que el Manu que acudió a su cabeza era de quince años atrás.
Claro que no lo había reconocido. Manu B había sido un autentico don nadie de Tercero. De hecho era un milagro que lo hubiera reconocido en aquel momento.
A veces podía llegar a sorprenderle la mente de una, pensó Laura con orgullo.
-¡Ahhh, Maaaanu! –dijo Laura con un forzado tono jovial.
Manu volvió a recolocarse en su asiento excitado. Sí que estaba nervioso, pensó Laura incómoda.
-¡Me has reconocido! –gritó él de nuevo con felicidad.
El tren se detuvo. Laura miró por la ventana para ver en que estación estaban. Maldijo al tren por ser tan condenadamente lento. Aún le quedaba una odisea por delante. Volvió su mirada a Manu B, disimulando la molestia que sentía. En ese momento no había otra: estaba obligada a interactuar con un compañero que no veía desde hacia mil años y con un apodo que dejaba muy poco a la imaginación.
-Sí, aunque me ha costado lo suyo. Si que has cambiado.
-Un poquillo, pero sigo siendo un chaval. Un loco de la pradera...
Laura le miró en silencio. Manu, al ver que ella no le reía la gracia, fingió una tos y volvió a la carga.
-Hacia tiempo que no te veía –dijo Manu alegre.
Pues claro, pensó Laura para sus adentros.
-Si, es cierto –dijo ella.
-¿Y bueno? ¿A qué te dedicas?
Laura esbozó su primera sonrisa sincera ante aquel desconocido.
-Trabajo en una empresa de diseño –dijo orgullosa-. Ahora mismo estoy llevando uno de los departamentos más importantes.
-Ohhh –dijo él exaltado-. ¡No me digas!
Laura le miró asustada.
-¡Eso es maravilloso! Sabía que conseguirías todo lo que te propondrías ¡Tenía un palpito, leñe! Recuerdo cuando hacías camisas para el equipo de fútbol del instituto. Una maravilla.
-Ah, es verdad –dijo Laura sobrecogida por un sinfín de recuerdos que había creído sepultar desde hacia mucho tiempo. De súbito, se alzó una sensación que no había experimentado hasta aquel instante: sentirse vieja. Odió a Manu de inmediato.
-Yo le robé una de ellas a Víctor González -continuó Manu B-. ¿Te acuerdas de Víctor?
-No sé...- dijo Laura de forma automática, cada vez más incómoda. Algo en la mirada de Manu B no le acababa de encajar. Su intuición le decía que aquel no había sido un encuentro del todo casual.
-Creo que aún guardo esa camisa, para que veas...
-¿Eh? –preguntó Laura ausente-. ¿Perdona?
-Ay, mujer, la camisa. La que hiciste para Víctor. Yo nunca me olvido de mis amigas…
-P-pero... pero por lo q-que yo recuerdo tú y yo nunca hablamos, ¿no?
-Sí, sí, si que hablamos una vez. En la biblioteca, en una ocasión y...
Laura no quiso oírlo. Aquello era demasiado... demasiado patético.
-¿Y-y a qué te dedicas, Manu? –le interrumpió Laura con rapidez.
Manu B soltó una estridente carcajada.
-¿No lo adivinas? –dijo al tiempo que se daba unas palmadas en su notable barriga.
-¿Informático? –dijo Laura mordiéndose el labio.
-¡Por poco! Aspirante a guionista... a guionista de guiones. Soy suscriptor de los nuevos talentos On-line. ¿Qué te parece? ¡Toma mandarina, ¿eh?!
Una vez más Manu B esperó una risa por parte de Laura, una risa que nunca no llegó.
-Ah, que bien.
-Sí, tengo muc-chos proyectos en mente. Discurro constantemente durante mi vida diaria para crear verdaderas perlas. A veces me quedo tan absorto en esas historias fantásticas donde los duendes, los magos, las mazmorras y seres malignos inenarrables lo son todo, que pierdo el sentido del tiempo. Me he encontrado en Toledo más de una vez por estos sucesos mentales paranormales. Inconvenientes de crear perlas. Perlas inéditas de momento, pero soy optimista. Manu O, me llaman ahora.
Manu esbozó una gran sonrisa de felicidad al ver que Laura le reía cortésmente su última gracia.
-Y tú debes estar contenta, ¿eh?
Laura le miró extrañada.
-¿Yo?
-Sí, mujer...
-¿Por qué?
-Mujer, por Dios, ¿por qué va a ser? –dijo Manu B con sus pequeños ojos negros y porcinos que no dejaban de escudriñarla-... por el bebé.
Laura vio que los párpados del gordo se arrugaban por su gran sonrisa. Era imposible. Ninguno de sus amigos y familiares lo sabía. Su marido era el único. Su instinto dio saltos de alarma. Miró a la ventana con desesperación. Aún quedaban algo así como cuatro paradas para llegar a la suya.
-S-sí –respondió ella con un nudo en su garganta-. Muy contenta. ¿C-cómo lo has sabido?
Él la miró en silencio durante unos instantes. Instantes en que su cara porcina quedó por completo inexpresiva.
-Oh... si se te nota mucho –dijo él de forma rápida.
-No creo. La verdad es que me ha sorprendido mucho que lo hayas dicho.
-Supongo que soy bastante perceptivo.
-Sí...
Volvió a recolocarse en su asiento.
-¿Cómo lo vas a llamar? –preguntó Manu.
Laura miró las puertas del tren, suplicante.
Decidido: a la siguiente se bajaría. Esperaría a otro tren.
-¿Cómo lo vas a llamar? –volvió a decir Manu B, acercando su cabeza hacia ella por si no le había oído.
Laura al ver el enorme rostro de Manu junto al suyo, sintió un vuelco en el corazón.
-Gillermo...-dijo rápidamente.
-¡Oh! ¡Como su padre, ¿no?!
El tren se detuvo. Un intenso silencio se adueñó de los dos. Ambos acababan de adivinar el pensamiento del otro. Manu sabía que acababa de hablar demasiado, y ella sabía que lo sabía. Laura se levantó de su asiento y corrió hacia la puerta.
-Me bajo aquí –dijo ella con una rapidez acorde a la de sus pasos.
-Espera... no es lo que parece...
Manu hizo el ademán de levantarse y seguirla pero ya era tarde. Laura había alcanzado las puertas y había salido disparada del tren. Resignado, acercó su cara a la ventana. Con el tren en marcha, obtuvo una última imagen de Laura que caminaba con premura hacia la salida.
No volvería a verla más, de eso no había duda.
¡Estúpido!
Miró a la oscuridad que le saludaba cruelmente desde la ventana. A ojos de ella había quedado como un completo acosador. Cerró los ojos y dio un resoplido.
Volvió a abrirlos y cuando lo hizo, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa como hacia años que no lo hacia. Era verdad que la había aterrorizado, era verdad que había quedado como un acosador o algo peor ante ella, pero después de tantos intentos frustrados, de tantos trenes cogidos en vano para poder verla, aquella noche para bien o para mal había hecho lo que tantas veces se había imaginado en sus solitarias noches. Se había desquitado. Armado de valor, había dado el primer paso (paradójicamente también sería el último) y había hablado con ella pese a que la conversación había estado a años luz de la que tantas veces había idealizado en sus sueños. Pero lo había hecho y eso era lo importante. Su cuerpo así se lo dictaba. Sin duda eran los efectos benignos de la adrenalina que hacía escasos minutos había recorrido cada parte de su cuerpo. Su ansiedad, sus bloqueos mentales ya no estaban presentes.
Manu B volvió a sonreír. Se suponía que en aquella noche de viernes le esperaba lo de siempre: velada solitaria, su oscuro y deprimente piso repleto de cartones de pizza y latas de cervezas, los antipsicóticos del doctor Méndez en su escritorio, su ordenador encendido con todos esos guiones inacabados, dvds porno abiertos de par en par... pero las cosas iban a cambiar. Esa noche había ocurrido algo. Regresó a la oscuridad que tenía en la ventana y pudo ver las luces en la lejanía.
Redirigiría las cosas.
No tenía porque ser todo tan decadente y sucio... Podía tener el valor suficiente para cambiar de una vez su vida. De abrirse a nuevas posibilidades más allá de las palabras y sueños vacuos.
Podía hacer todo lo que quisi...
-Su billete, señor –dijo una voz grave al lado de él.
Manu apartó su cabeza de la ventana. Un revisor vestido de negro estaba de pie a su lado. Una expresión de diligencia adornaba su rostro.
-Oh, si, espere un momento –Manu se llevó una mano a su bolsillo-. Aquí está.
Manu se la entregó .El revisor la miró inexpresivo y se la volvió a dar.
-Muy bien, señor, y ahora deme uno que no esté fechado en el día de ayer.
-¿Perdone?
-Es un billete caducado, señor, le ruego que me acompañe.
-¿Pero que está diciendo?
Manu miró el billete para comprobar si lo que decía era cierto. Vio la fecha. En sus manos tenía el mismo billete que había comprado aquella misma tarde. Quedó confirmado al instante que aquel revisor era gilipollas o algo peor.
-Todo está en orden. Mire –Manu le enseñó de nuevo el billete.
-Mejor acompáñeme para que podamos aclararlo del todo.
-¿Aclararlo? Esto no tiene ningún sentido. No pienso moverme de aquí.
-¡No me sea gordo y levántese!
-Usted-d no puede hablarme así.
-¡Que se levante, coño! –el revisor alargó la mano de forma brusca hacia él y le agarró del brazo. Tiró con fuerza. La repentina reacción del revisor, intimidó a Manu. De repente, se sintió empequeñecido. El viejo y asustadizo Manu B atacaba de nuevo.
Quizás tuviera razón, pensó Manu, quizás estuviera equivocado y hubiera cometido algún error. Manu se levantó. Permitió que el revisor le dirigiera y marcara el camino.
Llegaron hasta las puertas de salida.
El tren se detuvo.
-Salga –ordenó el revisor.
-Yo no me bajo aquí, me bajo en...
-Creo que no me entiende, amigo. Salga inmediatamente.
Manu B volvió a obedecer. Al traspasar las puertas vio a cinco figuras delante de él. Sus ojos eran fríos y decididos y cada uno de ellos lucía una amenazadora indumentaria de color negro. Le esperaban.
-Buenas noches, Señor Noiles –dijo uno de los hombres, adelantándose al resto. En su cuenca izquierda llevaba un ojo de cristal de un intenso color azul que contrastaba con la oscuridad de su ojo biológico. Sin duda era el jefe del grupo.
Un segundo después, sintió un pinchazo en su espalda. Dio un grito al tiempo que se giraba sobre si mismo. Advirtió que el tren volvía a ponerse en camino. Le estaba abandonando dejándole a merced de unos depravados sexuales o algo peor. Vio que el revisor le sonreía con la inyección entrecruzando su rostro. Manu B asoció aquella imagen a la de la película Reanimator.
-Un billete para un mundo nuevo, Señor Noiles –dijo el revisor.
Y la imagen del revisor despareció ante sus ojos.
Volvió a abrirlos y cuando lo hizo, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa como hacia años que no lo hacia. Era verdad que la había aterrorizado, era verdad que había quedado como un acosador o algo peor ante ella, pero después de tantos intentos frustrados, de tantos trenes cogidos en vano para poder verla, aquella noche para bien o para mal había hecho lo que tantas veces se había imaginado en sus solitarias noches. Se había desquitado. Armado de valor, había dado el primer paso (paradójicamente también sería el último) y había hablado con ella pese a que la conversación había estado a años luz de la que tantas veces había idealizado en sus sueños. Pero lo había hecho y eso era lo importante. Su cuerpo así se lo dictaba. Sin duda eran los efectos benignos de la adrenalina que hacía escasos minutos había recorrido cada parte de su cuerpo. Su ansiedad, sus bloqueos mentales ya no estaban presentes.
Manu B volvió a sonreír. Se suponía que en aquella noche de viernes le esperaba lo de siempre: velada solitaria, su oscuro y deprimente piso repleto de cartones de pizza y latas de cervezas, los antipsicóticos del doctor Méndez en su escritorio, su ordenador encendido con todos esos guiones inacabados, dvds porno abiertos de par en par... pero las cosas iban a cambiar. Esa noche había ocurrido algo. Regresó a la oscuridad que tenía en la ventana y pudo ver las luces en la lejanía.
Redirigiría las cosas.
No tenía porque ser todo tan decadente y sucio... Podía tener el valor suficiente para cambiar de una vez su vida. De abrirse a nuevas posibilidades más allá de las palabras y sueños vacuos.
Podía hacer todo lo que quisi...
-Su billete, señor –dijo una voz grave al lado de él.
Manu apartó su cabeza de la ventana. Un revisor vestido de negro estaba de pie a su lado. Una expresión de diligencia adornaba su rostro.
-Oh, si, espere un momento –Manu se llevó una mano a su bolsillo-. Aquí está.
Manu se la entregó .El revisor la miró inexpresivo y se la volvió a dar.
-Muy bien, señor, y ahora deme uno que no esté fechado en el día de ayer.
-¿Perdone?
-Es un billete caducado, señor, le ruego que me acompañe.
-¿Pero que está diciendo?
Manu miró el billete para comprobar si lo que decía era cierto. Vio la fecha. En sus manos tenía el mismo billete que había comprado aquella misma tarde. Quedó confirmado al instante que aquel revisor era gilipollas o algo peor.
-Todo está en orden. Mire –Manu le enseñó de nuevo el billete.
-Mejor acompáñeme para que podamos aclararlo del todo.
-¿Aclararlo? Esto no tiene ningún sentido. No pienso moverme de aquí.
-¡No me sea gordo y levántese!
-Usted-d no puede hablarme así.
-¡Que se levante, coño! –el revisor alargó la mano de forma brusca hacia él y le agarró del brazo. Tiró con fuerza. La repentina reacción del revisor, intimidó a Manu. De repente, se sintió empequeñecido. El viejo y asustadizo Manu B atacaba de nuevo.
Quizás tuviera razón, pensó Manu, quizás estuviera equivocado y hubiera cometido algún error. Manu se levantó. Permitió que el revisor le dirigiera y marcara el camino.
Llegaron hasta las puertas de salida.
El tren se detuvo.
-Salga –ordenó el revisor.
