
El último e-mail que tenía en mi lista aquella mañana se anunciaba con la palabra Advertencia, escrita en mayúsculas. Mi ordenador verificó que no había ningún virus en el interior de aquel alarmista documento por lo que cliqueé en él, adivinando con antelación de que trataba: otro aviso altruista sobre uno de esos virus que flotaban de forma impía por la red. Mis pronósticos resultaron no estar demasiado alejados. Se trataba de un virus, aunque no del tipo que yo había pensado.
Aviso urgente.
A las 12 de esta noche se disparará una peligrosa sustancia sobre la ciudad que acabará con un sesenta por ciento de la población. Se trata de un virus sumamente letal, que ha sido probado en algunas sociedades occidentales con “notables” éxitos. Aunque también es cierto, que un pequeño porcentaje de los expuestos serán inmunes al virus como así ha ocurrido en anteriores casos.
El virus actúa seis horas después de que uno haya sido expuesto. Si usted a las seis de la mañana del sábado siente un ligero picor en los ojos, eso significará que está infectado. El picor se irá acrecentando hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque! Si lo hace no parará.
Pasa este mensaje a tus amigos. Advierte de que esta noche puede ser la última.
Y si puedes alejarte de tu ciudad, hazlo.
Avisa a tus amigos.
De Gregorio.
PD: Buena suerte.
Escupí la leche sobre el teclado y estallé a carcajadas. Volví a leerlo, deleitándome en cada frase, en cada sutil matiz, en cada significado. Malditos internautas. ¡¿Por qué Diablos no follaban?!
Lo leí por segunda y tercera vez. De repente, en mi cabeza, al igual que un abanico, se desplegó de repente el loco pensamiento de: ¿y si fuera verdad?
Reí de nuevo. ¡Qué locura era esa!
Al tiempo que seguía riéndome, me levanté de mi silla y encendí mi televisor para ver
(las noticias)
los dibujos.
Ahí estaba Goku y su trouppe tan feliz como siempre (desde hacia casi veinte años en las televisiones españolas). Pasé los distintos canales para ver más noticias.
¡Qué país! Nada de noticias aún. Sólo dibujos y dibujos.
Apagué la tele y me preparé para irme a clases.
Llegué a mi casa a las dos de la tarde. En la cocina estaba mi hermana y mi madre hablando de sus cosas. Las saludé con ese automatismo que siempre queda tan bien con los familiares y fui a mi habitación. Me despojé de mi maleta y de la ropa del insti,. En el salón estaba mi viejo veía las noticias.
-¿Algo nuevo en el mundo, papá? –pregunté por preguntar.
-Pues malas noticias disfrazadas de noticias no tan malas y que no incitan a preocupaciones verdaderas...
Puse los ojos en blanco de forma imperceptible.
- ...el mundo sigue girando, al fin de cuentas.
-Y gira, papá, gira –repuse yo divertido.
-Bueno, ¿qué? ¿Esta noche te quedarás a ver el partido de los Grizzlis conmigo?...–me preguntó mi padre dándome una palmada en el muslo.
-¿A las cuatro de la mañana?
-Claro.
-A comer –gritó mi madre desde la cocina.
-Creo que no –dije esbozando una sonrisa al tiempo que me levantaba- Pero gracias por la invitación, papá.
- Tú te lo pierdes, idiota.
-Mañana hay parrillada familiar... –me informó mi madre mirándome fijamente desde el otro lado de la mesa-....Te aviso ya para que no hagas planes.
Me llené la boca de aire y solté un resoplido.
-¿Mañana?¿Dónde? ¿A qué hora?
Mi madre, a su vez, dio también un resoplido.
- ¿Vas a poner pegas tan pronto? Iremos al campo, como siempre.
- ¿Y quién va a ir?
- Paco, Tus tías, tus primos, tu abuela....
- Y bueno... –dije mientras daba buena cuenta del filete de mi plato-. ¿Habéis oído algo extraño en las noticias?
Ninguno de mi familia levantó la mirada de su plato. Por lo visto estaban curados de espantos por mis continuos comentarios que no llevaban a ninguna parte. Una lastima.
-... No sé, algo de un virus raro...¿eh, papá?
Mi padre levantó la mirada.
-¿Un virus?
-¿Sí?
-No –dijo con cierto desconcierto mientras masticaba.
Con esa respuesta me daba más que satisfecho. Tras el almuerzo decidí acudir a mi cama para dar a mi cuerpo lo que ansiaba en aquellos instantes: siesta de dos horas, con prorroga incluida si el gandulismo llamaba a la puerta. Y por lo que se ve si que llamó ya que hasta las seis no fui más que un forúnculo mullido y calentito en mi cama.
Me desperté y de la cama caí a la silla que había delante de mi ordenador.
De manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia de aquella mañana. Volví a leerlo.
A las 12 de esta noche se disparará un peligroso virus... ... sumamente letal...
....seis horas después de que uno haya sido expuesto.
.... un ligero picor en los ojos...
... hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque!
Cerré el mensaje y apagué el ordenador.
Después de una velada en el cine y una improvisada cena con los amigos, llegué a mi casa a las once de la noche. Saludé a mis padres que veían una peli en el salón, después a mi hermana al pasar por delante de su habitación y finalmente entré en la mía. Cerré la puerta y encendí la minicadena para deleitarme de los últimos temazos musicales. Tararee las tres canciones del Canto del loco que sonaron de forma consecutiva y con toda justicia, pues para mí eran lo más cañero desde Iggy Pop y su séquito de impresentables, y me senté de nuevo ante el ordenador. Me conecté en el chat y abrí mi bandeja de mensajes como era tradición. Leí los nuevos mensajes y después, otra vez de manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia para leerlo una vez más. No entendía, ¿por qué Diablos le estaba dando vueltas a ese estúpido asunto? Una estúpida y absurda broma de friquis de inernet.
¿Debía avisar a mis amigos? ¿Debía enviarles el mensaje?
Ni de coña, colega.
A las 12....
.... un peligroso virus sobre nosotros...
Miré el reloj. Eran las doce y diez.
Si ese era el fin del mundo ya poco podía hacerse, jajajajaja, pensé divertido.
Encendí la tele e hice un pequeño zapping rutinario con el mando. Sólo había programas de salsa rosa, del tarot y películas cutres.
(Buena señal)
Me levanté y caminé hasta la ventana de mi cuarto. Miré la calle. Por un momento había temido encontrarme con la estampa de ver una humareda extraña recubriendo las aceras y las carreteras. Emanaciones gaseosas y verdes avanzando implacablemente por la ciudad. Pero por suerte allí afuera no había nada característico de película de zombis. A pesar de ello, decidí no abrir la ventana...
Quien sabía...
...Siempre entraban mosquitos molestos por la noche.
Ja,ja,ja,ja,ja,ja, Mañana me reiría de todo aquello.
Seguro, dije sonriendo y volviendo al ordenador. Decidí apagarlo y acostarme. Tenía unas ganas tremendas de que amaneciera y estar ya en aquella maravillosa parrillada familiar. No veía la hora de ponerme ciego a base de chuletas y chorizos, y además, seguro que mi primo se traía a su novia, con la cual me podía poner también ciego sólo con mirarla. Me sentía casi como un niño de ocho años en la víspera de los Reyes magos.
Me metí entre mis sábanas y apagué la luz. La oscuridad me envolvió. Todo sería muy sencillo. Sería cosa de cerrar los ojos y ¡voila! ya estaría en el día siguiente. La luz del sol saludándome, cegándome y calentando mi rostro a la vez. Obligué a mi corazón a calmarse con una respiración profunda y pausada. Noté como el acelerado ritmo iba cediendo, templándose. No había motivos para estar nervioso, me dije. Solo era una noche normal y corriente. Un viernes en el que se había acostado más pronto de lo habitual. Sólo eso.
Cambié de posición, mirando esta vez a la pared. Cerré los ojos y volví a obligar a calmar a mi corazón pues el simple movimiento que acababa de hacer acababa de desbocarlo sin razón aparente. Respiré de nuevo de forma rítmica. Despejé todo pensamiento posible en mi cabeza. Cada imagen que me llegaba tras mis párpados era rechazada de forma sistemática, evitando así que me llevara a pensamientos y que de ese modo mi corazón volviera a ponerse en marcha.
...seis horas después de que uno haya sido expuesto.
Sin poder evitarlo abrí los ojos. Encendí la luz de mi reloj para ver la hora.
Las 12:30.
Solté un bufido, molesto por mi gilipollez.
¡Duérmete ya de una vez, coño!
Cerré los ojos otra vez. Respiración tranquila, corazón relajado, mente despejada.
Al poco rato, mi cabeza se hundió cada vez más en la almohada, sucumbiendo al sueño, al plácido sueño.
Lo estoy consiguiendo.
Me dormí.
Recuperé la conciencia y calculé que ya deberían ser las siete o a las ocho de la mañana. Tenía la sensación de haber dormido durante horas. Sin embargo, no noté ninguna luz tras los párpados. Me extrañó que no hubiera amanecido aún. Abrí los ojos para mirar la hora y cuando lo hice, mi corazón volvió a hacer de las suyas. Una completa desolación me inundó. Eran tan sólo las dos de la madrugada.
Miré al techo con indignación.
Cerré los ojos y retomé mi técnica de relajación que tan buenos resultados había tenido la anterior vez.
Venga, vamos allá.
Tras los párpados, la imagen de una humareda blanca llenando las calles acudió a mí. Vi unos contornos oscuros tras el humo. Siluetas de personas caminando. Un sonido muy real de pasos llegó hasta mis oídos. Una fuerte sensación de vértigo me atenazó. Abrí los ojos con el corazón desbocado.
¡Joder!
Me incorporé y me volví hacia mi ventana. La luces de las farolas iluminaban mi escritorio. Abandoné la cama para comprobar que todo estuviera en orden. Llegué hasta la ventana y miré por ella.
Regresé a mi cama sintiéndome como un gilipollas.
¿Qué coño me ocurría? Me estaba comportando como uno de esos idiotas de internet que tanto despreciaba. ¡Si las noticias, ni los periódicos habían dicho nada! Me estaba obsesionando sin razón por un mensaje por un maldito mensaje inventado por un gordo gilipollas.
Al cerrar los párpados decidí evocar a algunas de las chicas que me gustaban del insti. Me di cuenta poco después, de que aquello no ayudaba nada para poder dormirme. Eran las dos y media. Regresé a la antigua técnica de relajación. El cansancio no tardó en llegar.
Una hora después estaba mirando otra vez mi reloj. Tenía de nuevo la extraña sensación de haber dormido más de lo que había dormido en realidad. Mi corazón palpitaba con fuerza ante el horrible pensamiento que me sobrevino de repente. Dentro de tres horas los efectos...