-Yo no me bajo aquí, me bajo en...
-Creo que no me entiende, amigo. Salga inmediatamente.
Manu B volvió a obedecer. Al traspasar las puertas vio a cinco figuras delante de él. Sus ojos eran fríos y decididos y cada uno de ellos lucía una amenazadora indumentaria de color negro. Le esperaban.
-Buenas noches, Señor Noiles –dijo uno de los hombres, adelantándose al resto. En su cuenca izquierda llevaba un ojo de cristal de un intenso color azul que contrastaba con la oscuridad de su ojo biológico. Sin duda era el jefe del grupo.
Un segundo después, sintió un pinchazo en su espalda. Dio un grito al tiempo que se giraba sobre si mismo. Advirtió que el tren volvía a ponerse en camino. Le estaba abandonando dejándole a merced de unos depravados sexuales o algo peor. Vio que el revisor le sonreía con la inyección entrecruzando su rostro. Manu B asoció aquella imagen a la de la película Reanimator.
-Un billete para un mundo nuevo, Señor Noiles –dijo el revisor.
Y la imagen del revisor despareció ante sus ojos.
2.
Al oír un chasquido abrió los ojos. La primera imagen que vislumbró fue la de una luz tenue, amarillenta y deprimente. Distinguió varias figuras humanas de pie, aguardando algo que él ignoraba, y a otra figura justo delante, que parecía estar sentada. Se dio cuenta de que él también lo estaba. Una silla dura y metálica. Reconoció a la figura que tenía en frente: era el hombre de cristal que estaba situado en el lado opuesto de una mesa que tenía delante de él. El hombre movía la cabeza de forma constante, asintiendo. En su oreja tenía apoyado un teléfono móvil.
-Sí, señor, en estos momentos lo tengo delante... Descuide, Señor.... Esto nos ha caído del cielo y no voy a desperdiciar esta oportunidad... Sí, señor, le tendré informado -colgó. Al guardarse el móvil, el tuerto miró a Manu y le dedicó una sonrisa afable-. Oh, Señor Noiles, es un honor que ya esté de vuelta. Ansiábamos su presencia.
El Hombre entrelazó pacientemente sus manos a la altura de su rostro en una expresión serena.
-¿Le apetece un vaso de agua?
Manu quiso negarse pero se dio cuenta de que su boca se había convertido en algo pastoso y desagradable, como una esponja sucia y seca.
-Sí, por favor.
-¡Eydigans!
Una de las figuras que aguardaban detrás del hombre se aproximó hacia él con un vaso de agua ya preparado en su mano. Detalle que no pasó desapercibido para Manu. Movió la cabeza en todas direcciones, buscando respuestas a los interrogantes que le atormentaban. Estaba metido en un asunto serio. Esos hombres habían organizado algo para él.
-Tranquilícese, Señor Noiles.
-¡¿Dónde estoy?!
El hombre del cristal torció de forma leve sus labios, en una sonrisa apenas perceptible.
-Beba el agua que le ha traído tan amablemente Eydigans.
El tal Eydigans le puso el vaso de plástico ante sus ojos y comenzó a balancearlo de forma tentadora. Manu B, a su pesar, lo cogió. Tenía una sed terrible. Cuando el agua tocó sus labios cayó en la cuenta de que podría estar envenenada. Quizás tuviera alguna sustancia capaz de crear daños a largo plazo, el tiempo suficiente para que aquellos tipos hicieran con él lo que diablos pretendían hacer. Sin pensárselo dos veces, dejó caer el vaso al suelo. De una forma más perceptible, el hombre del ojo de cristal volvió a torcer sus labios.
-Vaya, Señor Noiles, veo que ya está despierto del todo. Eso me alegra. Va a ser una noche larga y no hay tiempo que perder.
-¿Por qué me llama Señor Noiles?
-Porque usted es el Señor Noiles.
-Me llamo Manuel Dormita. Todos me conocen como Manu B.
-Señor Noiles...
-¡No soy el señor Noiles! ¡Soy Manu B, guionista de guiones!
-Mire detrás de usted. Podrá hacerse una idea de lo que va a ocurrir.
Manu B miró al Hombre con ciertas reticencias pero lo hizo. A sus espaldas vio que había una camilla hospitalaria y a su lado una gran mesa metálica repleta de instrumentos quirúrgicos perturbadores. Manu se volvió hacia el Hombre con la expresión de su rostro visiblemente afectada.
-¡¿Dónde diablos estamos?!
-En un sótano abandonado…y puedo asegurarle que la única ayuda que podrá tener será de las ratas del tamaño de conejos que andan por aquí. Ahora díganos lo que queremos saber y no tendremos que hacer uso de lo que ha visto detrás suya. Usted elige, Señor Noiles. O nos comportamos como los caballeros que somos o por el contrario me obligará a presentarle a mi socio Leo.
Uno de los cinco hombres le saludó con la mano.
-...El Doctor –aclaró.
-Todo un experto en el manejo del tronco Patterson.
-¡¿Qué diablos es lo quiere?!
-No me está entendiendo Señor Noiles. La actitud de hacernos perder el tiempo es algo que no toleramos. Eydigans, por favor.
Eydigans se apresuró a agarrar uno de sus brazos.
-¡¿Eh?! ¡Suélteme!
Manu B vio como dos hombres más se acercaban hacia él y ayudaban a Eydigans en su labor.
-Smedley, para servirle, señor Noiles –dijo uno de los otros hombres, sonriente, cogiendo un poco de su brazo.
Le obligaron a ponerlo encima de la mesa y a extenderlo por completo.
-Por favor, suéltenme.
Manu vio como el otro de los hombres que se había acercado (y que no se había presentado aún), traía consigo un martillo. Manu tiró con fuerza del brazo. Eydigans y Smedley se encargaron de que todos sus esfuerzos fueran en vano. Uno de los hombres le agarró con fuerza del cuello, debilitándolo. El otro apretaba su brazo contra la mesa con gran ímpetu. Manu B miró suplicante al hombre del cristal.
-¡Por favor, no!
El hombre del martillo (a espera de una presentación mejor) levantó la herramienta. El Hombre le hizo un gesto con la mano, indicándole que aguardara.
-¿Y bien?... ¿tiene algo que decirme?
Manu cerró los ojos, aterrorizado.
-¡Por favor, no sé de que me está hablando! ¡¿Qué es lo quiere saber?!
-Adelante, Toni.
El hombre del martillo, que de forma reciente había pasado a ser Toni asintió con la cabeza. Descargó sin dilación el martillo en el dorso de la mano. Lucecillas rojas destellaron bajo los párpados de Manu B. Un gran alarido salió disparado de su garganta. Un dolor sordo e inaguantable se adueñó de toda su mano y notó como un intenso calor comenzaba a subir desde allí hasta su brazo.
-Señor Noiles, no vuelva a hacerme perder el tiempo. Me molesta bastante que yo tenga que informarle sobre algo que ya sabe. Ahórreme la exposición, ¿quiere? ¿No le dije que el tiempo apremiaba?
-Esc-cúcheme, por favor. Yo no...
-Toni...
Los destellos rojos volvieron a relampaguear con mayor violencia. El alarido esta vez provocó que Eydigans y Smedley dieran un pequeño respingo. El calor en su mano se hizo más intenso. Se dio cuenta de que esta vez era un calor húmedo. Al abrir los ojos vio que de su mano comenzaba a manar sangre profusamente. En el centro había una gran brecha. Nada más ver aquello, Manu sintió fuertes mareos en su cabeza.
-¡No actúes! –dijo el Hombre con una mueca de enfado.
Manu intentó con todas sus fuerzas retirar su brazo pero Smedley le tenía bien sujeto. Comenzó a sollozar, resignado.
-Se acabó la farsa, Señor Noiles.
Manu miró al Hombre del cristal con sus ojos lagrimeándole.
-Ambos somos profesionales, pero le recomiendo que no intente averiguar quien de los dos lo es más. Le doy diez segundos para que comience a hablar.
-Es-stá loco...
-Tiempo cancelado. Adelante, Toni.
-¡No!
Cerró los ojos. Notó como le salpicaba en la cara la pulpa de su propia mano.
-Sí, señor, en estos momentos lo tengo delante... Descuide, Señor.... Esto nos ha caído del cielo y no voy a desperdiciar esta oportunidad... Sí, señor, le tendré informado -colgó. Al guardarse el móvil, el tuerto miró a Manu y le dedicó una sonrisa afable-. Oh, Señor Noiles, es un honor que ya esté de vuelta. Ansiábamos su presencia.
El Hombre entrelazó pacientemente sus manos a la altura de su rostro en una expresión serena.
-¿Le apetece un vaso de agua?
Manu quiso negarse pero se dio cuenta de que su boca se había convertido en algo pastoso y desagradable, como una esponja sucia y seca.
-Sí, por favor.
-¡Eydigans!
Una de las figuras que aguardaban detrás del hombre se aproximó hacia él con un vaso de agua ya preparado en su mano. Detalle que no pasó desapercibido para Manu. Movió la cabeza en todas direcciones, buscando respuestas a los interrogantes que le atormentaban. Estaba metido en un asunto serio. Esos hombres habían organizado algo para él.
-Tranquilícese, Señor Noiles.
-¡¿Dónde estoy?!
El hombre del cristal torció de forma leve sus labios, en una sonrisa apenas perceptible.
-Beba el agua que le ha traído tan amablemente Eydigans.
El tal Eydigans le puso el vaso de plástico ante sus ojos y comenzó a balancearlo de forma tentadora. Manu B, a su pesar, lo cogió. Tenía una sed terrible. Cuando el agua tocó sus labios cayó en la cuenta de que podría estar envenenada. Quizás tuviera alguna sustancia capaz de crear daños a largo plazo, el tiempo suficiente para que aquellos tipos hicieran con él lo que diablos pretendían hacer. Sin pensárselo dos veces, dejó caer el vaso al suelo. De una forma más perceptible, el hombre del ojo de cristal volvió a torcer sus labios.
-Vaya, Señor Noiles, veo que ya está despierto del todo. Eso me alegra. Va a ser una noche larga y no hay tiempo que perder.
-¿Por qué me llama Señor Noiles?
-Porque usted es el Señor Noiles.
-Me llamo Manuel Dormita. Todos me conocen como Manu B.
-Señor Noiles...
-¡No soy el señor Noiles! ¡Soy Manu B, guionista de guiones!
-Mire detrás de usted. Podrá hacerse una idea de lo que va a ocurrir.
Manu B miró al Hombre con ciertas reticencias pero lo hizo. A sus espaldas vio que había una camilla hospitalaria y a su lado una gran mesa metálica repleta de instrumentos quirúrgicos perturbadores. Manu se volvió hacia el Hombre con la expresión de su rostro visiblemente afectada.
-¡¿Dónde diablos estamos?!
-En un sótano abandonado…y puedo asegurarle que la única ayuda que podrá tener será de las ratas del tamaño de conejos que andan por aquí. Ahora díganos lo que queremos saber y no tendremos que hacer uso de lo que ha visto detrás suya. Usted elige, Señor Noiles. O nos comportamos como los caballeros que somos o por el contrario me obligará a presentarle a mi socio Leo.
Uno de los cinco hombres le saludó con la mano.
-...El Doctor –aclaró.
-Todo un experto en el manejo del tronco Patterson.
-¡¿Qué diablos es lo quiere?!
-No me está entendiendo Señor Noiles. La actitud de hacernos perder el tiempo es algo que no toleramos. Eydigans, por favor.
Eydigans se apresuró a agarrar uno de sus brazos.
-¡¿Eh?! ¡Suélteme!
Manu B vio como dos hombres más se acercaban hacia él y ayudaban a Eydigans en su labor.
-Smedley, para servirle, señor Noiles –dijo uno de los otros hombres, sonriente, cogiendo un poco de su brazo.
Le obligaron a ponerlo encima de la mesa y a extenderlo por completo.
-Por favor, suéltenme.
Manu vio como el otro de los hombres que se había acercado (y que no se había presentado aún), traía consigo un martillo. Manu tiró con fuerza del brazo. Eydigans y Smedley se encargaron de que todos sus esfuerzos fueran en vano. Uno de los hombres le agarró con fuerza del cuello, debilitándolo. El otro apretaba su brazo contra la mesa con gran ímpetu. Manu B miró suplicante al hombre del cristal.
-¡Por favor, no!
El hombre del martillo (a espera de una presentación mejor) levantó la herramienta. El Hombre le hizo un gesto con la mano, indicándole que aguardara.
-¿Y bien?... ¿tiene algo que decirme?
Manu cerró los ojos, aterrorizado.
-¡Por favor, no sé de que me está hablando! ¡¿Qué es lo quiere saber?!
-Adelante, Toni.
El hombre del martillo, que de forma reciente había pasado a ser Toni asintió con la cabeza. Descargó sin dilación el martillo en el dorso de la mano. Lucecillas rojas destellaron bajo los párpados de Manu B. Un gran alarido salió disparado de su garganta. Un dolor sordo e inaguantable se adueñó de toda su mano y notó como un intenso calor comenzaba a subir desde allí hasta su brazo.
-Señor Noiles, no vuelva a hacerme perder el tiempo. Me molesta bastante que yo tenga que informarle sobre algo que ya sabe. Ahórreme la exposición, ¿quiere? ¿No le dije que el tiempo apremiaba?
-Esc-cúcheme, por favor. Yo no...
-Toni...
Los destellos rojos volvieron a relampaguear con mayor violencia. El alarido esta vez provocó que Eydigans y Smedley dieran un pequeño respingo. El calor en su mano se hizo más intenso. Se dio cuenta de que esta vez era un calor húmedo. Al abrir los ojos vio que de su mano comenzaba a manar sangre profusamente. En el centro había una gran brecha. Nada más ver aquello, Manu sintió fuertes mareos en su cabeza.
-¡No actúes! –dijo el Hombre con una mueca de enfado.
Manu intentó con todas sus fuerzas retirar su brazo pero Smedley le tenía bien sujeto. Comenzó a sollozar, resignado.
-Se acabó la farsa, Señor Noiles.
Manu miró al Hombre del cristal con sus ojos lagrimeándole.
-Ambos somos profesionales, pero le recomiendo que no intente averiguar quien de los dos lo es más. Le doy diez segundos para que comience a hablar.
-Es-stá loco...
-Tiempo cancelado. Adelante, Toni.
-¡No!
Cerró los ojos. Notó como le salpicaba en la cara la pulpa de su propia mano.

3.
-¡¿Qué coño ha ocurrido?! –gritó el Hombre del cristal.
El Doctor se acercó a Manu y posó su mano sobre su cuello.
-¿Se ha desmayado? –preguntó Smedley.
-Y una mierda.
-Se ha desmayado –confirmó el Doctor.
-Pues despiértale inmediatamente.
-¿Puedo hablar contigo un momento? –le preguntó el más joven del grupo a sus espaldas.
El Hombre se volvió hacia él asqueado. Era el maldito adolescente que desde hacia siete meses por ordenes directas del consejo había sido nombrado su mano derecha. Ignoraba como lo había logrado pero tampoco importaba. El Hombre sabía una cosa respecto a Juan Cunda, carecía de agallas para aquel trabajo. A su modo de ver era un burócrata que no haría otra cosa que minar cada uno de sus actos. Y estaba a punto de presenciar un ejemplo de ello.
-¿Qué quieres, Juan?
-Gustavo, esto puede tratarse de un fatal error.
-¿Perdón?
-¿Y si nos hemos equivocado?
El Hombre parpadeó varias veces, atónito ante las barbaridades que acababan de brotar de forma impía ante su cara.
-Estaba en el lugar encomendado y encajaba con la descripción.
-Nos dieron sólo una descripción de su vestimenta.
-¿Estás cuestionándome? ¿Cuestionándonos?
-Sólo digo... –Juan tragó saliva-. Sólo digo... que desde que vi a este tipo bajar del tren, nada de este asunto me olió bien. Mi opinión es que estamos ante un civil un poco pasado de bollos.
-Para eso estamos aquí. Para averiguarlo –el Hombre miró a Manu B-, les entrenan precisamente para eso, Juan.
-¿Cuántos agentes has visto que pesen cien kilos?
-He visto lo que hacen en Fort Benning. Durante toda mi vida me he topado con auténticos camaleones. Hijos de puta que te harían creer que son los hijos de tus padres. Lo que he aprendido de ellos es que es mejor que los tengas clavados en un árbol cuando mienten. No deberías ser tan precipitado en tus juicios.
-Sólo quería saber que habías pensado en la posibilidad de que este tío fuera sólo... un gordo ordinario.
-Oh, sí –dijo el Hombre con una sonrisa falsa-. Le apretaremos un poco más las tuercas con el martillo. Si vemos que se clarifican las cosas, le dejaremos marchar con un par de kilos menos (perdidos en sudoración por pánico post traumático). Si no, tendremos que poner a trabajar al buen Doctor
El Hombre se volvió hacia Manu B.
-Ya vuelve en si –informó el Doctor.
El Hombre se sentó en su silla y adoptó su postura reflexiva: rostro sereno y manos entrelazadas.
-Señor Noiles, vuelve a honrarnos con su presencia.
Todos los presentes complementaron sus palabras asintiendo con la cabeza al unísono.
-Hemos empezado con mal pie.
-Yo diría que con mala mano...- dijo Smedley riendo.
El Hombre le fulminó con la mirada. Como respuesta, Smedley bajó la cabeza, azorado.
-Bien, Señor, Noiles, está comenzando a impacientarnos. Cada minuto que pasa, corre de nuestra cuenta y eso nos irrita.
Manu B volvió a cerrar los ojos y comenzó a sollozar.
-No sé lo que quiere, de verdad.
Juan miró al Hombre. Él no se molestó en devolverle mirada. Toda su atención estaba para Manu B.
-Dígame, Señor Noiles, ¿cómo está su mano?
Manu abrió los ojos y la miró.
-Apenas puedo notarla.
En ese instante, Eydigans y Smedley se apresuraron para cogerla una vez más. Volvieron a ponerla sobre la mesa. Manu notó una ligera punzada sorda cuando su mano quedó extendida sobre ella. Su herida reluciente quedó a la completa disposición de sus raptores.
-Toni, ponle remedio a eso, por favor.
De improvisto, Manu vio como su mano quedaba recubierta por una montaña blanca de arena. Manu abrió los ojos de manera desmesurada y chilló con todas sus fuerzas.
Sal.
Con sus ojos inundados de lágrimas, entre nebulosidades varias vio como el Hombre esbozaba una sonrisa.
-¿A qué puede notarla ahora?
-¡Dios!
-No me dé las gracias.
-¡Dios! –volvió a aullar Manu.
-Como la cosa siga como hasta ahora me obligará a tener que centrarme en su otra mano. Dejaremos descansar a la saladita de momento. ¿Qué me dice?
Manu se limitó a mirarle con una expresión de pánico en el rostro. El hombre del cristal asintió con la cabeza y chasqueó los dedos. En lo que duró un segundo, su mano blanqueada y dolorida desapareció de la mesa, ocupando su lugar la otra, de momento en buen estado. Toni fue hasta la camilla y comenzó a rebuscar entre el material quirúrgico. La respiración de Manu se aceleró.
-Por favor, si no me decís lo que queréis no puedo decíroslo. ¡¿Cómo pretendéis que os ayude si no me habéis explicado nada?
-Gustavo, quizás deberíamos...-dijo Juan.
-¡La cinta podría estar ya de camino a Paris! ¡No pienso perder tiempo en gilipolleces!
-Pero...
-¡No me interrumpas!
Manu vio como Toni se ponía delante de él. Sujetaba unas enormes tijeras. Sus brillantes hojas refulgieron con tanta intensidad que le hicieron entrecerrar los ojos. Una opresión subió desde el pecho hasta su garganta.
-Empieza por los dedos, Toni. Vamos a interrumpirle la mano.
-Sí, Señor.
-¡Se lo suplico! –gritó Manu B. Su cara era masa rojiza y húmeda, cubierta por todos lados de lágrimas y mocos.
-Adelante, Toni.
-¡Es sólo un civil, Gustavo! –gritó Juan a su vez-. ¡Basta!
-¡Adelante!
-¡No he hecho nada! –gritó Manu.
Notó como las hojas tocaban su dedo índice. Dentro de unos segundos dejaría de poder sentir ese horrible tacto.
-¡No es ningún civil! –dijo Smedley.
-Si que lo es –dijo Juan, a su vez.
-¡Lo soy! –gritó Manu B-. ¡Lo juro!
-¡Callaos! –gritó el jefe.
-¡Estaba en el tren de camino al aeropuerto...! –dijo Smedley-. ¡Coincide con la descripción!
-Allá voy –dijo Toni.
-¡No!
-¡No lo hagas, Toni! –gritó Juan.
-¡Hazlo! –increpó Smedley-. ¡Qué sufra!
-Jefe...-dijo Toni, aguardando su aprobación.
-¡Por favor...!
Toni comenzó a cerrar las tijeras.
-¡¿Qué Diablos es eso?!–gritó el jefe.
En el acto, todos guardaron silencio. De forma difusa oyeron un incesante goteo. Las cabezas de los raptores de Manu B se volvieron al unísono a él.
-Lo siento... –dijo avergonzado.
-¿Pero que coño...? –dijo el jefe levantándose de la silla indignado.
-Lo siento, de verdad...
El Hombre se agachó para mirar debajo de la mesa. Un enorme charco amarillento se extendía debajo de las piernas de Manu B.
-¡Joder! –gritó.
-Hay que joderse –dijo Smedley que como todos, miraban con perplejidad las esencias de Manu B.
-No he podido evitarlo.
-Tranquilo... –le dijo Juan con voz suave.
-Por el tamaño del charco lleva meándose desde que le trajimos –comentó Smedley.
-Si...-dijo Eydigans.
El Hombre se acercó hasta Juan. Los dos caminaron hasta el punto más alejado de la mesa.
-¡Mierda-puta!– gritó el jefe-. Este tío es sólo un gilipollas, ¿verdad?
-Me temo que sí.
-¡Joder!
-Le diré a los chicos que lo levanten y le lleven hasta la furgoneta. Esperemos que no se haya cagado también...
-Aún no. Ni hablar que se va a mover de aquí.
-Pero...
-Esto no ha terminado. Es posible que hayan usado a este imbécil como señuelo. O cómo un correo que ignora que lo es.
-Gustavo, por favor...
-He visto lo que hacen en Fort Benning y en Dundadley Scott´s. ¡Acuérdate de Samuel Contreras.¡Piénsalo, maldita sea! Un espía que no sabe que es espía. Nosotros hemos hecho lo mismo.
-¡Pero no en una misión de alto riesgo! ¡Tendría que haber llevado la grabación encima! ¡¿De veras crees que pondrían la prueba definitiva contra la Corporación en manos de un don nadie?! ¿De un Dunkins Donuts como él?
-¡Sí, si eso precisamente puede desviarnos del objetivo! Aún no tienes ni idea de cómo se hacen las cosas, Juan. Quizás ni supiera que llevaba nada.
-¿Qué piensas hacer?
-Voy a continuar hablando con él. Tenemos que asegurarnos.
-Me niego en rotundo.
-¿De verdad estás dispuesto a dejarlo aquí? Sin haberlo comprobado antes concienzudamente. ¿Se lo explicaras tú a Dacosta?
Juan apartó la mirada del Hombre, guardando silencio. El Hombre dando por zanjado el asunto, avanzó de nuevo hacia la mesa.
-No le hagas daño–le dijo Juan a sus espaldas.
-Descuida...
Llegó hasta la mesa y se sentó una vez más ante Manu B.
- Toni...-dijo el hombre del cristal.
- ¿Qué quiere que le corte ahora, señor?
- De momento busca una fregona y friega las inmundicias del Señor Noiles.
-¿Tengo qué hacerlo yo?
-¡¿A que esperas?! –le gritó irritado.
-Enseguida –respondió sumiso.
El Hombre miró con atención a Manu B.
-Cuando le trajimos aquí, registramos cada centímetro de su ser...
Smedley rió.
-Incluidos sus calzoncillos manchados –dijo Smedley divertido.
El Hombre del cristal por segunda vez en la noche volvió a fulminar a Smedley con la mirada. Al ver la expresión de su jefe, Smedley supo que seguramente no habría una tercera.
-Le registramos y no encontramos nada. Así que díganos, ¿a quien vio hoy en el tren?
Manu dejó de sollozar en el acto. Su cara reflejó una expresión de perplejidad que no pasó desapercibida para el Hombre del cristal. El Hombre esbozó una pequeña sonrisa. Por fin obtenía una pista de aquel cabronazo.
-Vaya, vaya, Señor Noiles... nos ha ido andando con secretitos.
-Yo n-no sé nada.
-Sus ojos no dicen lo mismo –el Hombre del cristal miró a Juan con una pequeña expresión de autosuficiencia.
-¿Le ha dado algo a esa persona?
-No.
- Eso lo decidiremos nosotros.
-¡Ella no tiene nada que ver!
La sonrisa del Hombre del cristal volvió a ensancharse.
-Vaya, vaya –dijo el Hombre del cristal con alegría. Volvió a mirar a Juan-. ¿Con que ella? Desde luego por como largas si que eres un civil.
-¡Sí, joder! ¡Es lo que llevo diciéndole toda la noche!
-Va por buen camino, Señor Noiles. Siga así. Ahora va la pregunta estrella, si la acierta, un osito gordito para usted, ¿quién es ella?
Mil pensamientos se dispararon en violentos fogonazos en la cabeza de Manu. Su corazón se congeló.
-Queremos su nombre.
Manu cerró los ojos y sollozó...
Estaba ante uno de esos escasos momentos en la vida en que se era consciente precisamente de la importancia de ese momento. Ellos sabían que él era un civil, un inocente, si les decía lo que ellos querían saber, quizás saliera vivo de allí.
-Ella... –dijo Manu abriendo sus ojos húmedos.
Por otra parte, si revelaba el nombre de Laura, la pondría en peligro. A saber lo que aquellos salvajes le harían para conseguir sus propósitos. Desde un punto de vista dramático, sería su vida por la de ella.
Manu miró al Hombre implorando piedad. El Hombre parpadeó con lentitud, inmutable.
Los ojos de Manu se movieron hacia arriba y luego hacia el lado derecho de su cabeza.
Su boca temblorosa comenzó a hablar por él.
-Marisa Céspedes.
-Ajá –dijo el hombre del cristal.
-Aquí está la fregona, señor –dijo Toni al llegar. La levantó para mostrársela al hombre del cristal.
-Vuelve a coger el martillo, Toni.
Manu miró al Hombre del cristal alarmado.
-Debe tomarnos por aficionados, Señor Noiles. Pero como decimos en la industria: para una treta una jugarreta.
Acto seguido, Toni descargó el martillo en la rodilla de Manu.
Manu cogió aliento y comenzó a revolverse, desesperado, en su asiento.
-Tiene reflejos –comentó Toni esbozando una sonrisa.
Smedley soltó una carcajada.
-No seamos sádicos con el pobre Señor Noiles –dijo el Hombre que sin poder reprimir una sonrisa-. Le sugiero que no intente timarnos otra vez. Tiene a seis profesionales mirando cada uno de sus ridículos gestos.
Eydigans agarró su brazo bueno con fuerza. Con horror, Manu, vio como éste quedaba de nuevo extendido en la mesa.
-Antes se interrumpió su cita con las tijeras... vamos a retomarla. Diga ese maldito nombre y todo acabará.
Manu sintió la adrenalina por su cuerpo. Una fuerte opresión en el pecho le impedía respirar. Cada bocanada que daba, por muy pequeña que fuera, le provocaba un dolor sordo. Perdería los dedos si no nombraba de manera inmediata su nombre.
-¡Ella no tiene nada que ver! ¡Se están equivocando de hombre!
-No, Señor Noiles, cada minuto que pasa, nos confirmas lo importante que ella es. Díganos su nombre y ya decidiremos nosotros. Voy a contar hasta cinco...
Toni colocó otra vez las tijeras en su dedo índice.
-...Uno...
Manu miró con horror su dedo y las brillantes hojas que lo aprisionaban. Su índice desaparecería en cuestión de segundos. Sólo tenía que pronunciar Laura y recuperaría su dedo, recuperaría su vida. Volvería junto a su amiga oscuridad, a su pisito gris...