Joder.
Abandoné mi cama y caminé hacia la puerta. Haría dos cosas: mear y después beber algo de agua (para compensar la pérdida, jajajajaja, seré chistoso). Al abrir la puerta vi la luz del televisor del salón relampagueando por el pasillo. Me llegó el ruido de los Knicks y los Grizzlies jugando, y al comentarista, enfático lanzando ingeniosas perlas. Me metí en el baño y le di agua al canario, tal y como decían los vejestorios.
Entré en el salón y vi a mi padre echado en el sillón con una manta encima. La luz del televisor me reveló que estaba despierto. Le saludé.
-¿Qué haces despierto? –me preguntó con voz apagada.
-Voy a beber agua.
-Ajá –se limitó a decir.
Llevé el vaso de agua hasta el salón y me senté en el sillón que estaba vacío. Me lo bebí mientras miraba el último tiempo del partido. Lentamente me acosté en el sillón y cerré los ojos, dejando que el ruido de la tele, hipnótico para mi, hiciera el trabajo de llevarme hasta el amanecer.
Soñé que estaba en mi cama y que sin previo aviso me despertaba por una desagradable sensación de humedad en mi cara. Encendí la luz y comencé a palpármela con cuidado. Mis dedos se humedecieron también. Alejé mi mano y pude ver mis dedos recubiertos de sangre. Abrí los ojos del todo, asustado. Miré mi camisa y las sabanas que tenía encima. Estaban manchadas de sangre. Volví a llevarme las manos a la cara. De mi nariz manaba sangre de forma profusa. Me agarré fuertemente la nariz . Enseguida noté como el dorso de mis manos se mojaba también. No me salía sólo sangre de la nariz, sino también de los ojos. Estaban húmedos como cuando las lagrimas los anegan y te impiden ver. Sólo que no eran lágrimas. Solté la nariz y mis manos fueron a los ojos. Dominado por el pánico, grité.
Al abrir los ojos, vi a mi padre y a mi madre delante de mí. Me incorporé sorprendido.
¿Era de día ya?
Caí en la cuenta de que estaba en el sillón del salón, no en mi habitación.
- Mamá, ¿qué haces levantada? –le pregunté con preocupación.
Irónicamente, la que estaba preocupada era ella.
- Me han despertado tus gritos, cariño...-dijo ella. Me tocó la frente-. ¿Estás bien? ¿Un mal sueño?
Asentí con la cabeza. Mi padre rió.
-Ya eres mayor para tener pesadillas.
Al mirar a mi padre, una sensación de vértigo hizo vibrar mi cuerpo. Se me hizo un nudo en la garganta. Sus ojos estaban rojos.
-Papá...
-¿Sí?
- ¿Qu-é hora es? –fue lo único que acerté decir.
¡Sus ojos!
- Casi las cinco.
- ¿Por qué tienes los ojos así?
- ¿Así? ¿Cómo?
-Rojos.
Mi padre se llevó una mano a ellos.
-Ah, no sé –dijo sin más. Se limpió una lágrima con el dedo-. Será algún mosquito.
-¿En los dos?
-Pues alergia.
-¿Te pica? –le pregunté.
-Sí, un poco.
Mi padre se volvió a llevar la mano a los ojos e hizo el ademán de ponerle remedio a lo que yo le acababa de hacer consciente.
-¡No! –grité.
Mi padre y mi madre me miraron con sorpresa, paralizados como estatuas.
-No te rasques. Es malo.
Mi padre soltó una risa. Mi madre le miró.
-Sí, tiene razón –dijo ella dándole una suave cachetada en las manos de mi padre-. No te rasques.
-Vale, vale –dijo él-. Me iré a poner algo de agua.
-Eso está mejor –mi madre me miró-. Cariño, ¿por qué no te vas mejor a la cama?
Miré el reloj de mi muñeca. Las cinco.
-Vale –dije débilmente.
Mi madre me acompañó a la habitación y como a un niño de cinco años, me ayudó a arroparme, algo que dadas las circunstancias estaba lejos de importarme. De hecho, lo agradecí con enormidad.
-Hasta dentro de unas horas –dijo mi madre sonriéndome y tocándome la frente con suavidad.
-Si.
Me dio un beso y apagó la luz. Volví a quedarme solo lo que hizo que un escalofrío recorriera mi asustado cuerpo. Me palpé la cara en busca de humedades extrañas o algo fuera de lugar pero todo estaba bien. Sano y salvo, como si dijéramos.
Una hora. Una hora para saber si ese e-mail era verdad o no. De repente me sorprendí con el pensamiento de si llegaría a estar mañana en la parrillada.
Claro que vas a estar ahí mañana. Claro, me repetí. Sólo había sido un sueño, ¿no?
Esbocé una sonrisa e intenté evocar cosas agradables. Dulces mentiras que me ayudaran a conciliar el sueño.
Mi padre tenía los ojos rojos...
La sonrisa se volatilizó.
¿El viejo estaría bien? ¿Estaría rascándose?
Abandoné la cama y corrí hasta el salón. Los sillones estaban vacíos. Al parecer mi padre se había decidido finalmente por la cama de su habitación. Regresé al pasillo con paso directo hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba cerrada. Me mordí el labio inferior, dudando si entrar y comprobar si mi padre estaba bien. La idea de irrumpir no me gustaba nada. ¿Y sí estaban bien? ¿qué pensarían mis padres al verme entrar como un psicópata de pacotilla? Y más, después de lo que había ocurrido. Con total seguridad me tomarían por un loco.
Apoyé el oído en la puerta, esperando oír algo. Tuve la absurda idea de que tal vez podría escuchar a mi padre rascarse los ojos, pero no me llegó ningún sonido. Tampoco de gemidos, ni lloros. Di media vuelta y regresé a mi habitación.
Las cinco y veinte marcaba mi reloj. Ni en broma quería estar despierto cuando fueran las seis. Tenía la certeza de que si lo estaba, la sugestión irrumpiría y no tardaría en empezar a rascarme los ojos.
Mi padre estaba bien, lo de antes había sido una pesadilla...
No ocurría nada, coño...
No quiero estar infectado, afirmó mi mente tan afilada como un cuchillo
El pensamiento me hizo abrir los ojos otra vez. El miedo presionó mi nuca. Hice el esfuerzo de volver a cerrar los ojos. Tomar el control del asunto. Quizás fuera uno de los inmunes, quizás no me pasara nada. Siempre había sido de los afortunados. Siempre aprobaba los exámenes sin apenas haber estudiado, ¿no?
No había nada de lo que preocuparse.
Oí el sonido de los pájaros fuera.
Era la llamada del amanecer. Era eso y sólo eso, maldita sea.
Noté como de forma inconsciente los músculos de mi cara se movían lentamente. Esbozaban una sonrisa. ¡Una sonrisa! Abrí los ojos aunque costó lo suyo ya que los tenía pegados de legañas...
¿Había llorado durmiendo?
Una tenue luz azul bañaba mi cuarto. Con la vista borrosa intenté descifrar la hora de mi reloj. Hice varios intentos hasta que lo conseguí. Lo que vi me alegró aún más.
Las siete y veinte.
¡Lo había conseguido!
¡Qué ridículo había hecho durante toda la noche, Dios!, pensé.
A quien le importaba el ridículo. Lo primordial era que ese sábado asistiría a la barbacoa y pasaría un buen rato junto a mis familiares. Si, maldita sea.
Aunque lo primero era dormir un poco y en completa paz. Después de todo me lo merecía. Cerré los ojos, agarrando con fuerza a la almohada. Me centré en el cálido sonido de los pájaros, en los pocos coches que pasaban, en el chico del pan gritando al de la tienda de al lado.
Un pequeño cosquilleó se deslizó sobre mis pestañas y de ahí a la parte superior del párpado. Abrí los ojos muy despacio. La sensación desapareció. Me volví a sumir en la oscuridad, a sabiendas del poder de la sugestión. Después de aquella noche, no iba a echármelo en cara. El cosquilleo regresó de la misma forma, de las pestañas como si alguien las moviera suavemente, al párpado...
Mera sugestión.
En el párpado, el cosquilleo se transformó en calor..
Sugestión...
Poco a poco iba sintiendo el peso del sueño en mi cabeza.
...Del calor a una presión...
Sugestión...
Empezó a ser molesto. Imaginé un dedo hundiéndose en el globo, arañándolo con suavidad. Abrí los ojos y dos pequeños ríos de lágrimas descendieron de forma transversal por mi cara hasta llegar a mi almohada. No pasaba nada. Se debía a la alergia primaveral. El escozor comenzó a intensificarse y mis ganas de tranquilizarme también. Era una lucha a brazo partido entre la molestia y el mantener el control.
Cerré los párpados con fuerza, apretándolos todo lo que podía. El escozor venía tanto del interior como del exterior del párpado. Se iniciaron fuertes pulsaciones provenientes de mis dos ojos. Comencé a sollozar, alarmado. Mis manos acudieron en mi ayuda. Como lapas se clavaron en mi cara. Las cálidas lágrimas mojaron mis palmas. Me grité a mi mismo a que no me rascara. Mis manos se apretaron con fuerza a mis ojos en un vano intento porque el escozor se mitigara. Era como si algo quisiera salir y entrar en mis ojos al mismo tiempo. Pequeñas agujas que se clavaban una y otra vez, arriba y abajo, derecha e izquierda. Sollocé con fuerza. Quería que acudieran mis padres a socorrerme, pero no me atrevía a gritar. Los dedos de mi mano, hasta el momento extendidos sobre mi rostro se curvaron y mis uñas se clavaron en mi piel.
¿Había llegado la hora del rasca y rasca?
Mis dedos, mis uñas, comenzaron a bajar desde la frente.
¡No te rasques! ¡Ve al baño y lávate los ojos!
Sí.
Rasca
Hice el ademán de poner el pie en el suelo, pero los pinchazos se intensificaron.
Tenía que rascarme. Era imposible no hacerlo. La urgencia de los calientes y lacerantes picores dentro y fuera del globo ocular era demasiado tentadora como para ignorarla.
Iba a ser delicioso hacerlo. ¡Poner remedio a esas malditas cosquillas!
Grité. Llamé a papá. Llamé a mamá. Llamé a mi hermana. Llamé incluso a mi hermano Paco, que desde hacia tres años no vivía con nosotros. Ninguno acudió. La luz azul del amanecer, presente en mi cuarto desde hacía unos minutos, se tiñó de rojo al salir el sol en su esplendor. Las uñas alcanzaron mis pupilas. Empezaron a moverse ansiosas. Un frenesí enfermizo que me sorprendió se hizo cargo de todo.