Le harían daño, la golpearían con un martillo....
Notó fuertes pulsaciones en las sienes. La urgencia de la sangre. Su corazón a cien revoluciones. El sudor encharcando su asiento debajo de él.
Sólo era un hombre. Un guionista cobarde... No estaba en su mano el poder hacer algo.
-...Dos...
Martillo. Dedos, muñón...
Su nombre es Laura....
Su índice se movía de forma involuntaria entre las hojas de las tijeras, tocándolas.
Se había acercado por primera vez...
-...Tres...
¿Dolería mucho?
-Ella...
¡Había relegado sus fantasías a un segundo plano y había hablado con ella!
Miró a los seis hombres que tenía delante de él. Le observaban con atención, aguardando a que dijera las palabras mágicas.
-Cuatro...
Se percató de que cada segundo que pasaba, los maleantes se impacientaban más y más.
¡Estaban más ansiosos que él, que estaba a punto de perder su dedo!
De repente, el corazón de Manu B se desaceleró. Su respiración recobró la normalidad y su dedo quedó firmemente colocado entre las tijeras.
Sí, si que estaba en su mano el poder salvarla. De hecho, debía perderla para salvarla.
Los sueños de Manu, todas esas fantasías que habían tenido lugar en la oscuridad de su habitación mientras observaba durante horas las luces de la calle reflejadas en su techo, suplicando por ser correspondido por su chica, todas esas mañanas despertándose tras sueños maravillosos y topándose frente a frente la realidad recobraban ahora pleno sentido. Un sentido que había creído encontrar hacía mucho tiempo en la escritura siendo lo bastante iluso como para pensar que el sufrimiento de su adolescencia había tenido un fin: moldearle como artista, convertirle en un gran escritor. Ese dolor, esa angustia, esa soledad, elementos inseparables de su pasado y que en el futuro le servirían de material perfecto para sus historias, ahora sabía que todo era una gran farsa. La excusa de un ingenuo de ojos grandes como él. Consuelos para intentar llegar a ser alguien en la vida. Una burda forma de ser correspondido y admirado por los demás.
El miedo le había impedido contemplar las cosas con perspectiva, pero ahora lo veía. Por ardides del destino, para bien o para mal, el que controlaba la situación era él. Desde el principio había sido así.
Manu miró a sus enemigos con una tranquilidad de la que no había gozado en toda su vida., consciente de la maravilla que estaba teniendo lugar. Sus sueños de ser el protagonista, de salvar a su chica a tiempo, ¡A laura! cientos de miles de versiones que habían estado desfilado debajo de sus párpados durante todos aquellos años y que habían sido escritas una y otra vez en mediocres relatos, estaban allí, plasmadas en aquel instante. En ese segundo, en ese sótano, el mundo era suyo.
Si no decía nada, salvaría la vida de Laura. Salvaría la vida de su chica. Así de simple.
Los malos dependían de él. Laura dependía de él.
¿Cómo no había visto las cosas así desde el principio?
-Cinco...
Manu B esperó algo así como un segundo antes de darles una respuesta, saboreando las miradas impacientes de aquellos seis individuos.
Su respuesta: una amplía sonrisa burlona.
Juan al verla, en un acto reflejo, se llevó la mano a la cabeza, seguido de un fuerte plas.
El gordo se había vuelto loco. Cerró los ojos, temiendo por el pobre y estúpido Manu B.
Eydigans y Smedley se intercambiaron miradas de sorpresa.
-¿Cree que sabe lo que es el dolor, Señor Noiles? Su nivel de experiencia no llega ni a cero. Adelante, Toni.
Manu centró su mirada en las tijeras y en su dedo. Se centró en las hojas que apretaban su carne. Se centró en el dolor punzante de la presión que hacían y se centró en el frío del acero cuando éstas penetraron en el dedo... cuando tocaron su hueso, cuando lo partieron.... Abrazó ese dolor porque abrazaba lo que acababa de hacer. Gritó llevado por la agonía. Los maleantes rieron.
Manu chilló en la cara del Hombre, llenándosela de humedades varias.
Eydigans se apresuró a limpiar la cara de su jefe con unas gasas que tenía a mano.
-Eso ha sido del todo innecesario, Señor Noiles –dijo el Hombre-. Toni, a por el siguiente.
Eydigans taponó el muñón de Manu con las mismas gasas con las había limpiado el rostro de su jefe.
-¡Basta! –le gritó Juan al Hombre.
El Hombre del cristal miró a Juan con una expresión de perplejidad e indignación.
-¿Qué has dicho?
-He dicho que basta. No voy a tolerar más esta situación.
Smedley, Toni y Eydigans se intercambiaron miradas de extrañeza. El único que permaneció impasible a los cambios, tal y como lo había hecho desde el principio, fue el Doctor Leo. Alerta y firme, las únicas directrices por las que se guiaba de momento.
-¿Estas ordenándome algo, Juan? –preguntó el Hombre escudriñándole con la mirada.
-No voy a quedarme quieto mientras torturas a un inocente.
-Se niega a dar una información. Estoy legitimado para hacer lo que esté en mi mano…
-…En detrimento de la suya –agregó Smedley divertido y señalando el muñon de Manu. Acto seguido se tapó la boca.
El Hombre se levantó de su asiento y se acercó amenazador hacia Juan. El muchacho se quedó quieto donde estaba, firme como una roca.
-No vuelvas a contradecirme delante de mis hombres, ¿te queda claro, hijo de puta? –le susurró el Hombre del cristal a apenas un palmo de su cara.
-Haré lo que tenga que hacer.
Los dos hombres se miraron a los ojos.
La creciente tensión se mitigó al sonar el móvil del Hombre.
-Es Dacosta.–dijo el Hombre-. Querrá saber de los progresos. Progresos que tú me estás impidiendo realizar.
-Hablaré con él.
-Ni hablar.
-No pienso hacer nada más bajo tus órdenes hasta que Dacosta sepa como está yendo esto.
-A Dacosta no le interesan menudencias, sólo quiere resultados.
-He dicho que hablaré con él. Dame el teléfono.
-Yo soy tu jefe, recibes órdenes de mí.
-Dame el teléfono, no voy a repetírtelo más.
El Hombre se acercó a Juan y de mala gana alargó su móvil hacia él.
En el instante en que Juan lo cogió, el Hombre apoyó su cuerpo junto al de él y con la otra mano, sacó de su bolsillo su preciada 44. Apoyó el cañón en el pecho de Juan antes de que pudiera darse cuenta de algo. Disparó. Con el teléfono aún sonando, Juan salió despedido hacia atrás. Por suerte, el móvil se soltó de sus manos inertes antes de que cayera derrumbado al suelo. El Hombre lo cogió en el aire y con tranquilidad, lo apoyó en su oreja. Los demás, como si allí no hubiera tenido lugar algo más relevante que la caída de un plato en un restaurante, ni se dignaron a mirar el cadáver.
-¿Diga?...-dijo el Hombre con voz suave-. Hola, señor, todo va según el programa, quizás un poco más lentos que de costumbre pero… Sí, Señor, pondré enseguida a trabajar al Doctor. Lo sé, Señor… Sí. Le llamaré ante cualquier eventualidad.
El Hombre guardó su teléfono. En apariencia, su rostro mostraba una expresión serena y diligente que en realidad, solo representaba lo que había trabajado durante mucho tiempo con esmero ante su espejo. Un ser inescrutable e invisible en todo momento. Manteniendo esa misma firmeza, el Hombre del cristal regresó a su asiento. Su mirada felina se posó en el sudoroso y dolorido Manu B.
-Hable…es su última oportunidad para seguir siendo quien es, ¿lo entiende?
Manu apretó con fuerza la gasa contra su dedo.
-Creo que lo entiendo...
El Hombre le miró perplejo. No podía creerse que tuviera a semejante gilipollas delante de él. Aquello era inaudito. El Hombre soltó un resoplido.
-Perfecto, Señor Noiles –miró a Eydigans y a Smedley-. Trasladadle a la camilla.
Las reacciones enfáticas de los hombres indicaron que llevaban tiempo esperando aquel momento.
4.
Manu B intentó resistirse a sabiendas de que era inútil hacerlo pero quería demostrarles de que aún le quedaba algo de dignidad. Le colocaron en la camilla y le obligaron a tumbarse. Cuando lo consiguieron, se afanaron a atarle correas en sus manos, en el pecho y en la cintura. Quedó a la completa merced, si no lo estaba ya antes, de las voluntades nada benevolentes de aquellos hombres.
-Antes le hice una breve presentación de Leo… -le llegó a Manu la voz del hombre del cristal.
-…El doctor –se encargó de concretar de nuevo él.
-Verá, Señor Noiles, en casos como el de usted, en donde el tiempo es oro, nos obliga a tomar medidas poco ortodoxas. Ahora comprobará cuales son estas medidas.
Vio como Eydigans y Smedley colocaban al lado de él una columna en las que colgaban varias bolsas de plástico.
-Mi socio Leo y yo no creemos en las torturas lentas y piadosas, donde los pequeños cortes de bisturí en las zonas sensibles del cuerpo lo son todo. Creemos que la tortura tiene proyección más psicológica que física. Basándonos en este principio, ¿de qué sirven unos cortecitos en el abdomen o unas quemaduras en el torso o las espinas en las uñas si son heridas que por muy dolor que inflijan, a la larga cicatrizan y permiten al individuo volver a su vida normal? Usted nos está haciendo perder un tiempo muy valioso, ¡y aquí y ahora, nosotros le demostraremos lo urgente que es que nos de la información que esconde! ¡Lo desesperados que podemos llegar a estar! Esas bolsitas de líquido que puede ver a su lado contienen una solución salina creada por el Doctor. Le permitirá separar partes de su cuerpo a su antojo, serrarle y que no llegue desangrarse en mucho tiempo. Y lo más importante, estará consciente en todo momento.
-El valle del dolor, ¿verdad, jefe? –dijo Smedley-. El valle del dolor al amanecer.
-Sí, Smedley, ¡y ahora cállate!
El Doctor Leo se acercó al palo de suero y miró a Manu B.
-No son buenas noticias, ¿verdad, Señor Noiles?
-Mi nombre no es Noiles, es Manu Dormita. Manu B para los amigos.
El Doctor Leo le clavó a Manu en un brazo una aguja que conectaba por medio de un tubo a la solución salina.
-Ahora verá que bien –dijo el Doctor.
El Doctor le dio la espalda para rebuscar entre el material quirúrgico. Al volverse, pudo ver que en una de sus manos tenia algo reluciente. Un bisturí.
- ¿Por donde quieres que empiece? –le preguntó el Doctor al Hombre del cristal.
-Como decía mi difunto abuelo, una mano para el lavabo…-contestó el Hombre.
El Doctor hizo el ademán de ir a buscar una herramienta más efectiva para esa tarea.
-Ni hablar –le detuvo el Hombre-. Quiero que se le haga interminable.
El Doctor asintió. Manu B cerró los ojos, horrorizado. Tenía que salir de allí.
Físicamente no, por supuesto. Desde hacía algún tiempo, estaba jodido en ese menester. Pero había formas de talante psíquico. Para su desgracia era un completo desconocedor de artes como el yoga. El Tai Chi bien podía ser para él un rico aperitivo japonés, y el chakra, el nombre de una galleta. Su mente vivía a un nivel plenamente consciente. No podía correr una distancia de doscientos metros sin enseguida pensar, Dios, estoy corriendo. Algo en mi pecho se mueve… me cuesta respirar...
En todo momento era consciente de los estímulos que su entorno le ofrecía. Sin embargo sabía que debía intentar concentrarse en algo. Era vital salir de allí. Alejar el dolor.
Sabía que podía hacerlo. Era escritor, ¿no?
A los pocos segundos, Manu se dio cuenta de que tal pensamiento era infundado. ¡¿Quién se creía que era?! ¡¿Un fakir?!
¡No!, gritó una parte de su mente. Era la misma parte que no había conocido hasta aquella noche. La misma que se había negado en rotundo a decir el nombre de Laura.
Has vivido en tu mundo, Manu, toda tu vida. Bien, capullo, ahora es el momento de que hagas uso de tu autismo emocional.
Manu vio el bisturí, brillante como el demonio, cada vez más cerca de él. Cerró los ojos. El dolor no tardaría en hacerse notar y cuando eso ocurriera, acapararía todos sus sentidos. No habría poder mental, ni mundo imaginario que valiera.
El valle del dolor al amanecer como había dicho antes Smedley de forma tan elocuente. Si quería escapar de allí, tenía que partir de algo sólido. Debía seguir un camino lógico y viable. Una estructura mental a prueba de balas. Un camino que por decirlo de alguna manera, contara la verdad. Su verdad.
Una pequeña imagen de Laura cruzó su mente y con ella la solución a su problema. Como toda persona que vive con una obsesión, Manu también había encontrado su antídoto. Laura era tanto como un elemento sustancial en su vida como una maldición que le impedía avanzar en ella. El número de veces que Manu había alimentado su obsesión, aquellos incontables viajes en tren espiándola, escuchando sus conversaciones por el móvil con su marido (incluyendo la tarde en la que ella, enfática, habló largo y tendido con él sobre el bebé) era equiparable al número de veces que Manu había intentado retomar su vida, olvidar el pasado y, en esencia, olvidarla. Manu había encontrado una pequeña forma de hacerlo. Una forma se basaba en instantes efímeros que le recordaban su valía, su independencia ante cualquier complejo u obsesión. Un simplón y divertido tema musical que había descubierto por casualidad desde hacía algún tiempo en la radio. Cada vez que escuchaba aquella melodía, no sólo le lograba arrancar una sonrisa de sus labios sino que durante dos minutos sus problemas desaparecían. En ese tiempo todo quedaba en familia. Manu B volvía a ser un niño.
Si había logrado templar el dolor asociado a Laura con aquella música, quizás sirviera también para combatir el dolor real. Los himalayos, según decían, llevaban siglos haciendo locuras por el estilo.
Hizo el esfuerzo mental por evocar esa canción y llevarla hasta aquel sótano: que inundara la estancia de su particular colorido, que convirtiera aquel afilado y brillante bisturí que ansiaba con morderle, en algo blando e inofensivo como el simple juguete de un payaso de feria. Las primeras notas empezaron a desfilar por su cabeza, pero lo hicieron de forma poco nítida.