Rasqué y rasqué.
Y lo que sentí durante esos breves instantes iniciales fue completamente maravilloso.
FIN.
Aviso urgente.
A las 12 de esta noche se disparará una peligrosa sustancia sobre la ciudad que acabará con un sesenta por ciento de la población. Se trata de un virus sumamente letal, que ha sido probado en algunas sociedades occidentales con “notables” éxitos. Aunque también es cierto, que un pequeño porcentaje de los expuestos serán inmunes al virus como así ha ocurrido en anteriores casos.
El virus actúa seis horas después de que uno haya sido expuesto. Si usted a las seis de la mañana del sábado siente un ligero picor en los ojos, eso significará que está infectado. El picor se irá acrecentando hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque! Si lo hace no parará.
Pasa este mensaje a tus amigos. Advierte de que esta noche puede ser la última.
Y si puedes alejarte de tu ciudad, hazlo.
Avisa a tus amigos.
De Gregorio.
PD: Buena suerte.
Escupí la leche sobre el teclado y estallé a carcajadas. Volví a leerlo, deleitándome en cada frase, en cada sutil matiz, en cada significado. Malditos internautas. ¡¿Por qué Diablos no follaban?!
Lo leí por segunda y tercera vez. De repente, en mi cabeza, al igual que un abanico, se desplegó de repente el loco pensamiento de: ¿y si fuera verdad?
Reí de nuevo. ¡Qué locura era esa!
Al tiempo que seguía riéndome, me levanté de mi silla y encendí mi televisor para ver
(las noticias)
los dibujos.
Ahí estaba Goku y su trouppe tan feliz como siempre (desde hacia casi veinte años en las televisiones españolas). Pasé los distintos canales para ver más noticias.
¡Qué país! Nada de noticias aún. Sólo dibujos y dibujos.
Apagué la tele y me preparé para irme a clases.
Llegué a mi casa a las dos de la tarde. En la cocina estaba mi hermana y mi madre hablando de sus cosas. Las saludé con ese automatismo que siempre queda tan bien con los familiares y fui a mi habitación. Me despojé de mi maleta y de la ropa del insti,. En el salón estaba mi viejo veía las noticias.
-¿Algo nuevo en el mundo, papá? –pregunté por preguntar.
-Pues malas noticias disfrazadas de noticias no tan malas y que no incitan a preocupaciones verdaderas...
Puse los ojos en blanco de forma imperceptible.
- ...el mundo sigue girando, al fin de cuentas.
-Y gira, papá, gira –repuse yo divertido.
-Bueno, ¿qué? ¿Esta noche te quedarás a ver el partido de los Grizzlis conmigo?...–me preguntó mi padre dándome una palmada en el muslo.
-¿A las cuatro de la mañana?
-Claro.
-A comer –gritó mi madre desde la cocina.
-Creo que no –dije esbozando una sonrisa al tiempo que me levantaba- Pero gracias por la invitación, papá.
- Tú te lo pierdes, idiota.
-Mañana hay parrillada familiar... –me informó mi madre mirándome fijamente desde el otro lado de la mesa-....Te aviso ya para que no hagas planes.
Me llené la boca de aire y solté un resoplido.
-¿Mañana?¿Dónde? ¿A qué hora?
Mi madre, a su vez, dio también un resoplido.
- ¿Vas a poner pegas tan pronto? Iremos al campo, como siempre.
- ¿Y quién va a ir?
- Paco, Tus tías, tus primos, tu abuela....
- Y bueno... –dije mientras daba buena cuenta del filete de mi plato-. ¿Habéis oído algo extraño en las noticias?
Ninguno de mi familia levantó la mirada de su plato. Por lo visto estaban curados de espantos por mis continuos comentarios que no llevaban a ninguna parte. Una lastima.
-... No sé, algo de un virus raro...¿eh, papá?
Mi padre levantó la mirada.
-¿Un virus?
-¿Sí?
-No –dijo con cierto desconcierto mientras masticaba.
Con esa respuesta me daba más que satisfecho. Tras el almuerzo decidí acudir a mi cama para dar a mi cuerpo lo que ansiaba en aquellos instantes: siesta de dos horas, con prorroga incluida si el gandulismo llamaba a la puerta. Y por lo que se ve si que llamó ya que hasta las seis no fui más que un forúnculo mullido y calentito en mi cama.
Me desperté y de la cama caí a la silla que había delante de mi ordenador.
De manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia de aquella mañana. Volví a leerlo.
A las 12 de esta noche se disparará un peligroso virus... ... sumamente letal...
....seis horas después de que uno haya sido expuesto.
.... un ligero picor en los ojos...
... hasta convertirse en dolorosos pinchazos.
¡No se rasque!
Cerré el mensaje y apagué el ordenador.
Después de una velada en el cine y una improvisada cena con los amigos, llegué a mi casa a las once de la noche. Saludé a mis padres que veían una peli en el salón, después a mi hermana al pasar por delante de su habitación y finalmente entré en la mía. Cerré la puerta y encendí la minicadena para deleitarme de los últimos temazos musicales. Tararee las tres canciones del Canto del loco que sonaron de forma consecutiva y con toda justicia, pues para mí eran lo más cañero desde Iggy Pop y su séquito de impresentables, y me senté de nuevo ante el ordenador. Me conecté en el chat y abrí mi bandeja de mensajes como era tradición. Leí los nuevos mensajes y después, otra vez de manera inconsciente
(¿de verdad?)
abrí el mensaje de advertencia para leerlo una vez más. No entendía, ¿por qué Diablos le estaba dando vueltas a ese estúpido asunto? Una estúpida y absurda broma de friquis de inernet.