El Doctor, con sus manos enguantadas de blanco, tocó una de sus manos. Manu se concentró en la canción. Se acordó del guitarreo daba inicio a la melodía. De aquellos cálidos sonidos. Al hacerlo, de forma fluida las primeras notas llegaron hasta él. Las agarró con fuerza, intentando mantenerlas todo el tiempo posible en su memoria. Las tarareó. Se obligó a hacerlo varias veces hasta que se vio seguro para proseguir. Sorprendido, descubrió que cada vez, con más nitidez, conseguía oír la melodía en su cabeza. Fue a por el resto de la canción. Con cada pequeño tramo que conseguía avanzar, volvía de nuevo para atrás para recordarla toda desde el inicio. La canción se convirtió en una reiterada y mecánica consecución de notas carentes de algún sentido emotivo. No se preocupó por ello. Hasta que no la tuviera completa, esta no recobraría su fuerza inherente. En ningún momento, mientras estaba inmerso en aquella labor, se atrevió a abrir los ojos y ver lo que ocurría fuera. Si lo hacía, estaba seguro de que todo lo poco que había conseguido se vería desbaratado.
Imploró por tener la canción lista antes de que su mano se viera horriblemente seccionada. Cuando estuvo seguro de tenerla, Manu B, se dispuso a reproducirla en su mente, nota por nota.
No va a surtir efecto, pensó, cuando el bisturí penetre en la carne no habrá canción que valga. Reprodúcela cuantas veces quieras pero…
Manu despejó su mente. Si había que ocupar espacio en su cabeza, que fuera para la canción.
Inició la reproducción. El primer intentó resultó penoso. La canción que oyó en su cabeza estaba años luz de la original. Había grandes lagunas en su desarrollo, vacíos que desembocaban en tonalidades completamente diferentes desviándose de la sintonía original. Estaba perdido. El dolor sonaría en él como una campana a media noche.
-Señor, Noiles, ¿está dispuesto a colaborar ahora? –le preguntó el Hombre fuera de la oscuridad de sus párpados con voz suave y amable.
-Está en shock –dijo Smedley.
-No lo creo –respondió el Doctor.
-Vayamos entonces a por su otra mano…
Al oír aquello, Manu abrió los ojos, como si acabara de recibir un latigazo. Vio como el Doctor y el Hombre volvían sus miradas hacía él en el instante en que abría los ojos. Smedley estudiaba con sadismo lo que minutos antes le había pertenecido a él desde nacimiento: su mano derecha. El dolor que, de forma milagrosa y sin haberse percatado había logrado apartar, acudió a él con todas las de la ley. Se inició en la zona donde antes había estado su mano. Notaba como si ésta, aún unida a él, hubiera quedado atrapada en un cepo. Un dolor incesante, sordo, subía y bajaba a su antojo por su brazo. Manu aulló de dolor.
El hombre del Cristal y el Doctor rieron, más llevados por el alivio que por otra cosa.
Cierra los ojos y céntrate.
Pero Manu siguió gritando.
Déjame gritar un poco más, por favor. Sólo un minutito.
¡No! Hazlo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Manu calló y volvió a cerrar los ojos.
La perplejidad no tuvo cabida en el Hombre y sus sicarios. Lo que estaban presenciando estaba fuera de toda normalidad. Debían de vérselas con alguna clase de autista. Un deficiente incapaz de expresar emociones sustanciales y divertidas para la vista como el dolor.
-Ahora los dedos de la otra mano. Uno a uno.
-De acuerdo –dijo el Doctor.
¡Debía encontrar de nuevo la canción! ¡¿Cómo Diablos iba a hacerlo ahora con ese dolor ahí?!¿Y cómo pensaba hacerlo con los nuevos dolores que en cuestión de segundos comenzarían a atenazarle? Intentó recuperarla. Al menos una parte de ella, pero fue en vano. Ya ni se acordaba de una sola nota. El dolor, el miedo le habían dominado por completo. Pronto sería su fin y el de la pobre Laura, desvelada de manera irremediable.
¡Y una mierda!
Le acababan de amputar una mano. De su boca no saldría nada que no fuera material tangible como saliva o mocos. En ese momento, Manu tomó conciencia del surrealismo que estaba viviendo. Le creían por una especie de espía. Le acababan de cortar una mano sin que sintiera nada. Y lo más gracioso, estaba sacando de quicio a aquellos tipos.
Manu rompió a reír.
Los maleantes se miraron entre ellos, absortos. Manu abrió los ojos. Al ver las ridículas caras de sus captores, sin poder hacer nada por evitarlo las risas se intensificaron.
-¿Se trata de una broma? –dijo el Hombre atónito.
-Tranquilo, Gustavo, debe tratarse del Shock. Es algo muy corriente. El organismo segrega hormonas que contribuyen al cachondeo... –informó el Doctor.
Con cada carcajada pero sin ser consciente de ello, el dolor del brazo fue remitiendo para Manu.
-¡Pues deshockale, hostias! ¡Deja esa mano sin extensiones perceptibles al ojo humano, cojones!
La canción volvió a activarse en su cabeza estableciéndose un fuerte asociacionismo entre el surrealismo presente, las risas y la canción. Toda clase de endorfinas recorrieron su cuerpo, haciendo que el dolor quedara relegado a algo de segundo plano El bueno de Manu B abandonó el sótano al instante.
Y cayó de lleno en una playa.
-Señor Noiles…-le dijo una voz lejana.
Manu B como si no fuera con él, siguió centrándose en sus queridos azules.
-¿Va a colaborar? –preguntó el Hombre mirando a Manu B de forma piadosa.
El hombre aguardó una respuesta mientras observaba el cuerpo tembloroso de Manu. Al ver que no respondía, una expresión de alarma asomó en el rostro del hombre del cristal.
-¿Señor Noiles? ¿Señor Noiles se encuentra usted bien? –dijo el Hombre asustado. Miró al Doctor-. ¿Qué Diablos le ocurre?
-Creo que nada, Señor…
-¡¿Cómo que nada?! ¡Se ha pasado con el bisturí, sádico hijo de puta! –el Hombre comenzó a darle palmadas en la cara a Manu B-. ¡Señor Noiles…!
-¿Eh?... –dijo Manu B con voz adormecida.
- ¡Señor Noiles! –dijo el Hombre del cristal aliviado-. ¡Señor Noiles!
-Sí…
El Hombre del cristal esbozó una sonrisa de alegría al tiempo que suspiraba. Miró al Doctor con una expresión de repulsión.
-Tapone las heridas –le ordenó con hosquedad a Leo-. Oiga Señor Noiles…
-Sí…
-¿Está dispuesto a colaborar ya? Es que ha estado muy cerca de morir y…
-No… Aún no, pero gracias.
El Hombre del cristal parpadeó varias veces, atónito. Al igual que Manu B, el Hombre del cristal comenzó a tomar conciencia del surrealismo que impregnaba aquella noche. La sensación que le provocó a él fue inversamente proporcional a la de Manu B. Frustración, odio y rabia recorrieron sus venas.
-¡Gordo de mierda! –estalló el Hombre del cristal. Varios goterones de saliva cayeron sobre el rostro de Manu B-. ¡Te juro que no va reconocerte ni tu madre!
Sus hombres le dirigieron pequeñas miradas de sorpresa que al segundo siguiente fueron atenuadas por completo. Si no querían acabar como el pobre Juan Cunda más les valía andarse con ojo con sus reacciones. El móvil del Hombre volvió a sonar. Un pequeño atisbo de pánico apareció en su rostro, que sólo Leo, observador nato como era, fue capaz de percibir. El Hombre simuló una tos y se quedó quieto donde estaba, sin hacer el mínimo movimiento. El móvil volvió a sonar. Lo ignoró.
-Su teléfono… -le señalizó Toni con suavidad.
-Ah, sí –dijo con una falsa voz sorprendida.
El Hombre sacó el móvil del bolsillo con lentitud y lo miró con ojos ausentes.
Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Leo. Su expresión, en apariencia serena y firme, se derrumbó en ese instante. Sus hombres quedaron ante un individuo al que nunca habían visto.
-Por favor, contesta tú. Di que no estoy –dijo acercándose hacía el Doctor, tambaleante como un borracho, y alzándole el móvil con movimientos ancianos.
Los hombres quedaron atónitos por lo que estaban presenciando.
-Señor…
-No puedo contestar… no sin haber obtenido resultados…tienes que entenderlo.
Eydigans, Smedley y Toni se miraron una vez más entre ellos anonadados. Todo lo que estaba sucediendo era muy nuevo para ellos.
-Lo haría si pudiera, Señor… pero es su móvil… no puedo hacerlo…
-Yo....
El Hombre cerró los ojos un momento con el fin de serenarse y aclarar las ideas. Resignado, se llevó el móvil a la oreja.
-¿Diga?...Oh, Señor Dacosta, siento haberle hecho esperar… tenía las manos sucias…No, aún no hemos conseguido gran cosa pero está todo bajo control…somos bastante optimist… No, Señor, le agradezco las molestias pero no es necesario… Es muy considerado pero… Señor… Sí, Señor… De acuerdo…
El Hombre despegó el móvil de su oído. Sus hombres le miraron expectantes.
-¿Qué ocurre? –se atrevió a preguntar Smedley, a pesar de que en momentos como aquellos una pregunta de tal calibre podía sesgar su vida.
-Dacosta envía a sus hombres aquí –dijo el hombre del cristal con mirada vacía. Estamos jodidos. No va a consentir que se pierda más tiempo.
-¿Van a relevarnos? –dijo Eydigans incrédulo.
-Sí a relevarnos.
- ¡Dios! –dijo Eydigans.
-Sugiero que nos larguemos de aquí cuanto antes. Ahora que disponemos de tiempo –dijo Toni-. ¡Qué le den por culo al Rey de las salchichas éste!
-Yo también pienso lo mismo –se apresuró a respaldar Eydigans.
-Nos encontrarán –dijo el Hombre. Volvió su cabeza hacia la camilla, centrando su atención en Manu B-. En el Señor Noiles está la solución, por muy tentadora que nos parezca la idea de huir. Sabemos como trabajamos, caballeros, y sabemos que no dejaran de levantarse piedras hasta que hayamos sido encontrados... y liquidados.
-Estoy con Gustavo. Debemos doblegar al Señor Noiles como sea -dijo el Doctor.
- Tenemos quince minutos hasta que llegue el helicóptero con los hombres de Dacosta –dijo el hombre del cristal.
-Pues entonces sugiero que todos cojamos un instrumento y le torturemos todos a la vez –propuso Smedley.
-¡Qué barbaridad! –gritó el Doctor escandalizado.
-¡Habló el puto Doctor Menguele en persona! –repuso Smedley.
-Si lleváramos a la práctica tu idea no sólo perderíamos tiempo, quizás, hasta le provocáramos un paro cardiaco.
-¡Tenemos que pensar en algo, maldita sea! ¡En algo definitivo! – el Hombre volvió a mirar a Manu B-. En algo auténtico, no carente de mérito. Algo impertérrito, destacable entre el terreno de cuchillos en el que nos encontramos…
-Sí…-dijo el Doctor enarcando las cejas, llevado por la perplejidad de las sandeces que oía.
El Hombre se mordió los labios, pensativo, sin apartar los ojos de Manu B.
Miró a sus hombres y torció su labio de forma malévola en una sonrisa.
-Le quitaremos lo que más necesita en este mundo.
-¿Sus huevos? –dijo Smedley abriendo los ojos de manera desmesurada, llevado por la excitación.
El hombre le ignoró por completo.
-Dijo que era guionista. Le arrebataremos lo que más necesita para su labor de onanismo intelectual: sus preciados y putos ojos
-¿Y sus huevos…?
-¡Para lo que los usará este pájaro, ¿qué coño le van a importar si se los quitamos, Smedley?!
-No sabe lo que dice, Señor. Este tío es de los que les saca partido a sus pelotas a todas horas, de una manera u otra. Es de los que entienden. Vamos, de los que se entrenan….
-¡Pues por nosotros que se haga las olimpiadas! –dijo el Hombre del cristal-. ¡Aunque a partir de ahora tendrá que hacerlo en braille!
Todos estallaron a carcajadas llevados por el histerismo. Segundos más tarde, se pusieron manos a la obra.
Las risas de sus hostigadores, como si fueran el preámbulo de un gran espectáculo, precedieron a la apertura de uno de los momentos más maravillosos de la vida de Manu. De improvisto, de las relucientes aguas del mar, Manu se vio de pronto así mismo en casa de su abuela. Su primo Samuel y Humberto estaban a su lado, formando el trío barrera como eran conocidos cariñosamente en su familia. Los inquebrantables, otro de los cariñosos motes que tenían. Su abuela Miriam estaba junto a ellos, de pie, sirviéndoles doble ración de conejo al salmorejo.
El Doctor sacó de su kit de accesorios perturbadores un bote de ácido sulfúrico. El Hombre del cristal lo miró y asintió con la cabeza. El Doctor comenzó a desenroscarlo. Mientras lo hacía, Eydigans y Smedley abrieron los párpados de Manu B. Observaron que su globo ocular se movía lentamente de un lado a otro, ausente. Era obvio que no prestaba atención a los acontecimientos que estaban ocurriendo delante de él.
El Hombre del cristal acercó su cara a ellos, para que el gordo pudiera obtener un primer plano de sus amenazas. Sus últimas amenazas.
-Déme ese maldito nombre.
A pesar de que le habían abierto los ojos a la fuerza, Manu hizo todo lo posible por no llegar a ver. Movió sus ojos hacia atrás, en un intento desesperado por obtener oscuridad. Se obligó a concentrarse en su canción, y en el banquete que había logrado evocar con tanta facilidad. En hacer llegar ese día al sótano.
Su abuela le puso dos buenos pedazos de carne en su plato. Él y su padre se miraron al instante y al unísono se señalaron y se guiñaron el ojo en un intenso gesto de complicidad. En aquellos momentos eran los reyes del mundo y las patatas fritas y el jamón serrano las estructuras que conformaban su trono.
-Doctor, adelante.
Los reyes del mambo, mismamente.
-Antes le hice una breve presentación de Leo… -le llegó a Manu la voz del hombre del cristal.
-…El doctor –se encargó de concretar de nuevo él.
-Verá, Señor Noiles, en casos como el de usted, en donde el tiempo es oro, nos obliga a tomar medidas poco ortodoxas. Ahora comprobará cuales son estas medidas.
Vio como Eydigans y Smedley colocaban al lado de él una columna en las que colgaban varias bolsas de plástico.
-Mi socio Leo y yo no creemos en las torturas lentas y piadosas, donde los pequeños cortes de bisturí en las zonas sensibles del cuerpo lo son todo. Creemos que la tortura tiene proyección más psicológica que física. Basándonos en este principio, ¿de qué sirven unos cortecitos en el abdomen o unas quemaduras en el torso o las espinas en las uñas si son heridas que por muy dolor que inflijan, a la larga cicatrizan y permiten al individuo volver a su vida normal? Usted nos está haciendo perder un tiempo muy valioso, ¡y aquí y ahora, nosotros le demostraremos lo urgente que es que nos de la información que esconde! ¡Lo desesperados que podemos llegar a estar! Esas bolsitas de líquido que puede ver a su lado contienen una solución salina creada por el Doctor. Le permitirá separar partes de su cuerpo a su antojo, serrarle y que no llegue desangrarse en mucho tiempo. Y lo más importante, estará consciente en todo momento.
-El valle del dolor, ¿verdad, jefe? –dijo Smedley-. El valle del dolor al amanecer.
-Sí, Smedley, ¡y ahora cállate!
El Doctor Leo se acercó al palo de suero y miró a Manu B.
-No son buenas noticias, ¿verdad, Señor Noiles?
-Mi nombre no es Noiles, es Manu Dormita. Manu B para los amigos.
El Doctor Leo le clavó a Manu en un brazo una aguja que conectaba por medio de un tubo a la solución salina.
-Ahora verá que bien –dijo el Doctor.
El Doctor le dio la espalda para rebuscar entre el material quirúrgico. Al volverse, pudo ver que en una de sus manos tenia algo reluciente. Un bisturí.
- ¿Por donde quieres que empiece? –le preguntó el Doctor al Hombre del cristal.
-Como decía mi difunto abuelo, una mano para el lavabo…-contestó el Hombre.
El Doctor hizo el ademán de ir a buscar una herramienta más efectiva para esa tarea.
-Ni hablar –le detuvo el Hombre-. Quiero que se le haga interminable.
El Doctor asintió. Manu B cerró los ojos, horrorizado. Tenía que salir de allí.
Físicamente no, por supuesto. Desde hacía algún tiempo, estaba jodido en ese menester. Pero había formas de talante psíquico. Para su desgracia era un completo desconocedor de artes como el yoga. El Tai Chi bien podía ser para él un rico aperitivo japonés, y el chakra, el nombre de una galleta. Su mente vivía a un nivel plenamente consciente. No podía correr una distancia de doscientos metros sin enseguida pensar, Dios, estoy corriendo. Algo en mi pecho se mueve… me cuesta respirar...
En todo momento era consciente de los estímulos que su entorno le ofrecía. Sin embargo sabía que debía intentar concentrarse en algo. Era vital salir de allí. Alejar el dolor.
Sabía que podía hacerlo. Era escritor, ¿no?
A los pocos segundos, Manu se dio cuenta de que tal pensamiento era infundado. ¡¿Quién se creía que era?! ¡¿Un fakir?!
¡No!, gritó una parte de su mente. Era la misma parte que no había conocido hasta aquella noche. La misma que se había negado en rotundo a decir el nombre de Laura.
Has vivido en tu mundo, Manu, toda tu vida. Bien, capullo, ahora es el momento de que hagas uso de tu autismo emocional.
Manu vio el bisturí, brillante como el demonio, cada vez más cerca de él. Cerró los ojos. El dolor no tardaría en hacerse notar y cuando eso ocurriera, acapararía todos sus sentidos. No habría poder mental, ni mundo imaginario que valiera.
El valle del dolor al amanecer como había dicho antes Smedley de forma tan elocuente. Si quería escapar de allí, tenía que partir de algo sólido. Debía seguir un camino lógico y viable. Una estructura mental a prueba de balas. Un camino que por decirlo de alguna manera, contara la verdad. Su verdad.
Una pequeña imagen de Laura cruzó su mente y con ella la solución a su problema. Como toda persona que vive con una obsesión, Manu también había encontrado su antídoto. Laura era tanto como un elemento sustancial en su vida como una maldición que le impedía avanzar en ella. El número de veces que Manu había alimentado su obsesión, aquellos incontables viajes en tren espiándola, escuchando sus conversaciones por el móvil con su marido (incluyendo la tarde en la que ella, enfática, habló largo y tendido con él sobre el bebé) era equiparable al número de veces que Manu había intentado retomar su vida, olvidar el pasado y, en esencia, olvidarla. Manu había encontrado una pequeña forma de hacerlo. Una forma se basaba en instantes efímeros que le recordaban su valía, su independencia ante cualquier complejo u obsesión. Un simplón y divertido tema musical que había descubierto por casualidad desde hacía algún tiempo en la radio. Cada vez que escuchaba aquella melodía, no sólo le lograba arrancar una sonrisa de sus labios sino que durante dos minutos sus problemas desaparecían. En ese tiempo todo quedaba en familia. Manu B volvía a ser un niño.
Si había logrado templar el dolor asociado a Laura con aquella música, quizás sirviera también para combatir el dolor real. Los himalayos, según decían, llevaban siglos haciendo locuras por el estilo.
Hizo el esfuerzo mental por evocar esa canción y llevarla hasta aquel sótano: que inundara la estancia de su particular colorido, que convirtiera aquel afilado y brillante bisturí que ansiaba con morderle, en algo blando e inofensivo como el simple juguete de un payaso de feria. Las primeras notas empezaron a desfilar por su cabeza, pero lo hicieron de forma poco nítida.
El Doctor, con sus manos enguantadas de blanco, tocó una de sus manos. Manu se concentró en la canción. Se acordó del guitarreo daba inicio a la melodía. De aquellos cálidos sonidos. Al hacerlo, de forma fluida las primeras notas llegaron hasta él. Las agarró con fuerza, intentando mantenerlas todo el tiempo posible en su memoria. Las tarareó. Se obligó a hacerlo varias veces hasta que se vio seguro para proseguir. Sorprendido, descubrió que cada vez, con más nitidez, conseguía oír la melodía en su cabeza. Fue a por el resto de la canción. Con cada pequeño tramo que conseguía avanzar, volvía de nuevo para atrás para recordarla toda desde el inicio. La canción se convirtió en una reiterada y mecánica consecución de notas carentes de algún sentido emotivo. No se preocupó por ello. Hasta que no la tuviera completa, esta no recobraría su fuerza inherente. En ningún momento, mientras estaba inmerso en aquella labor, se atrevió a abrir los ojos y ver lo que ocurría fuera. Si lo hacía, estaba seguro de que todo lo poco que había conseguido se vería desbaratado.
Imploró por tener la canción lista antes de que su mano se viera horriblemente seccionada. Cuando estuvo seguro de tenerla, Manu B, se dispuso a reproducirla en su mente, nota por nota.
No va a surtir efecto, pensó, cuando el bisturí penetre en la carne no habrá canción que valga. Reprodúcela cuantas veces quieras pero…
Manu despejó su mente. Si había que ocupar espacio en su cabeza, que fuera para la canción.
Inició la reproducción. El primer intentó resultó penoso. La canción que oyó en su cabeza estaba años luz de la original. Había grandes lagunas en su desarrollo, vacíos que desembocaban en tonalidades completamente diferentes desviándose de la sintonía original. Estaba perdido. El dolor sonaría en él como una campana a media noche.
-Señor, Noiles, ¿está dispuesto a colaborar ahora? –le preguntó el Hombre fuera de la oscuridad de sus párpados con voz suave y amable.
-Está en shock –dijo Smedley.
-No lo creo –respondió el Doctor.
-Vayamos entonces a por su otra mano…
Al oír aquello, Manu abrió los ojos, como si acabara de recibir un latigazo. Vio como el Doctor y el Hombre volvían sus miradas hacía él en el instante en que abría los ojos. Smedley estudiaba con sadismo lo que minutos antes le había pertenecido a él desde nacimiento: su mano derecha. El dolor que, de forma milagrosa y sin haberse percatado había logrado apartar, acudió a él con todas las de la ley. Se inició en la zona donde antes había estado su mano. Notaba como si ésta, aún unida a él, hubiera quedado atrapada en un cepo. Un dolor incesante, sordo, subía y bajaba a su antojo por su brazo. Manu aulló de dolor.
El hombre del Cristal y el Doctor rieron, más llevados por el alivio que por otra cosa.
Cierra los ojos y céntrate.
Pero Manu siguió gritando.
Déjame gritar un poco más, por favor. Sólo un minutito.
¡No! Hazlo.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Manu calló y volvió a cerrar los ojos.
La perplejidad no tuvo cabida en el Hombre y sus sicarios. Lo que estaban presenciando estaba fuera de toda normalidad. Debían de vérselas con alguna clase de autista. Un deficiente incapaz de expresar emociones sustanciales y divertidas para la vista como el dolor.
-Ahora los dedos de la otra mano. Uno a uno.
-De acuerdo –dijo el Doctor.
¡Debía encontrar de nuevo la canción! ¡¿Cómo Diablos iba a hacerlo ahora con ese dolor ahí?!¿Y cómo pensaba hacerlo con los nuevos dolores que en cuestión de segundos comenzarían a atenazarle? Intentó recuperarla. Al menos una parte de ella, pero fue en vano. Ya ni se acordaba de una sola nota. El dolor, el miedo le habían dominado por completo. Pronto sería su fin y el de la pobre Laura, desvelada de manera irremediable.
¡Y una mierda!
Le acababan de amputar una mano. De su boca no saldría nada que no fuera material tangible como saliva o mocos. En ese momento, Manu tomó conciencia del surrealismo que estaba viviendo. Le creían por una especie de espía. Le acababan de cortar una mano sin que sintiera nada. Y lo más gracioso, estaba sacando de quicio a aquellos tipos.
Manu rompió a reír.
Los maleantes se miraron entre ellos, absortos. Manu abrió los ojos. Al ver las ridículas caras de sus captores, sin poder hacer nada por evitarlo las risas se intensificaron.
-¿Se trata de una broma? –dijo el Hombre atónito.
-Tranquilo, Gustavo, debe tratarse del Shock. Es algo muy corriente. El organismo segrega hormonas que contribuyen al cachondeo... –informó el Doctor.
Con cada carcajada pero sin ser consciente de ello, el dolor del brazo fue remitiendo para Manu.
-¡Pues deshockale, hostias! ¡Deja esa mano sin extensiones perceptibles al ojo humano, cojones!
La canción volvió a activarse en su cabeza estableciéndose un fuerte asociacionismo entre el surrealismo presente, las risas y la canción. Toda clase de endorfinas recorrieron su cuerpo, haciendo que el dolor quedara relegado a algo de segundo plano El bueno de Manu B abandonó el sótano al instante.
Y cayó de lleno en una playa.
-Señor Noiles…-le dijo una voz lejana.
Manu B como si no fuera con él, siguió centrándose en sus queridos azules.
-¿Va a colaborar? –preguntó el Hombre mirando a Manu B de forma piadosa.
El hombre aguardó una respuesta mientras observaba el cuerpo tembloroso de Manu. Al ver que no respondía, una expresión de alarma asomó en el rostro del hombre del cristal.
-¿Señor Noiles? ¿Señor Noiles se encuentra usted bien? –dijo el Hombre asustado. Miró al Doctor-. ¿Qué Diablos le ocurre?
-Creo que nada, Señor…
-¡¿Cómo que nada?! ¡Se ha pasado con el bisturí, sádico hijo de puta! –el Hombre comenzó a darle palmadas en la cara a Manu B-. ¡Señor Noiles…!
-¿Eh?... –dijo Manu B con voz adormecida.
- ¡Señor Noiles! –dijo el Hombre del cristal aliviado-. ¡Señor Noiles!
-Sí…
El Hombre del cristal esbozó una sonrisa de alegría al tiempo que suspiraba. Miró al Doctor con una expresión de repulsión.
-Tapone las heridas –le ordenó con hosquedad a Leo-. Oiga Señor Noiles…
-Sí…
-¿Está dispuesto a colaborar ya? Es que ha estado muy cerca de morir y…
-No… Aún no, pero gracias.
El Hombre del cristal parpadeó varias veces, atónito. Al igual que Manu B, el Hombre del cristal comenzó a tomar conciencia del surrealismo que impregnaba aquella noche. La sensación que le provocó a él fue inversamente proporcional a la de Manu B. Frustración, odio y rabia recorrieron sus venas.
-¡Gordo de mierda! –estalló el Hombre del cristal. Varios goterones de saliva cayeron sobre el rostro de Manu B-. ¡Te juro que no va reconocerte ni tu madre!
Sus hombres le dirigieron pequeñas miradas de sorpresa que al segundo siguiente fueron atenuadas por completo. Si no querían acabar como el pobre Juan Cunda más les valía andarse con ojo con sus reacciones. El móvil del Hombre volvió a sonar. Un pequeño atisbo de pánico apareció en su rostro, que sólo Leo, observador nato como era, fue capaz de percibir. El Hombre simuló una tos y se quedó quieto donde estaba, sin hacer el mínimo movimiento. El móvil volvió a sonar. Lo ignoró.
-Su teléfono… -le señalizó Toni con suavidad.
-Ah, sí –dijo con una falsa voz sorprendida.
El Hombre sacó el móvil del bolsillo con lentitud y lo miró con ojos ausentes.
Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Leo. Su expresión, en apariencia serena y firme, se derrumbó en ese instante. Sus hombres quedaron ante un individuo al que nunca habían visto.
-Por favor, contesta tú. Di que no estoy –dijo acercándose hacía el Doctor, tambaleante como un borracho, y alzándole el móvil con movimientos ancianos.
Los hombres quedaron atónitos por lo que estaban presenciando.
-Señor…
-No puedo contestar… no sin haber obtenido resultados…tienes que entenderlo.
Eydigans, Smedley y Toni se miraron una vez más entre ellos anonadados. Todo lo que estaba sucediendo era muy nuevo para ellos.