¿Debía avisar a mis amigos? ¿Debía enviarles el mensaje?
Ni de coña, colega.
A las 12....
.... un peligroso virus sobre nosotros...
Miré el reloj. Eran las doce y diez.
Si ese era el fin del mundo ya poco podía hacerse, jajajajaja, pensé divertido.
Encendí la tele e hice un pequeño zapping rutinario con el mando. Sólo había programas de salsa rosa, del tarot y películas cutres.
(Buena señal)
Me levanté y caminé hasta la ventana de mi cuarto. Miré la calle. Por un momento había temido encontrarme con la estampa de ver una humareda extraña recubriendo las aceras y las carreteras. Emanaciones gaseosas y verdes avanzando implacablemente por la ciudad. Pero por suerte allí afuera no había nada característico de película de zombis. A pesar de ello, decidí no abrir la ventana...
Quien sabía...
...Siempre entraban mosquitos molestos por la noche.
Ja,ja,ja,ja,ja,ja, Mañana me reiría de todo aquello.
Seguro, dije sonriendo y volviendo al ordenador. Decidí apagarlo y acostarme. Tenía unas ganas tremendas de que amaneciera y estar ya en aquella maravillosa parrillada familiar. No veía la hora de ponerme ciego a base de chuletas y chorizos, y además, seguro que mi primo se traía a su novia, con la cual me podía poner también ciego sólo con mirarla. Me sentía casi como un niño de ocho años en la víspera de los Reyes magos.
Me metí entre mis sábanas y apagué la luz. La oscuridad me envolvió. Todo sería muy sencillo. Sería cosa de cerrar los ojos y ¡voila! ya estaría en el día siguiente. La luz del sol saludándome, cegándome y calentando mi rostro a la vez. Obligué a mi corazón a calmarse con una respiración profunda y pausada. Noté como el acelerado ritmo iba cediendo, templándose. No había motivos para estar nervioso, me dije. Solo era una noche normal y corriente. Un viernes en el que se había acostado más pronto de lo habitual. Sólo eso.
Cambié de posición, mirando esta vez a la pared. Cerré los ojos y volví a obligar a calmar a mi corazón pues el simple movimiento que acababa de hacer acababa de desbocarlo sin razón aparente. Respiré de nuevo de forma rítmica. Despejé todo pensamiento posible en mi cabeza. Cada imagen que me llegaba tras mis párpados era rechazada de forma sistemática, evitando así que me llevara a pensamientos y que de ese modo mi corazón volviera a ponerse en marcha.
...seis horas después de que uno haya sido expuesto.
Sin poder evitarlo abrí los ojos. Encendí la luz de mi reloj para ver la hora.
Las 12:30.
Solté un bufido, molesto por mi gilipollez.
¡Duérmete ya de una vez, coño!
Cerré los ojos otra vez. Respiración tranquila, corazón relajado, mente despejada.
Al poco rato, mi cabeza se hundió cada vez más en la almohada, sucumbiendo al sueño, al plácido sueño.
Lo estoy consiguiendo.
Me dormí.
Recuperé la conciencia y calculé que ya deberían ser las siete o a las ocho de la mañana. Tenía la sensación de haber dormido durante horas. Sin embargo, no noté ninguna luz tras los párpados. Me extrañó que no hubiera amanecido aún. Abrí los ojos para mirar la hora y cuando lo hice, mi corazón volvió a hacer de las suyas. Una completa desolación me inundó. Eran tan sólo las dos de la madrugada.
Miré al techo con indignación.
Cerré los ojos y retomé mi técnica de relajación que tan buenos resultados había tenido la anterior vez.
Venga, vamos allá.
Tras los párpados, la imagen de una humareda blanca llenando las calles acudió a mí. Vi unos contornos oscuros tras el humo. Siluetas de personas caminando. Un sonido muy real de pasos llegó hasta mis oídos. Una fuerte sensación de vértigo me atenazó. Abrí los ojos con el corazón desbocado.
¡Joder!
Me incorporé y me volví hacia mi ventana. La luces de las farolas iluminaban mi escritorio. Abandoné la cama para comprobar que todo estuviera en orden. Llegué hasta la ventana y miré por ella.
Regresé a mi cama sintiéndome como un gilipollas.
¿Qué coño me ocurría? Me estaba comportando como uno de esos idiotas de internet que tanto despreciaba. ¡Si las noticias, ni los periódicos habían dicho nada! Me estaba obsesionando sin razón por un mensaje por un maldito mensaje inventado por un gordo gilipollas.
Al cerrar los párpados decidí evocar a algunas de las chicas que me gustaban del insti. Me di cuenta poco después, de que aquello no ayudaba nada para poder dormirme. Eran las dos y media. Regresé a la antigua técnica de relajación. El cansancio no tardó en llegar.
Una hora después estaba mirando otra vez mi reloj. Tenía de nuevo la extraña sensación de haber dormido más de lo que había dormido en realidad. Mi corazón palpitaba con fuerza ante el horrible pensamiento que me sobrevino de repente. Dentro de tres horas los efectos...
Joder.
Abandoné mi cama y caminé hacia la puerta. Haría dos cosas: mear y después beber algo de agua (para compensar la pérdida, jajajajaja, seré chistoso). Al abrir la puerta vi la luz del televisor del salón relampagueando por el pasillo. Me llegó el ruido de los Knicks y los Grizzlies jugando, y al comentarista, enfático lanzando ingeniosas perlas. Me metí en el baño y le di agua al canario, tal y como decían los vejestorios.
Entré en el salón y vi a mi padre echado en el sillón con una manta encima. La luz del televisor me reveló que estaba despierto. Le saludé.
-¿Qué haces despierto? –me preguntó con voz apagada.
-Voy a beber agua.
-Ajá –se limitó a decir.
Llevé el vaso de agua hasta el salón y me senté en el sillón que estaba vacío. Me lo bebí mientras miraba el último tiempo del partido. Lentamente me acosté en el sillón y cerré los ojos, dejando que el ruido de la tele, hipnótico para mi, hiciera el trabajo de llevarme hasta el amanecer.
Soñé que estaba en mi cama y que sin previo aviso me despertaba por una desagradable sensación de humedad en mi cara. Encendí la luz y comencé a palpármela con cuidado. Mis dedos se humedecieron también. Alejé mi mano y pude ver mis dedos recubiertos de sangre. Abrí los ojos del todo, asustado. Miré mi camisa y las sabanas que tenía encima. Estaban manchadas de sangre. Volví a llevarme las manos a la cara. De mi nariz manaba sangre de forma profusa. Me agarré fuertemente la nariz . Enseguida noté como el dorso de mis manos se mojaba también. No me salía sólo sangre de la nariz, sino también de los ojos. Estaban húmedos como cuando las lagrimas los anegan y te impiden ver. Sólo que no eran lágrimas. Solté la nariz y mis manos fueron a los ojos. Dominado por el pánico, grité.
Al abrir los ojos, vi a mi padre y a mi madre delante de mí. Me incorporé sorprendido.
¿Era de día ya?
Caí en la cuenta de que estaba en el sillón del salón, no en mi habitación.
- Mamá, ¿qué haces levantada? –le pregunté con preocupación.
Irónicamente, la que estaba preocupada era ella.
- Me han despertado tus gritos, cariño...-dijo ella. Me tocó la frente-. ¿Estás bien? ¿Un mal sueño?
Asentí con la cabeza. Mi padre rió.
-Ya eres mayor para tener pesadillas.
Al mirar a mi padre, una sensación de vértigo hizo vibrar mi cuerpo. Se me hizo un nudo en la garganta. Sus ojos estaban rojos.
-Papá...
-¿Sí?
- ¿Qu-é hora es? –fue lo único que acerté decir.
¡Sus ojos!
- Casi las cinco.
- ¿Por qué tienes los ojos así?
- ¿Así? ¿Cómo?
-Rojos.
Mi padre se llevó una mano a ellos.
-Ah, no sé –dijo sin más. Se limpió una lágrima con el dedo-. Será algún mosquito.
-¿En los dos?
-Pues alergia.
-¿Te pica? –le pregunté.
-Sí, un poco.
Mi padre se volvió a llevar la mano a los ojos e hizo el ademán de ponerle remedio a lo que yo le acababa de hacer consciente.
-¡No! –grité.
Mi padre y mi madre me miraron con sorpresa, paralizados como estatuas.
-No te rasques. Es malo.
Mi padre soltó una risa. Mi madre le miró.
-Sí, tiene razón –dijo ella dándole una suave cachetada en las manos de mi padre-. No te rasques.
-Vale, vale –dijo él-. Me iré a poner algo de agua.
-Eso está mejor –mi madre me miró-. Cariño, ¿por qué no te vas mejor a la cama?
Miré el reloj de mi muñeca. Las cinco.
-Vale –dije débilmente.
Mi madre me acompañó a la habitación y como a un niño de cinco años, me ayudó a arroparme, algo que dadas las circunstancias estaba lejos de importarme. De hecho, lo agradecí con enormidad.
-Hasta dentro de unas horas –dijo mi madre sonriéndome y tocándome la frente con suavidad.
-Si.
Me dio un beso y apagó la luz. Volví a quedarme solo lo que hizo que un escalofrío recorriera mi asustado cuerpo. Me palpé la cara en busca de humedades extrañas o algo fuera de lugar pero todo estaba bien. Sano y salvo, como si dijéramos.
Una hora. Una hora para saber si ese e-mail era verdad o no. De repente me sorprendí con el pensamiento de si llegaría a estar mañana en la parrillada.
Claro que vas a estar ahí mañana. Claro, me repetí. Sólo había sido un sueño, ¿no?
Esbocé una sonrisa e intenté evocar cosas agradables. Dulces mentiras que me ayudaran a conciliar el sueño.
Mi padre tenía los ojos rojos...
La sonrisa se volatilizó.
¿El viejo estaría bien? ¿Estaría rascándose?
Abandoné la cama y corrí hasta el salón. Los sillones estaban vacíos. Al parecer mi padre se había decidido finalmente por la cama de su habitación. Regresé al pasillo con paso directo hacia la habitación de mis padres. La puerta estaba cerrada. Me mordí el labio inferior, dudando si entrar y comprobar si mi padre estaba bien. La idea de irrumpir no me gustaba nada. ¿Y sí estaban bien? ¿qué pensarían mis padres al verme entrar como un psicópata de pacotilla? Y más, después de lo que había ocurrido. Con total seguridad me tomarían por un loco.