-Lo haría si pudiera, Señor… pero es su móvil… no puedo hacerlo…
-Yo....
El Hombre cerró los ojos un momento con el fin de serenarse y aclarar las ideas. Resignado, se llevó el móvil a la oreja.
-¿Diga?...Oh, Señor Dacosta, siento haberle hecho esperar… tenía las manos sucias…No, aún no hemos conseguido gran cosa pero está todo bajo control…somos bastante optimist… No, Señor, le agradezco las molestias pero no es necesario… Es muy considerado pero… Señor… Sí, Señor… De acuerdo…
El Hombre despegó el móvil de su oído. Sus hombres le miraron expectantes.
-¿Qué ocurre? –se atrevió a preguntar Smedley, a pesar de que en momentos como aquellos una pregunta de tal calibre podía sesgar su vida.
-Dacosta envía a sus hombres aquí –dijo el hombre del cristal con mirada vacía. Estamos jodidos. No va a consentir que se pierda más tiempo.
-¿Van a relevarnos? –dijo Eydigans incrédulo.
-Sí a relevarnos.
- ¡Dios! –dijo Eydigans.
-Sugiero que nos larguemos de aquí cuanto antes. Ahora que disponemos de tiempo –dijo Toni-. ¡Qué le den por culo al Rey de las salchichas éste!
-Yo también pienso lo mismo –se apresuró a respaldar Eydigans.
-Nos encontrarán –dijo el Hombre. Volvió su cabeza hacia la camilla, centrando su atención en Manu B-. En el Señor Noiles está la solución, por muy tentadora que nos parezca la idea de huir. Sabemos como trabajamos, caballeros, y sabemos que no dejaran de levantarse piedras hasta que hayamos sido encontrados... y liquidados.
-Estoy con Gustavo. Debemos doblegar al Señor Noiles como sea -dijo el Doctor.
- Tenemos quince minutos hasta que llegue el helicóptero con los hombres de Dacosta –dijo el hombre del cristal.
-Pues entonces sugiero que todos cojamos un instrumento y le torturemos todos a la vez –propuso Smedley.
-¡Qué barbaridad! –gritó el Doctor escandalizado.
-¡Habló el puto Doctor Menguele en persona! –repuso Smedley.
-Si lleváramos a la práctica tu idea no sólo perderíamos tiempo, quizás, hasta le provocáramos un paro cardiaco.
-¡Tenemos que pensar en algo, maldita sea! ¡En algo definitivo! – el Hombre volvió a mirar a Manu B-. En algo auténtico, no carente de mérito. Algo impertérrito, destacable entre el terreno de cuchillos en el que nos encontramos…
-Sí…-dijo el Doctor enarcando las cejas, llevado por la perplejidad de las sandeces que oía.
El Hombre se mordió los labios, pensativo, sin apartar los ojos de Manu B.
Miró a sus hombres y torció su labio de forma malévola en una sonrisa.
-Le quitaremos lo que más necesita en este mundo.
-¿Sus huevos? –dijo Smedley abriendo los ojos de manera desmesurada, llevado por la excitación.
El hombre le ignoró por completo.
-Dijo que era guionista. Le arrebataremos lo que más necesita para su labor de onanismo intelectual: sus preciados y putos ojos
-¿Y sus huevos…?
-¡Para lo que los usará este pájaro, ¿qué coño le van a importar si se los quitamos, Smedley?!
-No sabe lo que dice, Señor. Este tío es de los que les saca partido a sus pelotas a todas horas, de una manera u otra. Es de los que entienden. Vamos, de los que se entrenan….
-¡Pues por nosotros que se haga las olimpiadas! –dijo el Hombre del cristal-. ¡Aunque a partir de ahora tendrá que hacerlo en braille!
Todos estallaron a carcajadas llevados por el histerismo. Segundos más tarde, se pusieron manos a la obra.
Las risas de sus hostigadores, como si fueran el preámbulo de un gran espectáculo, precedieron a la apertura de uno de los momentos más maravillosos de la vida de Manu. De improvisto, de las relucientes aguas del mar, Manu se vio de pronto así mismo en casa de su abuela. Su primo Samuel y Humberto estaban a su lado, formando el trío barrera como eran conocidos cariñosamente en su familia. Los inquebrantables, otro de los cariñosos motes que tenían. Su abuela Miriam estaba junto a ellos, de pie, sirviéndoles doble ración de conejo al salmorejo.
El Doctor sacó de su kit de accesorios perturbadores un bote de ácido sulfúrico. El Hombre del cristal lo miró y asintió con la cabeza. El Doctor comenzó a desenroscarlo. Mientras lo hacía, Eydigans y Smedley abrieron los párpados de Manu B. Observaron que su globo ocular se movía lentamente de un lado a otro, ausente. Era obvio que no prestaba atención a los acontecimientos que estaban ocurriendo delante de él.
El Hombre del cristal acercó su cara a ellos, para que el gordo pudiera obtener un primer plano de sus amenazas. Sus últimas amenazas.
-Déme ese maldito nombre.
A pesar de que le habían abierto los ojos a la fuerza, Manu hizo todo lo posible por no llegar a ver. Movió sus ojos hacia atrás, en un intento desesperado por obtener oscuridad. Se obligó a concentrarse en su canción, y en el banquete que había logrado evocar con tanta facilidad. En hacer llegar ese día al sótano.
Su abuela le puso dos buenos pedazos de carne en su plato. Él y su padre se miraron al instante y al unísono se señalaron y se guiñaron el ojo en un intenso gesto de complicidad. En aquellos momentos eran los reyes del mundo y las patatas fritas y el jamón serrano las estructuras que conformaban su trono.
-Doctor, adelante.
Los reyes del mambo, mismamente.
Manu sintió un ardor en los ojos. Era tenue. Intentó alejarlo. Su respiración se aceleró de forma leve pero aquel impulso le sirvió para que su canción se elevara también en su mente.
Minerva, la prima vegetariana que a toda familia le toca por tener por castigo, se apresuró a repudiar lo que allí estaba ocurriendo. Los actos que estaban teniendo lugar: comer cerdo, conejo y marisco, una clara alabanza a las matanzas indiscriminadas que se realizaban por el mundo de animales inofensivos por parte de cazadores psicóticos, eran equiparables a los genocidios que ocurrían en el planeta por parte de dictadores, curiosamente, también psicóticos.
El ardor aumentó. Le estaba atravesando la cabeza. Manu persistió en sus pensamientos. Si los perdía aunque fuera un instante, llegaría a él todo el dolor en su magnitud, estallándole como una bomba atómica.
Sois unos animales, había sentenciado su prima. Manu B, Samuel, Humberto, su padre y Tío Álvaro sabían que no había que perder tiempo con esas lindezas y menos cuando carne sabrosa y crujiente les aguardaba en la mesa.
-Vamos a por el otro ojo.
-Dios, se le ha quedado como una uva desinflada.
-Sí…
Si a los vegetarianos les gustaba hablar, que hablaran. Cada uno a lo suyo y que el mundo siguiera girando. Sin embargo, en aquel maravilloso día, los tres primos se sorprendieron al sentir no estaban dispuestos a soportar más comentarios Querían hacerse respetar.
-Allá voy.
La razón de esta nueva actitud tenía una sencilla explicación. Los tres primos acababan de cumplir la mayoría de edad y aquel era el primer banquete familiar que se hacia con bebidas para mayores en sus copas.
-Abuela, me pones más –había dicho Manu B con su barbilla chorreando aceite y sabroso jugo salsero de su abuela.
-¡No puedo creerlo! –dijo su prima-. De verdad, Manu, no dejas de sorprenderme.
-¿Cómo va eso, Doctor?
-Nuestro amigo está jodido.
-Me da pena lo que estás haciendo, Manu…¿Sabes la de enfermedades que puede dar lugar tu sedentarismo?
Manu la miró enarcando una ceja.
-Sumado eso… a como comes. Lo siento – ella miró a sus familiares-. Siento mucho molestar a Manu… pero está gordo y debe cuidarse.
Al oír esa palabra, Manu sintió un latigazo de dolor en sus ojos.
El ardor.
Casi estuvo apunto de gritar y dar por terminado aquel ejercicio mental.
Diosss.
En otro día, Manu se hubiera sentido avergonzado (en otro día Manu habría abandonado) y de manera automática su estómago se habría cerrado de par en par (y su mente abierto al dolor). Sabía que todo aquello era verdad y cuando oía la verdad en boca de los demás, la sensación que sentía era como si todo su mundo, de forma inmediata, se le hubiera puesto patas arriba y debiera ponerlo en orden cuanto antes.
En aquel momento, en aquella mesa estaba un Manu muy parecido al que se encontraría diecisiete años más tarde en el vagón de un tren y posteriormente en la camilla en el interior de un sótano.
El dolor de ojos se alejó con la misma rapidez con la que había llegado.
Manu B no tenía miedo. Ahora no.
-Yo pienso… yo pienso que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra –dijo Manu.
Sus familiares le miraron extrañados. Su prima, por fin apartó la mirada de su plato, para dirigirle una expresión desconcertada.
-Ninguno de los presentes somos vegetarianos. Todos aquí amamos a los conejos, incluso tú.
-¿Yo?
-Tengo entendido que por los sitios que frecuentas, también los comes –dijo Manu guiñándole un ojo.
En la mesa se hizo un silencio abrupto. Primo y prima se miraron a los ojos.
-¡Te ha calado! –dijo el padre de Manu.
La mesa entera estalló a carcajadas, exceptuando a la aludida. Manu B sintió sus ojos llenarse de lágrimas como si recordar aquellos instantes hubiera hecho mella en él, luego se dio cuenta de que no eran las lágrimas sino el ácido sulfúrico que le corroía.
El Hombre del cristal miró con frustración a Manu B. De repente una sensación nueva para él, o casi nueva, pues no la había sentido desde que había tenido cinco años, le atenazó. Su garganta se cerró y sintió una extraña opresión en la cabeza. Era como… como…
…Cómo si quisiera llorar de rabia.
Miró al Doctor con sus ojos despidiendo fuego.
-¡¿Por qué no grita?!
El Doctor comenzó:
-Puede que esté en Shoc…
El Doctor no pudo terminar la frase pues una bala lo acribilló para siempre. El Hombre del cristal bajó su humeante revolver y con la misma premura con la que lo había sacado volvió a guardárselo.
-¡Joder, con los putos shocks! ¡Que lo disfrutes, salvatrucha de los huevos! –dijo mirando con repulsión al Doctor, recién desplomado en el suelo.
-¿Qué hacemos ahora, jefe? –preguntó Smedley con cierta cautela.
El hombre del cristal se llevó la mano a la barbilla, desesperado.
-Piensa, maldita, sea, piensa –susurró para él.
El Hombre del cristal, Eydigans, Smedley y Toni, oyeron el sonido de unas hélices provenientes del exterior. Se miraron entre ellos y por primera vez desde que trabajaban juntos, se sorprendieron al ver miedo en sus caras.
No pasó ni un minuto cuando los ocho hombres de Dacosta rompieron la puerta del sótano y con coordinación milimétrica rodearon a los maleantes. El Hombre los miró desafiantes. Uno de ellos salió de su formación y avanzó hacia él. Se trataba de un viejo competidor del Hombre, Eduardo Barietta. Un tipo que había ansiado su puesto en la organización desde prácticamente el mismo día en que se habían conocido. Quizás aquella noche lo consiguiera. Eduardo miró a la piltrafa que había encima de la camilla y soltó un gemido de repulsión. Miró al hombre del cristal.
-¿Avances? –preguntó de forma condescendiente.
-Puedo arreglarlo aún –se limitó a decir.
-Tienes cinco minutos, Gustavo. Sólo cinco minutos. Después actuaremos…
El hombre del cristal asintió con la cabeza. Era más de lo que podía haber esperar.
-Entiendo –dijo el Hombre.
Eduardo Barietta volvió a su formación. El hombre del cristal se acercó a sus hombres y les habló como el equipo que debían formar ahora si querían sobrevivir.
-Tenemos sólo una oportunidad. No podemos cagarla…
-Sí…-dijo un Toni balbuceante.
-Smedley…
-Sí, jefe.
-Creo que visto lo visto sólo nos queda una alternativa. Llevaremos a la práctica la burrada que dijiste antes.
-¿Cuál de ellas, señor?
-Cada uno de nosotros torturaremos al ballenato que tenemos hoy aquí. Si no ha gritado todavía, es que todavía no le hemos dado motivos suficientes para hacerlo.
-De acuerdo, Señor –dijo Smedley decidido.
-Que cada uno se centre en un muslo de pollo, como si dijéramos.
Los hombres soltaron una risa nerviosa. Fueron hasta la bandeja del instrumental y cada uno se hizo con una herramienta distinta. Rodearon a Manu B. Los hombres de Eduardo Barietta no daban crédito a lo que veían. ¿Qué salvajada se proponían aquellos borrachos?
-Señor Noiles…
-Manu B… mi nombre es Manu B…-dijo con voz lejana, ausente.
-…Vamos a hacer con usted la charcutería que prometimos…¡Puede acabar con esto de una vez, por favor!
-Ohh, es muy amable… Ahora vuelvo…
El Hombre del cristal soltó un bufido.
-Adelante –dijo-. Salvemos nuestros culos.
- Soy el mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-¿Y tú, a qué te dedicas? –dijo Laura con interés.
-¿No me digas que no lo adivinas? –dijo tocándose su prominente barriga-. Soy informático.
Laura estalló a carcajadas. Manu también.
-¡¿En serio?!
-Jefe…-dijo Eydigans de forma lastimosa-. No grita, no hace nada.
-Dios…Así debió sentirse el capitán Ahab ante su blanco enemigo.
-Sí…-dijo Eydigans.
El Hombre miró su reloj. Le quedaba un minuto de plazo. Miró a Eduardo Barietta. Su competidor le dedicó una sonrisa perversa.
-Puede resultar una idea cursi, pero el guión que quiero hacer, quiero que trate sobre dos personas que se encuentran un día y hablan del pasado. A medida que lo hacen, sin darse cuenta, van modificando el pasado. Van modificando la historia.
-Manu...estás ahí…
El Hombre del cristal. De pronto cayó en la cuenta de que era la primera vez que le llamaba Manu.