Apoyé el oído en la puerta, esperando oír algo. Tuve la absurda idea de que tal vez podría escuchar a mi padre rascarse los ojos, pero no me llegó ningún sonido. Tampoco de gemidos, ni lloros. Di media vuelta y regresé a mi habitación.
Las cinco y veinte marcaba mi reloj. Ni en broma quería estar despierto cuando fueran las seis. Tenía la certeza de que si lo estaba, la sugestión irrumpiría y no tardaría en empezar a rascarme los ojos.
Mi padre estaba bien, lo de antes había sido una pesadilla...
No ocurría nada, coño...
No quiero estar infectado, afirmó mi mente tan afilada como un cuchillo
El pensamiento me hizo abrir los ojos otra vez. El miedo presionó mi nuca. Hice el esfuerzo de volver a cerrar los ojos. Tomar el control del asunto. Quizás fuera uno de los inmunes, quizás no me pasara nada. Siempre había sido de los afortunados. Siempre aprobaba los exámenes sin apenas haber estudiado, ¿no?
No había nada de lo que preocuparse.
Oí el sonido de los pájaros fuera.
Era la llamada del amanecer. Era eso y sólo eso, maldita sea.
Noté como de forma inconsciente los músculos de mi cara se movían lentamente. Esbozaban una sonrisa. ¡Una sonrisa! Abrí los ojos aunque costó lo suyo ya que los tenía pegados de legañas...
¿Había llorado durmiendo?
Una tenue luz azul bañaba mi cuarto. Con la vista borrosa intenté descifrar la hora de mi reloj. Hice varios intentos hasta que lo conseguí. Lo que vi me alegró aún más.
Las siete y veinte.
¡Lo había conseguido!
¡Qué ridículo había hecho durante toda la noche, Dios!, pensé.
A quien le importaba el ridículo. Lo primordial era que ese sábado asistiría a la barbacoa y pasaría un buen rato junto a mis familiares. Si, maldita sea.
Aunque lo primero era dormir un poco y en completa paz. Después de todo me lo merecía. Cerré los ojos, agarrando con fuerza a la almohada. Me centré en el cálido sonido de los pájaros, en los pocos coches que pasaban, en el chico del pan gritando al de la tienda de al lado.
Un pequeño cosquilleó se deslizó sobre mis pestañas y de ahí a la parte superior del párpado. Abrí los ojos muy despacio. La sensación desapareció. Me volví a sumir en la oscuridad, a sabiendas del poder de la sugestión. Después de aquella noche, no iba a echármelo en cara. El cosquilleo regresó de la misma forma, de las pestañas como si alguien las moviera suavemente, al párpado...
Mera sugestión.
En el párpado, el cosquilleo se transformó en calor..
Sugestión...
Poco a poco iba sintiendo el peso del sueño en mi cabeza.
...Del calor a una presión...
Sugestión...
Empezó a ser molesto. Imaginé un dedo hundiéndose en el globo, arañándolo con suavidad. Abrí los ojos y dos pequeños ríos de lágrimas descendieron de forma transversal por mi cara hasta llegar a mi almohada. No pasaba nada. Se debía a la alergia primaveral. El escozor comenzó a intensificarse y mis ganas de tranquilizarme también. Era una lucha a brazo partido entre la molestia y el mantener el control.
Cerré los párpados con fuerza, apretándolos todo lo que podía. El escozor venía tanto del interior como del exterior del párpado. Se iniciaron fuertes pulsaciones provenientes de mis dos ojos. Comencé a sollozar, alarmado. Mis manos acudieron en mi ayuda. Como lapas se clavaron en mi cara. Las cálidas lágrimas mojaron mis palmas. Me grité a mi mismo a que no me rascara. Mis manos se apretaron con fuerza a mis ojos en un vano intento porque el escozor se mitigara. Era como si algo quisiera salir y entrar en mis ojos al mismo tiempo. Pequeñas agujas que se clavaban una y otra vez, arriba y abajo, derecha e izquierda. Sollocé con fuerza. Quería que acudieran mis padres a socorrerme, pero no me atrevía a gritar. Los dedos de mi mano, hasta el momento extendidos sobre mi rostro se curvaron y mis uñas se clavaron en mi piel.
¿Había llegado la hora del rasca y rasca?
Mis dedos, mis uñas, comenzaron a bajar desde la frente.
¡No te rasques! ¡Ve al baño y lávate los ojos!
Sí.
Rasca
Hice el ademán de poner el pie en el suelo, pero los pinchazos se intensificaron.
Tenía que rascarme. Era imposible no hacerlo. La urgencia de los calientes y lacerantes picores dentro y fuera del globo ocular era demasiado tentadora como para ignorarla.
Iba a ser delicioso hacerlo. ¡Poner remedio a esas malditas cosquillas!
Grité. Llamé a papá. Llamé a mamá. Llamé a mi hermana. Llamé incluso a mi hermano Paco, que desde hacia tres años no vivía con nosotros. Ninguno acudió. La luz azul del amanecer, presente en mi cuarto desde hacía unos minutos, se tiñó de rojo al salir el sol en su esplendor. Las uñas alcanzaron mis pupilas. Empezaron a moverse ansiosas. Un frenesí enfermizo que me sorprendió se hizo cargo de todo.
Rasqué y rasqué.
Y lo que sentí durante esos breves instantes iniciales fue completamente maravilloso.
FIN.

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