-…Creo que es una buena historia –respondió Laura.
-Manu, tienes que escucharme, socio… –dijo el Hombre del cristal con su rostro reluciente por la película de sudor que le cubría- …Esto ya no es sólo por ti. Hay muchas cosas en juego… Tienes que ayudarnos.
-Si, Manu…-dijo Eydigans, desesperado.
-Te has visto en medio de esto sin tener culpa de nada pero créeme te compensaremos. Dedicaremos una vida a ello. Dinos el nombre y te prometo que seremos justos. Manu… por favor.
-Creo que dice algo –dijo Toni, esperanzado.
El hombre del cristal acercó su oído a la boca de Manu.
-Ánimo, amigo, saldrás de ésta. Saldremos juntos y superaremos todo esto. Te llevaremos luego a cenar, si quieres.
-Ahhh…
-Vamos, Manu. Tú puedes.
-Ahh, ¿dedo?... Mis dedos.
El hombre del cristal recibió esas palabras como si fuera oro caído del cielo. Oír hablar a ese tipo después de tanto tiempo de silencio proporcionaba la dosis de alivio que necesitaba.
¡Qué gordo más encantador!
- ¿Dedos? –dijo enfático. ¿Qué pasa con tus dedos? ¿Te duelen?
-¿Dedos?… ¿Tengo?…
-Esto… a ver…¡En la izquierda te quedan dos! Cojonudo, ¿no?
-Ha bajado uno, Señor –informó Eydigans.
-Ajá.
-...Creo que le está haciendo un corte de mangas …-informó Smedley a su vez.
El tren se detuvo, abriéndose las puertas.
El Hombre estalló de ira y su bisturí se confirmó como representante de ella.
Lo hundió en la blanda cara de Manu B.
-¡Responde, hijo de puta!
Manu B y Laura se levantaron de los asientos y caminaron hacia las puertas.
-Se muere...-dijo Eydigans.
El Hombre abrió tanto los ojos, que su ojo de cristal resbaló de su órbita y calló al suelo, rompiéndose en pedazos.
-No...no, ¡Por Dios! ¡Manu!
Salieron del tren.
El Hombre, Eydigans, Toni y Smedley miraron a Eduardo Barietta y a sus hombres. Vieron que éstos no habían perdido tiempo. Les apuntaban con armas semiautomáticas, las mismas que ellos habían usado en situaciones similares con los pobres diablos de turno. Allá donde fueran, allí estaba la ironía recordándoles que la vida era más lista que ellos. Los cuatro hombres, de uno en uno, como quien va a apagando las luces, cerraron los ojos y se rindieron a su suerte, que por desgracia ya estaba echada.
Manu B ya fuera del tren, con Laura a su lado y con una cita esperándolos pudo oír en la lejanía el sonido de unos cohetes en su honor. Éstos se mantuvieron durante dos largos minutos.
Agarró la mano de su chica. Era el sonido de la victoria, ni más ni menos.
FIN
Minerva, la prima vegetariana que a toda familia le toca por tener por castigo, se apresuró a repudiar lo que allí estaba ocurriendo. Los actos que estaban teniendo lugar: comer cerdo, conejo y marisco, una clara alabanza a las matanzas indiscriminadas que se realizaban por el mundo de animales inofensivos por parte de cazadores psicóticos, eran equiparables a los genocidios que ocurrían en el planeta por parte de dictadores, curiosamente, también psicóticos.
El ardor aumentó. Le estaba atravesando la cabeza. Manu persistió en sus pensamientos. Si los perdía aunque fuera un instante, llegaría a él todo el dolor en su magnitud, estallándole como una bomba atómica.
Sois unos animales, había sentenciado su prima. Manu B, Samuel, Humberto, su padre y Tío Álvaro sabían que no había que perder tiempo con esas lindezas y menos cuando carne sabrosa y crujiente les aguardaba en la mesa.
-Vamos a por el otro ojo.
-Dios, se le ha quedado como una uva desinflada.
-Sí…
Si a los vegetarianos les gustaba hablar, que hablaran. Cada uno a lo suyo y que el mundo siguiera girando. Sin embargo, en aquel maravilloso día, los tres primos se sorprendieron al sentir no estaban dispuestos a soportar más comentarios Querían hacerse respetar.
-Allá voy.
La razón de esta nueva actitud tenía una sencilla explicación. Los tres primos acababan de cumplir la mayoría de edad y aquel era el primer banquete familiar que se hacia con bebidas para mayores en sus copas.
-Abuela, me pones más –había dicho Manu B con su barbilla chorreando aceite y sabroso jugo salsero de su abuela.
-¡No puedo creerlo! –dijo su prima-. De verdad, Manu, no dejas de sorprenderme.
-¿Cómo va eso, Doctor?
-Nuestro amigo está jodido.
-Me da pena lo que estás haciendo, Manu…¿Sabes la de enfermedades que puede dar lugar tu sedentarismo?
Manu la miró enarcando una ceja.
-Sumado eso… a como comes. Lo siento – ella miró a sus familiares-. Siento mucho molestar a Manu… pero está gordo y debe cuidarse.
Al oír esa palabra, Manu sintió un latigazo de dolor en sus ojos.
El ardor.
Casi estuvo apunto de gritar y dar por terminado aquel ejercicio mental.
Diosss.
En otro día, Manu se hubiera sentido avergonzado (en otro día Manu habría abandonado) y de manera automática su estómago se habría cerrado de par en par (y su mente abierto al dolor). Sabía que todo aquello era verdad y cuando oía la verdad en boca de los demás, la sensación que sentía era como si todo su mundo, de forma inmediata, se le hubiera puesto patas arriba y debiera ponerlo en orden cuanto antes.
En aquel momento, en aquella mesa estaba un Manu muy parecido al que se encontraría diecisiete años más tarde en el vagón de un tren y posteriormente en la camilla en el interior de un sótano.
El dolor de ojos se alejó con la misma rapidez con la que había llegado.
Manu B no tenía miedo. Ahora no.
-Yo pienso… yo pienso que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra –dijo Manu.
Sus familiares le miraron extrañados. Su prima, por fin apartó la mirada de su plato, para dirigirle una expresión desconcertada.
-Ninguno de los presentes somos vegetarianos. Todos aquí amamos a los conejos, incluso tú.
-¿Yo?
-Tengo entendido que por los sitios que frecuentas, también los comes –dijo Manu guiñándole un ojo.
En la mesa se hizo un silencio abrupto. Primo y prima se miraron a los ojos.
-¡Te ha calado! –dijo el padre de Manu.
La mesa entera estalló a carcajadas, exceptuando a la aludida. Manu B sintió sus ojos llenarse de lágrimas como si recordar aquellos instantes hubiera hecho mella en él, luego se dio cuenta de que no eran las lágrimas sino el ácido sulfúrico que le corroía.
El Hombre del cristal miró con frustración a Manu B. De repente una sensación nueva para él, o casi nueva, pues no la había sentido desde que había tenido cinco años, le atenazó. Su garganta se cerró y sintió una extraña opresión en la cabeza. Era como… como…
…Cómo si quisiera llorar de rabia.
Miró al Doctor con sus ojos despidiendo fuego.
-¡¿Por qué no grita?!
El Doctor comenzó:
-Puede que esté en Shoc…
El Doctor no pudo terminar la frase pues una bala lo acribilló para siempre. El Hombre del cristal bajó su humeante revolver y con la misma premura con la que lo había sacado volvió a guardárselo.
-¡Joder, con los putos shocks! ¡Que lo disfrutes, salvatrucha de los huevos! –dijo mirando con repulsión al Doctor, recién desplomado en el suelo.
-¿Qué hacemos ahora, jefe? –preguntó Smedley con cierta cautela.
El hombre del cristal se llevó la mano a la barbilla, desesperado.
-Piensa, maldita, sea, piensa –susurró para él.
El Hombre del cristal, Eydigans, Smedley y Toni, oyeron el sonido de unas hélices provenientes del exterior. Se miraron entre ellos y por primera vez desde que trabajaban juntos, se sorprendieron al ver miedo en sus caras.
No pasó ni un minuto cuando los ocho hombres de Dacosta rompieron la puerta del sótano y con coordinación milimétrica rodearon a los maleantes. El Hombre los miró desafiantes. Uno de ellos salió de su formación y avanzó hacia él. Se trataba de un viejo competidor del Hombre, Eduardo Barietta. Un tipo que había ansiado su puesto en la organización desde prácticamente el mismo día en que se habían conocido. Quizás aquella noche lo consiguiera. Eduardo miró a la piltrafa que había encima de la camilla y soltó un gemido de repulsión. Miró al hombre del cristal.
-¿Avances? –preguntó de forma condescendiente.
-Puedo arreglarlo aún –se limitó a decir.
-Tienes cinco minutos, Gustavo. Sólo cinco minutos. Después actuaremos…
El hombre del cristal asintió con la cabeza. Era más de lo que podía haber esperar.
-Entiendo –dijo el Hombre.
Eduardo Barietta volvió a su formación. El hombre del cristal se acercó a sus hombres y les habló como el equipo que debían formar ahora si querían sobrevivir.
-Tenemos sólo una oportunidad. No podemos cagarla…
-Sí…-dijo un Toni balbuceante.
-Smedley…
-Sí, jefe.
-Creo que visto lo visto sólo nos queda una alternativa. Llevaremos a la práctica la burrada que dijiste antes.
-¿Cuál de ellas, señor?
-Cada uno de nosotros torturaremos al ballenato que tenemos hoy aquí. Si no ha gritado todavía, es que todavía no le hemos dado motivos suficientes para hacerlo.
-De acuerdo, Señor –dijo Smedley decidido.
-Que cada uno se centre en un muslo de pollo, como si dijéramos.
Los hombres soltaron una risa nerviosa. Fueron hasta la bandeja del instrumental y cada uno se hizo con una herramienta distinta. Rodearon a Manu B. Los hombres de Eduardo Barietta no daban crédito a lo que veían. ¿Qué salvajada se proponían aquellos borrachos?
-Señor Noiles…
-Manu B… mi nombre es Manu B…-dijo con voz lejana, ausente.
-…Vamos a hacer con usted la charcutería que prometimos…¡Puede acabar con esto de una vez, por favor!
-Ohh, es muy amable… Ahora vuelvo…
El Hombre del cristal soltó un bufido.
-Adelante –dijo-. Salvemos nuestros culos.
- Soy el mismo granuja de siempre. Me llamaban B por Bator, ¿te acuerdas?
-¿Y tú, a qué te dedicas? –dijo Laura con interés.
-¿No me digas que no lo adivinas? –dijo tocándose su prominente barriga-. Soy informático.
Laura estalló a carcajadas. Manu también.
-¡¿En serio?!
-Jefe…-dijo Eydigans de forma lastimosa-. No grita, no hace nada.
-Dios…Así debió sentirse el capitán Ahab ante su blanco enemigo.
-Sí…-dijo Eydigans.
El Hombre miró su reloj. Le quedaba un minuto de plazo. Miró a Eduardo Barietta. Su competidor le dedicó una sonrisa perversa.
-Puede resultar una idea cursi, pero el guión que quiero hacer, quiero que trate sobre dos personas que se encuentran un día y hablan del pasado. A medida que lo hacen, sin darse cuenta, van modificando el pasado. Van modificando la historia.
-Manu...estás ahí…
El Hombre del cristal. De pronto cayó en la cuenta de que era la primera vez que le llamaba Manu.
-…Creo que es una buena historia –respondió Laura.
-Manu, tienes que escucharme, socio… –dijo el Hombre del cristal con su rostro reluciente por la película de sudor que le cubría- …Esto ya no es sólo por ti. Hay muchas cosas en juego… Tienes que ayudarnos.
-Si, Manu…-dijo Eydigans, desesperado.
-Te has visto en medio de esto sin tener culpa de nada pero créeme te compensaremos. Dedicaremos una vida a ello. Dinos el nombre y te prometo que seremos justos. Manu… por favor.
-Creo que dice algo –dijo Toni, esperanzado.
El hombre del cristal acercó su oído a la boca de Manu.
-Ánimo, amigo, saldrás de ésta. Saldremos juntos y superaremos todo esto. Te llevaremos luego a cenar, si quieres.
-Ahhh…
-Vamos, Manu. Tú puedes.
-Ahh, ¿dedo?... Mis dedos.
El hombre del cristal recibió esas palabras como si fuera oro caído del cielo. Oír hablar a ese tipo después de tanto tiempo de silencio proporcionaba la dosis de alivio que necesitaba.
¡Qué gordo más encantador!
- ¿Dedos? –dijo enfático. ¿Qué pasa con tus dedos? ¿Te duelen?
-¿Dedos?… ¿Tengo?…
-Esto… a ver…¡En la izquierda te quedan dos! Cojonudo, ¿no?
-Ha bajado uno, Señor –informó Eydigans.
-Ajá.
-...Creo que le está haciendo un corte de mangas …-informó Smedley a su vez.
El tren se detuvo, abriéndose las puertas.
El Hombre estalló de ira y su bisturí se confirmó como representante de ella.
Lo hundió en la blanda cara de Manu B.
-¡Responde, hijo de puta!
Manu B y Laura se levantaron de los asientos y caminaron hacia las puertas.
-Se muere...-dijo Eydigans.
El Hombre abrió tanto los ojos, que su ojo de cristal resbaló de su órbita y calló al suelo, rompiéndose en pedazos.
-No...no, ¡Por Dios! ¡Manu!
Salieron del tren.
El Hombre, Eydigans, Toni y Smedley miraron a Eduardo Barietta y a sus hombres. Vieron que éstos no habían perdido tiempo. Les apuntaban con armas semiautomáticas, las mismas que ellos habían usado en situaciones similares con los pobres diablos de turno. Allá donde fueran, allí estaba la ironía recordándoles que la vida era más lista que ellos. Los cuatro hombres, de uno en uno, como quien va a apagando las luces, cerraron los ojos y se rindieron a su suerte, que por desgracia ya estaba echada.
Manu B ya fuera del tren, con Laura a su lado y con una cita esperándolos pudo oír en la lejanía el sonido de unos cohetes en su honor. Éstos se mantuvieron durante dos largos minutos.
Agarró la mano de su chica. Era el sonido de la victoria, ni más ni menos.
FIN

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